viernes, 6 de marzo de 2026

Cuba y el Ecuador

 



CUBA Y EL ECUADOR

Oswaldo Albornoz Peralta

 

La lucha por la libertad, el progreso y la independencia patria, ha sido solidaria siempre entre los pueblos latinoamericanos. Ha sido, podemos decir, una sola y misma lucha.

Así, por ejemplo, la espada de los proceres de la Guerra Emancipadora no reconoce fronteras, y la sangre de sus héroes se riega generosamente no solamente en el país de origen, sino también en los campos de distintos pueblos, distantes, pero hermanos. El morir aquí o allá no importa, pues la causa y la gloria no dejan de ser idénticas. El combate trashumante de Miranda, Bolívar, San Martín y tantos otros, es irrefutable ilustración de esta verdad tan hermosa.

Cuando el desarrollo capitalista de nuestros países engendra una burguesía batalladora y progresista, sus dirigentes o líderes, así mismo, combaten mancomunadamente en diferentes latitudes. Desterrados de su propio suelo por la reacción feudal dominante, buscan refugio en cualquier país amigo, y allí plantan sus tiendas de peregrinos del ideal, para proseguir la lucha. También ahora, la lucha es una para todos. Así para Sarmiento, para Alfaro, para Martí, que dejan la simiente de su pensamiento democrático y el eco de su anatema contra la tiranía, allí donde posan sus plantas de réprobos y perseguidos.

También, cuando la soberanía nacional de algunos de nuestros países es amenazada, todos nuestros pueblos se sienten afectados, y su voz, unánime, se levanta para la varonil protesta. Esto sucede cuando la Reconquista española. Cuando las tropas de Napoleón El Pequeño, y su títere. El emperador Maximiliano, hallan el suelo mexicano. Y cuando las hordas rubias de Yanquilandia, inspiradas en el Destino Manifiesto, invaden cobardemente las islas del Caribe o las verdes tierras centroamericanas.

Y ya en nuestros días, después de la epopeya de Sierra Maestra –epopeya de Fidel, el Che y Camilo Cienfuegos– cuando el imperialismo norteamericano quiere domeñar al noble pueblo cubano, que haciendo pedazos el mito de la fatalidad geográfica instaura el socialismo e inicia una era de verdadera independencia en América, nuevamente nuestros pueblos, representados por sus trabajadores, sus estudiantes, sus escritores y sus partidos políticos progresistas, alzan su voz y levantan su puño para detener al enemigo aleve.

Es de esta manera pues –con la sangre, con la espada, con el grito estentóreo de las masas populares, con la pluma y la acción de nuestros hombres representativos– como los pueblos y naciones de América Latina se unen con lazos indestructibles para alcanzar libertad, progreso e independencia.

Y esto, es claro, sucede también con Cuba y el Ecuador.

Efectivamente, en este combate solidario, a través de decenios de historia, se estrechan constantemente los lazos de simpatía y hermandad entre el pueblo cubano y el pueblo ecuatoriano.

Expongamos, brevemente, la naturaleza de estos lazos.

*   *   * 

El primer vínculo entre nuestros dos pueblos se establece en los ardientes y agitados primeros años del siglo pasado, durante la lucha de nuestra emancipación política. Y ese vínculo, está encarnado por un héroe: el coronel Francisco Calderón.

Este valiente oficial cubano, fogoso y tropical como su sol habanero, es sin duda, uno de los más altos valores de esa lucha.

Él es uno de los que primero conspiran para romper las cadenas españolas, ya que se halla entre los comprometidos para secundar en Cuenca –donde ejerce un cargo administrativo– el Grito del 10 de Agosto de 1809. La prisión, los grillos que desgarran sus carnes, la pérdida total de sus bienes es la necesaria consecuencia de este hecho. Pero, ánimo de acero el suyo, nada puede detener su actividad patriótica. Y así, cuando las fuerzas insurgentes logran rehacerse después de los crímenes que los servidores de la Corona cometen el 2 de Agosto de 1810 con los proceres quiteños detenidos, nuevamente, pone su espada y su coraje, al servicio de la patria adoptiva. Como militar demuestra elevadas dotes y llega a ser el jefe máximo de nuestro primer ejército libertador, al que muchas veces, sabe conducir a la victoria. Y si alguna vez es derrotado, la causa es casi siempre la traición y las vacilaciones de los jefecillos de la aristocracia criolla, muchos de ellos incrustados en la tropa para espiar y sabotear, tal como ha sido demostrado por irrefutables documentos. De esos jefecillos hechos de alfeñique y delicados como damas, según el donoso decir del cura Riofrío, que combate a su lado y observa sus cobardes actuaciones.

Como político, demuestra también su gran valía. El, sigue el camino trazado por Espejo, Mejía, Morales y Quiroga, exponentes del pensamiento más avanzado de la época. Por esto, está siempre en contra de aquellos aristócratas que cuando no traicionan, quieren solamente la organización de un reino de oropel o un gobierno de familia, adecuados para seguir explotando al indio en los inmensos latifundios de los Andes. Y es esta posición democrática y de defensa de los principios liberales y republicanos, la que le obliga a ponerse al lado de los representantes que abandonan la Asamblea Constituyente reunida en la ciudad de Ambato en 1812, puesta al servicio de la facción más oscurantista de la llamada nobleza, a la que entrega el Poder de la naciente patria por medio de maniobras y en forma fraudulenta. Tan justa actitud, no puede menos que atraerle el odio reconcentrado de esa rancia aristocracia y el de sus más obsecuentes servidores, entre los cuales se halla el obispo Cuero y Caicedo, que firma una requisitoria amenazante y envía una circular a los alcaldes "atribuyendo cosas absurdas a los hombres de la oposición que no querían obedecer los mandatos de otros hombres que estaban reprobados por el pueblo", según nos dice el historiador José Gabriel Navarro. Empero, la respuesta de Calderón es altiva:

 

V.S.I. llama gobierno legítimo –dice al obispo– sin embargo de la contradicción y nulidades con que se forma y la común reprobación de los pueblos, parece que no podía haber sujeto de probidad que mire como legal la constitución que se opone al común torrente de los constituyentes, pero ya lo estamos experimentando sin duda porque V.S.I. había juzgado que el derecho de dominar a los pueblos libres de Quito compete exclusivamente a la casa de los Montúfares y sus faccionarios, constituyendo delincuentes de alta traición a los que se opongan a sus miras por sospechosos e inicuas que sean.[1]

 

Después de estos incidentes –que reflejan las contradicciones que existen entre las clases y los grupos sociales– la lucha prosigue con tesón, no obstante de que cada vez más, va siendo desfavorable para nuestros compatriotas. Hasta que, en Ibarra, donde es vencido y fusilado este gran defensor de los sagrados derechos del hombre que así, con lenguaje jacobino, se califica en otra parte de la respuesta al obispo sella con su sacrificio un pacto de amistad eterna entre Cuba y el Ecuador.

Sus vástagos –ya ecuatorianos– siguen el heroico ejemplo de su padre. Hombres y mujeres, niños aún, se incorporan con toda decisión al movimiento libertario. Y uno de ellos, Abdón, imitando esa bella trayectoria, ofrenda su vida en la batalla de Pichincha, que da fin al coloniaje en nuestra patria.

