domingo, 30 de abril de 2017

El 1° de Mayo en el Ecuador




EL 1º DE MAYO EN EL ECUADOR[1]


Oswaldo Albornoz Peralta

 
Trabajadores, óleo sobre cartón de Pável Égüez

Es una teoría muy extendida  –desgraciadamente hasta entre gentes de izquierda– la que sostiene que las conquistas alcanzadas por los trabajadores ecuatorianos son concesiones gratuitas de algunos mandatarios u obra meritoria de algunos intelectuales progresistas, como se dice en el caso del Código del Trabajo, por ejemplo.

Esta peregrina teoría ha podido prosperar porque la historia de nuestra clase obrera, la historia de las heroicas luchas de nuestros trabajadores, es desconocida casi por completo. Los libros de los historiadores oficiales, los textos de enseñanza, nada dicen sobre ellas. Se ignora al pueblo totalmente, no obstante ser él, con su laborar constante y su combate permanente por una mejor vida –combate donde la sangre se riega generosamente, sin regateo, sin la mezquindad de los falsos héroes– el verdadero artífice de toda historia.

Y esto ha sucedido también con la historia del 1º de Mayo en el Ecuador. Nuestras generaciones desconocen por qué esa fecha magna fue declarada oficialmente como Día de los trabajadores. Desconocen las luchas efectuadas para obtener esa conquista.

Los siguientes datos, tienen el objetivo de contribuir –aunque sea un poco– a aclarar este problema.

La gesta de 1886 y el asesinato de sus héroes en Chicago, por la repercusión mundial que tiene, no es desconocida en el Ecuador. Así mismo, se sabe. Que es la jornada por las ocho horas de trabajo, por lo que la clase trabajadora combate en esa ocasión.

Pero en esa fecha por la debilidad de la clase obrera, es natural que el drama no tenga un eco profundo entre nuestros trabajadores, siendo más bien noticia periodística y comentario de intelectuales progresistas. Empero, apenas el obrerismo empieza a crecer y a organizarse en rudimentarios gremios y asociaciones de ayuda mutua –fenómeno que toma mayor envergadura a raíz de la revolución liberal de 1895– se empieza a luchar en el Ecuador por la disminución de horas de trabajo y la jornada de ocho horas.  Y es lógico que esto suceda, pues es conocido que la burguesía, para acrecentar la ganancia –la plusvalía– recurre fundamentalmente a la disminución de salarios y al aumento de horas de trabajo. Aquí, eso acontece en grado máximo. No existe aún una regulación que fije el tiempo de labor diaria, omisión de la que se aprovechan largamente los patronos para explotar al obrero. Se obliga al trabajador a realizar jornadas de doce y más horas al día, con salarios miserables, sumiéndole en la miseria más espantosa. Ya José Peralta, el ideólogo liberal, clamando por reformas laborales y por la elevación del estándar de vida del obrero, dice en 1894 en el artículo titulado “Pobre pueblo”: “El proletariado es el paria de la República: nace para servir; ni esperanza para el corazón, ni luz para la mente, ni elevación para el alma, le ofrece la sociedad en cambio de sus desvelos. Para el proletariado la Patria no existe; la fraternidad es mentira, la libertad un sarcasmo, la igualdad una blasfemia”.[2] Entonces, ¿cómo no luchar contra esta situación inaguantable?

Y, en efecto, la lucha aparece, siendo cabalmente la disminución de la jornada diaria y el pago de mejores salarios, las reivindicaciones más importantes y por las que más se combate.

En lo que respecta a la primera reivindicación –que es la que más nos interesa por ahora–  podemos decir que la lucha empieza temprano. Es así como, en 1896, a raíz del incendio de Guayaquil, gracias a una huelga, los carpinteros de la ciudad, que trabajan diez y más horas diarias, logran conseguir que la jornada se disminuya a nueve. Ya en 1905, cuando se crea la Confederación Obrera del Guayas, el combate por las ocho horas se convierte en reclamo de carácter general por parte de todos los trabajadores de la provincia, pues en sus Estatutos se hace constar, como objetivo inmediato, el “procurar obtener el descanso semanal de un día y la reglamentación de las horas de trabajo a ocho”.[3] Y más tarde, en 1913, la Sociedad de Carpinteros, con el apoyo de la Sociedad “Hijos de Vulcano”, de hecho, pone en práctica la jornada de ocho horas.

Aquí debemos aclarar, sin embargo, que merced a la lucha entablada por la naciente clase obrera, ya en el Código de Policía dictado en el año de 1906, se establece la jornada de ocho horas, precepto legal que no llega a tener ningún valor real, efectivo, por falta de una adecuada reglamentación, conquista que solamente se consigue mediante el Decreto del 11 de septiembre de 1916 distado por el Congreso, donde se establecen también pagos mayores por las horas de trabajo suplementario y una serie de otras importantes garantías para los trabajadores.

Pero, ni aún con esto, finaliza la lucha. La burguesía siempre es cicatera, avara, cuando se trata de quitar peso al bolsillo. Apenas unos días después de dictada la ley a que acabamos de referirnos, el 4 de octubre de 1916, los conductores y vagoneros de los carros urbanos de Guayaquil, tienen que declararse en huelga para exigir su cumplimiento, razón por la cual los empresarios toman represalias y despiden a los trabajadores que intervienen en el movimiento. Todavía en 1919, los obreros gráficos de Quito tienen que realizar un paro para conseguir el aumento de salarios y la efectividad de las ocho horas de trabajo. Hasta la década del 30 –¡quién lo creyera!– todavía esa conquista no tiene una vigencia plena. El doctor Pablo Arturo Suárez, asegura que en 1934 –Contribución al estudio de las realidades entre las clases obreras y campesinas– que el 90% de los obreros de las fábricas de Quito trabajan once horas diarias!

