martes, 4 de junio de 2024

Los caballos de Bowen

 


LOS CABALLOS DE BOWEN[1]

 

           Estamos en los inicios de la revolución liberal del 5 de junio de 1895.

          Derrotado el régimen del presidente Cordero, la élite liberal de alto coturno de la ciudad de Guayaquil, en especial la formada por los grandes hacendados cacaoteros, hacen lo imposible para que suba al poder uno de los suyos. Una Junta de Notables ignora por completo la existencia del general Eloy Alfaro y sus treinta años de heroica lucha. Eso no importa nada para muchos. Ellos quieren un mandatario de confianza y que defienda a carta cabal sus intereses, cosa de dudar en el guerrillero manabita, porque no tiene haciendas con la pepa de oro ni mayores acciones en los bancos. Además –arrastrando una carga aristocratizante desde la colonia– piensan otros que no tiene los suficientes atributos de hidalguía para ostentar tan alto cargo, donde casi siempre, sólo han estado personajes linajudos. ¡Ah, el indio Alfaro!

          Felizmente, está también en la revolución otro protagonista: el pueblo. Y un pueblo vigilante que pronto se da cuenta de los interesados propósitos de los notables, y bulliciosamente, a la par que, con poco respeto para las notabilidades, proclama a pecho abierto el nombre del general Alfaro. La masa popular está resuelta y no queda otro remedio que acatar sus decisiones. También, las personas más lúcidas de la Junta y sin los tontos prejuicios de sus colegas, comprenden que sin su espada es difícil trepar los riscos de los Andes para izar la bandera roja del liberalismo. Y así, casi por milagro, –milagro del pueblo desde luego– se nombra Jefe Supremo al general Eloy Alfaro.

Pero, como resaca de lo acontecido queda un ambiente de inconformidad en los notables de menor firmeza ideológica, que se manifiesta enseguida en afanes contrarevolucionarios. Con tal de que no sea el indio Alfaro, que sea cualquiera el ungido, sobre todo, uno que pueda caer en sus manos y obedecer sus órdenes. Y con esta finalidad, un grupo de la alta sociedad porteña, se fija en el general Plutarco Bowen, un militar que al igual que varios compatriotas nuestros, ha ganado sus galones combatiendo por el liberalismo en los campos de Centro América.


General Plutarco Bowen


          Bowen llega a Guayaquil a pocos días de proclamada la revolución y el grupo de nuestra mención resuelve hacerle un recibimiento ruidoso y triunfal para minimizar el próximo arribo del general Alfaro. El coronel Carlos Andrade, luego de señalar la actitud poco noble de los notables con relación al general Alfaro, dice al respecto lo que sigue: 

Nuestra llegada coincidió así con la suya, de manera que tomamos exactos informes relativos a ésta. El pueblo lo aclamó e hízole delirantes demostraciones de entusiasmo; pero noble y altivo, no descendió a acto alguno vil: esto les estaba reservado a ciertos caballeros de alma de lacayos; quienes sin el suficiente valor para presentarse al frente en los momentos de peligro, no vacilaron en desenganchar el coche dispuesto para Bowen, arrastrándolo cual si fuesen bestias, desde el lugar donde éste desembarcara hasta la casa preparada para recibirlo. Se concibe que, en un arrebato de entusiasmo, sea cualquier persona capaz de cometer locuras, mas no actos de vileza que desdicen de la dignidad humana.[2] 

A este triste episodio, representado por un grupo de jóvenes de la alta sociedad guayaquileña, la historia, a veces un tanto mordaz, ha puesto el título adecuado: “los caballos de Bowen”. Uno de esos caballos, para muestra, es Cesáreo Carrera Padrón, futuro ministro de Gobierno en la segunda administración de Leonidas Plaza.

Es de aclarar que el recibimiento caluroso por parte del pueblo se debe a que se cree que viene enviado por Alfaro para ponerse al frente de la revolución, falsa creencia de la que se aprovecha Bowen para hacerse pasar como tal y satisfacer sus desmedidas ambiciones.

