domingo, 24 de mayo de 2015

Recordando nuestra independencia: alianzas matrimoniales de la aristocracia colonial para conservar el poder



SUBASTA DE MARQUESITAS Y ARISTÓCRATAS[1]

Oswaldo Albornoz Peralta


La aristocracia latifundista, cuando se consuma la independencia, sufre el más tremendo de los sustos. El poder pasa a manos de los guerreros de la gesta, la mayoría sin títulos de nobleza y, lo que es peor, con ideas liberales y anticlericales. No cabe duda entonces de que las ricas hereda­des, con hatos de ganado, esclavos y conciertos, corren peligro de perderse para siempre. ¿Cómo impedir la catástrofe que se avecina?

Pronto se encuentra solución al difícil problema. Los latifundios y la seguridad de las familias deben ser puestas bajo custodia de las espadas rutilantes de los próceres, para lo cual es menester un pequeño sacrificio: dejar de lado los rancios prejuicios nobiliarios y entregar a sus hijas, bonitas o feas, mediante el vínculo del matrimonio indisoluble y sagrado, al cálido abrigo de los vencedores. Y con este fin, la nobleza colonial se pone en movimiento. Cada cual quiere lo mejor. Aparte del rango militar, cuenta también el color de la piel, pues para el gusto de la época, el blanco y más si es rubio, aumenta el pedigrí.

Don Felipe Carcelén, Marqués de Solanda, es el primero en tomar al toro por los cuernos. Con la decisión propia de su clase conmina al Mariscal Sucre para que se case con su hija, la marquesita Mariana Carcelén y Larrea, heredera del mayorazgo, "esperando que no le desairara porque sería un servicio que le haría morir tranquilo".[2] Sucre, con la caballe­rosidad que le caracteriza, no desaira al marqués ni a la mar­quesita.

Los otros altos jefes militares, americanos o europeos, tampoco quieren quedar solterones.

Va enseguida, solo un pequeño muestrario de las aristocráticas esposas que consiguen a esos otros jefes, como un trofeo más por los “méritos de su lanza”:

  ─El general Juan José Flores, futuro presidente del Ecuador se casa con la rica latifundista Mercedes Jijón y Vivanco.
  ─El general León Febres Cordero, futuro presidente de Venezuela, contrae matrimonio con la noble guayaquileña Isabel Morlás y Tinoco.
  ─El general Antonio Martínez Pallares, ministro de Flores y García Moreno, se casa con Benigna Posse y Romero de Teja, aristócrata y hacendada serrana.
  ─El general Antonio Morales Galavis, ministro de Rocafuerte, contrae dos matrimonios: con Ana María Espinosa de los Monteros y Carmen Vítores y Campe, serrana y costeña respectivamente, pero ambas igualmente ricas.
  ─El general José Villamil, ministro de Urbina, se casa con la noble Ana Garaicoa y Llaguno, hermana del Arzobispo de Quito.
  ─El general Tomás Wrigth se casa con María de los Ángeles Rico y Rocafuerte, sobrina del presidente Rocafuerte.
  ─El general Leonardo Stagg se casa con Amalia Flores Jijón, hija del presidente Juan José Flores.
  ─El general Isidoro Barriga es el segundo esposo de la Marquesa de Solanda.
  ─El general Vicente González Rodríguez, ministro de Flores, se desposa con Manuela Benítez y Franco, miembro de una rica familia de Guayaquil.
  ─El general Juan Illingworth se casa con la rica hacendada Mercedes Decimavilla.
  ─El coronel Miguel González Alminate, ministro de Rocafuerte, se casa con la noble hacendada María Calisto y Arteta.
  ─El coronel Eloy Demarquet se casa con la acaudalada terrateniente Manuela Fernández Salvador y Gómez de la Torre.

La lista anterior ─que puede incrementarse largamente─ es suficiente para mostrar como, mediante una táctica operación de asedio matrimonial, los jerarcas militares son atrapados y convertidos en guardianes de haciendas y casas señoriales. Guardianes de espada al cinto, y por lo mismo poderosos y eficientes.


