sábado, 5 de mayo de 2018

Homenaje a Karl Marx



MARX EN EL ECUADOR

Oswaldo Albornoz Peralta



I
 Montalvo y la Primera Internacional dirigida por Marx[1]

Con motivo de la fundación de la Sociedad Republicana llevada a cabo en 1876 por Juan Montalvo, nuestro gran escritor e ideólogo liberal pronuncia un discurso en el que se refiere a la Primera Internacional de Marx, entonces dice: "La Internacional es una sociedad cosmopolita; no la temen sino los tiranos; y con justicia, porque sus estatutos y sus fines son contra la tiranía. La Internacional es una sociedad universal: tiene su centro en Francia y en rayos luminosos se abre paso por todo el continente. La Internacional es sabia en Alemania, prudente en Inglaterra, atrevida en Italia, fogosa en España, terrible en Francia, pueblo libertador del Universo."

Las palabras transcritas, aunque no se crea, son causa de un escándalo mayúsculo. Toda la prensa católica y conservadora se moviliza para combatir al atrevido. Las más altas autoridades eclesiásticas intervienen en la encendida polémica que se entabla y, a decir verdad, sus pastorales y condenaciones fulminantes no son muestra de alta literatura, menos de serenidad y cordura.

Esta campaña de índole ideológica apunta también a los liberales que combaten al gobierno del presidente Borrero. La nobleza y terratenientes de Quito, en una Protesta, dicen esto de esos terribles enemigos del orden público: "Los que tienen sobre sí los anatemas justos del episcopado y la execración de cuantos hombres abrigan en su corazón algún sentimiento de honradez y probidad; en una palabra, los propagadores de la Internacional y de la Comuna y, como tales enemigos de la religión,, de la autoridad, de la familia, de la propiedad, del hombre y de Dios, esos son los autores de la inicua revolución."

Y casi enseguida, durante un tumulto clerical ocasionado por un cura extranjero de apellido Gago, según la relación aparecida en el periódico Ocho de Septiembre, la “turbamulta recorre las calles de la capital armada de palos, piedras, puñales y revólveres, dando en voz en cuello los desaforados gritos de ¡viva la religión!, ¡mueran los herejes!, ¡viva el Papa, abajo los masones!, ¡mueran los petroleros, los comunistas, los incendiarios!”.

Largos años dura este combate. Las excomuniones contra las publicaciones progresistas prosiguen y los escritores retrógrados no se cansan de maldecir todo lo que huele a democracia. Todavía en el año 1884, para citar un ejemplo más, el novelista conservador Juan León Mera, en un impreso que titula Otra carta del Dr. D. Juan Benigno Vela, continúa la batalla contra la Comuna y la Internacional. Protesta por la vuelta de los comuneros del destierro de Nueva Caledonia y afirma “que los ocho millones de afiliados en la Internacional que es la personificación de la revolución, se compone de los sectarios en que me vengo ocupando: allí están liberales, radicales, comunistas, socialistas, etc.”.[2] Son las mismas palabras que se repetirán después y que se siguen repitiendo todavía.

II
Un retrato de Marx[3]

Estamos en 1871, cuando el Ecuador, gobernado por García Moreno y regido por la Carta Negra, soporta la peor de las tiranías.

No existe todavía la actual provincia de El Oro, y Machala, que será su capital cuando ésta sea creada formalmente por la Asamblea Constituyente de 1883, es apenas una cabecera cantonal con unos pocos centenares de habitantes.

Es hermosa la naturaleza de este sector de la patria. La parte costa­nera está adornada por una cinta  de esmeralda formada por el intrincado tejido de los manglares. Más adentro, donde el hombre aún no ha sentado su planta, campea la selva dominadora, aromada por silvestres flores y musicalizada por el trinar de las aves. Y desde arriba ‒desde los riscos de la cordillera‒ bajan los ríos frenando poco a poco su ímpetu bravío, para llegar, mansos y adormecidos, a las aguas del océano.

El cuadro social tiene pinceladas diferentes. Antes de la manumisión, en los rincones más inaccesibles de la porción selvática, existen pequeños palenques de esclavos fugitivos, donde a fuer de sacrificios resguardan su libertad. Otra parte, ya desde principios de siglo ha sido ocupada por gran­des haciendas, cacaoteras sobre todo, como aquella de Manuel Antonio Luzárra­ga que, según Michael Hamerly, tiene 100.000 matas de cacao.[4] Y al norte, en tierras que permanecerán en la jurisdicción de la provincia del Guayas, se halla el inmenso latifundio de Tenguel de los terratenientes Caamaño, donde los abusos ocasionan frecuentes protestas y asonadas.

