jueves, 25 de junio de 2015

Eloy Alfaro, figura máxima de la historia ecuatoriana





ELOY ALFARO
 figura máxima de la historia ecuatoriana[1]





Entre las figuras relevantes de nuestra accidentada historia, la del general Eloy Alfaro, ocupa sin discusión la primacía.

José Martí, el héroe cubano, al decir que era de los pocos americanos de creación, avaliza con su prestigio la apreciación que emitimos.

Su aparición en el escenario político, en las últimas décadas del siglo XIX, está ligada al ciclo de revoluciones burguesas que tienen lu­gar en algunos países de Centro y Sud América, donde el desarrollo alcanza­do ha fortalecido a la burguesía. Está ligada también al surgimiento del dominio del pulpo imperialista, que trata de extender sus dominios a los más alejados reductos de nuestro continente para extraer de allí también la ambicionada ganancia monopolista que, como se sabe, es mayor y más suculen­ta que la obtenida durante la etapa del capitalismo de la libre competen­cia. Por tanto, la actuación de Alfaro, desenvolviéndose dentro de los mar­cos de este panorama, no puede menos que estar sometido a las diversas in­fluencias que de esta situación se derivan. Y su valor reside, precisamen­te, en la respuesta revolucionaria y progresista que sabe dar a su obra en las condiciones sociales e históricas que dejamos anotadas.

Esta respuesta tiene dos facetas principales: la del revolucionario liberal y antifeudal, y la del revolucionario anticolonialista y antiim­perialista, amante de la independencia y la soberanía de nuestros países.

Aquí queremos referirnos, preferentemente, a esas facetas del quehacer histórico de Alfaro.


El revolucionario liberal y antifeudal

Su acción como revolucionario liberal no solo se limita a su pequeña patria ecuatoriana, sino que se expande generosamente a otros pueblos de América Latina que combaten por esos mismos principios, pues con un gran sentido de solidaridad clasista que también existe en los representantes del libera­lismo de los otros países no reconoce fronteras para su lucha. Piensa que la instauración de la democracia y la implementación de institu­ciones progre­sistas es tarea continental, y por lo mismo, obra de todos los hombres avanzados de la época.

Manifestación de este modo de concebir la revolución es el llamado Pacto de Amapala, mediante el cual representantes liberales de Nicaragua, Colombia, Venezuela y Ecuador, se comprometen a la ayuda mutua para el triunfo del liberalismo en sus respectivas naciones. Por esto, dondequie­ra que esté, nunca deja de prestar su contingente: su consejo y experien­cia, su dinero, y si es necesario su espada y su vida, están siempre a disposi­ción de la causa democrática, objeto y meta de su existencia. Jamás, olvida la solidaridad jurada.

Su bregar en el Ecuador es largo y porfiado, pues comprende un período de treinta interminables años, donde se alternan los efímeros triunfos con los grandes desastres. Se le llama el General de las derrotas. No obstante, su constancia no tiene límites y permanece indoblegable, seguro del triunfo final. A su frente, tiene al clericalismo y a los grandes terratenientes, que basan su fuerza en el poder económico emanado de la propiedad latifun­dista de la tierra. Tras de él están los exponentes más avanzados de la burguesía y el pueblo ansioso de mejoramiento y de progreso. El pueblo sobre todo compuesto de hombres pobres de las ciudades y campesinos especialmen­te que le acompañan sin tregua en la pelea y forma el núcleo fundamental de la guerrilla, como para probar una vez más, que son las masas populares las que forjan la historia. Y Alfaro, es en ese momento, la personalidad que interpreta el sentir y los anhelos de ese pueblo que le sigue.

La lucha, entonces, está entablada entre las fuerzas del progreso y del retraso, entre las fuerzas que encarnan lo nuevo y las fuerzas que repre­sentan lo viejo. Y como es ley histórica ineludible, las primeras, aunque sea a costa de grandes sacrificios, finalmente se imponen y obtienen la victoria. El 5 de Junio de 1895, señala este hecho memorable.

Ya en el gobierno, el liberalismo emprende en una serie de reformas tendientes a impulsar el desarrollo del país y a imponer los principios democráticos.

Sobresalen por su trascendencia, entre aquellas reformas, las siguien­tes:

El establecimiento de las libertades de conciencia y cultos, de pensa­miento y prensa, de trabajo y reunión, que son incorporadas en forma clara y terminante a la Constitución de 1906 una de las más progresistas de América Latina en aquella época donde se plasman en norma legal las principales aspiraciones de la burguesía.