 


[1] Publicado en: Oswaldo Albornoz Peralta, Páginas de la Historia Ecuatoriana , t. I, Editorial de la Casa de la Cultura "Benjamín Carrión", Quito, 2007, pp. 213-215.
[2] Angel Grisanti, El gran Mariscal de Ayacucho y su esposa la Marquesa de Solanda, Caracas, 1955, p. 36.

martes, 12 de mayo de 2015

Historia de la Acción clerical en el Ecuador un libro que revolucionó las ciencias sociales del país



Historia de la acción clerical en el Ecuador
Desde la conquista hasta nuestros días

UN LIBRO QUE HACE MEDIO SIGLO ORIENTÓ LAS CIENCIAS SOCIALES HACIA UNA NUEVA INTERPRETACIÓN DE LA REALIDAD ECUATORIANA


César Albornoz


En letra menuda, al final de su última página, se lee: Este libro se terminó de imprimir el 30 de Mayo de 1963, bajo la gerencia de la señorita Luisa Gómez de la Torre. Y se agrega un párrafo explicativo: La publicación de este libro ha sido posible gracias al auspicio de distinguidos artistas e intelectuales de esta ciudad, que en esta forma –elevada y llena de hidalguía- han querido contribuir a la lucha de nuestro pueblo por un futuro libre de explotadores, comprendiendo, que el mérito que puede tener este trabajo, no es otro, que el propender al cumplimiento de tan noble objetivo. Para ellos, el agradecimiento del autor.

Mes y medio después, coincidiendo en el tiempo con el retiro de los libros de la imprenta, es derrocado el presidente Carlos Julio Arosemena Monroy por la Junta Militar que lo reemplaza en el poder. Tenía entonces seis años de edad y todavía recuerdo como en sendos costales de cabuya mi padre arrumaba debajo de la gradas de madera de la antigua casa donde vivíamos, los mil libros de la primera edición de la Historia de la acción clerical en el Ecuador. Desde la conquista hasta nuestros días. Tenía un justificado temor de que lo publicado con tantas dificultades sea confiscado por esa caterva de gorilas galonados colocados con complicidad yanqui en la conducción política del país.

De esos costales salían los ejemplares que con suma cautela le ayudaban a distribuir sus camaradas en la capital y otros lugares del país en una riesgosa labor de difusión. Al autor le preocupaba, además, recuperar el dinero reunido pacientemente por su abnegada camarada Luisa Gómez, para poder devolver a los intelectuales y artistas los aportes que habían hecho para su publicación, entre ellos, Benjamín Carrión con la cuota más alta. Oswaldo Guayasamín había contribuido con lo que mejor sabía hacer: una sangrienta cruz roja con rostros de obesos frailes y prelados para la portada, simbolizando la cruel explotación a la que habían sometido a los pueblos de nuestras tierras desde que llegaron en carabelas junto con los conquistadores europeos.



Si algún investigador buscase en la prensa de la época o de años posteriores alguna reseña de este libro precursor de la interpretación marxista de nuestra historia, perdería su tiempo. El silencio es para las clases dominantes uno de sus métodos favoritos de censura. Solo en la revista de izquierda Mañana, dirigida por Pedro Jorge Vera, se comunica sobre su aparición y se recomienda su lectura:

Un libro necesario, que pone al desnudo la tremenda trayectoria de la Iglesia en nuestro país. Documentación rica, enjuiciamiento severo, palabra clara, fresca, demoledora.
No podía ser menos: Oswaldo Albornoz Peralta es un ensayista de los verdaderos, combativo periodista, investigador apasionado.
Desde el próximo número publicaremos extractos del libro y comentarios sobre el mismo. Por hoy, felicitamos calurosamente a su autor y recomendamos al pueblo  la lectura de este libro extraordinario.[1]

El entonces joven profesor de la Facultad de Jurisprudencia de nuestra Universidad, Rodrigo Borja Cevallos, es otra de las honrosas excepciones de la regla. En un artículo de La Razón de Guayaquil califica a la obra como “el libro más valiente que se ha escrito en el país sobre esta materia”.[2]
Pronto se convierte en fuente obligada de consulta, varios profesores lo utilizan como texto en sus clases en colegios y universidades. La joven intelectualidad de izquierda lo lee y cita en obras que constituyen patrimonio de nuestras ciencias sociales.