Desde aquí, desde el poblado de Machala mejor dicho, y es de creer que por primera y única vez en el Ecuador, un grupo de humildes trabajado­res se pone en contacto con Carlos Marx. El escritor Rodrigo Chávez González nos dice a este respecto: "En ese mismo año ‒1935‒ el doctor Carlos Napoleón Mera Valdez, entregó al Consejo Provincial del Partido Socialista de El Oro, un viejo retrato del creador del socialismo mundial, cuya dedicatoria decía: "A los obreros de Machala.- Karl Marx.- Niza, Setiembre de 1871". Informó el doctor Mera, que ese retrato había pertenecido a un artesano zapatero, de apellido Andrade, fallecido hacia veinte años atrás, que el siglo pasado organizó una agrupación de artesanos que no llegó a constituirse en una sociedad jurídicamente. Este hecho despertó gran revuelo, y aumentó el fervor socialista orense, ya que el retrato fue colocado en el salón principal de la Casa Socialista, alquilada al señor Bustamante."[5]



¿Cómo llegaron a conocer los artesanos machaleños el nombre de Carlos Marx?

No se sabe, que en esa época, se conozca ninguno de los libros del gran pensador socialista, que aparte de estar estrictamente prohibidos por la censura garciana, estaban fuera del alcance de los trabajadores. Entonces, es de suponer que su nombre llegó asociado al de La Internacio­nal, ya bastante difundido por América, a la par que combatido por las fuerzas más retardatarias. Quizás llegó a Machala ‒pueblo costanero‒ alguna publicación en castellano que se refería a ella y su fundador como defenso­res de la justicia y los derechos populares. De aquí, sin duda, nació su admiración y el deseo de establecer una relación, pues es claro que la iniciativa no podía haber partido de Marx.

El grupo de artesanos que se relacionó con Marx debe haber sido muy pequeño, Ya que según consta en la Guía Comercial, Agrícola e Industrial de la República publicada en 1909 ‒38 años después‒ el número de esta clase de trabajadores que aparece en la nómina correspondiente a Machala es poco significativo.[6]

La ideología del grupo seguramente era liberal, teniendo en cuenta que ésta predominó, desde temprano, en el sector litoral orense. Recuérdese que sus habitantes habían apoyado la revolución del 6 de Marzo de 1845 y luego combatido a Flores y a su reaccionario proyecto de Reconquista. Además fue un centro de combate contra el gobierno clerical de García Moreno, pues estuvieron al lado de Urbina y participaron en los combates que protagonizó este caudillo. Los soldados liberales que participaron en la revolución de 1895, surgieron y se nutrieron de esta progresista tradición.

Esta posición ideológica ‒aparte de la poca importancia numérica y local del grupo‒ evidentemente influyó para que no sea reconocido legalmen­te como se afirma en la exposición de Chávez González, porque en la era garciana, las organizaciones populares de tinte liberal, estaban práctica­mente proscritas. El historiador Enrique Ayala cita el caso de la Sociedad de Artesanos Amantes del Progreso ‒patrocinada por la burguesía guayaquile­ña‒ cuya constitución fue impedida no obstante su mayor magnitud y prestigio.[7]

Las reflexiones anteriores, sin embargo, no pueden esclarecer la verdadera historia del retrato de Marx, obscurecida, posiblemente para siem­pre, con la neblina de los años. Pero en cambio, no necesita esclareci­miento un hecho por demás diáfano: que un grupo de trabajadores ecuatoria­nos, desde esta lejanía, pudo vislumbrar en Marx y su obra la encarnación de sus derechos y el futuro promisorio de los explotados. Y esto es suficiente.

III
Difusión de las ideas socialistas y marxistas en el país[8]

Con la Revolución liberal de 1895 dirigida por el general Alfaro, el panorama cambia.

Ya no existen restricciones para la entrada de libros y se permite la libre emisión del pensamiento. Las reformas que se introducen, aunque cortas, fomentan el desarrollo económico del país y ayudan al crecimiento de la incipiente clase obrera, que empieza a organizarse y también a ilustrarse. Si, a ilustrarse, porque el caudillo democrático, sin duda imbuido de la idea liberal de que la educación es la panacea para todos los males, crea escuelas y subvenciona económicamente algunas sociedades de trabajadores que, gracias a este apoyo, logran desarrollar una amplia labor de carácter cultural. Inclusive, favorece la entrada al Ecuador de orientadores sindicales extranjeros, entre los cuales, algunos como el cubano Miguel Albuquerque, tienen ideas avanzadas y propugnan un programa de renovación social. Por eso son combatidos por las fuerzas conservadoras y del liberalismo de derecha, como sucede con el dirigente antes nombrado, que es objeto de ataques furibundos.

Se llega, inclusive, a formar el Partido Liberal Obrero de tipo reformista, plagado al mismo tiempo de proposiciones no solo discutibles, sino simplemente ingenuas por decir lo menos, según consta en el programa que se publica en el periódico La Redención Obrera en 1906.

En suma, la clase obrera no tiene todavía una ideología propia y sigue supeditada a la burguesía. Pero el liberalismo, de todas maneras, había abierto las puertas para la entrada de las ideas socialistas. De las ideas marxistas.