Los pocos ejemplos dados bastan para comprender como ha sido de difícil, de tenaz y constante, la lucha de los trabajadores ecuatorianos para conseguir la jornada de ocho horas.

Toda esta larga lucha –como no puede ser de otra manera–  está ligada indisolublemente al recuerdo y al ejemplo de los mártires de Chicago. El 1º de Mayo, desde que nuestro obreros comienzan el combate por la jornada de ocho horas, es ya de hecho, su propio día. Eso lo saben y lo sienten nuestros trabajadores, tanto más que en otros países, es fecha de celebración grandiosa y de combate por las reivindicaciones proletarias. Fisher, uno de los héroes, había dicho: “Estoy persuadido de que nuestra ejecución ayudará al triunfo de nuestra causa”. Y estas palabras, también han llegado hasta el corazón de nuestro pueblo trabajador que, con su acción contribuye para que sea realidad el ideal de los caídos en la gran urbe norteamericana.

Pero es sólo en 1911, según datos que nos da José Buenaventura Navas en su interesante y documentado trabajo titulado Evolución social del obrero en Guayaquil, cuando se empieza a celebrar en forma práctica el 1º de Mayo y a luchar para que la fecha sea declarada en el Ecuador como Día de los trabajadores. Este autor nos cuenta que, “por iniciativa del señor Rafael Ramos M., entonces presidente de la sociedad “Abastecedores del Mercado”, se celebró por primera vez en Guayaquil, en los salones de esta institución, en una velada de carácter íntimo, la fiesta del Trabajo”. A esta reunión se invita a todas las sociedades obreras de la ciudad, enviando sus representantes, la gran mayoría de ellas.

Poco después, en 1913, la celebración ya no tiene el carácter de intimidad, sino que se la hace en forma pública y con gran pompa en una gran asamblea, a la que asisten numerosas sociedades de trabajadores y una gran cantidad de público. El éxito que se consigue se debe al gran trabajo previo realizado por las organizaciones de trabajadores y el Comité que para el efecto se crea, llegándose, inclusive, a publicar un periódico para la propaganda. El historiador Camilo Destruge nos dice a este respecto en su Historia de la Prensa en Guayaquil: “El 1º de Mayo, periódico de publicación eventual, apareció en 1913 en formato pequeño, de cuatro planas, a tres columnas, impreso en tinta roja y editado en la imprenta “América”. Dedicado, exclusivamente, a hacer llamamiento a las clases obreras para la celebración de la Fiesta del Trabajo, se publican en él las invitaciones del Comité Organizador, los programas, etc.”.[4]

Entre las organizaciones obreras y artesanales que asisten a la asamblea antes mencionada están varias que más tarde tomarán parte activa en la triste jornada del 15 de Noviembre de 1922. También, como delegados, están presentes algunos dirigentes que alcanzan distinción en la historia de los trabajadores ecuatorianos. Tal el caso, por ejemplo, de Juan Elías Naula, que representa en esta ocasión a la Sociedad de Vivanderos.

Trabajadores en las protestas del 15 de Noviembre de 1922 en Guayaquil

La asamblea, a más de festejar el 1º de Mayo, conoce ciertos proyectos de leyes a favor de los trabajadores. Uno se refiere a un reglamento redactado por la Sociedad de Tipógrafos para hacer realidad la jornada de ocho horas. Otro se refiere a la creación de un fondo para la ilustración de las clases populares mediante el gravamen del 4% al derecho de herencia o sucesión y un último tiene por tema un objetivo largamente perseguido por el movimiento obrero: una ley que obligue a patronos y empresarios a sufragar los gastos por accidentes de trabajo. También en Quito, en este mismo año, se organiza un comité para la celebración del 1º de Mayo. Está dirigido por los miembros de la Sociedad Artística e Industrial de Pichincha. Se redacta una hoja suelta pidiendo la asistencia del pueblo al acto programado.

El año siguiente también se celebra la Fiesta del Trabajo y prosigue funcionando el Comité guayaquileño dedicado a la labor de preparación, el mismo que, además, llega a solicitar a las autoridades de la provincia la suspensión de actividades en el día 1º de Mayo, sin conseguir ningún resultado positivo para su pedido. Y es en vista de esta negativa que en 1915, cuando el mencionado organismo se halla presidido por el doctor Carlos Rolando –representante del “Centro Abdón Calderón”– se resuelve por iniciativa de éste, dirigirse directamente al presidente de la república para recabar que la fecha sea declarada día festivo en todo el país. Esta vez, la voz de los trabajadores es oída, y el viejo anhelo se hace realidad.

He aquí el decreto que se dicta:

Leonidas Plaza Gutiérrez
Presidente de la República

Considerando:

1º.- Que es laudable y justa la solicitud del Comité 1º de Mayo de los obreros de Guayaquil, encaminada a conseguir que las sociedades obreras de la República, puedan celebrar la fiesta universal del Trabajo, el día 1º de cada año;
2º.- Que en la mayor parte de los pueblos cultos se ha señalado aquella fecha para conmemorar la eficaz influencia de ese importante factor de progreso y
3º.- Que incumbe al Poder Público cooperar a la acción social, con el objeto de dignificar el trabajo y conseguir su organización libre y ordenada como fundamento de la paz y bienestar general,
Decreta:

Art. 1º.- Declarar el 1º de Mayo de cada año día feriado para los obreros del Ecuador.
Art. 2º.- Enarbólese en esa fecha la bandera nacional en todos los edificios fiscales y municipales de la República.
Art. 3º.- El señor Ministro de Estado en el Despacho de Gobierno encárguese de la ejecución de este decreto.
Dado en el Palacio Nacional en Quito a 23 de abril de 1915.

Leonidas Plaza Gutiérrez
El Ministro de Gobierno.- Modesto A. Peñaherrera.[5]
           
¿Cómo se explica que un gobierno oligárquico, como el de Plaza, haya dado este decreto?