Jorge Núñez rememora años más tarde el impacto que le causó su lectura cuando, allá por el año 1967, cursaba sus primeros años universitarios:

"Por entonces también bebimos, en páginas impresas, de la sabiduría de otros maestros, personalmente desconocidos, pero igualmente significativos en nuestra formación.
El principal de esos maestros lejanos, cuyo magisterio marcó con fuego nuestro espíritu juvenil, fue don Oswaldo Albornoz Peralta, un historiador autodidacta y de vocación revisionista, cuyos primeros libros empezaban a circular entre la juventud progresista, que los buscaba en librerías populares y de corte alternativo, pues su autor era un autor comunista, poco o nada atractivo para las librerías importantes de la época.
   Recuerdo la fruición y sorpresa con que leí por entonces su Historia de la acción clerical en el Ecuador. Desde la Conquista hasta nuestros días (…) Fue el segundo campanazo que la ciencia de la historia dio en mi corazón y vino a sumarse a ese primer campanazo que recibiera en la cátedra de Jaime Arturo Chiriboga (…) Fue así que en la tierra abonada por el doctor Chiriboga, cayeron las semillas esparcidas al boleo por don Oswaldo Albornoz, un maestro de juventudes que ejercía su cátedra desde la privacidad y modestia de su vida personal, y solo a través de sus libros, que causaban en nosotros ese acto de deslumbramiento que provoca siempre una verdad largamente oculta y finalmente desvelada." [3]

En realidad, la Historia de la acción clerical en el Ecuador es una obra innovadora que impresiona por múltiples aspectos. Desde la metodología, es una monumental investigación documental basada en 180 fuentes bibliográficas: todas las historias del Ecuador -desde la de Juan de Velasco, Pedro Fermín Cevallos, González Suarez, Juan Murillo, Marieta Veintemilla, Roberto Andrade, hasta las de más fácil consecución en su tiempo como las de Oscar Efrén Reyes o Jorge Luna Yépez-, constituciones, leyes, códigos y reglamentos, monografías provinciales, actas de cabildos, cédulas reales, crónicas, reminiscencias y testimonios, epistolarios, biografías, folletos antiguos –verdaderas rarezas bibliográficas-, informes ministeriales, boletines de estadísticas, estudios de otros países latinoamericanos para las necesarias comparaciones y generalizaciones, revistas y periódicos de todas las épocas, encíclicas, pastorales, breves, circulares e instrucciones eclesiásticas, hasta novelas de denuncia social: un verdadero trabajo de exploración exhaustiva de todas las fuentes posibles, para encontrar los datos que sustenten con veracidad y fiabilidad sus tesis sobre tan escabroso tema.

Y la interpretación, desde la teoría marxista, que si bien ya se había aplicado a otros temas particulares de la realidad nacional por algunos pocos autores como Ernesto Miño Pico, Ricardo Paredes, Joaquín Gallegos Lara, Méntor Mera, Manuel Agustín Aguirre y Pedro Saad, sin lugar a dudas, es el primer intento serio en nuestras ciencias sociales de interpretar desde ese enfoque teórico la historia ecuatoriana en un período tan extenso: desde la colonia hasta los años sesenta del siglo XX.

Tómese en cuenta que la investigación es realizada por una sola persona, sin auspicios económicos ni apoyo logístico de ninguna institución. Es más, el investigador para sobrevivir trabajaba como empleado público en la Corte Suprema de Justicia y muchas horas del día dedicaba también a la actividad política como dirigente del Partido Comunista del Ecuador. Era esa época heroica de los revolucionarios ecuatorianos que no aspiraban nada a cambio de su trabajo, su mayor recompensa era poder llegar con sus ideas esclarecedoras a los sectores populares más conscientes para que, conociendo la oprobiosa realidad nacional, asuman con más ímpetu su papel motriz en el proceso de transformación socialista de nuestra patria.

Libro pionero que en la década siguiente tendrá continuadores de la talla de Agustín Cueva con El Proceso de dominación política en el Ecuador (1972),[4] coautor de Ecuador pasado y presente (1975) donde junto con Fernando Velasco, José Moncada, René Báez y Alejandro Moreano, suman nuevas voces a otras, como la de Elías Muñoz Vicuña –La guerra civil ecuatoriana (1976)–, para explicar nuestra realidad desde un análisis marxista. En todos esos estudios Oswaldo Albornoz será un referente obligatorio ya sea con el libro que motiva este artículo, o con Del crimen de El Ejido a la revolución del 9 de Julio de 1925, que había publicado en 1969.