El coronel Andrade se forma una pobre idea de este singular personaje, cuyo grado militar, lo escribe con letra cursiva. Dice que cuando se le concede la entrevista –acto reservado para sólo determinadas personas– le encuentra “tendido en una hamaca, arrullado por dos señoras y manifestando en su actitud y en sus palabras las más exageradas pretensiones”.[3] Añade que está sólo pocos minutos en su compañía, pues con razón, lo encuentra incapaz para tratar de asuntos serios.

El recibimiento entusiasta y el rítmico trotar de “caballos” de tanta raza, hacen creer al joven general, de poco caletre por lo visto, que puede reemplazar al general Alfaro. Toma el mando del ejército y sin ninguna facultad empieza a conferir ascensos, entre ellos algunos inmerecidos y que sólo tenían un fin político, como consta en un informe del general Alfaro fechado el 9 de octubre de 1895. La conspiración, entonces, empieza a tejer sus redes ayudada por el latente antialfarismo del sector antes mencionado, cuyas voces no dejan de alentar al ingenuo general.

No se sabe con qué fines evade el combate en la batalla de Gatazo. No obstante firma un parte de guerra afirmando su asistencia, y cuando se señala su falsedad escribe un arrogante manifiesto contra sus detractores, donde les califica de canalla leprosa merecedora del puñal de la salud. Alfaro, cuando se le pide que informe sobre este particular, dice “que el expresado General no tuvo arte ni parte en la acción de armas a que me refiero, y que, por lo mismo, el detalle pasado por él al Jefe de Estado Mayor General, es un tejido de falsedades”.[4]

Cada vez son más evidentes las pruebas de la conspiración emprendida por los generales Plutarco Bowen y Juan Miguel Triviño, este último, ascendido a ese grado por el primero.  Por este motivo son apresados y juzgados por un Consejo de Guerra. Durante las deliberaciones de este organismo, Bowen con su falta de tacto y la arrogancia que lo caracteriza, dice en una ocasión que “no tenía a que Gobierno obedecer en Guayaquil, porque él era el Gobierno mientras llegara el señor General Alfaro, y porque había sido proclamado por los pueblos Comandante General”,[5] dislate que su defensor pide que no se haga constar en las actas.  El desenlace del juicio es la condena a muerte de los dos sindicados, pero para su suerte, generosamente, son indultados por el general Alfaro. Su política de perdón y olvido entra en vigencia.

El Consejo de guerra que condena a Bowen y Triviño está presidido por el coronel –en ese entonces- Manuel Antonio Franco. Juez fiscal es el coronel Emilio María Terán. Defensor del general Bowen es el doctor Modesto Peñaherrera. Y defensor del general Triviño es el doctor Luis Felipe Borja.

Todos los personajes nombrados –por buenas o malas– están inmersos en las páginas de la historia ecuatoriana.

Cuando se vislumbra el fin infortunado del general Bowen, los señorones que aprovechando su vanidad, su falta de experiencia y poco tacto le comprometen en la oscura y traidora conspiración, guardan total silencio y lo dejan solo.  Nadie dice una palabra en su defensa. Los “caballos”, como para confirmar la insuficiencia de valor de que habla el coronel Andrade, presto desaparecen del escenario.

¿Cuál es el final de Plutarco Bowen?

El historiador Elías Muñoz Vicuña en su conocido libro La guerra civil ecuatoriana de 1895, nos informa sobre este asunto: 

Bowen –dice– en los primeros momentos se mantuvo leal a Alfaro y al radicalismo, pero después se dejó enredar en las ambiciones y, como consecuencia de ello, fracasó y fue desterrado. Siguió sus correrías en Centro América y murió fusilado, en realidad asesinado, por el tirano de Guatemala, Estrada Cabrera en 1898, después que Bowen encabezara fuerzas revolucionarias que pretendían derrocarlo. El General Bowen fue secuestrado, e inconsciente por somnífero, fue entregado a su verdugo, por el anarquista Francisco Coronel, que se había vendido al tirano Estrada Cabrera. El General Alfaro y un amplio movimiento de solidaridad latinoamericano, reclamaron la vida de Bowen, incluso lo hicieron las mujeres del pueblo donde fue fusilado.[6] 