Después del colapso liberal con el asesinato de Alfaro, aunque sea lentamente, las ideas avanzadas del socialismo van siendo asimiladas por algunos intelectuales progresistas, a la par que van penetrando en las organizaciones obreras en el fragor de la lucha por sus propias reivindicaciones. Pero casi siempre estas ideas, como es comprensible, tanto entre los intelectuales como entre los trabajadores, están mezcladas con una serie de concepciones erróneas, provenientes del anarquismo y del socialismo reformista que se combinan sin mayor discernimiento con el socialismo científico marxista. Se puede decir que hasta antes de la Revolución de Octubre, debido a nuestro retraso económico y a la consiguiente debilidad de la clase obrera, no hay una real diferenciación entre las distintas tendencias socialistas, no se separa aun lo que es verdaderamente científico de lo que no es. Todavía, estas diferentes tendencias son consideradas en un plano de igualdad podríamos decir, lo que hace que los hombres de avanzada de ese entonces adquieran sus conocimientos en una u otra fuente, mezclando los principios verdaderos con los falsos.

Desde luego, existen anticipaciones muy notables dignas de ser mencionadas. Tal es el caso del doctor Luis Felipe Chaves, que partiendo desde el liberalismo –asiste como delegado al Congreso Liberal de 1923– se convierte en uno de los fundadores del Partido Socialista Ecuatoriano en 1926.

Él, ya en el año 1912, en su tesis doctoral titulada Escuelas Económicas, remitiéndose al materialismo histórico de Marx, sostiene que la economía es el factor determinante del desarrollo social. Dice: "A esta vacilación, a esta incertidumbre de la Filosofía de la Historia, pone término el genio de un hombre extraordinario, de un analizador profundo y desapasionado de la vida de los pueblos, del inmortal Carlos Marx, quien descubrió el factor–eje de la vida social; factor conocido de todos desde mucho tiempo atrás, pero cuya extraordinaria importancia nadie había apreciado antes, con la claridad y certeza de Marx; tal factor de las sociedades, el que constituye la trama íntima y eterna del Todo Social, es el factor económico."[9]

Y lo que es más, cobijándose bajo la bandera del socialismo, manifiesta que éste que “ha empeñado ruda batalla contra el régimen capitalista”, que terminará “por destruir tan infamante régimen”.[10] También en su trabajo, como era de prever, hay la conjunción de ideas y doctrinas no afines, que a nuestro modo de ver, por ser producto de la época, no borran los méritos antes señalados.

Hasta antes y durante la primera guerra mundial, según hemos podido averiguar consultando los catálogos de algunas librerías,[11] en el Ecuador, se conocen las siguientes obras marxistas. De Marx: Precios, salarios y ganancias, Manifiesto Comunista, El Capital y estudio sobre el socialismo científico, Miseria de la filosofía. Contestación a Proudhon y Crítica de la Economía Política. De Federico Engels: Origen de la familia, propiedad privada y el Estado, Anti–Dürhing o la revolución de la ciencia, El socialismo utópico y el socialismo científico, El socialismo y la religión. De Marx y Engels: Comunista (Manifiesto) por Carlos Marx y Federico Engels. Los títulos están copiados como constan en los catálogos consultados. Cuando se menciona El Capital de Marx, se trata con seguridad del primer tomo traducido al castellano en el siglo XIX, pues que se enuncia un solo libro.




IV
Valor y vigencia del marxismo[12]

La historia hasta la aparición del marxismo, no es sino un simple registro de hechos arbitrarios y fortuitos, acaecidos al azar, sin que puedan tener por lo mismo ninguna norma para su interpretación. O dependen, en última instancia, de la voluntad omnipotente de los grandes hombres o de los ideales de los personajes sobresalientes. Siendo esto así, es claro que la historia no pasa ser mera narración. No puede, no puede tener, la categoría de ciencia.

Es Carlos Marx el que crea el materialismo histórico –extensión del materialismo dialéctico al estudio de la sociedad– demuestra que también en la historia, al igual que en las otras ciencias, operan leyes objetivas, independientes de la voluntad humana, que rigen el desarrollo social y determinan la dirección de su movimiento. Descubrimiento que constituye uno de los grandes méritos del insigne pensador de Tréveris, porque solo en ese instante la historia se convierte en una ciencia verdadera

Fue Marx, el genial pensador alemán, el que descubrió que en la sociedad, la conciencia social está determinada por el ser social. Esto significa que todas las doctrinas y teorías sociales –políticas y jurídicas, éticas y religiosas, artísticas y filosóficas– nacen de las condiciones materiales de la vida de los hombres, principalmente por el proceso de producción. Esto es lo primario. Y sobre esta base se asientan todas las superestructuras ideológicas y las instituciones correspondientes.

La concepción marxista de base y superestructura ha sido criticada desde su aparición por intelectuales de todo género, aseverando que reduce la explicación de los fenómenos sociales a causas económicas solamente. Mas esta afirmación es falsa e implica una burda tergiversación del pensamiento de sus creadores. Marx y Engels no niegan en ningún momento el poder de las ideas. El primero llega a afirmar que ellas devienen en fuerza material cuando penetran en las masas; y el segundo sostiene que “La situación económica es la base, pero los diversos factores de la superestructura que sobre ella se levanta, ejercen también su influencia sobre el curso de las luchas históricas y priman en muchos casos, sobre su forma”.