La separación de la Iglesia y el Estado que da término al dominio clerical soportado por el país, anteriormente doblegado por el yugo del Concordato impuesto por la tiranía garciana, que hacía del Ecuador un mise­rable feudo pontificio y constituía un formidable instrumento de imposición y dominio.

La implantación de la enseñanza laica que suprime el monopolio ejercido por el Clero en este campo, monopolio superestructural de importancia suma para la clase gobernante, pues que era el principal vehículo para la imposición de la ideología conservadora. Para consolidar el laicismo, se fundan los institutos normales encargados de la formación de un profesorado abierto a las modernas ideas pedagógicas y sociales.

La institución de la educación primaria con el carácter de gratuita y obligatoria, con el fin de impulsar la instrucción popular y contribuir a la disminución del analfabetismo reinante. Desgraciadamente, ese objetivo no se logra en toda su extensión, particularmente en el campo, por la cerrada oposición de los terratenientes.

La promulgación de la Ley de Beneficencia en 1908, mediante la cual se expropia los bienes territoriales de las comunidades religiosas, base fundamental de su poderío económico.

La supresión de diezmos y primicias, de derechos parroquiales y otros gravámenes eclesiásticos, que a más de constituir trabas para el desarrollo de la agricultura principalmente, son formas de explotación a las masas populares, a la par que fuente de cuantiosas entradas para la clerecía.

La adopción de algunas medidas para aliviar la situación del indio, como la supresión de la contribución territorial, la fijación de un salario míni­mo y la elaboración de recomendaciones para frenar los abusos de los patro­nes, en especial, en relación al concertaje. El decreto de 12 de abril de 1899 tiene este último objetivo.

Creación de escuelas nocturnas y de artes y oficios para los trabaja­dores, pues se considera, según se dice en un decreto de 1901, “que de la educación de la clase obrera depende, en gran parte, la prosperidad del país”. También se les dota de locales para el funcionamiento de sus organizaciones.

Acceso de la mujer a los empleos públicos y a las universidades, supri­miendo en esta forma la odiosa discriminación que existía anteriormente en este aspecto. La fundación de institutos normales femeninos amplía así mismo su campo de trabajo, además que le posibilita para que pueda partici­par en actividades sociales y culturales. Varias otras leyes, como las de matrimo­nio civil y divorcio, contribuyen para su progreso y liberación.  

Aprobación y vigencia de varias leyes tendientes a favorecer el incremen­to del comercio y la industria, de acuerdo con los intereses de la nueva clase gobernante. Así, por ejemplo, en 1906 se dicta la Ley de Industrias que fomenta el desarrollo de las industrias y manufacturas nacionales. La adopción del talón oro ayuda al incremento del comercio.

Y, finalmente, se da inicio a un gran plan vial, en el que sobresale por su magnitud e importancia la obra del Ferrocarril del Sur, que rompe con el aislamiento feudal de las provincias y se convierte en un poderoso instru­mento para el crecimiento de la producción y la formación de una mercado nacional unificado.

Todo esto, en comparación al estado de atraso político y económico en que se vegetaba anteriormente, representa un gigantesco paso hacia adelan­te, que favorece el desarrollo capitalista del país y abre las puertas para conquistas posteriores. Las cifras confirman este aserto. Durante los últimos años de la dominación conservadora los ingresos ascien­den a S/. 4.325.701, mientras que en 1909, y no obstante la larga guerra civil desatada por la reacción, llegan a S/. 16.370.698. Igual cosa sucede con las entradas provenientes de la aduana.

Desde luego, la revolución liberal dirigida por Alfaro tiene grandes limitaciones y lados negativos, pues que la debilidad de nuestra clase burguesa −fundamentalmente comercial y con fuertes vínculos con el latifun­dio− no permite una mayor radicalización. Esto impide, sobre todo, que no se realice ni siquiera una superficial reforma agraria. Basta decir que las tierras expropiadas al clero permanecen indivisas en manos del Estado que, como otro señor feudal, continúa manteniendo allí el régimen de servidumbre de los campesinos existente con anterioridad, ya que son dadas en arriendo a los mismos terratenientes.