          Según carta del 20 de agosto de 1899 dirigida por el general Leonidas Plaza al doctor José Peralta desde la capital de Costa Rica, donde se halla en ese entonces, afirma que fue secuestrado “en un pueblito de Méjico llamado Zapachula”. Agrega que murió muy valientemente”.[7]

          Estrada Cabrera, el dictador ultramontano que gobierna Guatemala con el apoyo clerical, es en realidad un tirano y un asesino. William Krehm dice que manejaba los venenos con la destreza de un Borgia y que “sus asesinos seguían la pista de sus opositores hasta los rincones más apartados del mundo”.[8] ¡Consultaba a brujas y era adorador de Minerva, la diosa de la Sabiduría!

          A manos de este monstruo muere Bowen, hasta donde lo conducen los “caballos” de nuestro cuento. Al lado de sus defectos, parece que tiene una virtud: ser de ideología liberal. Su lucha y su muerte es una señal de eso.

 



[1] Tomado de Oswaldo Albornoz Peralta, Páginas de la historia ecuatoriana, t. 1, Editorial de la CCE, Quito, 2007, pp. 497-502.

[2] Carlos Andrade, “Recuerdos de la guerra civil”, en Revista de Quito N° XXXIV, Tipografía de la Escuela de Artes y Oficios, Quito, 1898, p. 216.

[3] Idem.

[4] Proceso del Consejo de Guerra seguido contra los generales Plutarco Bowen y Juan M. Triviño, Imprenta de “El Tiempo”, Guayaquil, 1895, pp. 181-182.

[5] Idem, p. 31.

[6] Elías Muñoz Vicuña, La Guerra civil ecuatoriana de 1895, Departamento de Publicaciones de la Universidad De Guayaquil, Guayaquil, 1976.

[7] Carta de Leonidas Plaza a José Peralta, San José, 20 de agosto de 1899 (archivo del autor).

[8] William Krehm, Democracias y tiranías en el Caribe, Editorial Vida Nueva, Santiago, 1954, p. 55.

domingo, 2 de junio de 2024

Historia de un bofetón

 

HISTORIA DE UN BOFETÓN[1]

 

           Este no es un bofetón cualquiera, sino de aquellos que, por su contundencia social, pasan obligatoriamente a la historia.          

 El autor de este bofetón histórico es el coronel José Luis Alfaro, hermano mayor del caudillo liberal, general Eloy Alfaro. Igual que él, desde temprano, se convierte en un aguerrido luchador en pro de las ideas avanzadas. Alejado del país por el conservadorismo dominante se radica en Centro América, y en la república de El Salvador pierde a su hijo primogénito, fusilado por el tirano Ezeta. Regresa a la patria cuando estalla la revolución de 1895, donde pone su espada al servicio del liberalismo, entrando en campaña de inmediato. Nombrado Director de la Guerra en las provincias del sur, organiza las tropas que toman la ciudad de Cuenca, centro principal de la resistencia conservadora. Y finalmente, en 1898, es separado del cargo de Comandante de Armas de Guayaquil cuando propina el bofetón a Ignacio Robles, gobernador del Guayas. Vuelve a El Salvador, donde fallece.

          Su estadía en el Ecuador, como se ve, es sumamente corta.

          Sin embargo, en este breve lapso, puede ver con preocupación la existencia de una derecha liberal que se opone a todo cambio radical y que mira con malos ojos al ascenso a la presidencia del general Eloy Alfaro.