Pero la deuda contraída con el hermano pueblo cubano, es pagada caballerosamente por Vicente Rocafuerte, uno de nuestros hombres públicos más distinguidos.

Ardorosamente, ya sea con su pluma desde el periódico El Argos, ya con su actividad política en los círculos secretos de La Habana, no deja un solo momento de combatir por la libertad de la Gran Antilla, junto con los patriotas cubanos y otros ilustres revolucionarios latinoamericanos, como el argentino Miralla y el colombiano Fernández de Madrid. Piensa –como hace constar el escritor antillano Antonio Iraizos– "que los americanos eran más delincuentes que los españoles al rey absoluto, porque sufrían más de su lejano despotismo, y porque habría llegado la época en que era obligación de ellos trabajar para sacudir el yugo español y combatirlo de todos modos". Y el pensar está ligado con el actuar. Conspira para la instauración de la República de Cubanacán en la Sociedad "Soles y Rayos de Bolívar", bello sueño que fracasa con los duros golpes de una constante y frenética persecución. Pero prosigue su labor. A Pedro Gual escribe que es necesario "conquistar la isla de Cuba y fijar allí el nuevo sistema de independencia". Y se pone en contacto con el general Arce, presidente de Guatemala, y con el general venezolano Manuel Manrique, para acordar los planes de liberación. No en vano, el Capitán General de Cuba, Dionisio Vives, le acusa de temible y peligroso revolucionario.[2]

Rocafuerte, al igual que Francisco Calderón, pertenece al ala radical del movimiento emancipador.

Tiene participación directa, por esto, en las luchas que obliga al Capitán General Cagigal a promulgar la progresista Constitución española elaborada en Cádiz y puesta nuevamente en vigencia a raíz de la sublevación de Riego, lucha que también se la quiere aprovechar para lograr la total independencia de España. El historiador ecuatoriano Neptalí Zúñiga dice al respecto:

La población agitada por la prédica revolucionaria de Miralla, Rocafuerte, Fernández de Madrid, junto a la rebelde juventud cubana y a un escaso número de militares liberales impuso al Capitán General Cagigal la aceptación de la Carta de 1812. El espíritu violento de los revolucionarios pretendió proclamar la independencia absoluta, fracasando el intento por motivos imprevistos. [3]

Es decir, se liga en esta forma, el combate por la emancipación con el combate por las libertades democráticas, pues que, en verdad, esa Carta Constitucional, como con tanta penetración anota Marx en su brillante estudio La España revolucionaria, "es una reproducción de los viejos fueros, pero redactada a la luz de la Revolución francesa, y adaptada a las necesidades de la sociedad moderna".[4] Razones estas, por las que pronto, "se convierte en bandera de otras tres revoluciones burguesas: en Portugal, en el Reino de Nápoles y en Piamonte".[5] Que inclusive tenga influencia entre los decembristas rusos.

Teniendo ese espíritu avanzado, es muy explicable el entusiasmo que causa a todos los demócratas la promulgación de esa Carta, como se exterioriza en los siguientes versos del gran poeta José María Heredia, amigo entrañable de Rocafuerte:

 

La Habana fue quien te aclamó primero

¡Gloria eterna a mi patria! ¡Honor al suelo

Que me viera nacer! Honor a Ponce,

A Miralla, a Valdez, Madrid y Tanco.

Que sus glorias alzando al alto cielo

De O'Dail Quiroga y de Giral y Riego

Las ínclitas hazañas celebraron

Y arrebatadas de divino fuego

Con entusiasmo ¡La Libertad! Clamaron.

 

Por otro lado, Rocafuerte se opone a los vacilantes que, como Romay, en el Diario de Gobierno de la Habana, sustentan la tesis de la "justa adhesión y gratitud a la madre patria", ya que no tiene otra meta que una república democrática. De aquí, que desde las mismas páginas de El Argos inicie un virulento ataque al gobierno reaccionario de Itúrbide, aparato de dominio de los terratenientes mexicanos. Que así mismo, esté en contra de todos aquellos que no admiten la incorporación de los esclavos en la lucha, temiendo que sigan el ejemplo de Haití y alcancen su libertad, pues comprende que esta actitud es obstáculo inmenso para lograr la independencia que ansía. Y al proceder en esta forma, no sólo que acierta, sino que es consecuente con el pensamiento del grupo de luchadores radicales al que hemos dicho se pertenece. Raúl Cepero Bonilla –historiador marxista cubano– en su libro Azúcar y abolición, dice:  

Las conspiraciones de Román de La Luz, de Aponte, de los Soles de Bolívar, del Aguila Negra se encaminan a dar a Cuba una existencia libre e independiente, pero en la realización de ese objetivo amenazaban, simultáneamente, el dominio metropolitano y el dominio esclavista... Los hacendados teman ya intereses opuestos y contradictorios a la clase de los comerciantes españoles, pero tranquilizan su inconformidad con el régimen colonial cuando se percataban de que de una revuelta armada podía salir la independencia de Cuba, pero inevitablemente acompañada de la emancipación de los esclavos.[6]

Los hacendados, ante el dilema, optan por el statu quo, por el mantenimiento del esclavismo inhumano y denigrante. Más tarde, cuando en 1868 el pueblo insurge nuevamente, la mayor parte seguirá igual camino, o peor todavía, ¡transitará por la sucia senda del anexionismo!

Esta posición del señorío esclavista –el denominado patriciado– clase poderosa y rica, contribuye en gran medida para que fracase el generoso ideal de libertad de Rocafuerte y sus compañeros cubanos de los "Soles de Bolívar" como hace notar el mismo historiador Cepero antes citado.

A esto se agrega la oposición de los Estados Unidos, a los que Miralla y Rocafuerte incitan para que apoye la noble causa, encontrando siempre oídos sordos, cuando no la hostilidad manifiesta. Mas todavía: se oponen a los preparativos de una expedición libertadora organizada por Simón Bolívar y presionan en el Congreso Anfictiónico de Panamá, para que se silencie el problema cubano.

Es que son contrarios, tanto a la abolición de la esclavitud, como a la independencia de Cuba. Temen la abolición, porque piensan que ese ejemplo podría ser seguido en su propio país, cosa para ellos monstruosa, ya que privaría de mano de obra gratuita a los plantadores del Sur. Se oponen a la independencia, porque quieren que continúe bajo el yugo de España, hasta que llegue el momento apropiado para reemplazarla en el dominio y usufructuar de sus riquezas. Van Buren confiesa desvergonzadamente: "Por la oportuna mediación de este gobierno, el que con espíritu amistoso para España y para con el interés del comercio general, ayudó de este modo a conservarle a Su Majestad esas inestimables porciones de sus posesiones coloniales". Para de aquí llegar a la meta antes indicada –la usurpación simple y llana– que Jefferson expone cínicamente con estas palabras:  

Confieso francamente –dice– que he sido de la opinión que Cuba sería la adición más interesante que podría hacerse a nuestro sistema de Estados. El dominio que esta isla con el promontorio de la Florida nos daría sobre el Golfo de Méjico y sobre los Estados y el istmo que la ciñen así como sobre los territorios cuyos ríos desaguan en él, colmaría la meta de nuestro bienestar.[7]

Meta, que por lo menos en parte, después de muchos años, aprovechando vilmente durante la guerra hispanoamericana de la tenaz lucha del pueblo cubano, es alcanzada con la Enmienda Platt. Y, por lo mismo, ¡colmada también la medida del ambicionado "bienestar"!