El factor fundamental para que se haya logrado esta conquista es, sin duda alguna, la lucha tesonera de la clase obrera. Sin ella hubiera sido imposible, ya que al trabajador nada ha caído gratuitamente del cielo, menos de la cerrada mano de los explotadores. Es la lucha,  y es el combate sin tregua, el único argumento que puede obligarles a ceder en algo.

No obstante lo dicho, sería errado no reconocer que también existen causas de carácter político, que facilitan en mucho la promulgación del Decreto transcrito. Debe tenerse en cuenta que el gobierno de Plaza, después del crimen de El Ejido y cuando todavía los heroicos guerrilleros de Concha combaten en la selva esmeraldeña, tiene una gran impopularidad y soporta una fuerte oposición, a las que se debe capear de la mejor manera. Y una de esas maneras es, precisamente, aceptar algunas peticiones populares. El doctor Carlos Rolando, inteligentemente, se da cuenta de estas circunstancias y las aprovecha para lograr su objetivo. Esto se desprende de las siguientes palabras que constan en el libro de José Buenaventura Navas: “El Dr. Rolando –dice–se dirigió al Presidente de la República y particularmente al señor General Leonidas Plaza G., manifestándole la conveniencia de acceder a lo solicitado por el Comité 1º de Mayo porque ese paso sería una atención a la mayoría de los ciudadanos que forman la parte más respetable de la Nación, que contribuiría a un lazo de unión entre los obreros de la República, y que atendidas a las ideas políticas del pueblo guayaquileño era también una manera de captarse las simpatías del pueblo, ya que era tan combatido su Gobierno”.[6] No hay, nos parece, necesidad de comentario para el párrafo anterior.

Al gobierno de Plaza sucede el de Alfredo Baquerizo Moreno, otro servidor incondicional de las oligarquías.

Respecto a los trabajadores –así mismo urgido por la lucha de éstos y por las especiales circunstancias internas de la nación– prosigue la política de concesiones y no desaprovecha momento para hacer demagogia y componer frases altisonantes. Se proclama el campeón de la política de conciliación de clases que, como se sabe, favorece totalmente a la burguesía, pero que tiene la virtud de desorientar a las capas obreras más retrasadas. Dice que no serán las prisiones sino la libertad y el derecho, los que conseguirán la conciliación del capital con el trabajo. Y para lograr esta “conciliación” se hace invitar y procura asistir a toda reunión obrera. Es así como el 1º de Mayo de 1916, haciéndose presente, toma la palabra y dice: “La vida para nosotros, y la vida para nosotros todos, reclama la justicia de un derecho igual para el rico y para el pobre; para el que atesora y para el que trabaja su pan de vida diario”.[7]  Pero ya veremos como más tarde, este mismo presidente demuestra su devoción para los trabajadores. Y como pone término a su teoría de la conciliación entre explotados y explotadores.

De todas maneras, el Día de los Trabajadores, desde esta época, cada vez va adquiriendo mayor amplitud y mayor resonancia nacional. Las organizaciones obreras, cada vez con mayor cariño y entusiasmo celebran su fiesta clásica. Y los periódicos y revistas progresistas ya no pueden olvidar la fecha. Siempre hay un artículo alusivo o el poema escrito para la ocasión.  He aquí unos versos, por ejemplo, publicados en la revista Caricatura de Quito, en el año 1919:

                                                          1º de Mayo

Esta es fecha de luto y es de glorias:
es fecha de dolor y de venganza.
¡Abre una puerta al porvenir y suena
como un grito de triunfo entre las llamas!

La sangre de los mártires, ardiente,
regando ideas se volcó en la entraña
de una tierra fecunda que tenía
el aspecto de estéril y de bárbara.[8]


Desde luego, hay que advertir, que en algunos lugares de la república se retrasa la celebración del día de los trabajadores, debido a la desigualdad del desarrollo económico y a la falta de fuerza de la clase obrera en ciertas ciudades, donde, por consiguiente, la reacción puede poner toda clase de obstáculos para impedir toda labor con ese objeto.

Esto sucede por ejemplo en Cuenca –la tercera ciudad ecuatoriana– que solo después de tenaz lucha con la clerecía que domina gran parte de los gremios, puede organizar recién, en 1925, su primer acto público. Es aquí como un trabajador, el señor José Benigno Solís, recuerda es lejana fecha en discurso pronunciado con motivo de la inauguración de un busto del doctor Peralta:

Cúmplese hoy día, primero de mayo de 1941 –dice dieciséis años en que por primera vez en esta ciudad, formóse un Comité denominado PRIMERO DE MAYO integrado por obreros y universitarios, cuya inauguración constituyó un verdadero éxito, haciendo estremecer a los reaccionarios y apolillados Partidos Políticos. Nuestro rotundo triunfo se lo debió al Señor Doctor Don José Peralta, que entonces desempeñaba merecidamente la Rectoría de la Universidad del Azuay, porque fue él, quien con videncia apoyó nuestra idea, demostrando así su concepción izquierdista de la vida: “Yo os prometo, nos dijo en su discurso inserto en el periódico LA ILUSTRACIÓN OBRERA, del 10 de mayo de 1925, que estaré a vuestro lado y que uniré mi ya débil esfuerzo a la trascendental labor que comenzáis ahora. Ya no es posible retardar la concesión de garantías a que es acreedor el obrero”. Y estas palabras del invicto luchador, sirven para encasillarle entre los luchadores de la Justicia Social, pero entre aquellos guerreros más grandes y conspicuos! Hubo algo más aún. Su ayuda al obrero desvalido, pero repleto de ideales que se proponía celebrar la FIESTA UNIVERSAL DEL TRABAJO en el año de 1925, no solamente fue moral sino también material. El salón máximo de la Universidad abrió de par en par sus puertas para el desarrollo de nuestra Velada, la misma que se realizó con un esplendor que, otra igual, no verán nuestros ojos, porque quizá, para nuestra desgracia, cada día parece más honda la separación entre la Universidad y el obrero.[9]




Es decir, que el combate es prolongado, y que en cada región o ciudad, se tiene que vencer la dura resistencia de las fuerzas del retraso.