Esta limitación de la revolución liberal ecuatoriana, que deja indemne todo el poder económico de los latifundistas, favorece la pronta reacción de las fuerzas vencidas. Fuerzas que, en unión de nuevos aliados −los liberales terratenientes y de derecha− sacrifican pronto y bárbaramente a su principal gestor.

En el agro, indudablemente, está el talón de Aquiles de nuestra revolución.

                                                               
El revolucionario anticolonialista y antiim­perialista


Alfaro, como ya dijimos, es también un luchador antiimperialista y un defensor decidido de la soberanía de los pueblos latinoamericanos.

Nuestro país, desde su nacimiento mismo como Estado independiente, conoce la dureza de la explotación extranjera. El capitalismo inglés, sin escrúpulo ninguno, mediante préstamos verdaderamente usurarios que hace du­rante la campaña emancipadora, afianza su dominio sobe las jóvenes repúbli­cas y carga sobre sus espaldas el peso de una deuda insoportable, que se convierte en grande obstáculo para su pronto desarrollo. El Ecuador no es una excepción: la llamada Deuda Inglesa es el dogal que le aprisiona.

Alfaro, antes de llegar al poder, hace la historia de esa deuda y demuestra lo onerosa que ha sido para la nación, señalando las nefastas consecuencias del empréstito y mostrando los oscuros manejos financieros a que ha dado lugar por parte de los acreedores y sus cómplices nacionales. A su estudio le da un título por demás elocuente y significativo: La deuda gordiana, que es sin duda el primer y más valioso alegato aparecido en nuestra patria contra la intromisión extranjera.

Pero no solo se trata de los capitales de la Gran Bretaña. En su continuo deambular por el continente, combatiendo y buscando apoyo para sus ideas, puede ver y palpar los alcances de la penetración norteamericana y los trágicos resultados de sus depredaciones. La predicción del Liberta­dor Simón Bolívar, de que los Estados Unidos estaban destinados por la Provi­dencia para encadenarnos en nombre de la libertad, se había cumplido plenamente. México ha perdido la mayor parte de su territorio, el comercio y las riquezas de los países centroamericanos y del Caribe están en manos yanquis, donde los  marines desembarcan como en casa propia para cometer los más innombrables abusos. El garrote del Tío Sam se divisa en todo el horizonte americano.

Y esta realidad adquiere tintes más sombríos todavía, cuando la libre competencia en aquella época es reemplazada por el dominio de los monopolios, etapa superior del capitalismo al decir de Lenin. Y esta nueva etapa, que no es otra que el imperialismo, para los países débiles y poco desarrollados como los nuestros, significa una opresión mayor y una explotación redoblada. Significa, la subordinación y la dependencia.

Ante tales hechos, Alfaro se demuestra como un opositor convencido de toda clase de dominación e injerencia extranjera en los pueblos america­nos, estando siempre dispuesto a prestar su concurso personal para el combate por su autonomía e independencia. Así, según afirma el historiador Emeterio Santovenia en su obra Eloy Alfaro y Cuba, cuando “el estado de Panamá, aun no separado de aquella república (Colombia), se hallaba amenazado de caer bajo la dominación norteamericana, Alfaro, reuniendo a compatriotas suyos, compareció ante las autoridades del Istmo y ofreció sus servicios para repeler la agresión en germen”.

También, durante su larga estadía en otros países centroamericanos, combate incansablemente para lograr la unión y amistad entre aquellos países, como el medio más idóneo para poder presentar resistencia a la crecien­te presión norteamericana, actuando algunas veces como árbitro de sus con­flic­tos merced al prestigio adquirido, tal como sucede en 1890 en la guerra que involucra a Guatemala, Honduras y El Salvador. A este respec­to, el escri­tor español Ferrándiz Albors, con el pseudónimo de FEAFA, dice lo siguiente en un artículo publicado en 1935 en el diario El Día de la ciudad de Quito:

Testimonios oficiales particulares señalaron a Alfaro como uno de los más destacados mediadores de aquel conflicto que encarriló a Centro América por la ruta de la colaboración mutua y comprensión, ya que una misma es la historia que une a las cinco Repúblicas y uno mismo es el interés que los sitúa en la lucha contra el imperialis­mo.