También Inglaterra es adversa a la independencia de Cuba, pues que eso no conviene a sus intereses, a los comerciales particularmente. En el Memorándum de la conferencia mantenida el 17 de junio de 1825 entre George Canning y los representantes de la República de México, General Michilena y Vicente Rocafuerte, se hace constar lo siguiente: 

 

El señor Canning se extendió después, sobre las noticias de los diarios que anuncian que se están haciendo preparativos en Colombia y en México para acometer a la Isla de Cuba; con este motivo nos dijo que hará quince meses, el Gabinete Británico había propuesto al de Madrid, la mediación sobre la base de que España reconociera la Independencia de los nuevos Estados; y que estos prometían no atacar la Isla, conservándola sujeta a España, bajo la garantía de la Gran Bretaña… Después, entre medias palabras añadió, que la Inglaterra vería siempre con disgusto que la Francia o los Estados Unidos se apoderasen de la Isla de Cuba.[8]

 Véase como ambas grandes potencias –a quienes historiadores serviles han ensalzado por un presunto apoyo a la emancipación de los pueblos latinoamericanos– llevadas por mezquinos intereses políticos y económicos, mediante ruines presiones e hipócritas maniobras, son las que en definitiva impiden la libertad de Cuba y cortan su camino hacia el progreso.  

*  *  *

 Mas no se puede detener por mucho tiempo un proceso histórico, sobre todo cuando las fuerzas sociales que lo empujan se han fortalecido y madurado, como en el caso de Cuba.

Es así como la heroica lucha del pueblo cubano por su independencia se reinicia en 1868, prolongándose hasta 1878. Guerra de los Diez Años es denominada por la historia, frase que, desde luego, no puede reflejar todo lo que significa en sacrificio, en fuego y muerte, en abnegación y valentía. Por esto, todos los pueblos de América le brindan nuevamente su solidaridad y ayuda. Sus corazones, alternativamente, se alegran o entristecen, según sean sus victorias o según sus contratiempos. Los hombres más connotados de todos los países del continente tienen puestos sus ojos en la gesta antillana.

Y en el Ecuador también, ya que la adhesión a la independencia cubana había seguido viva y palpitante, tal como en los viejos tiempos de Rocafuerte, siendo por lo mismo apoyada y admirada por nuestros hombres más representativos y progresistas.

Ese es el caso de Juan Montalvo, el gran pensador liberal, cuya prosa es ponderada y aplaudida por Martí. Él, en sus Siete tratados, cuando pone en alto los méritos de España, tiene también que mostrar sus lados negativos, entre los cuales, la opresión colonial que mantiene sobre Cuba es el de mayor importancia y significado, tanto, como para obligarle a terminar la loa. "¡Cuba, –exclama– ah, Cuba ensangrentada y llorosa se alza en el mar, y puesto el dedo en los labios, me hace señas de callar las alabanzas de la madre patria!” [9] Y en La dictadura perpetua, escrita contra García Moreno, manifiesta: "Los cubanos bendicen a Céspedes y ahorcan en los árboles del campo de la libertad a los traidores a la patria”.[10] Es decir, que se identifica plenamente con su causa, que da total asentimiento a las acciones de sus héroes.

Al lado del verbo de Montalvo está la acción del general Eloy Alfaro, que, guiado por sus sentimientos democráticos y anticolonialistas, desde muy temprano se vincula a la lucha del pueblo cubano.

El historiador soviético Valerian Goncharov –profundo conocedor de los hechos y hombres de nuestra patria– nos dice a este respecto:  

El historiador cubano Emeterio Santovenia indicaba que los primeros contactos de Alfaro con los luchadores por la independencia de Cuba se remontaban a 1880 cuando estando en la emigración en Panamá estrechó lazos con el relevante dirigente de la Cuba revolucionaria Rafael María Merchán y Miguel Alburquerque. Sin embargo, los materiales inéditos del Archivo Nacional de Cuba permitieron establecer que ya en 1873 Alfaro se hallaba en Panamá y participaba activamente en el trabajo de la filial de la sociedad "Amigos de Cuba" y era uno de sus dirigentes. Estos datos fueron extraídos de la carta de 24 de julio de 1873 dirigida de Panamá a Nueva York al Presidente de la sociedad por su representante F.J. Cisneros.[11]

 Efectivamente, en su largo peregrinaje de proscrito por los diversos países americanos, no pierde oportunidad de vincularse, con aquellos combatientes que persiguen el mismo ideal de libertad y democracia. Es natural entonces el encuentro con los revolucionarios cubanos que, desde diferentes centros de acción, con tesón y sin descanso, elaboran los planes y buscan recursos necesarios para la liberación de su querida patria. A Maceo –glorioso veterano de la guerra de los diez años– conoce en Panamá en 1880 y vuelve a encontrarse con él en la ciudad de Lima algunos años después, según cuenta el escritor Roberto Andrade en su libro Vida y muerte de Eloy Alfaro.[12] Allí, en la capital peruana, juntos alzan el vuelo de la imaginación y sueñan en el futuro de nuestros pueblos:  

Planeó una estrecha cooperación entre ambos –dice el historiador cubano José Franco refiriéndose a su compatriota– para trabajar de acuerdo en la tarea urgente de completar la independencia nacional de los pueblos situados al sur de Río Grande en unos casos, y, en otros, tales como el de Cuba y Puerto Rico, obtener su liberación inmediata de la opresión metropolitana española.[13]

También conoce a Martí, el político visionario. Y con él y Maceo, en Costa Rica, ya en vísperas de los grandes acontecimientos que se iban a suscitar tanto en Cuba como en el Ecuador –1894– tratan sobre la necesidad de la inmediata expulsión de los dominadores españoles, para lo cual propone, el empleo de contingentes de voluntarios nicaragüenses y colombianos, plan que no es aprobado por ser considerado demasiado "lento y vasto", pues el futuro héroe de Dos Ríos, que había logrado "el cuasi milagro de unir a todos los separatistas cubanos en el afán de laborar por la independencia patria",[14] piensa que la empresa libertadora estaba a la orden del día y no debía demorarse por ninguna causa. Así los tres grandes hombres, separan sus caminos: Martí y Maceo hacia la gloria de Cuba, y Alfaro, hacia la redención ecuatoriana.

Pronto se oirá en los campos de batalla antillanos el Himno Invasor, donde se rinde homenaje al libertador caído –Martí– y donde se celebra el coraje de Maceo, el compañero sobreviviente:  

De Martí la memoria adorada

nuestra vida ofrenda el honor

y nos guía la fúlgida espada

de Maceo al avance invasor.

Y en el Ecuador, el 5 de Junio de 1895, triunfa la revolución liberal. La alfarada asciende los Andes y, en Gatazo, con su ejército montubio y las huestes indias de Saes y Morocho, consolida el poder.