La celebración del 1º de Mayo, en realidad –aunque muchas veces ha sido tolerada por los gobiernos y las clases dominantes– ha sido mirada con rencor y odiada profundamente por la burguesía y la reacción. Y la razón es obvia: tal celebración implica una jornada más de lucha por las reivindicaciones de la clase obrera y es una reafirmación de fe en el futuro de los trabajadores, es decir en el socialismo, en la sociedad encargada de expropiar a los expropiadores. Por esto, muchas calles y plazas del mundo, en esta fecha, se han manchado con la sangre proletaria. Ha sido día en que el capitalismo, valiéndose de la fuerza estatal que tiene en sus manos, ha sembrado la muerte y ejercido brutales represalias.

En el Ecuador, si no con la magnitud de otros países, también han existido actos de fuerza, represalias salvajes, por parte de los gobiernos reaccionarios.

Solamente queremos recordar aquí, brevemente, los sucesos del 1º de Mayo de 1932.

Ese día, sin embargo de hallarse prohibida la manifestación, los obreros y estudiantes de la ciudad de Quito tratan de realizar el tradicional desfile del 1º de Mayo, siendo atacados bárbaramente por la Policía, el batallón “Yaguachi” y grupos de compactados bonifacistas exprofesamente preparados. La represión es feroz, pues según reseña del diario El Día, hay centenares de heridos y las calles quedan cubiertas con charcos de sangre. Algunos manifestantes logran esquivar el primer golpe y se refugian en la Casa del Estudiante, pero ni aun  allí encuentran protección, ya que la fuerza pública allana el edificio y las casas vecinas, de donde conducen presas a innumerables personas, después de maltratarlas con “inaudita violencia, con saña reveladora de una consigna criminal”.[10] Aun el día siguiente continúa el furor antiobrero, con la venia y protección de las autoridades, ya que las fuerzas de choque de la reacción siguen atacando a los hombres de izquierda al grito de ¡Viva Cristo Rey!, ¡Viva el señor Bonifaz! Y ¡Abajo los comunistas y socialistas!

Este ataque es planeado cuidadosamente y con anticipación por las autoridades del gobierno, los partidos de derecha y el clero. Desde días antes de la proyectada manifestación, se hace circular siniestros rumores, en el sentido de que se planea asaltar el Panóptico e incendiar los templos. A este respecto, en el mismo diario El Día –artículo titulado “Deslinde de responsabilidades”– se dice lo siguiente: “Para exaltar al pueblo sencillo los sanguinarios estrategas que dirigieron el movimiento desde sus antros propalaron la noticia de que los estudiantes iban a quemar los conventos y a ultrajar la imagen de la Dolorosa del Colegio”.[11] Se trata, entonces, de un crimen premeditado y realizado con toda alevosía.

Por lo mismo, causa indignación entre el pueblo y la ciudadanía honesta. La protesta es enérgica y extensa. Todos los partidos políticos progresistas dejan oír su voz para condenar el acto, al igual que amplios sectores del magisterio y el estudiantado, hondamente conmovidos por los acontecimientos.

Clotario Paz, en su libro Larrea Alba, dice que “el 1º de Mayo, en Quito, el régimen por medio de sus agentes, con premeditación, alevosía y traición, destacó fuerzas de policía y del regimiento de caballería Yaguachi contra la bizarra juventud de la ciudad capital, en lo mejor de su complexión, los universitarios, a quienes ultrajaron, golpearon e hicieron salvajemente a vista y paciencia del lírico Encargado del Poder”.[12]

¿Y cuál es el lírico Encargado del Poder que patrocina este atropello inaudito?

Alfredo Baquerizo Moreno junto a oficiales del ejército
Nada menos que don Alfredo Baquerizo Moreno, antiguo amigo del obrero y el teórico de la conciliación entre el capital y el trabajo.

El escritor Manuel Benjamín Carrión, al protestar por los hechos, afirma que don Alfredo ha cambiado, que no es el mismo que el de los años anteriores. Nosotros creemos que el cambio no es de don Alfredo, sino que el cambio es, más bien, de los tiempos. Las clases explotadoras actúan según las circunstancias: a veces se ponen la piel de oveja, y otras, muestran los dientes del lobo. Eso es todo.

Los explotadores, pues, temen y odian el día 1º de Mayo.

Es por esto que, cuando imponen regímenes dictatoriales –durante los cuales desaparece todo vestigio de democracia y las clases dominantes se muestran tales como son– impiden por todo medio la celebración del Día de los trabajadores. Recordemos que la Dictadura Militar –1963 – 1966– todo el lapso de su aciago paso por el Poder, prohíbe terminantemente todo acto y toda manifestación en el 1º de Mayo. ¿Y cómo permitirlos, si los dictadores saben que los obreros pedirán la libertad de sus dirigentes presos, que exigirán la vigencia de las conquistas laborales, que, en fin, protestarán por la infame entrega de la patria a la voracidad imperialista? Para ellos, conviene el silencio, el silencio pleno. El puño en alto de la clase obrera, es, y será siempre, fantasma aterrador para todo déspota y todo dictadorzuelo.

La represión, el atropello, resultan impotentes, sin embargo. Porque nada puede borrar de las mentes de los trabajadores los elevados ideales que defiende, nada puede impedir la prosecución de la lucha por sus justas reivindicaciones, aunque sea en las difíciles circunstancias de la clandestinidad, con el peligro acechando por doquiera. No, no se puede poner valladar para su avance, porque la clase obrera camina hacia el cumplimiento de su destino histórico: liquidar la explotación del hombre por el hombre.