Página tras página del libro que reseñamos, estructurado en cinco capítulos correspondientes a iguales períodos históricos de la evolución de nuestra sociedad la conquista y la colonia, las luchas por la independencia, la república hasta la revolución liberal y desde el ocaso del alfarismo hasta 1960 van saliendo verdades cuidadosamente silenciadas por la historiografía oficial. Verdades que, literalmente, como rayos en medio de la oscuridad de sus conciencias, indignan a quien las lee.

En el primer capítulo se denuncian todas las formas de enriquecimiento utilizadas por la Iglesia para convertirse en la mayor propietaria feudal de extensos territorios de la Real Audiencia de Quito: donaciones y mercedes reales, compras y usurpaciones, composiciones, herencias y donaciones pías, cofradías, capellanías y censos, o las terroríficas misiones. Además, todos los mecanismos de explotación que usan las órdenes monásticas para someter a la población indígena y mestiza en el arduo trabajo de sus tierras y negocios: concertaje, mitas, obrajes y la esclavitud de africanos traídos para sus haciendas tropicales o subtropicales. Servidumbre y esclavitud como relaciones sociales predominantes en la sociedad de entonces, lógicamente tenían que generar numerosas rebeliones: los shuar, cofanes, cocamas, aushiris, cunivos, campas, piros, gaes, cahuamares, cahuaches, yaguas, payaguas, protagonizan sendas sublevaciones en la región oriental para impedir su sojuzgamiento. Igualmente innumerables levantamientos indígenas en todos los confines de la Sierra, según prolijo recuento hecho por el autor.[5] Clero de vida corrupta y relajada se dedica a todos los negocios posibles para obtener sus pingües ganancias: siembra y venta de coca, de aguardiente, usura, compra y venta de esclavos, etc., etc.

Con tan inmenso poder económico, la Iglesia juega un papel preponderante en la política y en la vida espiritual de la sociedad colonial. Controla todo el sistema educativo y las ideas que circulan solo pueden ser las que ellos permiten, pues, con la inquisición adaptada a nuestro medio, controlan y neutralizan todas las que consideran atentatorias a sus intereses, concretamente el humanismo y la ilustración que se están desarrollando en Europa y que inevitablemente cautivan a las mentes más lúcidas de nuestro continente.

Persuasión y represión para impedir cualquier brote de librepensamiento, con todos los recursos a su alcance: la catequización, la doctrina, las cofradías, escuelas, colegios y universidades son las instituciones sometidas a escrutinio, descubriendo sus contenidos ideológicos para el control de las conciencias. Se desmitifica al mismo tiempo la fábula que todavía repiten hasta prestigiosos historiadores sobre el “inmenso aporte cultural” de los curas coloniales. Si su papel era poner mordaza a cualquier pensamiento opuesto a su visión feudal de la vida, ese clero retrógrado se convierte en el instrumento represor más eficiente de toda protesta popular, en el mejor aliado del poder metropolitano de los chapetones incrustados en todos los órganos políticos de la Audiencia.

Y al tratar el complejo proceso de la Independencia, en el segundo capítulo, nos descubre la intrincada estructura social configurada en tres siglos de coloniaje, con todas sus contradicciones sociales y pugna de intereses que han madurado en esta época: las clases dominantes locales y su esencia feudal, sus antagonismos con el poder metropolitano y la situación de las masas populares. Y lógicamente, el triste papel del clero en esa vorágine de oposición de ideas, de aspiraciones políticas y luchas en todos los campos que una revolución desata, hasta llegar a lo inevitable, por el grado de contradicciones acumuladas, la resolución del conflicto por medio de las armas. Se describe toda la variada gama de actores sociales: transaccionistas monárquicos, republicanos, demócratas e insurrectos que optan por la vía armada para la liberación nacional, en la que, por fuerza de la necesidad histórica y las condiciones internas y externas, se involucran amplios sectores populares. Devela en esa arena de confrontaciones las mezquindades de quienes, por mantener intocada la estructura económica de la sociedad, enfrentan a los sectores más progresistas que se empeñan en reorganizarla según sus convicciones liberales, en sintonía con la modernidad que invade el planeta.