Empero, la lucha libertadora emprendida por Cuba en 1895 no resulta empresa fácil, pese al heroísmo de que hacen gala sus soldados y sus grandes capitanes. La sangre se riega a raudales, y España, indiferente a la protesta de América y hasta de los más conscientes de sus hijos -como Pi y Margall por ejemplo- defiende con los dientes un territorio que no le pertenece. Tratando de prolongar la brega y evitar lo inevitable, pone al frente de sus tropas a una verdadera fiera humana, el General Weyler, que anticipándose a los nazis organiza campos de concentración y siembra de cadáveres el largo y lo ancho de la isla, hechos que deja consignados, con justo tono de indignación y protesta, el documentado y veraz historiador cubano, Emilio Roig de Leuchsenting.[15]

Entonces, siendo esto así, ahora que la pelea es a muerte y definitiva, es obvio que la solidaridad ecuatoriana se acreciente y se revista de acciones más combativas y concretas.

Así sucede en efecto.

La simpatía para la causa cubana es unánime en toda la prensa democrática y progresista. El periódico El Telégrafo de Guayaquil, dirigido por el periodista liberal Juan Morillo, por ejemplo, apoya con entusiasmo la noble lucha del pueblo hermano. La misma elevada posición tiene El Pichincha de Quito, que manifiesta que "la independencia de Cuba está en la conciencia del mundo como ley natural"[16] que, por lo mismo, su suerte no puede ser indiferente para nadie. La Revista de Quito, que tiene como director al gran literato Manuel J. Calle, hace oír su voz de protesta cuando constata la actitud medrosa de ciertos gobiernos latinoamericanos en contraposición con el fervor de las masas populares: 

 

Toda América ha respondido con un solo grito de entusiasmo al clamor del pueblo cubano, es verdad –dice– mas ese entusiasmo ha sido del todo infecundo para la causa de la libertad, pues lo ha ahogado la política de los gobiernos para que no se tradujese en acción enérgica y esfuerzo generoso. Luego. . . todos callan, o cuando más, una propaganda de líricos ditirambos es toda la ayuda que los redimidos de ayer prestan a los que hoy combaten para redimirse; y si los Estados Unidos han tomado una actitud parecida a la protección, actitud equívoca con respecto a España y con respecto a Cuba, es porque sueña acaso con otras anexiones para su futuro y más amplio engrandecimiento.[17]

 Así, llena de dignidad y altura, nuestra prensa. Y hasta llega a aparecer un órgano periodístico creado con el propósito exclusivo de ayudar al combate que libran los mambises de Gómez y Maceo. Su objetivo es este: "Dirigir los esfuerzos de aquellos que quieran oírnos, hacia el fuego brotado del volcán nunca apagado del derecho, hacia la revolución de Cuba, rugiente ésta y tempestuosa, pero segura y risueña; segura porque la defienden los que la aman: risueña, porque ve el porvenir brillante que le reservan sus héroes".[18] Es esta, entonces, la finalidad fundamental del semanario guayaquileño El cubano libre.

En la Asamblea Constituyente de 1896-97 también se alzan voces altivas en pro de Cuba, voces que exaltan su heroísmo y su coraje ilimitado, voces que dicen de la nobleza de sus miras. Los más altos representantes del liberalismo allí presentes buscan afanosamente, los medios más adecuados para fortalecer su causa y acortar su lucha. Y es así, como llega a proponerse, el reconocimiento de la beligerancia de los luchadores cubanos por parte del Ecuador.

He aquí, el proyecto de Decreto que se presenta:

 

LA ASAMBLEA NACIONAL DEL ECUADOR,

 

Considerando:

 

Que hace dos años que los habitantes de la "Isla de Cuba" luchan armados contra la Metrópoli para obtener su emancipación y autonomía;

Que, con tales propósitos, han proclamado los cubanos la forma de Gobierno Republicano, dándose una Constitución, y organizando todos los poderes públicos;

Que el reconocimiento de su beligerancia por las demás Naciones, no contraría de ninguna manera las leyes de neutralidad, antes bien se difieren y establecen mejor las reglas del Derecho Internacional;

Resuelve:

 

Art. Unico.- El Congreso Constituyente del Ecuador reconoce la beligerancia de los cubanos, en su actual contienda con el Gobierno de España".

 

Estos los nombres de los amigos de Cuba que firman el proyecto presentado:

 

"J.B. Vela.- Gabriel A. Ullauri.- Alejandro Villamar.- J.I. Pareja.- J. Peralta.- Manuel A. Franco.- Alberto Reina.- José Félix Valdivieso.- Enrique Morales Alfaro.- Julio Andrade.- Abel Pachano.- Wenceslao Ugarte.- Luciano Coral.- Roberto Andrade.- Celiano Monje.- Delfín B. Treviño.- Antonio Cevallos.- C. Concha T.- M.A. Carbo.- J. Román.- Manuel Paladines.- Ángel Subía.- José Antonio Vanegas.- Pedro J. Vera.- Cisneros.- J.C. Ricaurte.- B. V. Torres.- Modesto N. Andrade.- Rafael Ontaneda.- Ángel F. Araujo".[19]

 

Nótese, que muchos de los nombres arriba constantes, corresponden a personajes que ocupan sitial de honor en nuestra historia. Algunos son soldados distinguidos que han ganado sus grados en los campos de batalla. Otros son doctrinarios destacados del pensamiento liberal. Y unos últimos, polemistas y escritores de valía.

Desgraciadamente, la justa proposición no es aprobada, pues legisladores pusilánimes, con recursos rabulescos, logran postergar la discusión.

Otro distinguido escritor y periodista liberal, el doctor Emilio Arévalo, en su trabajo titulado Colaboración. Intervención de los Estados Unidos que se publica en Guayaquil en 1898, demuestra también su decidida adhesión a la causa de Cuba, según la siguiente cita inserta en el libro de Valerian Goncharov, Ecuador: tierra y hombres

 

Por muchos que sean los lazos históricos de las naciones hispano-americanas con España, –manifiesta Arévalo- mayores y más íntimos son los que las ligan con el pueblo cubano, que lucha por su independencia y libertad y cuya justa causa es la misma por la que ayer combatieron nuestros mayores. En el estado a que han llegado las cosas, convendría pues, que los gobiernos republicanos de América llevasen la voz oficial ante el Gabinete de Madrid, interponiendo sus oficios en favor de la independencia cubana.[20]

Así mismo, la prematura muerte de José Martí –de Martí, El Apóstol, como acertadamente lo llama su biógrafo Jorge Mañach[21]– da lugar para que el pueblo ecuatoriano demuestre su inmensa simpatía para Cuba. Todo el mundo pone en alto el nombre del héroe y esconde el dolor que se alberga en los pechos. Dolor multitudinario que se expresa, ya en la frase sentida del hombre de la calle, ya también, en el artículo periodístico o en los versos del poeta.

Numa Pompilio Llona, por ejemplo, exterioriza su pesar, a la par que su fe en la victoria, en las estrofas de corte clásico del siguiente soneto:

 

¡Se van los buenos! ante el cuerpo inerte

Clamaba ayer, el Job de los cantores;

Y hoy de un apóstol y adalid la muerte

Me anuncian desde Cuba altos clamores!

 

¡Del que la defendió con brazo fuerte!