Y símbolo de este noble combate, símbolo de ese futuro luminoso para la humanidad, es el 1º de Mayo. De aquí, que la fecha se halle tan dentro del corazón de los trabajadores. De todos los hombres que miran hacia el porvenir y quieren una sociedad nueva, de justicia e igualdad.

Esa sociedad nueva –con tierra y pan para todos– se forjará también en el Ecuador. Y el 1º de Mayo será entonces, la más hermosa de las fiestas. Será un día de alegría desbordante, donde el recuerdo del pasado oscuro, servirá solamente para acrecentar la felicidad del pueblo y de la clase obrera liberada.

Que todo 1º de Mayo, sea por lo mismo, una manifestación de decisión inquebrantable, para alcanzar ese futuro.


El Paro, Oswaldo Guayasamín







[1] Tomado de Oswaldo Albornoz Peralta, Páginas de la historia ecuatoriana, t. II, Editorial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, Quito, 2007, pp.
[2] José Peralta, “Pobre pueblo”, en la Revista de Quito, vol. I, Nº V, Imprenta de “El Pichincha”, Quito, 2 de febrero de 1898, p. 132. Dirigida por Manuel J. Calle.
[3] José Buenaventura Navas V., Evolución social del obrero en Guayaquil, Imp. Guayaquil, Guayaquil, 1920, p. 107.
[4] Camilo Destruge, Historia de la Prensa en Guayaquil, t. II, Tipografía y Encuadernación Salesianas, Quito, 1925, p. 154.
[5] José Buenaventura Navas, op. cit., pp. 146-147.
[6] Idem, p. 140.
[7] Alfredo Baquerizo Moreno, Selección de ensayos, apuntes y discursos de Alfredo Baquerizo Moreno, Imprenta y Talleres Municipales, Guayaquil, 1940, p. 122.
[8] Alberto Ghiraldo, “1º de Mayo”, en la revista Caricatura Nº 20, Quito, 4 de mayo de 1919, p. 15.
[9] José Benigno Solís, “Discurso”, en Anales de la Universidad de Cuenca, t. XI, Nº 2, Cuenca, 1955, p. 301.
[10] El Día, Quito, 2 de mayo de 1932.
[11] Idem.
[12] Clotario E. Paz, Larrea Alba, (Nuestras Izquierdas), Imp. “Tribuna Libre”, Guayaquil, 1938, pp. 65-66.

lunes, 10 de abril de 2017

Escritos de Montalvo prohibidos y condenados por el clero

El 13 de abril se celebra en el Ecuador el día del Maestro en honor al natalicio de Juan Montalvo, escritor perteneciente a esa pléyade de intelectuales que lucharon por la modernización y el progreso de las sociedades latinoamericanas. Perseguido y combatido por los gobiernos conservadores y por los altos prelados de la Iglesia, fue excomulgado y algunas de sus obras inscritas en el Índice de los libros prohibidos. De esa intolerancia contra el Cosmopolita nacido en Ambato hace 185 años trata la siguiente página de nuestra historia.



ESCRITOS DE MONTALVO PROHIBIDOS Y
CONDENADOS POR EL CLERO[1]

Oswaldo Albornoz Peralta


Busto de Montalvo del escultor Luis Mideros


Entre los escritores del siglo pasado es sin duda Juan Montalvo uno de los más odiados por el clero y los conservadores. Unos y otros se turnan para injuriarle. De sus testas salen decenas de folletos y artículos periodís­ticos ‒algunos con firma y los más anónimos‒ para agraviar su persona o criticar sus escritos. La paz, el sosiego, no son acompañantes de su vida.

Uno de los primeros insultadores de Montalvo es el gran déspota Gabriel García Moreno. De él es ese “soneto bilingüe” dedicado al cosmopo­llino, donde quiere, sin pizca de gracia hacer mofa del Cosmopolita. El tal soneto termina así:

                                    Pues ¿quieres Juan te diga lo que siento?
                                    Si te viste tú mismo, yo discurro
                                    Que debiste también de ver un burro.[2]

Aunque digan que es sacrilegio, se ve aquí, que el tirano no vuela muy alto como poeta.

Otro enemigo furibundo es el obispo prusiano Pedro Schumacher ‒ese que excomulga a Felicísimo López y que en su Sociedad Civil Cristiana dice con toda seriedad que Lucifer es el autor de las doctrinas liberales‒ que ya no en verso, sino en prosa de baja estofa, insulta groseramente a don Juan, en su folleto con un título cargado de interrogaciones: ¿Teocracia o Democracia? ¿Cristo o Lucifer? ¿Quién vencerá? Allí, entre muchas otras diatribas, constan estas:

            Pero vamos a la cuestión de la “gloria nacional”. ¿Lo será de veras un Juan Montalvo? ¿Un hombre sin carrera, sin oficio ni beneficio, un mal casado, que dejó a su infeliz mujer abandonada, para vivir en la holgazanería y a expensas ajenas?... ¿Un infatuado pedante, cuya lectura es cansada hasta no más, cuando presume escribir Filosofía, o probar que él y sólo él es el escritor de monta, el hércules literario de la América española, como lo hace en sus pesados “tratados”...? [3]

El germano, para denigrar, emulando y dejando atrás a don Juan Valera y a la Pardo Bazán, se convierte en crítico literario. Por poco no dice que los escritos del diminuto Voltaire de Ambato ‒así le llama‒ son de mano también de Lucifer.

Empero, de los insultos y las críticas acerbas, sin duda porque no dan el resultado apetecido, que no es otro que conseguir el silencio del escritor, se pasa, valiéndose de la Iglesia, a la condena y prohibición de sus libros y folletos de combate.

El primero de sus trabajos en sufrir la clerical arremetida es La dictadura perpetua, esa justiciera condena a la tiranía garciana escrita en la ciudad de Panamá en 1874 con el apoyo de Alfaro, para combatir un artículo del periódico Star and Herald que propugnaba la defensa del presidente García Moreno.