La inmensa mayoría de los miembros de la Iglesia fiel a Roma y a la corona, defendiendo sus cuantiosos intereses materiales, es retratada en toda su catadura antiindependentista: traiciones, excomuniones, sabotaje, organización de batallones monárquicos, publicación de panfletos, el púlpito convertido en tribuna contra la independencia, son entre tantos otros los recursos a los que recurre para atentar en contra de la emancipación. Al frente de todas esas acciones, un largo listado de obispos, provisores, vicarios, rectores de colegios, superiores y priores, padres y curas, blandiendo todas sus armas para sofocar la lucha de los patriotas. Solo unos pocos clérigos de extracción popular pliegan a la causa de la independencia. Destaca además, lo que pocos hacen en la historiografía nacional, el papel del pueblo como principal artífice de la epopeya libertaria, pues, sin su concurso, ésta jamás hubiera acontecido.

Sin negar los importantes logros que se consiguen con la liberación de la monarquía española, deja en claro en el tercer capítulo, el carácter oligárquico terrateniente que se instaura en la naciente república y que predominará a lo largo de todo el siglo XIX, con constituciones a la medida de las conveniencias de los dueños de los inmensos latifundios tanto seglares como eclesiásticos. Adueñada la nueva clase dirigente de todos los órganos del poder político – congreso, ejecutivo, Consejo de Estado, cabildos, tribunales electorales, juntas parroquiales–afianza su hegemonía con la alianza clerical.

Una tenaz oposición a todo lo que signifique progreso o justicia social es la característica del clero también en el primer siglo republicano. El patronato, el fuero eclesiástico, la supresión de diezmos, o cualquier reforma que atente contra su poder o bienes, encrespa su entrenado hábito a la furibunda condena. Se junta con los terratenientes, por ejemplo, para impedir la manumisión de los esclavos y cuando eso ya no es factible, investidos de parlamentarios, exigen ser indemnizados monetariamente según el precio de su “propiedad”.

Pero nunca su poder fue mayor que en el régimen teocrático garciano. El tirano y el clero arodillan la Patria ante el altar de Dios, la soberanía nacional queda supeditada a la voluntad del sumo pontífice romano, se decreta pena de muerte para cualquier ecuatoriano que ose cambiar la religión católica por otra, al ejército lo convierten en obediente instrumento de sus disposiciones, se bautizan sus regimientos con denominaciones religiosas y se les dota de un capellán para adoctrinar a la tropa; se amordazan todas las libertades y todas las leyes ecuatorianas quedan supeditadas al oprobioso Concordato convertido en Ley suprema del Estado por obra y gracia  del santo del patíbulo.

Y la jerarquía de la Iglesia ecuatoriana, conformada en su absoluta mayoría por acaudalados miembros de familias latifundistas, impone un marcado carácter feudal a la sociedad ecuatoriana. Acrecentado su poder espiritual con el político, que esos mismos personajes ocupan en los más altos cargos del Estado (Congreso, Consejo de Estado, rectorados de universidades) se convierten en el aliado perfecto de todas las expresiones conservadoras: garcianismo y progresismo, y en los más encarnizados enemigos  de aquellos sectores populares que pliegan al  liberalismo en su justo anhelo por nuevos rumbos para el país.

Triunfante el liberalismo alfarista, materia del cuarto capítulo, el clericalismo lo ataca por todos los frentes sin escatimar en los recursos: pastorales, sermones desde el púlpito y en los confesionarios, conformación de batallones de nuevos cruzados, incluso con mercenarios colombianos, para lo que abren sus rebosantes arcas con el fin de detener a los herejes, y anticristos. No les importa incurrir en la traición, tratando de provocar un conflicto con el vecino del norte que es evitado por la sagacidad de la diplomacia ecuatoriana.

La cruenta guerra civil que se prolonga durante toda la primera administración del general Eloy Alfaro, verdadera contrarrevolución conservadora azuzada por la Iglesia, convierte al país en un campo regado por cadáveres en casi todas las provincias de la serranía.

Luego, toda reforma que emprende el liberalismo gobernante encuentra su feroz oposición: libertad de cultos, abolición de impuestos que pesan sobre los indígenas, Ley de Patronato, separación de la Iglesia y el Estado, la ley de divorcio, la enseñanza laica, la Ley de Beneficencia que temporalmente pone fin al latifundismo clerical, o la construcción del Ferrocarril de Sur. Defensores del oprobioso concertaje, junto con los terratenientes, se oponen a los afanes que la emergente burguesía necesita implementar para su desarrollo: ampliación de mercados, fomento agrícola e industrial, circulación de capitales y movilidad de la riqueza. Por eso, el anticlericalismo de los ideólogos más radicales como inevitable expresión de su lucha de clases.