          Esta rama del liberalismo, formada fundamentalmente por grandes hacendados cacaoteros, cuando no conspira francamente –como en el caso de José María Sáenz y Miguel Seminario que en Lima planean la formación de un gobierno tripartito con el conservador Rafael María Arízaga– sabotea sin ningún escrúpulo las medidas que se toman para vencer al enemigo y radicalizar la revolución. Este es el caso de los ministros Luis Felipe Carbo y Cornelio Vernaza que hacen lo imposible para que fracase la expedición que se prepara para la toma de Cuenca. El coronel Alfaro es testigo de todo esto.

          Manuel de Jesús Andrade –Ecuatorianos notables contemporáneos–  afirma lo siguiente sobre la actuación de Carbo y Vernaza:  

Los señores coronel Ullauri y Dr. José Peralta se interesaron vivamente en Guayaquil ante el Consejo de Ministros para que se proporcionase el dinero, armas, vestuarios y pertrechos indispensables para alistar y equipar convenientemente la División del Sur, pero los Ministros Vernaza y Carbo –que parecía abrigaban ocultos fines-  miraron con recelo las tropas del coronel Serrano, que en cualquier emergencia habrían sido leales la General Alfaro, y pusieron mil obstáculos y cortapisas mil, para que el Ejército del Sur no se aprovisionara de los elementos solicitados.[2]

           Ullauri y Peralta, nombrados en el párrafo transcrito, comprenden de inmediato la finalidad de la política de Carbo. El primero piensa que se trata de paralizar la revolución y apartar de ella a los elementos más radicales. El segundo manifiesta en sus Memorias que esa política del paso lento que se perseguía, impide una rápida y profunda transformación revolucionaria, alentando así la resistencia conservadora que causa un gran derramamiento de sangre. Dice que Carbo, alardeando sapiencia repite constantemente el viejo adagio italiano: qui va piano, va lontano, e... va sano!

          Para impedir que se prosiga esta política, junto con otros liberales del puerto, organizan una pequeña asonada que produce la caída del ministro omnipotente, pues el pueblo guayaquileño que intuye la equivocación de este camino, la apoya con entusiasmo.  El coronel José Luis Alfaro está con los contrarios de Carbo.



          Empero, el Jefe Supremo, que confía excesivamente en Carbo, desaprueba el motín. Su sobrada bondad, y su conocida política de perdón y olvido, son quizá, una de sus equivocaciones. Muchos de los perdonados, apenas libres, como Pedro Lizarzaburo por ejemplo, vuelven a la cruzada.

          Al respecto, el coronel Alfaro, en carta de 22 de abril de 1896, dice esto a Peralta:  

La manifestación que U. me hace en unión de los queridos amigos Malos, Valdivieso y Ullauri en pro de nuestra causa y de nuestro Caudillo, me ha rejuvenecido y hecho palpitar mi corazón de júbilo y agradecimiento; gracias. Rodeados de hombres de la valía de Us. es imposible que la patria vuelva a caer en las manos de sus sacrílegos hijos. Cierto que la lenidad de mi hermano alienta aún las conspiraciones, pero como los hilos de estas llegan inmediatamente a nuestras manos, abortan y ahí queda todo.[3]  

          Las conspiraciones, en efecto, están a la orden del día. Y, por desgracia, no siempre abortan.

          Y junto a las conspiraciones, abortadas o no, viene gestándose el bofetón del coronel Alfaro.

          El bofetón, propinado al gobernador Ignacio Robles, se produce en el mes de abril de 1898.

          ¿Quién es Ignacio Robles?


          Es hijo del presidente Robles. Es gran hacendado, banquero y comerciante: dueño de las haciendas “Puca” en Balzar y “La Candelaria” en Daule, accionista y presidente del Banco del Ecuador, miembro de la Cámara de Comercio de Guayaquil. Es pariente de Luis Felipe Carbo y pertenece a los círculos aristocratizantes del puerto. Una hija suya está casada con un hijo del general Vernaza, cuyas actuaciones han sido criticadas, tanto en el gobierno de Veintemilla como en el de Alfaro. Más tarde, una de sus nietas, contraería matrimonio con el poderoso banquero Francisco Urbina Jado.