La reunión del Congreso Internacional verificado en México en 1896 bajo el patrocinio de Alfaro, tiene así mismo un sentido antiimperialista, pues que sus miras no son otras que la defensa mancomunada de la agresión permanente de los Estados Unidos. Su objetivo principal, es poner coto a la interpretación unilateral de la Doctrina Monroe por parte de los gobiernos norteamericanos, que habían hecho de ella, desde el momento mismo de su aparición, un instrumento de conquista y sojuzgamiento de nuestros pueblos. El primer punto de la Agenda a discutirse dice: “La formación de un derecho público americano que, dejando a salvo intereses legítimos, dé a la doctrina iniciada por Monroe la extensión que merece y las garantías indispensables para su exacta aplicación”.


Es natural que esto no podía convenir a los detentadores exclusivos de esa efectiva arma de dominio, pues que una interpretación por parte de los afectados, necesariamente se encaminaría a mellar su filo y a impedir todo empleo nocivo para sus intereses. Esta es una de las causas ya se verá la otra para la tenaz oposición de la diplomacia yanqui al Congreso que, a la postre, determina su fracaso.

El Congreso Internacional quiere tener además un carácter anticolo­nialista, porque como afirma el escritor Manuel Medina Castro −La otra historia: El Ecuador contra la dependencia y la intervención−Alfaro se preparaba para demandar a los países asistentes un pronunciamiento recono­ciendo la independencia de Cuba que Estados Unidos consideraba “prematura”, ya que aspira y prepara el sojuzgamiento del pueblo hermano, conforme lo hace después mediante su premeditada intervención en la contienda y la imposición de la Enmienda Platt.

Esta, pues, la siguiente causa para que el secretario de estado Olney, como portavoz de su gobierno, se convierta en el mayor enemigo del Congre­so, a la vez que en solapado intrigante pues, según confiesa el diplomá­tico Genaro Estrada, manifiesta a sotto voce que el Ecuador no tiene el presti­gio sufi­ciente para auspiciar una empresa tan importante. Dice que es inoportu­na su reunión por la inasistencia de varios otros países. Que, en fin, no es el momento adecuado para abrir una discusión sobre la doctrina Monroe…

La posición de Alfaro, frente a la lucha del pueblo cubano por su independencia, como queda de manifiesto por lo que acabamos de exponer, es firme y terminante. Su adhesión a esa noble causa es vieja. Se remonta a su peregrinaje por Centro América, donde conoce a sus principales gestores: Martí y Maceo, con los cuales forja planes para la liberación de la Perla de las Antillas, y a los cuales ofrece su espada para el batallar que se aproxima. Por esto, cuando llega al Poder en el año de 1895, se apresura a prestar todo el apoyo posible a los hermanos del Caribe. A la reina de España, en carta histórica, le exhorta para que ponga término a la cruenta y exterminadora guerra. Más todavía: prepara una expedición militar para reforzar el ejército de Máximo Gómez, expedición que no llega a salir del Ecuador por causas ajenas a su voluntad. De todas maneras, queda patente su anhelo y su sentir.

Y finalmente, también en su patria, el Ecuador, tiene que luchar deno­dadamente contra la voracidad del imperialismo.

Una primera batalla, es quizás la de 1900, cuando el gobierno de Esta­dos Unidos trata de imponer al país un tratado de comercio lesivo para sus intereses, pues allí se incluía la célebre cláusula de la nación más favo­recida y de reciprocidad comercial que, como es conocido, no es sino un instrumen­to utilizado por las grandes potencias en contra de los pueblos poco desa­rrollados económicamente. Ese tratado es puesto en conocimiento del poder legislativo mediante escasas frases contenidas en el Manifiesto que Alfaro dirige al Congreso y en una Nota suscrita por el canciller Peralta, donde, significativamente, no se hace ninguna alusión a su valor ni menos se sugie­re su aprobación. Este tácito rechazo, tal como afirma Medina en el libro que antes mencionamos, ayuda para que los legisladores se pronuncien en contra de su suscripción. De esta manera, se pone fin a la tentativa yanqui.

El rechazo del Congreso da ocasión para que el canciller José Peralta −par de Alfaro en la lucha antiimperialista− limite por medio de una ley el tratamiento de nación más favorecida, a fin de salvaguardar al país de las impo­siciones de las potencias imperialistas. El doctor Jorge Villacrés Moscoso, en su Historia diplomática de la República del Ecuador, dice lo siguiente sobre este particular:

Esta toma de posición que adoptó el Senado, fue motivo más que suficiente para que el Canciller Peralta, aprovechara de esta oportu­nidad, para solicitar a la Legislatura, que se diera una norma, que tendría muy en cuenta en el futuro, para impedir que países de mayor potencialidad, trataran de obligar al nuestro otorgarle mayores ventajas, que las que ellos nos otorgaren, y el Congreso, acogiendo este pedido, dictó un decreto mediante el cual se instruía al Poder Ejecutivo, para que solo a base de la más estricta reciprocidad se pudieran negociar los tratados de comercio.