Al respecto, en el folleto titulado La conspiración del 6 de Agosto en Quito se transcribe un artículo de Montalvo escrito en Ipiales, donde dice esto:

            La Dictadura Perpetua produjo una exaltación loca en la juventud de Quito: tanto que el Arzobispo lanzó excomunión mayor contra los que leyesen esa producción, lo cual hizo que todo el mundo se apresurase a copiarla con su mano. García Moreno había intentado ya hacer excomulgar otros escritos del Cosmopolita, pero el Arzobispo se había resistido.[4]

En una nota se aclara que el autor de la excomunión es el arzobispo José María Riofrío y que ese documento consta en el periódico Star and Herald del mes de agosto último (1875). Además se dice que la censura alcanza a todos los escritos constantes en un folleto publicado en Piura por el señor A.U.G. Nosotros desconocemos ese folleto.

La conspiración del 6 de Agosto en Quito, está firmado por Rafael y Federico Cornejo, hermanos de Manuel Cornejo Astorga, uno de los fusilados a raíz de la muerte de García Moreno. Pero todo el folleto, tal como aclara Roberto Agramonte, cuando publica en la Habana las Páginas desconocidas de Juan Montalvo, es escrito por el Cosmopolita.

Guillermo Barreto ‒Clodoveo González‒ en su libro García Moreno ¿santo o demonio? recoge esta versión de las Páginas Desconocidas y se hace eco de ellas. Otros biógrafos de Montalvo, en cambio, no anotan este episodio.

Oscar Efrén Reyes, por ejemplo, se refiere solamente a la gran campaña de parte de clérigos y seglares ultramontanos en contra de La dictadura perpetua. Señala el celo desplegado en puertos y aduanas para impedir la entrada de la obra. Anota la profusión de publicaciones apareci­das para refutarla: verbigracia, Don Juan Montalvo o la verdad contra él: o sea la defensa del Ecuador contra las calumnias e injurias publicadas en el folleto titulado «La Dictadura Perpetua», aparecida en Guayaquil en 1874. Empero, nada más.

De esta condenación se pasa a la más famosa: a la condenación de los Siete Tratados verificada el 19 de febrero de 1884. 
  
El condenador es el arzobispo de Quito José Ignacio Ordóñez. Garciano fanático, en la Convención de 1869 sostiene que es nulo el juramento de no aceptar la presidencia hecho por García Moreno, patrocinando así un manifiesto perjurio. Escala a ese alto puesto eclesiástico con la venia del dictador Veintimilla, que le encarga negociar el nuevo Concordato, tan negativo y ultramontano como el anterior. Y, sobre todo -como lo demuestra cuando ocupa el obispado de Riobamba- es un inveterado perseguidor de libros prohibidos.

La condena está incluida en la Cuarta Pastoral del Arzobispo. Consta de tres partes que abarcan escasas nueve páginas. En la primera se lamenta del avance del error impulsado por el “viento de las malas doctrinas”. La segunda se refiere a los malos libros, y allí manifiesta que los respon­sables de los grandes males que causan no son solamente sus autores, sino también los comerciantes de impresos y los trabajadores de las imprentas. Y, por fin, en la tercera parte, se halla la reprobación de los Siete Tratados de Montalvo:

            Condenamos, pues ‒se dice‒ su obra como errónea, porque contiene proposiciones heréticas, máximas escandalosas, y principios contrarios a los dogmas rebelados. Con­denamos esa obra, porque en ella el escritor acusa de error a la Iglesia Católica, reprueba el culto de las sagradas imágenes y habla de la eternidad de las penas del infierno de una manera tal que da muy bien a entender que o no cree en ese dogma o hace como si no lo creyese, burlándose de él.[5]

Está suscrito por el arzobispo Ordóñez y por su secretario Federico González Suárez.

El anatema, reprobación o censura del arzobispo, a nuestro modo de ver, no es tan dura como sucede en los otros casos. No hay la consabida pena de excomunión ipso facto incurrenda para el autor y los lectores de la obra. Nada sobre la obligación de entregar el libro a los párrocos o a las autoridades eclesiásticas. Eso sí, se dice, que la Pastoral se lea los domingos en las iglesias de la capital.

Esta actitud nos parece que entraña cierto temor a las consecuencias de la condena, porque para esa época Montalvo goza de merecido prestigio no solamente en su patria, sino también en el exterior. Es posible también que ya se conozcan los elogios tributados al autor ‒pues la obra aparece en Besanzón en 1882‒ por parte de escritores de gran relieve.

Sin duda, por el mismo hecho anotado, el arzobispo se apresura conseguir que el libro condenado sea  incluido en el celebérrimo Index del Vaticano, para así tener el respaldo pontificio. Galo René Pérez cree que Ordóñez se traslada personalmente a Roma donde el Papa León XIII apenas a los dos meses de publicada la pastoral, y convierte su deseo en realidad al colocar a Montalvo en la nómina donde están pensadores y literatos renombrados y de fama universal. Esta la constancia que anota Pérez:

            Montalvo, Juan. Siete Tratados en dos tomos. Besanzón. 1882. Decr. 19 Dec. 1884. Pág. 274 - Index Librorumb Prohibitorum.- Sanctissimi Domini Nostri.- Leonis XIII. Pont. Max.- Tanrini Typ. Pontificia.- Petrus Marietti. 1890.- Collezione Pietro Marietti. Nº 233.[6]



El pedido  para la anotación en el Index, como es de rigor, va acompañado del respectivo informe. Informe erudito y bien escrito segura­mente, porque su redactor es nada menos que monseñor González Suárez, tal como afirma el escritor Le Gouhir en el tercer tomo de su Historia de la República del Ecuador. Y el sacerdote Le Gouhir, en cuestiones eclesiásticas, está muy bien informado.