          Es, por tanto, todo un potentado. Por esto, cuando es apresado y recibe el bofetón de Alfaro, la grita y la protesta de la clase alta son ensordecedoras. El Municipio de Guayaquil, integrado por latifundistas y banqueros como Lautaro Aspiazu, José Sánchez Bruno, Enrique Gallardo y Eduardo Game, se pone a la cabeza del alboroto.  El presidente Alfaro deplora el hecho y ordena la libertad de Robles, pero éste orgulloso y engreído – ya que según afirma el coronel Carlos Andrade en sus Recuerdos de la guerra civil, él y su pariente Carbo, se atribuyen el mérito de la revolución- renuncia al cargo de gobernador porque dice no haber recibido el suficiente apoyo que el principio de autoridad “necesita para mantenerse en la majestad y brillo que le corresponden para la salvación de las instituciones sociales”.[4]

          El acusado se defiende y expresa lo siguiente en una proclama dirigida al pueblo guayaquileño: “Acato la ley y respeto a los jueces que van a juzgarme; pero el Juez Supremo de mi conciencia nada me dice que pueda hacerme inclinar la frente…” Y afirma que su vindicación se realizará “el día no lejano en que arrojen la careta los que hoy todavía urden revolucionarios planes”.[5]

          Se sigue un Consejo de Guerra contra José Luis Alfaro cuyo resultado final se desconoce. El historiador Robalino Dávila, a pesar de que se le despoja de su cargo y se ve obligado a salir del país por el bofetón a un conspirador, con manifiesta parcialidad dice que “todo quedó impune y en la sombra, como siempre bajo el Régimen Alfarista que corrompió tanto a nuestro pueblo”.[6] Lo que si ha quedado en profunda sombra, en impenetrable secreto, es la conspiración de Robles y sus seguidores.

          No cesan los ajetreos conspirativos contra Alfaro. Cada vez la derecha liberal se va acercando más y más a los conservadores. En 1906 y 1907 la unidad y la colaboración son claras y evidentes. Y por fin, en 1912, algunos “gran cacao” guayaquileños participan en los combates, y los más permanecen como espectadores, esperando el desenlace. Desenlace enrojecido con la sangre de Alfaro y sus tenientes.

          Ya sin el obstáculo del alfarismo la puerta queda abierta para la conciliación, tarea llevada a cabo con singular destreza por el presidente Leonidas Plaza, que así pone fin a toda posibilidad de transformaciones revolucionarias.

          El bofetón del coronel José Luis Alfaro, más que contra el señor Ignacio Robles, es un bofetón dirigido contra la derecha liberal conciliadora.

 


 



[1] Tomado de Oswaldo Albornoz Peralta, Páginas de la historia ecuatoriana, t. 1, Editorial de la CCE, Quito, 2007, pp. 509-513.

[2] Manuel de Jesús Andrade, Ecuatorianos notables contemporáneos, Departamento de Publicaciones de la Universidad de Guayaquil, Guayaquil, 1976, p. 462.

[3] Cartas a José Peralta (inédito). Archivo del autor.

[4] Luis Robalino Dávila, Alfaro y su primera época, t. I, Editorial Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1968, p. 146.

[5] Idem.

[6] Idem, p. 147.

martes, 28 de mayo de 2024

La revolución del 28 de Mayo de 1944

 A 80 años de la "Gloriosa" 



UNA REVOLUCIÓN FRUSTRADA: 28 DE MAYO DE 1944[1]

 

Oswaldo Albornoz Peralta

 



El gobierno de Arroyo del Río es de­sastroso.

El imperialismo yanqui se empeña en la mutilación te­rritorial del Ecuador, porque sus compañías petroleras que operan en el Perú, en confabulación con el militarismo perua­no, necesitan de nuestras tierras orientales para extender y dar mayor unidad a su esfera de acción en esta parte del con­tinente. Y el gobierno de Arroyo, junto con el conservadorismo representado por el ministro de Relaciones Exteriores Tobar Donoso, traidoramente acceden a la pretensión norteamericana y fir­man el infame Protocolo de Río de Janeiro. Se justifica la traición y el imperio de la fuerza –no obstante de que ésta está proscrita del derecho panamericano– con el sofisma de la “unidad continental”.

