martes, 12 de septiembre de 2023

La matanza de Leito

 

13 de septiembre de 1923, justo hoy un siglo, no había pasado ni siquiera un año de la horrenda masacre del 15 de Noviembre en Guayaquil, cuando una vez más el presidente de la plutocracia porteña, José Luis Tamayo, ordena una nueva masacre en la serranía ecuatoriana, en una hacienda de la provincia de Tungurahua….



LA MATANZA DE LEITO[1]

 


Entre las más incalificables masacres campesinas –tan frecuentes en nuestra historia– está la realizada en el latifundio de Leito, sobre la cual el historiador Oscar Efrén Reyes dice lo siguiente en su Historia de la República:


Una de las más crueles matanzas de labriegos –entre las que se anotaron mujeres en cinta y niños indefensos– se realizó en la hacienda de Leito, de la Provincia de Tungurahua, en la mañana del 13 de Setiembre de 1923.[2]

 

Tratándose de un gran latifundio, no hay necesidad de decir que es una historia sombría, donde las penalidades de los trabajadores son pan de cada día.  La miseria ronda por todos los rincones. La alegría es casi desconocida.

Sus primeros dueños, durante la Colonia, son los padres de la Compañía de Jesús, que si buenos administradores para sacar jugosos dividendos, en cambio, nada se preocupan por el bienestar de quienes amontonan sus riquezas. En su inmenso imperio territorial, al igual que en los latifundios laicos, siervos y esclavos reciben los azotes de rudos capataces. Aunque no se crea, la mano de Dios no aparece por ninguna parte.

Nada se gana cuando los jesuitas son expulsados por Carlos III en 1767. Sus haciendas de Tungurahua pasan a ser administradas por el español Baltasar Carriedo y Arce. Y cuando la Junta de Temporalidades saca a remate esas propiedades, Carriedo, ni corto ni perezoso, se hace dueño de las más valiosas: “Leito, Puñapí, San Javier, Guadalupe, San José de Pingue y Sicalpa”,[3] según nos informa Celiano Monge.

Este Carriedo –aunque el autor que acabamos de citar haga una tibia defensa de su persona– participa en todas las represiones populares de su época. Espada en mano, como soldado, está presente en el sometimiento de Pelileo, Quisapincha, Píllaro y Baños, cuyos cabecillas son castigados severamente en 1780 según Monge. También, como corregidor de Latacunga, se convierte en implacable perseguidor de Eugenio Espejo.

Por su destreza para salir de aprietos y hacer fortuna –es propietario de 15 haciendas y lucrativos obrajes– se le apoda el Mazorra: más zorro que la zorra.

Es de leer el olvidado poema de Juan León Mera que lleva por título el mote de Carriedo –Mazorra. Leyenda original por el trovador de la Selva (Juan León Mera), Miembro correspondiente de la Academia Española, Quito, 1875– en el que se habla de sus aventuras y de sus hazañas. Se dice que es más avaro que el señor Grandet de la novela de Balzac. Se nos hace saber que se casa por conveniencia con una damisela linajuda y llena de relucientes talegos de oro. Y sobre su crueldad con los indios y trabajadores de sus haciendas, leed estos versos:

 

Carriedo el castellano de Yataqui es la fiera

Que en popular lenguaje Mazorra se llamó,

Hambriento de caudales, tardía la carrera

De la labor honrada común le pareció

 

Mazorra, de secuaces seguido, sable en mano,

A los alzados indios terrible acometió;

Piedad la mujer no hubo ni el niño ni el anciano

Y muerte y latrocinio por donde fue sembró.[4]

 

Desde los inicios de la república hasta la matanza motivo de nuestro escrito –1923– Leito aparece en manos de grandes terratenientes de apellido Álvarez, propietarios de inmensas haciendas en algunas provincias, Pichincha, Cotopaxi y Tungurahua principalmente. Un siglo más o menos de tenencia, o mejor, de explotación a los pobres campesinos.  Y también de permanente expansión del latifundio, pues sus límites crecen milagrosamente a costa de las comunidades indias aledañas, con las cuales se halla, por esta razón, en constantes conflictos. El resultado es siempre el mismo: la derrota de los comuneros.

Hoy Leito pertenece al cantón Patate, pero en 1923 esa circunscripción, es parroquia del cantón Pelileo. Su propietaria es la señora Matilde Álvarez Gangotena, casada con Luis Antonio Fernández Salvador Chiriboga, perteneciente así mismo a una familia de poderosos terratenientes. Veamos, cual es en ese entonces, la realidad social de su latifundio.