El decreto mencionado por el doctor Villacrés Moscoso es aprobado el 2 de octubre de 1900. Y el ejecútese firmado por Alfaro y el ministro Peralta, tiene fecha de 5 de octubre del mismo año.

Otras batallas que libra Alfaro contra el imperialismo, se relacio­nan con el Archipiélago de Galápagos, ese cúmulo de islas descubiertas por un fraile español e incorporadas al patrimonio nacional en los primeros años de nuestra vida independiente.

Este archipiélago, donde Darwin vislumbra la evolución de las espe­cies, desde muy temprano atrae la mirada de las grandes potencias, no por la riqueza de su fauna, que tanto cautiva al sabio inglés, sino por su posición estratégica privilegiada. Todas ellas han tentado a diferentes gobernantes con el brillo del oro, y no han faltado algunos con alma nada limpia, que alucinados por los ofrecimientos, no han vacilado en entrar en obscuras componendas. Y si no hemos perdido las codiciadas islas, es porque el pueblo, siempre alerta, se ha puesto de pie para impedir todo intento de enajenación de ese territorio patrio.

A Alfaro, al igual que a los otros, también se le propone, varias veces, el arrendamiento de Galápagos. Intereses poderosos y altos funciona­rios políticos son partidarios del negocio, razón por la que tiene que recurrir a diversos medios para impedir el éxito de las presiones interesa­das, siendo el principal la publicidad de las ofertas, pues sabe que el pueblo hará oír su voz y que su oposición será determinante. Así, promoviendo la discusión pública y desechando los anteriores métodos basados en el sigilo y el secreto, logra impedir toda resolución que menoscabe la soberanía nacional y que las Islas Encantadas caigan en manos extranjeras. Un solo ejemplo que confirma lo expuesto: cuando en 1910, aprovechando las dificultades que en ese instante atraviesa el Ecuador por el conflicto que mantiene con el Perú, el gobierno norteamericano intenta una vez más apoderarse de Galápagos, Alfaro pone esto en conocimiento de la nación para que decida, democráticamente, lo que se debe hacer. Y, como él esperaba, la respuesta popular es un no rotundo. “Buscar una solución en el desmembramiento de nuestro territo­rio dice en un Mensaje dirigido al Congreso sería un crimen atroz: ni una pulgada del suelo de la patria puede cederse a nadie, sin hacerse reo de parricidio; nada de mermar la sagrada herencia que nos legaron los liberta­dores.”

Estas pocas palabras, henchidas de patriotismo, resumen su modo de pensar sobre el mantenimiento de la integridad territorial y la soberanía de la nación.

Queda así sintetizada −aunque sin la fuerza que merece− la egregia figura del luchador que enarbola la bandera por la defensa de la indepen­dencia de los pueblos latinoamericanos, como cumple a todo genuino repre­sentante de un liberalismo democrático y revolucionario. Bandera que, desgraciada­men­te, pronto será arrojada por la borda por la mayoría de los gobiernos que le suceden.


El trágico final del gran caudillo del radicalismo liberal

Anticipamos, en páginas anteriores, el fin trágico del gran caudillo del liberalismo ecuatoriano.

A raíz de la revolución realizada por el general Montero y después de las derrotas de Huigra, Naranjito y Yaguachi, es tomado prisionero y condu­cido a Quito, en unión de sus principales colaboradores, no obstante de que un tratado garantizado por los cónsules de Inglaterra y Estados Unidos, asegura su vida y su libertad.

Mas esto nada importa, pues el traslado ilegal a Quito está convenido por sus más encarnizados enemigos, que saben que eso significa su seguro sa­crificio. Y así sucede en efecto. Apenas llegados a la Penitenciaría Nacio­nal, sin que se intente la menor defensa, un turba ex profesamente preparada asesina vilmente a los prisioneros y los arrastra por las calles de la ciudad hasta llegar al sitio denominado El Ejido, donde son incinera­dos sus cadáveres. La historia recuerda este episodio con el título de Hoguera Bárbara.