Y pluma de fulmíneos resplandores

Siempre el Árbol del Bien riega la suerte

¡Con sangre de inspirados Precursores!

 

Mas que importan las víctimas ¡Cubanos!

Sin tregua combatid a los tiranos.

Pues sobre el rojo campo de pelea,

Cual los celestes grupos de la Ilíada,

Revuelan con la lira y con la espada,

¡Martí, Verona, Plácido y Zenea! [22]

 

Al lado de Cuba nuestro pueblo, siempre. Desde las más diversas poblaciones se pide con insistencia ayuda del Gobierno para sus libertadores. Los niños en las escuelas y las gentes en las plazas y en las calles pronuncian con unción el nombre de sus héroes y entonan con calor el himno de Bayamo. Y cuando llega a nuestra patria el primer diplomático cubano, Arístides Agüero –que reemplaza al gran patriota Manuel Sanguily que no puede venir– su recepción es triunfal, pues en todas las ciudades de su trayecto se demuestra unánime adhesión para su causa. "En Guaranda, Ambato y Latacunga repitiéronse los transportes de entusiasmo al paso de quien representaba heroico batallar. En Quito subieron de punto las demostraciones de rara consideración. Semioficial llamó el mismo Agüero la recepción que le dispensó la capital de la República". El emisario, ante tan cordial acogida expresa: "Cuba, no tiene en el Ecuador sino amigos".[23]

Mas entre todos los amigos de la Cuba combatiente, al igual que ayer, sobresale la egregia figura del General Eloy Alfaro, "uno de los pocos americanos de creación", según la cincelada frase de Martí.

Ahora, ya en el Poder, quiere cumplir las promesas de ayuda hechas a sus amigos cubanos de ostracismo –Martí, Maceo, Máximo Gómez– con cuyos anhelos e ideales se halla íntimamente compenetrado.

Ante todo, se dirige a la Reina de España demandando la libertad del país hermano, porque "se siente conmovido en presencia de la cruenta y aniquiladora lucha que sostiene Cuba por su emancipación política" y porque "no se puede hacer el sordo al clamor de este pueblo". La carta donde está contenido este hermoso mensaje de fraternidad, pese a que no lleva las firmas de otros presidentes, a los cuales quiere asociar a la noble empresa  –¡siempre los pusilánimes y los títeres!– tiene gran repercusión en América, pues no obstante el intento de España de ignorar y silenciar la justa solicitud es reproducida ampliamente por la prensa y recibida con beneplácito por la opinión del Continente, que sabe aquilatar debidamente el valor del gesto ecuatoriano.

Además, siguiendo el ejemplo de Bolívar y de su Congreso Anfictiónico de hondo contenido latinoamericano, organiza el Congreso Internacional Americano, que llega a reunirse el 10 de agosto de 1896 con solamente los delegados de siete naciones. Y es allí, ante la conciencia de todos los pueblos del Nuevo Mundo, donde piensa plantear el problema de la independencia de Cuba y demandar la solidaridad continental para su causa, llegando a dar las correspondientes instrucciones a los delegados ecuatorianos, según consta de carta de Arístides Agüero dirigida desde Quito a Tomás Estrada Palma. Desgraciadamente, la falta de éxito del Congreso impide la realización de su elevado anhelo.

¿Y quiénes los responsables del fracaso de la iniciativa de Alfaro?

Los mismos que sabotean la reunión de Panamá. Los Estados Unidos de Norte América. Así lo reconoce el político español Francisco Pi y Margall cuando lamenta el hecho y pone de relieve la profundidad del pensamiento del General Alfaro. Así lo reconoce Genaro Estrada, el intemacionalista mexicano, creador de la doctrina de su nombre. Y así piensa también Manuel Benjamín Carrión, nuestro conocido y atildado escritor, cuando manifiesta: 

 

Fue la doctrina Monroe, la entonces temible doctrina Monroe, la que hizo negro el horizonte del Congreso Americano. La que impidió su reunión. Estados Unidos discutía entonces pactos de alianza con Gran Bretaña relacionados ya con el Canal de Panamá y, sobre todo, con la delimitación entre la Guayana Inglesa y Venezuela. Y su fuerza principal en los debates, residía en la intangibilidad, en la infalibilidad de la famosa doctrina.[24]

 

¡Claro, como van a mirar con buenos ojos a un Congreso convocado cabalmente para tratar de hacer alto a la rapiña realizada al amparo de la tal doctrina, cuando se prepara en ese preciso instante, nuevos zarpazos contra el patrimonio de nuestros pueblos!

Y además, según la cínica declaración del ministro de Estado, un mister Onley, hecha al Embajador mexicano en Washington, Manuel Covarrubias, porque "el Ecuador no tenía el prestigio bastante para acometer ni para llevar a cabo una empresa de la importancia que debía tener un Congreso Americano"…[25] Tesis infame con la que concuerdan ciertos historiadores nuestros, como el señor Robalino Dávila pongamos por ejemplo, que repite eso en su libro antialfarista, Eloy Alfaro y su primera época.[26]

Así pues, nuevamente, los esfuerzos del Viejo Luchador en favor de Cuba se vienen a los suelos, quedando tan sólo en su haber, la grandeza de las bellas concepciones.

Ante todo esto, concibe un plan digno de su genio: la ayuda militar a Cuba. Siguiendo sus órdenes, altos jefes de nuestro Ejército, como el coronel León Valles Franco entre otros, se dedican a la tarea de reclutar y organizar contingentes de tropas para acudir en ayuda de los combatientes cubanos. La audaz empresa no se efectúa debido a la guerra civil que desatan las huestes conservadoras a todo lo largo del país, y, sobre todo, porque el gobierno de Colombia se opone al paso de los soldados ecuatorianos a través de su territorio. Pero es seguro que, de realizarse el proyecto, los ecuatorianos habrían pagado con honor la deuda contraída cuando el sacrificio del coronel Calderón.

Una vez más, la grandeza de las bellas concepciones, solamente.

Pero Alfaro ha cumplido sus promesas. Maceo así lo confiesa:  

Por la prensa española –le dice– he sabido la parte que Ud., en cumplimiento de lo que un día me ofreció, ha tomado en pro de la causa cubana. Reciba, por tan señalada prueba de amistad y de consecuencia, mis más expresivas gracias y las de este ejército.

 "He cumplido con un deber de americanismo”,[27] le contesta, modestamente, el general Alfaro.

*   *   *

Nombramos ya, de pasada solamente, a Miguel Alburquerque.

Pero es hora de volver a él, ya que constituye, a no dudarlo, uno de los lazos –y de los de más valer– entre el Ecuador y Cuba.

Este abnegado luchador cubano es muy poco conocido entre nosotros por obra y gracia de la mala memoria que caracteriza a los historiadores del Ecuador. Pero no por esto puede perder los méritos que tiene.