Sobre quien es el verdadero escritor de la Pastoral ‒ya que nadie cree que sea el arzobispo Ordóñez por no ser ninguna notabilidad en achaques literarios‒ existen varias versiones. Roberto Andrade, por ejemplo, cree que es Pablo Herrera. Puede ser. Garciano al tope, es autor de unos Apuntes biográficos del gran magistrado ecuatoriano Señor Doctor Don Gabriel García Moreno. Católico y conservador recalcitrante también. Puede ser...

La respuesta de Juan Montalvo, contenida en la Mercurial Eclesiás­tica, es contundente.

El libro ‒Libro de las Verdades lo llama‒ contiene varios capítulos cortos, cada uno de los cuales empieza con frases y afirmaciones tomadas de la Pastoral, de las cuales se vale para contradecir al arzobispo y demost­rar las contradicciones de ciertos representantes de la religión católica. Defiende las obras teatrales calificadas de inmorales por Ordóñez y manifiesta que las españolas, en su mayoría, son escritas por sabios sacerdotes y escritores de alto vuelo. Igual hace con la novela, cuyos héroes, según la Pastoral son adúlteros, ladrones o asesinos.  Como adehala, tacha de ignorante al prelado y cuenta una aventurilla suya acaecida en París, donde el seductor de sotana, es castigado por el marido ofendido. Dice que la mejor venganza del dictador Veintemilla es haber dejado a Ordóñez como jefe de la Iglesia ecuatoriana. Y así, sigue de largo, donosamente.

Pero, nos parece, que el capítulo denominado “Las penas eternas” es uno de los mejores y más sabrosos. Allí Montalvo, burla burlando, dice que si cree en los infiernos y en el castigo eterno, porque de no existir ese reino de tinieblas no habría lugar adecuado para el arzobispo Ordóñez. Manifiesta que el infierno, con todos los suplicios descritos por el Dante, con ese tétrico letrero que el poeta coloca en su entrada ‒¡Oh los que entráis!, dejad toda esperanza‒ es realidad manifiesta, a la par que conveniente... Si creo, bribones, si creo, exclama.

Y quien creyera que este libro, el más anticlerical y contrario a los dogmas de la Iglesia  que escribe Montalvo ‒grosera y frenética diatriba es el calificativo dado por el cura Le Gouhir‒ no es prohibido ni excomulgado. ¿Temor a una segunda Mercurial? No lo sabemos. Misterio de los misterios.

Sólo nos falta decir, para terminar con los Siete Tratados, que la condena fulminada por Ordóñez no es olvidada por el clero. Para reforzar su efecto, como si se tratara de una vacuna, el arzobispo Pedro Rafael González Calisto la vuelve a recordar. El edicto dictado dice así:

Por cuanto ha llegado a nuestro conocimiento que en la parroquia de Pasa existen algunos ejemplares de la obra de Dn. Juan Montalvo, titulada "Los Siete Tratados", y como dicha obra está condenada por N. SS. Padre León XIII, y por lo mismo incurren ipso facto en excomunión reservada a la Santa Sede todos los que la leen o retienen, Nos, en cumplimien­to de nuestro cargo Pastoral mandamos y ordenamos al Venerable Sr. cura de Pasa que explique al pueblo en un día domingo, los efectos de la excomunión y quienes incurren en la fulminada contra "Los Siete Tratados". Asimismo leerá y fijará en la puerta de la iglesia esta nuestra conminatoria, por medio de la cual mandamos que en el término de ocho días se entreguen las mencionadas obras al Señor cura de Pasa; y si no lo hicieren, pasados los ocho días, el mismo Sr. cura recibirá una información jurada acerca de las personas que tienen dicha obra. Y con vista de ella, les declararemos excomulgados con la excomunión a que se refiere el Decreto de Nuestro SS. Padre León XIII, en que condena la obra de “Los Siete Tratados”.[7] 

El edicto es de 20 de noviembre de 1895, es decir, escrito pocos meses después de la revolución liberal y cuando Alfaro había vencido en Gatazo y entrado a Quito. Es explicable sin embargo el hecho, pues González Calisto es enemigo de las nuevas ideas, que ya antes ‒14 de junio‒ había lanzado una violenta pastoral llamando a los fieles a tomar las armas para combatir a las tropas revolucionarias. Allí, con tono bíblico, se dice además que el liberalismo es la gran ramera de Babilonia que vio San Juan en el Apocalipsis!

Volvamos un poco atrás.

El ataque clerical ahora se dirige contra El Regenerador. En el Nº 6 de esta revista ‒25 de septiembre de 1877‒ Montalvo publica un artículo titulado “Del Clero”, donde lejos de combatirlo, mejor contiene una serie de frases elogiosas. Afirma ‒para citar sólo un ejemplo‒ que es entidad civilizadora y un elemento esencial de la sociedad humana. Pero esta condescendencia, nacida sin duda por la necesidad de no atraerse enemigos, no es del agrado de los clérigos que, fijándose en unas pocas expresiones al parecer irónicas, deciden impugnar el escrito. No se conoce esa impug­nación, porque al parecer, no se llega a la prohibición ni condena expresa. Lo que si se sabe es la protesta de Montalvo por la injusta acometida que aparece en el Nº 8 de la misma publicación. Dice así: “mis cleriguitos se reúnen y después de maduro examen, declaran herético el escrito que los saca los pies del lodo, y a su autor el más impío de los mortales”.[8] La réplica se titula “La suerte de los hombres de buena fe en este mundo pecador”.