¿Quiénes son los responsables de la masacre?

Tres son las fuerzas, que igualmente interesadas, preparan el crimen inaudito: la reacción conservadora, el liberalismo de derecha y la mano del imperialismo.

La actuación del conservadorismo −que comprende a la clerecía y a los terratenientes aristócratas sobre todo− nada tiene de extraña. Son los vencidos de ayer y quieren recuperar los perdidos privilegios.

Llevados de ese fin, desde mucho antes de la tragedia, maquinan hábilmente promoviendo revoluciones y pactando con los liberales vacilan­tes. Ya en 1906 organizan un Comité Central de la coalición liberal−conservadora según denuncia el escritor Manuel María Borrero en su obra titulada El Coronel Antonio Vega Muñoz. Allí están, con nombres y apelli­dos, los integrantes de esa híbrida asociación. Y ahora, llegado el momento de la inmolación del caudillo, al que consideran como el mayor peligro para la consecución de los objetivos que persiguen, ponen en tensión todas sus fuerzas y participan abiertamente en la matanza. Sus más notables represen­tantes, como consta en documentos irrefutables, se hacen presentes mediante comunicados en que piden el traslado del general a Quito y la imposición del “más ejemplar de los castigos”. Hasta el arzobispo, máxima autoridad de la Iglesia Ecuatoriana, guardando silencio, permite la realización de los horrorosos hechos.

El liberalismo de derecha, que hace unidad con el conservadorismo como dejamos dicho, está compuesto especialmente por grandes hacendados que han plegado a la revolución por diversas causas y por burgueses ligados al latifundismo, que temen que prosiga el avance liberal bajo la dirección del alfarismo hasta un punto incompatible con sus intereses. Tienen una fuerza poderosa, pues detentan un gran poder económico, ya que muchos son acauda­lados exportadores y dueños de extensas plantaciones de cacao, que inclusi­ve, mantienen bajo su conducción a los mayores bancos del país.

El comando de esta facción está constituido por el placismo dirigido por el general Leonidas Plaza Gutiérrez, quien, cuando se verifican los luctuosos hechos que reseñamos, se halla prácticamente adueñado del Poder, ya que los más altos miembros del gobierno están vinculados políticamente con él, razón por la que la eliminación física del Viejo Luchador se orienta desde sitial tan elevado, siendo por lo mismo el presidente Freile Zaldumbide y su gabinete, los principales culpables de la catástrofe.

El liberalismo de derecha al que nos hemos referido, en verdad, tanto porque así convenía a sus intereses como por la tibieza de sus principios políticos, nunca aceptó con agrado la elevación a la primera magistratura del general Eloy Alfaro, pues su deseo fue siempre tener un presidente manejable y perteneciente a su círculo, igual en medianía doctrinaria y con pujos aristocráticos. Tiene toda la razón el coronel Carlos Andrade −Recuerdos de la guerra civil− cuando manifiesta lo siguiente:

La Junta de Notables reunida con el objeto de procurar que pacíficamente se efectuara la transformación, luego de conseguido esto, trató de constituir un Gobierno Provisional y para nada se acordó de que existía en el mundo el General Eloy Alfaro. El pueblo, idólatra de ese nombre y admirador de las virtudes y sacrificios de su caudillo, al tener conocimiento del poco caso que de él hacían los Notables, invadió los contornos de la sala de deliberaciones y a gritos pidió que el General Eloy Alfaro fuera proclamado Jefe Supremo. Intimidados los Notables por tan enérgica actitud, accedieron a pesar suyo y suscribieron un acta conforme a los deseos manifestados por el pueblo.


Esta es la verdad entera que nuestros historiadores han venido silenciando. Tal como dice Andrade, es el pueblo, el que eleva al Poder al general Alfaro.

Nos corresponde tratar sobre el tercer personaje del drama: el imperialismo.

Su participación, no obstante ser hipócrita y velada, ha dejado huellas suficientes para basar una acusación de manera terminante. Tanto es así, que ya a raíz mismo de los hechos, varios periódicos del continente denuncian y señalan al nuevo responsable.