El marxismo sostiene que la superestructura tiene una autonomía relativa y que actúa sobre la base, razón por la que puede frenar o acelerar su desarrollo. Las diferentes formas ideológicas no nacen siempre directamente de la economía, sino que unas, como las políticas y jurídicas, están más vinculadas a ella, mientras que otras, como la filosofía o el arte, se hallan más alejadas. La fuerza de su acción, por otro lado, no es igual y difiere en cada etapa histórica, como la de la religión por ejemplo, que se erige en ideología predominante durante toda la Edad Media. No puede dejarse de considerar tampoco la interdependencia y la influencia recíproca entre las distintas formas, claro está, también en grado diferente.

La tesis marxista, en suma, no es otra, sino la que sustenta que la superestructura de la sociedad está determinada, en última instancia por su base económica. En última instancia, únicamente. Toda otra interpretación es equivocada y constituye vulgar economicismo.

Otros principios del materialismo histórico que no pueden ser soslayados en una interpretación científica de la historia son las que se refieren al papel que juegan las masas populares y las clases sociales. Es el marxismo el que ha puesto de relieve el papel preponderante y decisivo de las masas populares, que no es sino consecuencia de la afirmación de que la historia de la sociedad se basa en el desarrollo de la producción, en el cual, son las masas trabajadoras, la fuerza fundamental. Todo cambio revolucionario, toda transición de un régimen social caduco a otro más progresista, son imposibles sin su intervención.

Los cambios de un régimen social a otro más elevado dependen de la lucha de clases, el factor principal de todo avance. Si tal es el papel de la lucha de clases es claro que la historia de ningún pueblo puede ser explicada sin tomar en cuenta y sin analizar detalladamente las acciones de las diferentes clases sociales en cada una de las etapas de su desenvolvimiento. Una serie de hechos y fenómenos sociales no tendrían explicación sin tomar en cuenta la teoría de la lucha de clases. Verbigracia: no podría comprenderse la esencia del Estado y su actitud parcial en pro de los intereses de las clases dominantes. La labor de los partidos políticos –que no son sino los destacamentos activos de una clase o fracción de clase‒  quedaría fuera de toda comprensión. Igualmente la existencia de una ideología y de una cultura predominantes en correspondencia con la clase que ocupa el Poder. La misma actividad de nuestros ideólogos y líderes políticos, quedaría oscurecida, pues ella responde siempre a las necesidades de las masas, clases y partidos, de los cuales son voceros o los ejecutores de sus aspiraciones.

Desde luego, lo expuesto no implica que las acciones de las personalidades y de los grandes hombres no tengan importancia histórica, sino únicamente que no son decisivas, que no son determinantes. Tales acciones pueden ser positivas o negativas, progresivas o regresivas. Son positivas cuando traducen o descubren las necesidades fundamentales y tienen el apoyo de las masas. Entonces constituyen una fuerza poderosa capaz de hacer realidad sus objetivos.

Estas ideas son, en síntesis, el cimiento de la concepción materialista de la historia, sin la cual, a mi modo de ver, no se pueden explicar científicamente los acontecimientos históricos. Tanto es así, que varios historiadores contrarios al marxismo, para dar solidez a sus estudios, han tenido que recurrir aunque sea subrepticiamente a muchos de sus principios, claro está, suprimiendo su médula revolucionaria.

Y el marxismo es también la teoría que sostiene la necesidad del establecimiento de la sociedad socialista, tesis ahora negada también por las fuerzas políticas de derecha, que reviviendo la teoría de Hegel, que sostiene que el capitalismo es el fin de la historia humana, que no será reemplazado por ninguna otra, es decir, que será eterno. Estoy yo convencido que esto no sucederá, porque el socialismo renacerá eliminando sus errores allí donde ha desaparecido, y donde sigue existiendo, como en la gloriosa república de Cuba, seguirá siendo bandera y faro ideológico para los otros pueblos de la Tierra. De no acontecer esto, dada la voracidad del capitalismo, hoy día redoblada con el neoliberalismo, la humanidad se encaminaría a una segura catástrofe. Pero esto no se verificará, porque la humanidad no tiene vocación suicida.






[1] Oswaldo Albornoz Peralta, Montalvo: Ideología y pensamiento político, Publicaciones Tercer Mundo, Quito 1988, pp. 10-14, 33-37.
[2] Juan León Mera, Varios asuntos graves. Otra carta del Dr. D. Juan Benigno Vela, Imprenta del Clero, Quito, 1884, p, 22.
[3] Tomado de Oswaldo Albornoz Peralta, Páginas de la historia ecuatoriana, t. I,  Editorial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, Quito, 2007, pp. 403-406.
[4] Michael T. Hamerly, Historia social y económica de la antigua provincia de Guayaquil, Publicaciones del Archivo Histórico del Guayas, Guayaquil, 1973, p. 109.
[5] Chávez González, Rodrigo (Rodrigo de Triana) Historia de la Provin­cia de El Oro, Editorial Bolívar, Machala, 1963, p. 60.
[6] Guía Comercial, Agrícola e Industrial de la República, Talleres de Artes Gráficas de E. Redenes, Guayaquil, 1909, pp. 519-520.
 [7] Enrique Ayala Mora, Lucha política y origen de los partidos en el Ecuador, Ediciones de la Universidad Católica, Quito, 1978, p. 230.
[8] Tomado de Oswaldo Albornoz Peralta, La influencia de la revolución de Octubre y el marxismo en los intelectuales del Ecuador, Quito, 1987.
 [9] Luis Felipe Chaves, Escuelas Económicas, en Anales de la Universidad Central N° 4, Quito, 1912. Reeditado en la recopilación La propiedad privada y el salario, Estudio Introductorio de René Báez y Lucas Pacheco, Biblioteca Básica del Pensamiento Ecuatoriano N° 30, Banco Central del Ecuador, Quito, 1987, p. 169.
[10] Idem, p. 177.
[11] Catálogo de la Librería Española, Guayaquil, 1911; Catálogo General de la Librería Española de Janer e hijo, Guayaquil, 1915; Catálogo General de la Librería Sucre, Quito, 1918.
[12] Fragmentos tomados de Oswaldo Albornoz Peralta, “Por una interpretación marxista de la historia ecuatoriana”, en Enrique Ayala Mora (ed.), La Historia del Ecuador, Corporación Editora Nacional, Quito, 1985, pp. 55-71; y de su Discurso en su investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad Central del Ecuador, Quito, julio del 2000.