Una nueva prueba de sumisión a los yanquis: nuestros productos estratégicos –caucho y palo de balsa sobre todo– son vendidos a precios ínfimos a los Estados Unidos, mien­tras que otros países americanos aprovechan la coyuntura de la guerra para aumentar sus reservas. Esto también se justifica y se dice que se trata de una contribución para la derrota del nazi–fascismo.

Los negocios fraudulentos son notorios y los áulicos del régimen se enriquecen de la noche a la mañana. Este es el caso de los que se benefician, sin ningún rubor ni vergüenza, con los bienes expropiados a los nazis alemanes.

El pueblo, como siempre, está olvidado en su miseria. Y cuan­do hace oír su voz airada de protesta, y cuando sale a las calles y muestra su indignación por la traición a la patria o los desa­fueros gubernamentales, es atropellado vilmente por el sober­bio gobernante. Las libertades públicas son violadas constan­temente. Perseguidos por los sabuesos del régimen –pesquisas o carabineros– los que no están acordes con el despotismo.

Y para perpetuar este estado de cosas se prepara en for­ma pública y descarada un nuevo fraude electoral, tanto que se da como descontada la victoria del candidato oficial.

Tal el panorama del gobierno arroyista.

Para remediar esta situación insoportable se realiza una coalición de fuerzas políticas muy amplia, donde están libera­les y conservadores desafectos al régimen, los partidos de izquierda y los sectores independientes. Desde el punto de vista de clase, están por consiguiente allí, terratenientes y capitalis­tas, las masas obreras y de la pequeña burguesía. Esto es lo que se llama Alianza Democrática Ecuatoriana.

El can­didato de la coalición es el doctor Velasco Ibarra. Los trabajadores, antes de plegar al levantamiento, se habían puesto en contacto mediante una delegación con Velasco que se hallaba en Colombia, para pedirle que acepte y se comprometa a cumplir un pliego de aspiraciones. Ese pliego contiene ocho puntos, que sintetizados, son los siguientes:

1º Apoyo del futuro gobierno para la reunión de un Congreso Nacional de Trabajadores para constituir la Confederación de Trabajadores del Ecuador.

2º Reconocimiento del Comité Nacional de los Trabajadores como central nacional hasta que se realice el Congreso.

3º Mantenimiento del Código de Trabajo y am­pliación del mismo en beneficio de los trabajadores cuando la CTE considere conveniente.

4º Reforma de los Estatutos de la Caja del Segu­ro para dar entrada en el Consejo de Administración a una representación igual de obreros y patronos. Auto­nomía absoluta de la Caja del Seguro.

5º Donación de una casa, imprenta y más útiles necesarios para que la CTE pueda desenvolver efi­caz y libremente sus actividades.

6º Apoyo económico y social a las comunas indí­genas, sindicatos y cooperativas campesinas. Reconoci­miento legal por parte del Estado del movimiento orga­nizado de los indígenas.

7º Ampliación de la democracia, libertad sindical de prensa, de asociación, de manifestación y expresión libre del pensamiento por todos los medios modernos de propaganda.

8º Creación de un verdadero Consejo de Econo­mía en el que tomen parte todas las fuerzas vivas del país, en especial los trabajadores, cuyos representantes serán designados por la CTE.

No es mucho lo que se pide como se puede obser­var. Velasco, deseoso de ganar el apoyo de la gran fuer­za que representan los trabajadores organizados del país, da su aceptación a todo lo solicitado aunque, como se sabe, después hará caso omiso de sus ofrecimientos. Si algo se consigue no es por su voluntad ni dádiva gratui­ta de su parte, sino como resultado de la lucha y sacrifi­cio de las masas populares.