El escritor Darío Guevara, transcribe lo siguiente de una monografía inédita del cantón Pelileo, escrita por el extranjero Argain Mateluna:

 

Obligábase a la gente a trabajar por tarea, la que se pagaba a diez centavos cada una. Y la tarea consistía en una medida de 25 X 25 metros cuadrados. Habían tareas que demoraban tres días, ocupándose en ella una familia entera de campesinos! Por un viaje a Pelileo, a Riobamba, Ambato o Quito, se le daba al peón cinco centavos diarios; siendo obligación del peón poner bestia, aderezos, etc. Los trabajadores debían pagar el potreraje de sus animales, aunque fuera la maleza y la basura que quedaban en el campo después de la cosecha.  A título de que eran para la hacienda se les arrebataba sus animales y aves a precios ridículos: a cuarenta sucres una vaca de trescientos; a tres reales (treinta centavos) una gallina que valía sucre… Esta situación tenía que llegar a una definición violenta. No podía subsistir de una manera permanente. Ella se produjo por la resistencia de los habitantes de la hacienda para trabajar por más tiempo en esas condiciones y a lo que la administración de aquella respondió con la expulsión, y entonces se negaron a salir de Leito alegando títulos de comuneros.[5]

 

Una explotación inmisericorde, ilimitada. Parece que la avaricia y el afán de lucro de Mazorra se hubiera vuelto sempiterno. Como maldición perdurable.

Ante esa tétrica realidad los campesinos reclaman a las autoridades competentes el aumento de sus míseros salarios y que las horas de trabajo sean de acuerdo con la ley. La respuesta es la que ya sabemos por la transcripción anterior: la expulsión y entrega de sus parcelas y animales domésticos. A esto, como es natural, los trabajadores se niegan a obedecer.  Allí han vivido siglos y no tienen a donde ir.

Pero la decisión está tomada. Los personeros y abogados de la hacienda inventan y denuncian “un levantamiento comunista”. Se dice que el alzamiento significa un inmenso peligro para la propiedad. El presidente Tamayo y su ministro de Gobierno con rapidez inusitada –como sucede siempre cuando se trata de ayudar a los poderosos– ordena el envío de una tropa dizque para sofocar la rebelión.  Son 70 soldados bien armados del Batallón Zapadores de la guarnición de Ambato.  Se movilizan de noche conducidos por el jefe político de Pelileo Carlos Loza. Y en la mañana del día fatídico ya señalado, el piquete desplegado en guerrillas acalla la resistencia campesina con metralla y sangre.

Los hechos son más infames de lo que parecen. “Esta matanza de labriegos –dice Oscar Efrén Reyes– adquirió carácter de verdadera monstruosidad por cuanto el Jefe Político de Pelileo había sugerido dos o tres días antes, que los labriegos debían estar reunidos todos para la mañana de ese día 13 en que irían las autoridades de Tungurahua a oírles personalmente sus reclamos”.[6] En efecto, se reúnen en el sitio denominado Pallacucho según Mateluna, donde Loza, después de imprecar en forma grosera a los campesinos y de asesinar a dos de ellos con su pistola, da la orden de ¡fuego! Retumban los disparos, y después –dice el cronista citado– solo se oyen gemidos y lamentos. El crimen premeditado ha cumplido su objetivo.

Mateluna afirma que son treinta y nueve muertos y más de veinte heridos. Oscar Efrén Reyes habla de veintenas de cadáveres o heridos. Alfredo Pareja Diezcanseco dice que “se asesinó a una centena de infelices que querían comer un poco más y sufrir un poco menos”.[7] Entre los muertos, como para que no se librara de castigo, se encuentra Carlos Loza, al que llega una bala justiciera.

El Informe ministerial suscrito por el doctor Francisco Ochoa Ortiz, dice esto sobre los acontecimientos de Leito:

 

Algunos peones que trabajaban en la hacienda de Leito, de propiedad de la señora Matilde Alvarez de Fernández Salvador, en asocio de varios indígenas del pueblo de Patate, alegando ser comuneros de unos terrenos de dicha hacienda, asaltáronla causando graves daños y tomaron posesión de esos terrenos.[8]

 

Así se silencian y tergiversan los hechos. Para este ministro de Gobierno –que después llega a ser presidente de la Corte Suprema de Justicia– los delincuentes, no son los asesinos sino los campesinos que según él asaltan la hacienda. Las víctimas no aparecen por ninguna parte, a pesar de que se trata de un crimen tan grande que conmueve a la república.