Es que el incumplimiento del Tratado garantizado por los cónsules de Inglaterra y Estados Unidos, tiene lugar por cuanto dichos funcionarios extranjeros, para actuar tan desdorosamente, reciben órdenes expresas de sus superiores, que no son otros sino los ministros acreditados ante nuestro país por las naciones citadas. He aquí lo que afirma al respecto el historiador conservador Wilfrido Loor en el tercer tomo de su biografía de Alfaro:

Carlos R. Tobar, como Ministro de Relaciones Exteriores, protesta ante las Legaciones de Estados Unidos y Gran Bretaña por esta intervención oficial de los agentes consulares en asuntos que sólo atañen al Ecuador. “Los cónsules se están atribuyendo facultades que no tienen dice ellos no pueden gozar entre nosotros de más derechos que los que les corresponden en todos los países civiliza­dos, porque somos nación libre y no sujeta a capitulaciones consula­res.”


El ministro norteamericano Evan R. Young cree que Tobar está en lo justo y ordena al cónsul de Guayaquil que “se abstenga de tomar parte en la política interior del país y limite sus atribuciones al cumplimiento de los deberes de su cargo”. Esto significa la aprobación, el visto bueno para la remisión de los presos a Quito y el consiguiente asesinato. Así lo compren­de Tobar que, ufano, envía este telegrama a Guayaquil:

“Quito. Enero 25.- 1.20 p.m.- Gobernador.- Cuerpo diplomático residente háme dicho haber telegrafiado a sus cónsules en Guayaquil, la abstención más completa respecto a los asuntos que no les concier­ne, tales como los relativos a lo que el Gobierno ha ordenado tocante a los cabecillas de la revuelta de cuartel que terminó.- Ministro de Relaciones”.

Véase entonces, que es el ministro de Estados Unidos, que como residente en Quito sabe perfectamente que la venida de los prisioneros significa su muerte, el que obliga al cónsul a que rompa el Tratado por él firmado y deje de cumplir con su palabra. Y con el pretexto más inteligen­te: el de que “se abstenga de tomar parte en la política interior del país”.

Resulta inconcebible, que un representante de la nación que se inmiscuye en los asuntos de todos los países del continente, ahora, para patrocinar la imposición del “más ejemplar de los castigos” que piden los enemigos de Alfaro, no tiene empacho en aparentar respeto para el débil y pequeño Ecuador. Hasta este punto se puede llegar para proteger los intereses del Imperio.

El móvil para la contribución norteamericana en los arrastres de enero de 1912, no puede ser otro sino la necesidad de deshacerse de un ardoroso nacionalista defensor de la soberanía de la patria, para así facilitar la penetración imperialista en nuestro suelo, cuyas riquezas naturales, ya desde entonces, son miradas con ojos de codicia.

El experimentado Tío Sam sabe que los sucesores de Alfaro serán sometidos con facilidad y convertidos en dóciles instrumentos de sus afanes de dominio.

*     *     *


La revolución liberal de 1895 no puede pasar desapercibida para el pueblo ecuatoriano, porque es la única revolución de capital importancia verificada en el largo ciclo republicano. Siendo esto así, hay una necesidad imperiosa para acrecentar los estudios y las investigaciones alrededor de su máximo líder y de su obra, porque hay que confesar que los realizados hasta el momento, son cortos e insuficientes.

Es manifiesto, en efecto, que aún no se ha investigado con la debida profundidad sobre muchas fases de la prolongada trayectoria histórica del general Eloy Alfaro, existiendo por lo mismo varios vacíos o lagunas que deben ser llenadas para la mejor comprensión de su esclarecida personali­dad.

Personaje controvertido como es, ya que dada la índole de su acción revolucionaria no puede menos que ser combatida con acritud por sus contrarios, muchas de sus actuaciones han sido falseadas e interpretadas de acuerdo a las conveniencias ideológicas de los historiadores, siendo así incorporadas, inclusive, a los textos de enseñanza. Se han escrito volumi­nosas biografías suyas que tienen como fin primordial defender posiciones conservadoras y privilegios de clase que fueron suprimidos por la revolu­ción liberal, para lo cual se utiliza una documentación parcial y hábilmen­te escogida y presentada. Urge, por consiguiente, emprender en la tarea de corrección y refutación de los errores propagados, teniendo en cuenta que la literatura antialfarista es lo que más se difunde, cumpliendo por lo mismo con amplitud su objetivo desorientador.




[1] Este artículo se publicó por primera vez por la Asociación de la Escuela de Sociología de la Universidad Central del Ecuador como folleto mimeografiado en julio de 1979 y por su gran valor histórico ha sido reeditado en múltiples ocasiones.