La respuesta de Velasco Ibarra es esta:

 "Acepto con toda simpatía las sugerencias anteriores y en prueba de mi sinceridad, extraña a los cálculos políticos, acudo a todos mis escritos sobre el dere­cho de los trabajadores y a mi conducta cuando Presidente".

Pasto, 29 de marzo de 1944.

J. M. Velasco Ibarra.

 

Largo se podría escribir sobre sus escritos y sobre su conducta cuando presidente (1934), y más largo todavía sobre su simpatía y sinceridad al aceptar las su­gerencias. Mas dada la limitación de este trabajo, pasa­mos eso por alto.

En consonancia con la efervescencia popular y la época –derrota del fascismo y ascenso del movimiento democrático– ahora, tiene el “corazón a la izquierda”. Alguien dice: a la cacatúa le han salido plumas rojas.

Ante la imposibilidad de un triunfo en las urnas, debido al fraude electoral que se prepara, el ejército con el apoyo del pueblo derroca al pre­sidente Arroyo del Río el 28 de mayo de 1944 y Velasco llega por segunda vez al poder.

Establecido el compromiso con el candidato presi­dencial de Alianza Democrática Ecuatoriana, los trabaja­dores y sus organizaciones, dirigidos por el Comité Na­cional, redoblan sus esfuerzos para derrocar al régimen y no falta su presencia en ninguno de los actos conducentes a ese objetivo, como por ejemplo los sepelios de la niña María del Carmen Espinosa y del estudiante Héc­tor Pauta, asesinados por los carabineros en Quito y en Guayaquil respectivamente, que se convierten en manifestación gigantesca de repudio. Cuando estalla la su­blevación militar el día 28 de mayo en la ciudad de Gua­yaquil, el Comité Nacional respalda inmediatamente el movimiento y decreta la huelga general, inclusive, un gran número de trabajadores empuñan las armas y derra­man su sangre en aras de sus ideales. En Quito, el Comi­té de Huelga integrado por dirigentes sindicales y estudiantes universitarios, ordena el paro el día 29, pese a que las tropas aquí acantonadas permanecen indecisas y no se pronuncian todavía. Igualmente, en otras provin­cias, con mayor o menor relevancia, los trabajadores par­ticipan activamente en la insurrección.




Es pues, destacada y brillante la actuación de la cla­se obrera y de los trabajadores en general en la insurrec­ción popular de mayo, constituyendo factor de suma importancia para la derrota del gobierno de Arroyo del Río. Una prueba de lo aseverado es el hecho de que el camarada Pedro Saad, secretario general del Comité Nacional de los Trabajadores, haya sido nombrado miembro del Gobierno Provisional Revolucionario de la ciudad de Guayaquil, centro de la insurrección.




No se puede dejar de manifestar, tampoco, que los trabajadores están orientados por los partidos políticos de izquierda, el Partido Comunista y el Partido Socialis­ta, sobre todo, que asimismo han jugado un papel de pri­mer orden en la insurrección, tanto que Velasco se ve obligado a incluir en su gabinete a ministros de esos dos partidos. A las filas de estos partidos, como ya se dijo, pertenecen los dirigentes más firmes y experimentados. Son ellos los que infunden combatividad en sus organi­zaciones y los que señalan con mayor certeza los objeti­vos de la lucha. Son ellos, los principales guías de nues­tro movimiento sindical.

La amplitud de la movilización popular, la tónica democrática dada a la insurrección de mayo por los par­tidos políticos de izquierda, crean un ambiente propicio para la realización de reformas y la conquista de reivin­dicaciones por parte de los trabajadores, como en pocas etapas de nuestra accidentada vida republicana. A esto se agrega el favorable panorama internacional, caracteri­zado ese momento por la inminencia de la derrota defi­nitiva de la fiera fascista, que alienta de esperanzas a los pueblos y pone más cerca de las masas la plasmación de sus anhelos. Anhelos, inscritos en la Carta del Atlánti­co.