Si, los ecos del crimen se expanden por toda la nación y se adentran en el corazón del pueblo. El escritor conservador Ángel Polibio Chávez, pero de ideas generosas, impresionado, pide ayuda a la dueña de la hacienda para las viudas y los huérfanos, sobre todo para los heridos, algunos de ellos cuales han perdido piernas y brazos. Afirma que Leito se compone de más de seiscientas caballerías de tierras frías y calientes, la mayor parte cubiertas por las selvas orientales, por lo cual solicita siquiera una cuadra para cada huérfano, que no sería –añade– ni la milésima parte del extenso latifundio. “Tenéis –prosigue manifestando– caserón deshabitado en el pueblo de Patate ¿no pudiera dedicarse a orfanato de los huérfanos del 13 de Septiembre, mientras salgan todos siquiera de la infancia? ¿El funesto sitio de Payacucho no mide una hectárea y no pudiera levantarse allí una escuela y una capilla, a fin de que adquieran la doble luz de que carecieron los padres muertos?” [9]

Además, después de recordar que la hacendada es católica práctica, critica de paso la indiferencia y avaricia de los ricos de Ambato. Dice:

 

(…) la idea de que los muertos fueron bolcheviques, han endurecido el corazón de los ricos, de los que tienen propiedades que pueden peligrar; de aquí que, en esta ciudad, donde hay sentimientos y caridad, no se haya podido reunir sino S/. 59,80 para la caridad de esos infelices; ni siquiera una hilacha, no obstante haber dos grandes fábricas de tejidos, para cuyos dueños una pieza de género burdo equivaldría a que el océano dé una gota de agua.[10]

 

El doctor Chávez sabe bien que eso de los bolcheviques es invención. No es invención en cambio el puño cerrado por la tacañería de los adinerados.

Los pedidos generosos del doctor Chávez caen en saco roto. La señora Álvarez, prepara viaje para Europa.

La mala suerte persigue a Leito todavía por un largo tiempo.  El latifundio es vendido al colombiano Marco Restrepo que prosigue la tradición de abuso y explotación respaldados por una guardia armada. Los conflictos son frecuentes, y casi siempre, dejando entre uno y otro, tramos de dolor y sangre. Un solo ejemplo: cuando los comuneros tratan de recuperar sus tierras usurpadas en 1941 –24 de febrero– son rechazados a bala por los guardianes y empleados de la hacienda. Restrepo dirige personalmente la represión. El saldo del encuentro es un muerto y varios heridos entre los campesinos.

Una situación así no podía ser eterna. Los comuneros de Poatug, Patate–Urco, Tontapi y Surcos Nuevos, comprendiendo que es inútil esperar justicia de las autoridades del gobierno –siempre parciales al lado de los terratenientes– se reúnen y toman por la fuerza en 1953 las tierras usurpadas. Son más de un millar los campesinos que intervienen en este acto reivindicatorio.

El éxito obtenido, pues los latifundistas no se atreven a tomar represalias, se debe no solamente a su decisión, sino a que están plenamente apoyados por la clase obrera dirigida por la Federación de Trabajadores de Tungurahua.

Es, pues, una hermosa demostración de alianza obrera–campesina.




 



[1] Tomado de Oswaldo Albornoz Peralta, Páginas de la historia ecuatoriana, t. II, Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, Quito, 2007, pp. 151-158.

[2] Oscar Efrén Reyes, Historia de la República, Imprenta Nacional, Quito, 1931, p. 283.

[3] Celiano Monge, Relieves, Editorial Ecuatoriana, Quito, 1936, p. 164.

[4] Juan León Mera, Mazorra, Imprenta Nacional, Quito, 1875, p. 19.

[5] Darío Guevara, Puerta de El Dorado, Editora Moderna, Quito, 1945, pp. 336-337.

[6] Oscar Efrén Reyes, Breve Historia del Ecuador, tt. II y III, Quito, p. 258

[7] Alfredo Pareja Diezcanseco, Ecuador. Historia de la República, t. III, Editora Nacional, Quito, 1990, p. 27.

[8] Francisco Ochoa Ortiz, Informe que presenta a la Nación el Dr. Francisco Ochoa Ortiz, Ministro de lo Interior, Policía y Municipalidades, Obras Públicas, Correos, Telégrafos, Teléfonos, etc., Talleres Tipográficos Nacionales, Quito, 1924, p. 43.

[9] Ángel Polibio Chávez, Libro de Recortes, Imprenta Escolar, Ambato, 1929, pp. 48-49.

[10] Idem, p. 49.