Desterrado de su patria y radicado en Guayaquil prosigue combatiendo con tesón por la independencia de su querida isla, que, martirizada y reprimida a sangre y fuego, no se doblega ni renuncia a su derecho de ser libre y soberana. El, por doquier, suscita simpatías para su causa. Trata de organizar círculos de emigrados y consigue ayuda económica para los combatientes. Aunque fuera de la línea de fuego –por razones ajenas a su voluntad– no deja, sin embargo, de ser otro soldado. Alburquerque se convierte en uno de los mejores colaboradores de Alfaro en su propósito de ayudar a Cuba. Su acción se multiplica y se hace presente en todo momento. Forma parte del comité que se organiza para la recepción de Arístides Agüero, en el que también se halla el director de El Telégrafo, Juan Murillo, "noble paladín de la causa cubana" al decir del escritor Santovenia.[28] A su trabajo se debe el éxito que tiene en Quito el recibimiento del emisario antes nombrado. Años más tarde, ya de vuelta a la patria, escribirá sus recuerdos y puntualizará las labores realizadas en pro de su emancipación. Apuntes históricos autobiográficos de los servicios prestados por el suscrito a la independencia de Cuba desde la guerra de los diez años hasta la consolidación de la República, se llama el opúsculo que escribe.[29]

No obstante lo anterior, no olvida los problemas de nuestro país y lucha junto con las fuerzas avanzadas del Ecuador, representadas entonces por el liberalismo. Amigo y hombre de confianza del presidente Alfaro, interviene con entusiasmo en nuestros asuntos internos, contándose entre aquellos dirigentes de trabajadores venidos desde el exterior que el caudillo apoya y alienta, porque sabe que su experiencia puede ser de mucho provecho para la democracia ecuatoriana. De gran influencia entre las masas trabajadoras guayaquileñas, contribuye para que la transformación iniciada en el 95 se nutra con el generoso y multitudinario sostén popular, que, es factor decisivo para que la revolución se radicalice y se encamine por la senda de las conquistas progresistas. El propugnador ardiente de la organización de los artesanos y obreros, siendo el mentor político de la Sociedad "Hijos del Trabajo", desde donde difunde principios avanzados para la época y fe en la causa de los humildes. Por lo mismo, es de aquellos revolucionarios que piensa que la revolución debe contemplar también las más sentidas reivindicaciones de los trabajadores. Y es por esto por lo que la reacción conservadora y seudo liberal le combate y le denigra. "Alburquerque –dice uno de los periodistas puestos a su servicio– al cual hay necios que le confieren una potencia enorme y le profesan un odio de beduinos, sin fijarse que ellos mismos determinaron la importancia de ese pobre sastre, ciego, tonto y ruin".[30] Cobarde diatriba como se ve, para cuyo autor, el también cargado con el odio de beduino, los defectos físicos, y hasta el trabajo dignificador, son bases para el feroz ataque. Ataque, empero, que por venir del lado del que viene, lejos de constituir baldón, enaltece grandemente al ofendido.

Esta, pues, la labor de Miguel Alburquerque, merecedora como se ha visto de nuestro recuerdo cariñoso, a la par que un sitio distinguido en la historia de las luchas del pueblo ecuatoriano, en especial, de sus trabajadores.

Labor nobilísima, que fortalece, por otro lado, la vinculación cubano-ecuatoriana en la lucha por la instauración del liberalismo en el país. Que continúa, por decirlo así, la ayuda prestada por el cubano Rafael María Merchán, que ya en 1880 se inicia "en los pormenores de las luchas" del Ecuador, entregando desinteresadamente las páginas de su periódico La Estrella de Panamá, para que Alfaro pueda combatir la tiranía entronizada en su patria. Que continúa la ayuda prestada por el cubano Enrique Boix, que encarga al prócer Maceo entregar una cantidad de dinero a nuestro caudillo liberal, para que pueda marchar desde Centro América a Guayaquil para ponerse al frente de la revolución.

 

*   *   *

Ya dijimos que el doloso propósito de Jefferson y otros dirigentes yanquis de apoderarse de Cuba, en parte, se convierte en realidad con la Enmienda Platt, que no es sino un instrumento disfrazado para el sojuzgamiento y opresión del imperialismo norteamericano que, en plena etapa de expansión, recurre a los medios más bajos para lograr sus fines, en este caso, interviniendo en la guerra cuando ya el heroísmo cubano tenía asegurada la victoria. Es decir, aprovechándose con ruindad de la sangre ajena derramada, tal como lo ha demostrado convincentemente el mismo historiador cubano Emilio Roig de Leuchsenring, en su conocida obra Cuba no debe su Independencia a los EE.UU.[31]

Habiéndose frustrado en esta forma el anhelo de los próceres cubanos de una patria libre y democrática, es lógico que sus amigos ecuatorianos, ahora, dirigieran sus fuegos contra la oprobiosa Enmienda, sin cuya desaparición, mal se podía hablar de independencia.

El más notable de ellos es José Peralta, viejo amigo de Cuba, pues como ya vimos, su firma consta en el proyecto de decreto para reconocer la beligerancia cubana.

El nombre de Peralta está grabado con caracteres indelebles en nuestra historia, ya que, si Alfaro es el caudillo máximo de la revolución liberal ecuatoriana, él, en cambio, es el doctrinario más consecuente y avanzado. Prueba de esto es, que uno de sus rasgos más sobresalientes de su concepción política, es su actitud decidida y firme contra el imperialismo americano. En nuestra patria, adelantándose a muchos, denuncia el peligro que su rapacidad entraña para su soberanía. Las formas de que se vale para sojuzgar a los pueblos, desde el empleo brutal de los marines, hasta los préstamos hipócritas y esclavizadores. Y claro está, también esa doctrina de opresión, el panamericanismo, al que califica de patente de corso para toda clase de depredaciones.

Pero no sólo mira el Ecuador. Todos los pueblos abajo el Río Grande son objeto de su patriótica preocupación. Hace el sangriento recuento de la rapiña yanqui en escala continental, y cada vez que uno de nuestros países es presa de la garra imperialista, allí está su protesta y su estentóreo grito de indignación. Llama a los pueblos latinoamericanos a la lucha unitaria y decidida para hacer frente a esta situación, forjando así ese latinoamericanismo libertador de que se habla en la ya célebre Declaración de La Habana. Peralta dice: "Es urgente salvarnos; y la salvación está en mancomunar nuestra suerte, en unirnos sinceramente con el fin de prestarnos mutua ayuda, para una defensa eficaz y justa contra el imperialismo que nos amenaza… Unirse o parecer, es el fatal dilema; porque el Coloso nos aplastará uno a uno, ante los restantes, amedrentados con el desastre de las primeras víctimas".[32]

Todo esto, en vibrantes páginas, se halla comprendido en su trabajo titulado La esclavitud de la América Latina, escrito en Panamá en el año de 1927, durante uno de sus tantos destierros.

Y allí consta, el vía crucis doloroso, del hermano pueblo de Cuba.

"La independencia nacional –dice el dirigente comunista cubano Blas Roca– bajo el tutelaje establecido en la Enmienda Platt y completado prácticamente a través del dominio económico de los capitalistas extranjeros, no era una independencia completa".[33] De tutelaje habla también Peralta. He aquí sus palabras: 

 

Cuba cayó en la más ignominiosa tutela, al punto de no poder designar libremente sus mandatarios, ni dictar leyes adecuadas, ni poner los cimientos de su porvenir político: ¿qué clase de emancipación había conquistado, con arroyos de sangre, con sacrificios sin cuento, en la larga y porfiada lucha con sus dominadores? Un día quiso darse una Constitución política; pero el adusto tutor frunció el ceño y les puso el ojo, a esos ensayos de soberanía. La llamada Enmienda Platt despertó a Cuba de su dorado sueño, y le mostró en todo su horror, la esclavitud en que se hallaba; si en verdad incruenta, no menos pesada que la anterior, no menos contraria a sus anhelos de libertad y justicia.