martes, 26 de diciembre de 2017

80 aniversario de la muerte de José Peralta

Hoy, 27 de diciembre, se cumplen 80 años del fallecimiento de José Peralta (1855-1937),  ideólogo de la revolución liberal, ministro en los dos gobiernos del general Eloy Alfaro y uno de los altos valores de las letras nacionales.








José Peralta, luchador indoblegable del liberalismo radical[1]
                                                                                 

Todo hombre tiene cualidades específicas ‒buenas o malas‒ que marcan su personalidad en forma indeleble, permanente. Una de ellas, y muy sobresaliente, es en José Peralta, el gran ideólogo liberal, el de luchador tenaz e indoblegable, a quién no arredran los obstáculos ni peligros que entraña todo combate.
Y esto desde un principio. Desde cuando junto a una valiente pléyade de jóvenes inicia su lucha por la difusión de las ideas liberales en la beatífica ciudad de Cuenca, donde hasta entonces todo era paz de égloga, donde la antítesis, la contradicción casi no se conoce: la voz del clero es la única voz, única y verdadera. No tiene lugar en la sociedad el opositor, el que no está de acuerdo con la ortodoxia clerical.
Los jóvenes que rompen el silencio, entonces, bien merecen el nombre de valientes. En las páginas de sus Memorias Políticas Peralta ha estampado sus nombres al lado de sus sacrificios. Son, entre algunos otros, Gabriel Ullauri, Rafael Torres, Luis Vega Garrido, Pablo Chica Cortázar, Manuel J. Calle, José Félix Valdivieso, Federico Malo y Agustín Peralta. Pocos pero aguerridos. El medio en que actúan exige esa contextura.
El principal instrumento para cumplir el cometido del grupo liberal, y posiblemente el único a su alcance, es el periódico, la hoja impresa que en raudo vuelo traslada a las mentes las ideas. Y de este instrumento, que resulta arma afilada, se sirven con constancia y a porfía.
Peralta, así, se convierte en campeón del periodismo ideológico y de combate. Funda varios periódicos que no duran largo tiempo, porque uno tras otro, sin excepción ninguna, son prohibidos por las autoridades eclesiásti­cas que consideran campo vedado la libre emisión del pensamiento. El obispo León, en auto del 17 de abril de 1889, prohíbe los periódicos La Libertad, La Verdad y La Razón, bajo pena de excomunión. Y no solo esto. El buen obispo, prejuzgando lo que pudiere publicarse en el futuro, prohíbe “bajo la misma pena, la conservación, lectura o divulgación de todo impreso que saliere en adelante de la imprenta de La Linterna”.[2] Y el obispo Masiá y Vidiella de Loja, va más allá todavía: excomulga no sólo a los autores de los artículos, sino también a los impresores, a los dueños de las impren­tas, y a los dueños de las casas donde éstas se hallan.
Dijimos el buen obispo, refiriéndonos a León. Y su bondad ‒santidad llama Peralta‒ es efectiva. Rara cosa: es un obispo dual, de dos lados contrapuestos. Al lado de su fanatismo político está su condena a las injusticias sociales y su amor por los humildes. En el Congreso de 1880 se opone a que se impongan nuevas cargas al indio y manifiesta indignado que “su salario es menos de lo que se gasta en mantener un asno”.[3] Suprime el oneroso cargo de pendonero y ordena que a los pobres se los case gratuitamente y que no se cobre estipendio alguno por funerales y sepultura.
Esta elevada actitud del obispo provoca el furor de clérigos y beatos que consiguen del Romano Pontífice la suspensión de sus funciones episcopa­les acusándole de locura y mala conducta. Peralta, cuando los liberales llegan al poder, quiere reparar esa injusticia, pero la muerte del manso prelado suspende ese legítimo desagravio. El gobierno de Alfaro tiene que sufragar los gastos de su entierro, pues, generoso y caritativo como pocos, fallece en la pobreza. De vivir hoy, es seguro que deshaciéndose de su intransigencia política, estaría al lado de esos sacerdotes que desafiando represalias combaten por una sociedad más justa.
Otros periódicos de Peralta ‒La Linterna, La Época, El Constitucio­nal‒ son asimismo censurados y fulminados con el anatema. No hay impreso suyo que no sea perseguido y condenado.