Fracasada su estrategia del combate armado recurre a una más sutil, la del caballo de Troya. Para minar al liberalismo radical por dentro y frenar la revolución introduce a terratenientes en el aparato del Estado, forja matrimonios entre generales liberales y linajudas damas de la aristocracia. Muchos de los conversos jugarán más tarde el detestable papel de victimarios de los más destacados líderes del radicalismo el 28 de enero de 1912.

Tras la derrota de la revolución liberal liderada por Alfaro, después del bárbaro holocausto de El Ejido, se ponen las bases del nuevo poder político, fundamentado en una entente oligárquico–burguesa, conformada por terratenientes y banqueros, que dominará el país a lo largo de todo el siglo XX, bajo todas sus posibles transmutaciones. Es lo que el autor trata en el quinto y último capítulo. Las clases dominantes, en su larga luna de miel liberal–conservadora para en mancomún explotar al pueblo ecuatoriano, son descritas en sus más tenebrosas facetas. Bancos y Asociaciones Agrícolas, Cámaras de la Producción y partidos políticos con las más cínicas denominaciones, asoman como las organizaciones que hacen viable su ilimitada ansia de enriquecimiento. Todas esas instituciones, con la prensa de vocera, financian campañas presidenciales y los famosos fraudes electorales. Al mismo tiempo se testifica el inusitado auge de la actividad del pueblo que desengañado de conservadurismo y liberalismo entreguista forja sus propias expresiones políticas para luchar por una democracia que reivindique sus más caros derechos. Y paralelo a ello, la acentuada penetración del imperialismo yanqui, con la presencia directa de asesores, como sucede en el gobierno de Ayora para “modernizar” el país según sus conveniencias de control y dominio.

Se analiza esa turbulenta década de los 30 a los 40, marcada por una enconada lucha de clases y su inestabilidad política reflejada en el inédito hecho histórico de tener 15 gobernantes, en sucesivas efímeras administraciones, tras sendos golpes de Estado o descalificaciones parlamentarias. Todos, representantes de las oligarquías costeñas o serranas, con la meritoria excepción de la dictadura del general Alberto Enríquez Gallo que deja de legado el Código del Trabajo y sus valientes medidas para frenar los exagerados privilegios de las compañías extranjeras. Velasquismo, galoplacismo, socialcristianismo advendrán luego en la defensa de los intereses de siempre de los explotadores, ya no solo con sus representantes sino con miembros de su clase, como Plaza y Ponce, poderosos terratenientes. Con el último, el consevadorismo hasta recupera directamente el poder después del asesinato de Alfaro.

En ese ambiente político el clero, tema central del libro, es radiografiado como aliado incondicional de todo cuanto signifique golpes a las conquistas alfaristas. Se demuestra como recupera con creces –gracias al Modus Vivendi establecido por el dictador Páez y a las prebendas que le otorgan la mayoría de los siguientes gobiernos– su poderío económico: la educación, extensos latifundios en Costa, Sierra y Oriente, masiva traída de clérigos extranjeros reaccionarios. “Así como el pez no puede vivir sin agua, la Iglesia, sin duda por su esencia feudal, no puede vivir sin tierras”, nos dice el autor. Expropiada por la Ley de Manos muertas en 1908, recurre al principio a todo mecanismo, incluso los non sanctos, para adquirirlas nuevamente: a nombre de personas de confianza, formando compañías anónimas, compras sin hacer constar el carácter religioso de los compradores, hasta 1937, cuando merced al Modus Vivendi puede reconstruir abierta y legalmente sus inmensos latifundios. En 1947, según el Catastro de Predios Rústicos consta ya como propietaria de 133 latifundios, que según apreciación del autor seguramente son más porque no hay datos para la provincia de Loja, de la Costa y del Oriente. Más que las expropiadas a los jesuitas en la Colonia, concluye,  y el doble que las expropiadas por la Ley de Beneficiencia de 1908.  En años posteriores sigue incrementando sus propiedades. Solo en el cantón Cañar en 1962 posee 38.000 has, con las concesiones de Camilo Ponce se convierte en el mayor latifundista del Oriente ecuatoriano. Cosa parecida en la Costa en la provincia de Esmeraldas y Los Ríos (100.000 has. le cede en ésta el gobierno en 1959) La Iglesia se convierte en la mayor propietaria de tierras, superándole incluso al Estado.