Este ambiente facilita la actividad del Comité Na­cional de los Trabajadores, que se dedica por entero a la organización del Congreso, premura que se explica no solo por el vehemente deseo de forjar la unidad tanto tiempo apetecida, sino porque se piensa también, que dada la fuerza de las clases reaccionarias que empiezan a moverse ya en las sombras, que la situación favorable existente puede desaparecer y no ser muy duradera. Y es así como muy pronto –a un mes apenas de la revolución– puede reunirse el Congreso el día 4 de julio de 1944 en la ciudad de Quito.

Mas, como era de esperarse en una conjunción de fuerzas tan distintas, pronto, cada cual se orienta por su propio camino. Las de izquierda luchan por el cumplimiento del Programa de la coalición y la satisfacción de los intereses populares. Las de derecha, por todo lo contrario.




Ya en la misma campaña para la elección de diputados para la Asamblea Constituyente el clero hace una furibunda campaña en favor de les candidatos “católicos”, es decir, de los conservadores y terratenientes. El arzobispo de Quito y los obispos de todas las diócesis del país firman una Exhortación de los prelados de la Provincia Ecuatoriana a los católicos ecuatorianos, con el objeto de señalar “la línea moral que han de seguir los fieles en el ejercicio del derecho de sufragio”. La tal “línea moral” es obvia: impedir que asistan a la Asamblea Constituyente “sectarios enemigos de Dios” y que se nieguen “los sagrados e imprescriptibles derechos de Dios y de su Iglesia”. Impedir pues, en resumen, que sean elegidos ciudadanos progresistas dispuestos a luchar por el adelanto nacional y los intereses populares.

Todo esto se hace rompiendo sin ningún recato el mismo Modus Vivendi que prohíbe la intervención del clero en la política. Porque –así dicen– la intervención electoral en favor de los conservadores no es política, sino deber moral. Con todo cinismo se apunta en la Exhortación: “Nadie, empero, nos tilde de que vamos a terciar en luchas políticas partidaristas”.

Sin embargo de todo esto, la Asamblea Constituyente re­sulta con una mayoría progresista, que dicta la Constitución de 1944-45, que es una de las más democráticas que ha tenido el Ecuador. Pero, por otro lado, comete una serie de desacier­tos. Con ingenuidad que asombra, concede el voto al clero, dándole así una mayor oportunidad para su intervención en la política del país. Crea impuestos para la construcción de tem­plos y catedrales, que quebrantan la norma de la separación de la Iglesia y el Estado. No se dicta ni siquiera una mínima Ley de Reforma Agraria tal como se promete en el Programa de Alianza Democrática –sin duda creyendo que Velasco la podría elaborar– mientras se alarga en discusiones de ca­rácter teórico. Y así, otros errores más.

De todo esto se aprovecha la reacción, con Velasco Ibarra a la cabeza, para dar al traste con los anhelos populares y liquidar la revolución de Mayo.

Los hechos se precipitan. Se rompe la Constitución y se instaura una implacable dictadura el 30 de marzo de 1946. El izquierdista de ayer, ya con el corazón a la derecha, per­sigue con saña a comunistas y socialistas. Igualmente, al mo­vimiento obrero y a su organismo máximo, la Confederación de Trabajadores del Ecuador, una de las conquistas más im­portantes alcanzadas por la revolución. El movimiento estu­diantil, así mismo, es acosado y atropellado sin descanso.

La dictadura resulta efímera. Los desmanes que come­te, sus múltiples desaciertos políticos, la oposición popular to­davía considerable, todo esto, contribuye para que sea derro­cada por un golpe militar. Velasco sale del país, y se convier­te, como acostumbra, en el gran ausente.

Su caída no remedia nada. Las mismas oligarquías pro­siguen apoderadas del poder. El pueblo, sigue su eterno via crucis.

 

 



[1] Tomado de Oswaldo Albornoz Peralta: Historia de la acción clerical en el Ecuador, Quito, 1963, pp. 215-217, “La lucha de los trabajadores en la formación de la CTE”, en 28 de Mayo y fundación de la CTE, Quito, 1984, pp. 93-98.