 Y a continuación el dominio económico de que trata Blas Roca: "riqueza, industria, comercio, –dice– todo cayó bajo la garra del Aguila rapaz, ¡a título de control necesario y beneficioso para la isla!" [34]

No puede ser de otra manera. La voracidad es consubstancial al imperialismo yanqui, conforme hace resaltar el mismo Peralta:

 

El crudo positivismo anglosajón –manifiesta– no reconoce más brújula que el interés y la ganancia; otro estímulo de la actividad humana, que la acumulación constante y progresiva de riqueza; otra finalidad del Estado, que la dominación y hegemonía sobre los demás Estados, por lo menos, en nuestro continente. La caja fuerte es su verdadero altar; la divinidad, el dólar; y la víctima, el pobre, el desvalido, ora se llame individuo, ora colectividad humana.[35]

 Esta es, nos parece, una caracterización precisa.

Además, en la época en que los historiadores yanquistas –así llama a los lacayos del imperialismo– se hacen lenguas sobre la bondad de la intervención americana durante la guerra de liberación sostenida por Cuba, ya habla de los objetivos siniestros de ese acto, de la falsa ayuda prestada y de toda la política falaz seguida por los yanquis durante la lucha del pueblo antillano por su independencia. Hasta insinúa la verdad de la voladura del Maine, hecho puesto ya en claro, con sobra de prueba y argumentación por el historiador soviético Vladimirov en su libro La diplomacia de los Estados Unidos durante la guerra Hispano-americana de 1898.[36]

¿Algo más…?

Su amor y su constante preocupación por la suerte de Cuba, que hacen de él, uno de sus amigos más sinceros y fervientes.

Estrechos e irrompibles, como se ve, los vínculos históricos entre Cuba y el Ecuador.

Calderón, Rocafuerte, Alburquerque, Alfaro, Peralta y tantos otros.

Una tradición de solidaridad y amistad formada por eslabones de esta clase, no, no puede romperse nunca.

De aquí, que la mirada de los dos pueblos –recíprocamente– ha estado atenta a los sucesos y luchas de cada cual.

Así, cuando la porfiada lucha del pueblo cubano contra el oprobioso gobierno de Machado. "Consecuente este Congreso –se dice en un acuerdo del Congreso Constituyente de la Confederación Sindical Latinoamericana reunida en Montevideo– con las prácticas solidarias del proletariado internacional y sintiendo como en su mismo los horrores que la criminal dictadura de Machado hace vivir a los proletarios cubanos, expresa su más terminante condena hacia su tiranía".[37] Y nuestra clase obrera, actuando con el espíritu de esa resolución y leal a la voluntad de sus delegados que asisten a esa reunión, en todo momento, de acuerdo con sus fuerzas, presta su fraternal ayuda y vuelca toda su simpatía al combate del pueblo cubano. Nuestra prensa progresista, los nacientes partidos políticos revolucionarios y los intelectuales de avanzada, así mismo, esta vez, se alinean al lado de lo justo. La voz de Mella, enfrentado al tirano, tiene gran eco entre nosotros y es oída con singular respeto.

Y, años más tarde, surge la epopeya de Sierra Maestra.

Aquí, al igual que en los otros pueblos del continente, se vive todas las vicisitudes de la campaña que dirige, con la fe y la decisión que prestan las grandes causas, el comandante Fidel Castro. Un periodista nuestro, Carlos Bastidas, arriesga y ofrenda su propia vida, ansioso de ver la aurora que en la Sierra aparecía.

El día del triunfo de las fuerzas rebeldes, el día de la caída y la fuga del déspota Batista, es un día de júbilo para nosotros. Cuando la revolución avanza y se plasma en realidad las más deseadas reivindicaciones sociales, la simpatía hacia ella crece y se adentra en el corazón de los humildes que viven y sufren en el suelo ecuatoriano. La revolución se convierte en el mejor de los ejemplos, se transforma en bandera. Ya en un manifiesto lanzado el primero de Mayo de 1960, la Confederación de Trabajadores del Ecuador, hace este llamamiento: "Sigamos la estela luminosa de Cuba, hoy amenazada de muerte por el imperialismo norteamericano, que pretende intervenir en la política interna de ese país, para defender los grandes capitales imperialistas, que han extorsionado al pueblo cubano durante muchos años y le han impuesto gobiernos sanguinarios y despóticos, como el de Batista; y junto a todos los trabajadores y pueblos de Latinoamérica, demos la batalla final a nuestros enemigos".[38] El Partido Comunista también apoya con calor las conquistas alcanzadas y llama al pueblo para su defensa: "El Partido Comunista del Ecuador –dice– recoge, una vez más, el íntimo sentimiento del pueblo ecuatoriano: su solidaridad para el pueblo cubano, para la Revolución Cubana".[39]

Esta movilización de nuestro pueblo en defensa de los logros revolucionarios y de la soberanía cubana es absolutamente necesaria, pues el imperialismo furioso por haber perdido una de sus "propiedades" más importantes, no da su brazo a torcer y prepara la reconquista. Cada día que pasa, se ve más cerca la tormenta que se avecina. El presidente Kennedy –el "demócrata" Kennedy para muchos ingenuos– como buen servidor de los monopolios rapaces del Tío Sam, da aquiescencia y apoyo decisivo a la siniestra trama. Se preparan mercenarios y se consiguen bases en las repúblicas de Centro América, donde mandatarios miserables, de la calaña de un Somoza o un Ydígoras Fuentes, obedeciendo con sumisión el dictado yanqui y traicionando a sus pueblos, contribuyen con sus esfuerzos para la organización de la inmunda empresa. La CIA –aunando gusanos y chacales de Allen Dulles– trabaja febrilmente y no repara en medios para sus planes, por criminales que estos fueran. Hasta que llega el día aciago.

Las hordas preparadas por el monstruo imperialista invaden Cuba y llegan a Playa Girón –ese monstruo pavoroso que Martí miró desde sus propias entrañas– donde nuevamente se hace presente el proverbial heroísmo de los cubanos. Entonces, la furia y la indignación recorren el cuerpo de nuestra patria, sin que falte, como en la lejana lucha emancipadora de fines del siglo pasado, voluntarios para marchar al combate, haciendo suyo –porque suyo también es– el lema revolucionario de Patria o Muerte. El siguiente párrafo del libro del ex-agente de la CIA Philip Agee –Diario de la CIA– da una ligera idea del fervor ecuatoriano en esos trágicos momentos:

 

Hoy realmente –se dice allí– la invasión de Cuba tuvo su auge, pero las informaciones son contradictorias y la jefatura nada ha informado. Todo el día se han realizado manifestaciones anti Estados Unidos, tanto en Quito como en Guayaquil, y el ejército fue llamado a proteger la Embajada Norteamericana, la USOM y el centro cultural binacional.[40]

 Todo esto es verdad. Y, cuando los invasores son rápida y vergonzosamente derrotados, otra vez, la alegría en nuestros corazones.