Tierras del clero trabajadas por huasipungueros, partidarios, arrendatarios y jornaleros, hasta trabajadores gratuitos, es decir, todas las formas de explotación que utilizan los gamonales particulares. Indígenas serranos y de las selvas orientales, montubios y campesinos costeños, sometidos a formas de trabajo precario, o míseros salarios. Estas las razones para que junto con los demás latifundistas sean enemigos acérrimos de la Reforma Agraria. Se convierte la Iglesia ecuatoriana en aliada del imperialismo que con el latifundismo, según afirmación del autor, son los mayores enemigos del pueblo ecuatoriano. Protestantes y católicos, olvidando viejas rencillas ahora trabajan juntos para desarticular cualquier organización en el campo y mantener el latifundismo. Se oponen a los Censos Agropecuarios para que no se sepa la magnitud de sus propiedades.

Y a los latifundios se suma un crecido número de propiedades en las ciudades: terrateniente y casateniente. Negocios bancarios, industriales y comerciales, estaciones de radio y el gran negocio de la educación en todos su niveles, subvencionado en gran medida por el Estado, completa el cuadro de su poderío económico. Agréguese a todo lo anterior las limosnas de los fieles, las subvenciones del erario público, las exoneraciones arancelarias para importaciones, con lo que buena parte del presupuesto del Estado pasa a sus manos: se calcula por lo menos el 25% de la renta nacional. Y de sus elevadas ganancias, gran parte se convierte en fuga de capitales, con lo que la Iglesia es responsable directa de la pobreza y subdesarrollo del país. Trabajadores, obreros, inquilinos, profesores, consumidores, son explotados para el engrandecimiento económico del clero, convertido así en patrón y guardián, al mismo tiempo de los intereses de las clases dominantes.

Otros temas tratados en este capítulo final son la intromisión en las organizaciones sindicales para frenar su lucha; la franca labor ideológica contra el socialismo y el comunismo, para lo que forma y dirige organizaciones dedicadas a ese fin. Así de poderosa la Iglesia en nuestra patria, “llena de recursos y con sus tentáculos en todos los resquicios de la nación”.

Institución constituida en las postrimerías de la sociedad esclavista romana y consolidada en largos siglos de feudalismo, su esencia será esta última, aunque camaleónicamente se adapte a los avances que por su desarrollo se dan en la sociedad. Esa esencia reaccionaria, retrógrada, intolerante, supersticiosa y fanática no se abandona y brota siempre para contraponerse a los que luchan por las libertades humanas. Los brotes de progresismo y sintonización con las demandas de los pueblos, nos demuestra el autor, son casos aislados, particulares y generalmente sancionados de inmediato, pues no está dispuesta a tolerar en su seno disidencias y heterodoxias que minen las bases de su edificio forjado para la sumisión, obediencia y control de las conciencias. Así funciona y solo los ilusos pueden esperar de la Iglesia oficial otra visión del mundo.

Clásico de nuestras ciencias sociales, La historia de la acción clerical en el Ecuador, medio siglo después de escrita mantiene su vigencia en múltiples aspectos por la fuerza de sus argumentos y la veracidad de lo que en sus páginas se denuncia. Quien quiera entender las causas de palpitantes problemas nacionales irresueltos todavía, seguro encontrará en su lectura valiosas respuestas.



[1] Anuncio aparecido en Mañana Nº 176, Quito, 20 de junio de 1963.
[2] Rodrigo Borja,  “Los oprimidos de todas las horas”, La Razón, Guayaquil, 29 de septiembre de 1969.
[3] Jorge Núñez Sánchez, “Homenaje al Doctor Oswaldo Albornoz Peralta”, Historia y Espacio Nº 2, Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, Quito, 2001, pp. 135-136.
[4] “No sé hasta qué punto Entre la ira y la esperanza pueda ser considerada como una obra verdaderamente marxista: yo mismo he albergado muchas dudas al respecto”, reconoce en la Introducción a su quinta edición: cfr. Agustín Cueva, Entre la ira y la esperanza, Ministerio de Cultura, Quito, 2008, p. 20.
[5] En 1971 publicará Las luchas indígenas en el Ecuador, donde sustancialmente aumenta el inventario de sublevaciones de esta y épocas posteriores.