Empero, la persecución y la condena no provienen solamente de los hombres de sotana. En saña y maña, rivalizan con ellos las autoridades conservadoras lugareñas, que se esmeran en amargar la vida del proscrito. Confinamientos, instauración de juicios criminales, prisiones por doquier, son los métodos empleados; sin que falte tampoco la emboscada aleve para acabar con la existencia de enemigo tan pertinaz y recio. Ni siquiera el triunfo de la revolución liberal pone fin a las asechanzas. Durante el levantamiento del coronel Vega ‒1896‒, apresado y engrillado como delin­cuente, una vez más, Peralta está a punto de perder la vida.
Pero quizás la vida no valga tanto como la honra. Y contra ella se atenta con tozuda constancia. La fea sierpe de la calumnia, la escamosa sierpe del insulto, reptan siempre alrededor de su persona. Pasquino golpea su puerta con perseverancia digna de mejor causa. Algunos curas y algunos liderillos curuchupas, en sucio contubernio, escriben asquerosos pasquines como El Diablo, sobre el cual Andrade Chiriboga dice lo siguiente: “Cobarde manifestación de un grupo que, sintiéndose incapaz de enfrentarse con Peralta, para herirle se recata tras las barbas de pasquino. El Diablo, puede estar bien escrito, pero será siempre una prueba con que ejercitaban los más destacados sacerdotes del Semina­rio y dirigentes del conservatismo, la caridad cristiana”.[4]  
Elegido diputado a la Asamblea Nacional de 1896‒97, para consolidar la revolución triunfante, propone el inmediato establecimiento de los principios liberales básicos, distinguiéndose especialmente en la batalla librada para conquistar las libertades de conciencia y cultos. Por desgra­cia, no consigue del todo su propósito, pues en este tópico ‒¡quién lo creyera! ‒ se encuentra con la oposición de gran parte de sus mismos correli­gionarios que las consideran prematuras y optan por el punto medio. Son partidarios del paso corto, que ellos llaman prudencia.
Tampoco puede olvidar las aspiraciones más sentidas de las masas populares, siempre expoliadas por los poderosos, al margen siempre de todo beneficio. Ya antes de la revolución, en su trabajo titulado Pobre pueblo, había mirado su miseria y se había adentrado en sus dolores. El olvido, el silencio no eran posibles.
El indio es objeto principal de sus afanes reivindicativos. Apoyando a Moncayo ‒el autor del gran cuadro de dolor que es El concertaje de indios‒ denuncia con vigor la servidumbre en que se le ha mantenido desde los dolorosos días de la conquista. Denuncia el mísero salario que percibe y el despojo de su propiedad: es decir ‒expresa‒ le hemos privado al indio de todos los elementos para mejorar su suerte. Plantea, por esto, su derecho a la tierra que trabaja.
Más tarde, en sus trabajos escritos, con páginas sentidas, prosigue su defensa del pueblo indio. En su libro El régimen liberal y el régimen conservador juzgados por sus obras, protesta contra el ignominioso concer­ta­je, manifestando que ni la muerte puede liberar al concierto de su férula, puesto que sus hijos, herederos de su deuda, son también herederos de su servidumbre. Y en El problema obrero, propugnando una reforma agraria y calificando al latifundio de atentado contra la naturaleza, aboga porque los bienes de manos muertas pasen a su poder. Quiere que sirvan de alivio a su miseria. Que sean bálsamo para sus sufrimientos.
Igual sucede con la clase obrera, a la cual, asimismo, dedica gran atención en todo momento. Piensa que ellos ‒hombres nuevos los llama‒ “son lo únicos que elevarán a la república a la altura de la civilización moderna”.[5] En el artículo La regeneración manifiesta que en sus “venas circula la democracia en forma de savia roja, vivificante, ígnea”,[6] y les llama a declarar la guerra al abuso y “a los esquilmadores del proletario”. Propugna una mejor distribución de la riqueza y condena “la inmisericorde ambición del capitalista” que se enriquece con el sudor de su trabajo. Exige, finalmente, la promulgación de leyes que recojan sus aspiraciones y mejoren su suerte.
Y cuando ocurre la masacre del 15 de noviembre de 1922 ‒cuando el río Guayas arrastra, luctuoso, las humildes cruces proletarias‒ no falta su voz de protesta: “Y en la misma ciudad de Guayaquil, baluarte de las libertades pъblicas ‒dice‒ el pueblo fue asesinado de manera infame y cobarde, sin respetar niños ni mujeres, porque solicitaban pan y trabajo”.[7]
Otro campo de combate donde Peralta actúa con singular denuedo es en la defensa de nuestros derechos territoriales y de la soberanía nacional.
Estos son sus principales estudios dedicados a este importante tema:

¿Ineptitud o traición? (1904)
La venta del territorio y los peculados (1906)
Compte Rendu (1920)
Para la historia (1920)
Una plumada más sobre el Protocolo Ponce-Castro Oyanguren (1924)
Breve exposición histórico-jurídica de nuestra controversia de límites con el Perú (1925)
Por la verdad y la patria (1928)

Aquí, en estas fuentes, está su candente acusación contra los intentos de enajenar el territorio patrio y su enfrentamiento reiterado con diplomáticos equivocados o desapren­sivos. Está su rotunda oposición a esta diplomacia secreta que cubre con el velo del sigilo los atentados contra los intereses nacionales. Está, sobre todo, la demostración erudita de nuestros derechos amazónicos y su parecer ‒parecer inamovible‒ de que toda solución limítrofe sea a base de una salida soberana al gran río.
1910. En esta ocasión, como canciller de la república, tiene que afrontar un conflicto internacional que nos pone al borde de la guerra e impedir la expedición de un laudo arbitral contrario a toda equidad y justicia. Y, gracias al apoyo popular y a la firmeza del gobierno alfaris­ta, sale avante de este difícil lance. “Con Peralta ‒dice el escritor azuayo Luis Monsalve Pozo‒ la Patria quedó intacta y sin heridas”.[8]
Los pueblos latinoamericanos han sido víctimas siempre de la agresión imperialista. Las ofensas han sido constantes, y su suelo, inclusive ha sido hollado por sucias botas de marines. Y contra esto, porque guardar silencio hubiera sido cobardía, se alzaron las voces más límpidas del continente, a la vez que las más firmes y potentes. Son las voces de Martí, de Ingenieros, de Ugarte y de Mariátegui. Y a esas voces esclarecidas une Peralta la suya en La esclavitud de la América Latina, valiosa y solidaria contribución para la defensa de la soberanía de nuestros pueblos, para la lucha contra el enemigo todopoderoso.
Ni su alejamiento del poder después de la asonada de agosto de 1911 pone fin a su ímpetu combativo. Es que no faltan causas y objetivos. Son blancos de su ataque ‒por ejemplo‒ los responsables de los crímenes de El Ejido. Igual los gobiernos que se erigen sobre la sangre allí derramada y que pactan con el conservadorismo. Y así, sin descanso, hasta el final mismo de sus días.
Por lo que significa para la revolución alfarista, el nombre de Peralta no puede ser olvidado. Él es forjador de sus principales conquistas.
Dice el gran escritor Jorge Carrera Andrade: “Peralta, campeón de la polémica política y discípulo de Montal­vo. Hombre de ciencia, investigador de los grandes problemas socia­les, internacionalista insigne, maestro de juristas, Peralta fue una de las figuras más notables de la  revolución liberal”.[9]
Quien es todo esto, no debe ser olvidado.




[1] Tomado de Oswaldo Albornoz Peralta, Páginas de la historia ecuatoriana, t. II, Editorial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, Quito, 2007, pp. 101-107.
[2] Varios autores, Visión actual de José Peralta, Fundación Friedrich Naumann, Quito, 1989, p. 227.
[3] Luis Robalino Dávila, Orígenes del Ecuador de Hoy, vol. V, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1966, p.48.
[4] Alfonso Andrade Chiriboga, Hemeroteca Azuaya, t. II, Cuenca, 1950, p. 168.
[5] José Peralta, “¡Pobre Pueblo!”, en Años de Lucha,  t. I, Editorial Amazonas, Cuenca, 1974, p. 139.
[6] José Peralta, “La Regeneración”, en Años de Lucha, t. I, p. 111.
[7] “¡Pobre pueblo!”, op. cit, p. 150.
[8] Luis Monsalve Pozo, La patria y un hombre (Historia de un pueblo y exégesis de un guía), Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, Cuenca, 1961, p. 125.
[9] Jorge Carrera Andrade, Galería de místicos y de insurgentes, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1959, p. 141.

martes, 7 de noviembre de 2017

Influencia del marxismo y de la Revolución de Octubre en los intelectuales del Ecuador VI y último capítulo






                                                                                VI                                                                        
TRAYECTORIA Y DESTINO DE LA INTELIGENCIA

Vamos a terminar este estudio.
La tradición de los intelectuales ecuatorianos es muy honrosa, pues desde muy antiguo, gran parte de ellos, y lo más representativo, se ha puesto al lado de las causas justas y han batallado en pro de los ideales progresistas. Toda nuestra historia da testimonio fehaciente de este hecho.
Ya durante la oscuridad colonial, el médico indio Eugenio Espejo, concibe la independencia de las colonias americanas, no como la simple separación de España, sino como un cambio social que beneficie al pueblo. Su discípulo José Mejía Lequerica, vinculado a las fuerzas liberales de la Península, pide en las Cortes de Cádiz la supresión del Santo Tribunal de la Inquisición y aboga por la libertad de imprenta. Y Olmedo, el cantor de Junín, allí mismo, narra los indecibles sufrimientos de los indígenas condenados al yugo de la mita y demuestra la necesidad de la abolición de esa inhumana institución.