Estamos en 1890, y en la revista La República del Sagrado Corazón de Jesús dirigida por Federico González Suárez, aparece la siguiente infor­mación:

            Ha sido últimamente puesto en el índice de los libros prohibidos, por orden de su Santidad, el tercer tomo de "El Espectador" de nuestro desdichado compatriota D. Juan Montalvo. Justifica de sobra esta condenación  la descarada apología del duelo o desafío que se encuentra en la última publicación del célebre escritor ambateño. Con esta noticia tomada de fuente oficial, esperamos que los que poseen el mentado tomo se apresuren a entregarlo en manos de la respectiva Autoridad eclesiástica.[9]

La apología al duelo, pues, la causa para la condenación de ese tercer tomo. El decreto del Papa incluyendo esa obra entre los libros prohibidos es de 14 de diciembre de 1888, esto es dos años antes de la noticia dada por la revista de nuestra referencia, como lo establece Plutarco Naranjo en su Juan Montalvo. Estudio bibliográfico. También manifiesta este escritor que la colocación en el Index se hace “cuando su autor lucha denodadamente con la muerte”. Y agrega que está “lejos de conocer o siquiera adivinar con que criterio se tomó esa medida”, mientras no sucedió lo propio con uno de los más violentos opúsculos de diatriba como es la Mercurial Eclesiástica, en el que no sólo se vapulea despiadadamente al Arzobispo Ordóñez, no sólo se ponen al descubierto obscuras travesuras del prelado que tocan a delicados aspectos de moral, sino que también se censura al clero corrompido y aun se abordan cuestiones fun­damentales de dogma y de doctrina”.[10]
           
Y llegamos, finalmente, al año 1897.
           
No se trata en esta ocasión de una nueva condena, sino de un acto de vigilancia y previsión, de una maniobra táctica para preparar una futura censura, pues que la obra destinada para ese santo castigo no aparece todavía. El historiador Robalino Dávila, a este respecto, expresa lo siguiente:

            En Octubre del propio año, comunica Monseñor González Calisto a Monseñor González Suárez que, "por datos de personas respetables, tiene conocimiento que el Gobierno proponía declarar texto obligatorio de lectura, para los niños de las escuelas, un libro que, con el título de Trozos Escogidos de Montalvo contenga varios artículos de ese autor y de los peores, tomados en su mayor parte de las obras del autor puestas en el Indice. Con el objeto de conjurar este mal me dirigí a un alto funcionario del Gobierno; mas, como no he recibido respuesta, y, al contrario, hubiese llegado a saber que continúa la impresión del libro; he creído oportuno hacerlo saber a V. S. Ilmo. y Roma, para que, apercibido de este peligro, adopte las medidas que estime convenientes, sea por medio de una declaración a los fieles, de la censura ya existente en lo tocante a los artículos condenados, sea con la prohibición episcopal de todo el libro". Y le pide, en todo caso, hacerle conocer la resolución, que adopte, a fin de procurar la unidad de acción.
                        Y esta uniformidad existió casi siempre entre los dos Prelados.[11]

Hemos revisado la bibliografía del Cosmopolita constante en el libro citado de Naranjo ‒que es la más completa que existe‒ y no se habla allí de tales Trozos Escogidos de Montalvo. Es seguro que el blanco es la publica­ción de Juan de Dios Uribe que aparece en el año siguiente, en 1898, con el título de Lecturas de Montalvo. La obra se imprime en la Tipografía de la Escuela de Artes y Oficios de Quito y contiene una serie de artículos cortos que abarcan 327 páginas.

No conocemos la respuesta de González Suárez. Tampoco se sabe que se haya hecho efectiva la condena sugerida y planeada por González Calisto. Es de pensar que esto no se realiza, porque en verdad, los artículos selec­cionados no son tan anticlericales que digamos... Se opta, entonces, por la prudencia.

Ya en este siglo, porque no asustan tanto las excomuniones, los enemigos de Montalvo abandonan esa forma de combate. Mas, no por eso, en sus escritos, dejan de zaherirle de vez en cuando con picotazos en­venenados. El jesuita Chacón, admirador del generalísimo Franco, hasta tilda sus obras de antidemocráticas.

¡Nada qué hacer! ¡Es el pago que dan los tradicionalistas a los innovadores!



[1] Tomado de Oswaldo Albornoz Peralta, Páginas de la Historia Ecuatoriana, t. I, Editorial Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, Quito, 2007, pp. 437-447.
[2] Gabriel García Moreno, Escritos de Gabriel García Moreno, t. I, Tipografía y Encuadernación Salesianas, Quito, 1928, p. 367.
[3] Pedro Schumacher, ¿Teocracia o Democracia? ¿Cristo o Lucifer? ¿Quién vencerá? ¡Quién como Dios!, segunda edición, B. Herder Librero-Editor Pontificio, Friburgo-Alemania, 1897, pp. 71-72.
[4] Rafael y Federico Cornejo, La conspiración del 6 de Agosto en Quito, Tipografía de Nicanor Médicis por Manuel T. Polo, Ipiales, 1875, p. 15.
 [5] José Ignacio Ordóñez, Cuarta Pastoral que el Ilmo. Rdo. Señor Arzobispo de Quito Dr. D. José Ignacio Ordóñez, dirige al Clero y a los Fieles de la Arquidiócesis, Imprenta del Clero, Quito, 1884, p. 7.
 [6] Galo René Pérez, Un escritor entre la gloria y la borrasca. Vida de Juan Montalvo, Banco Central del Ecuador, Quito, 1990, p. 455.
[7] Somatén. Artículos escogidos de “El Pichincha”, primer diario radical publicado en Quito, Imprenta de “El Pichincha”, Quito, 1896, p. 558.
[8] Juan Montalvo, El Regenerador, t. II, Casa Editorial Garnier Her­manos, París, 1929, p. 104.
  [9] La República del Sagrado Corazón de Jesús, t. IV, Imprenta del Clero, Quito, 1890, p. 167.
[10] Plutarco Naranjo, Juan Montalvo. Estudio bibliográfico, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1966, p. 268.
 [11] Luis Robalino Dávila, Eloy Alfaro y su primera época, t. II, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1969, p. 739.