Después, instituida la República, los intelectuales progresistas prosiguen la lucha por la democracia y la desaparición de los rezagos coloniales en los campos. En la larga lucha contra el conservadurismo y la tiranía, Pedro Moncayo, el viejo militante de la Sociedad de El Quiteño Libre y Pedro Carbo, patriarca de los liberales guayaquileños, ambos escritores y polemistas de valía que no dejan un solo momento la trinchera y mueren combatiendo por los principios que propugna el liberalismo. Federico Proaño, joven periodista y literato galano, sufre la cárcel y el destierro defendiendo sus ideas. Y sobre todos ellos, se levanta la figura cimera de Montalvo. Desde aquí o desde la lejanía del triste ostracismo, siempre deja oír su voz para estigmatizar a los déspotas o para clamar por la libertad y la justicia. La Dictadura Perpetua es el inri sobre la frente de García Moreno, símbolo y personificación del despotismo. Y la Mercurial Eclesiástica, es la denuncia más honda y más clamorosa, adornada con las galas del estilo, que se haya escrito contra la intolerancia.                           
     
Luego se verifica la revolución liberal comandada por Alfaro, revolución que lleva al poder a la burguesía y que tiene un carácter progresista no obstante sus limitaciones. Al lado del Viejo Luchador, otra vez, está toda una brillante pléyade de intelectuales ecuatorianos, que ahora ya no son solo los teóricos y expositores de la doctrina, sino que, uniendo la teoría con la práctica, se convierten en legisladores y estadistas, que plasman en leyes las ideas. Los más radicales de ellos son los que patrocinan principios avanzados para la época, conforme se puede constatar si se revisan las actas de los Congresos y el legado jurídico del liberalismo. Obra de ellos son, en su mayor parte, las nuevas libertades que desde entonces airean el cielo de la patria, así como también las leyes de beneficio social que se promulgan. Son obra de Abelardo Moncayo, el poeta y dramaturgo que escribe ese patético alegato contra el concertaje. De Luciano Coral, autor de varios libros y periodista de combate. De Roberto Andrade, el historiador y panegirista de Montalvo, de larga trayectoria en el campo de nuestras letras. Y de José Peralta, el mayor ideólogo de entonces, que quiere la redención del indio y se pronuncia contra el imperialismo yanqui.

       
           

Esa es su tradición.
Esas mismas huellas han seguido todos los intelectuales que avizorando el porvenir y comprendiendo la marcha de la historia, han seguido la senda del marxismo–leninismo y han plegado a la lucha de la clase obrera, llamada a instaurar el socialismo. Ellos –a los cuales nos hemos referido en este trabajo– han jugado importante papel en la marcha revolucionaria de nuestro pueblo, pues no se puede negar su influencia, tal como nos enseña nuestro pasado histórico. Pero esto no significa que ellos estén predestinados a ser guías de la revolución, como algunos pretenden. Gallegos Lara al prevenir el peligro y los alcances de esta tesis, manifiesta con toda razón, al polemizar con Jorge Rengel en 1935 –ver Realidad y Fantasías Revolucionarias del escritor citado– que es necesario reconocer explícitamente que no es una situación cualquiera la que corresponde al proletariado en la lucha contra la burguesía, sino una situación hegemónica de dirección, de vanguardia”.[1] Por lo mismo, la tarea de los intelectuales, que no forman ninguna clase, como aclara Gallegos, no es otra que la de aunar esfuerzos con la clase obrera para establecer el socialismo y suprimir la explotación del hombre. Cumplir este deber, es ya en sí blasón suficientemente honroso.
Los intelectuales que vengan a las filas revolucionarias tienen amplias y nobilísimas tareas por delante. Ellos están llamados a contribuir en la dilucidación de los problemas nacionales y mostrar las verdaderas soluciones, celosamente escondidas por los intelectuales al servicio de las clases dominantes. Tienen que rehacer nuestra historia, poniendo de relieve las heroicas luchas de las masas populares, ahora silenciadas por los historiadores académicos, que temen la propagación del ejemplo y el aquilatamiento de las experiencias. Y mediante el arte –el lienzo, el poema o la novela‒ tienen que llegar al sentimiento del pueblo, a la mitad de su corazón generoso, para mostrar su vida y dirigirla a la esperanza.
Todo esto tienen por delante. Y esto es lo verdaderamente grande, porque significa convertirse en combatientes del socialismo, transformarse en soldados de la revolución.
Lenin, analizando el problema de la cultura, habla de la dualidad cultural. Hay una cultura burguesa de las clases dominantes y una cultura democrática de las clases revolucionarias y en ascenso. Desarrollar esta última, que necesariamente tiene que conservar todo lo valioso de las generaciones anteriores, es la alta misión que tienen que cumplir nuestros intelectuales. Y para un intelectual verdadero, esto basta y sobra. Ser soldado de la revolución iniciada por el genio de Lenin, es el título más alto al que se puede aspirar.






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Surcos N° 19,  Quito, 21 de marzo de 1944.
Surcos N° 29, Quito, 13 de julio de 1945.






[1] Joaquín Gallegos Lara, “Carta a Jorge Hugo Rengel”, mayo de 1935, reproducido en Los Comunistas en la Historia Nacional, Edit. Claridad, Guayaquil, 1987, pp. 150-151.