Pero, no obstante la derrota y la lección recibida, el imperialismo no cede en el empeño de doblegar a Cuba, para lo cual sigue recurriendo a los medios más bajos y vedados. Organiza Conferencias –como las de Punta del Este– donde ordena que sus títeres se pronuncien contra la Revolución Cubana, a cambio de miserables dólares salidos de esa llamada Alianza para el Progreso. Se incrementan los sabotajes y los más repudiables actos de terrorismo en la isla. Y finalmente, en la VIII Reunión de Consulta de los Ministros de Relaciones Exteriores de 1962, se expulsa a Cuba de la OEA –tan bien calificada como Ministerio de Colonias– y se fuerza a los países latinoamericanos a la ruptura de relaciones diplomáticas y comerciales.[41] Se quiere dar cima, en esto, al bloqueo total que se persigue.

Significa, lo anterior, que la lucha no ha terminado todavía y que la solidaridad sigue teniendo igual vigencia. Por eso nuestro pueblo, manteniéndose alerta, continúa su campaña de apoyo y de defensa de la revolución. La FEUE –máximo organismo de los estudiantes universitarios– en su VIII Congreso de noviembre de 1961, acuerda:

 

Unirnos a los hermanos cubanos en sus luchas contra el enemigo norteamericano, enemigo común de los pueblos latinoamericanos y gendarme atrevido de toda la Humanidad. Rechazamos –se añade– todas sus maniobras y componendas en contra de la Revolución Cubana y consagramos el triunfo de las fuerzas revolucionarias, la de Playa Girón, como la más gloriosa de las páginas que la Humanidad haya escrito en contra de sus opresores.[42]

 

Y toda la prensa democrática, como la revista Mañana por ejemplo, cuyo director, el poeta y novelista Pedro Jorge Vera, tiene adentrada la Isla en el corazón: 

Cuba en medio del mar estremecida

por la marcha precisa de tu gente,

Cuba niña, mi Cuba continente,

isla en el corazón amanecida.

 

Indios oscuros por mi voz aclaman

tu luz, tu manantial, tu claro cielo

y a la sangre fecunda de tu suelo

la miran, la bendicen y la llaman.

 

Cuba en el son y Cuba en el sonido

del fusil que te canta, redimido

en manos de la hueste guerrillera.

 

Una selva de brazos va creciendo

para romper la sombra, defendiendo

la hazaña de Fidel y su bandera.[43]

 

Y mientras nuestro pueblo defiende su revolución, Cuba siempre generosa y justiciera –Angola y Etiopía nos demuestran– aún en medio de las acechanzas del imperialismo, hace suya nuestra causa en el diferendo limítrofe y habla de la razón que nos asiste. A raíz de una declaración parcializada a favor del Perú que hacen los garantes del Protocolo de Río de Janeiro, el canciller cubano Raúl Roa, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, con toda claridad expone:

 

El régimen de Prado y Beltrán… que en Washington tiene un poderoso aliado en la pugna de fronteras con el Ecuador, al extremo de que los Estados Unidos, como uno de los países garantes y autor intelectual del Protocolo de Río, acaba de lanzar su peso político al lado del Perú y en contra de las legítimas reclamaciones del Ecuador.[44]

 

El doctor Gerardo Falconí, entonces embajador del Ecuador en Cuba, haciéndose eco de esa posición rectilínea, manifiesta en su libro Misión en La Habana:

 

No se deberá olvidar, siempre que se trate de llevar a cabo un enjuiciamiento sereno de ese momento de la azarosa vida internacional de nuestra nación, que al propio tiempo que los Estados Unidos de Norteamérica, con todo su poder y su fuerza convictiva encabeza el grupo de los Garantes del Protocolo, autores de ese parcial y por lo mismo siniestro pronunciamiento en contra de una de las partes –la más débil– de las interesadas en el conflicto, el Gobierno Revolucionario de Cuba de manera precisa, firme, convincente, fuera la única nación, dentro y fuera del hemisferio, que esgrimió su protesta por el abuso de autoridad y la injusticia que se estaba perpetrando en contra de nuestro país, y nos expresaba su solidaridad y su afán en apoyo de la legitimidad de la causa ecuatoriana, su respaldo y su acción a favor de nuestros derechos conculcados.[45]

 Inclusive, agrega que el Che –"imponente figura para la historia de las revoluciones de América”– tiene franca simpatía por la causa ecuatoriana, "reconociendo que ella involucraba uno de los conflictos a cuya solución justiciera estaba íntimamente ligada la confraternidad americana”.[46]

Acciones recíprocas de los dos pueblos: defensa de la soberanía cubana amenazada y defensa de nuestros derechos territoriales. Una y otra, acciones nobilísimas y de profundo contenido. Mas, mientras Cuba y el Ecuador fraternizan, el imperialismo, bajo sombra, teje una oscura trama para imponer al gobierno ecuatoriano –así como impuso antes el Protocolo de Río de Janeiro– el rompimiento de relaciones diplomáticas y comerciales propugnado por la OEA. Los personeros de la CIA establecidos en el país, conjuntamente con sus agentes y colaboradores criollos, algunos de ellos incrustados en el mismo gabinete presidencial, preparan paso a paso el camino para conseguir ese objetivo. Luego, cuando creen que ha llegado el tiempo propicio, colocan bombas explosivas en una serie de iglesias de diferentes ciudades, para, atribuyendo tales hechos a los comunistas, aprovecharse de los sentimientos religiosos de algunos sectores populares. Se llega, con este mismo fin, a organizar un atentado terrorista contra la casa del cardenal, quien, pese a que han sido desenmascarados sus autores como militantes del Frente Anti-Comunista, se presta para una hipócrita manifestación de desagravio dizque, donde los gusanos cubanos le entregan la bandera azul y blanca de la patria que traicionan.[47] La guarnición de Cuenca, comandada por un servidor de la CIA,[48] rompiendo todo precepto legal y toda norma de disciplina militar, exige la suspensión de relaciones con los países socialistas. Hasta que finalmente el gobierno, minado por sus propias equivocaciones y los furiosos embates del imperialismo, en abril de 1962, cede y acepta la imposición yanqui. "En la Estación –dice Philip Agee refiriéndose al centro de acción de la CIA– celebramos esta tarde la victoria del rompimiento con champagne y la Jefatura envió sus felicitaciones".[49] Más tarde, el expresidente Arosemena Monroy, reconocerá con franqueza el error cometido y lamentará ese momento de flaqueza.

Esta ruptura oficial, no puede romper, los fraternos lazos forjados a través de la historia entre ambos pueblos. Al contrario, es ocasión para que se hagan más visibles. Primero, por medio de la indignada protesta popular, que se hace presente desde el instante mismo en que se conoce la noticia. Posteriormente, con la exigencia constante, con el pedido reiterado, para que las relaciones diplomáticas sean reestablecidas.

Dieciocho años, en efecto, que los ecuatorianos han venido luchando sin descanso con esa finalidad. En ese largo lapso, en los congresos y reuniones de los partidos de izquierda, de las organizaciones obreras y campesinas, de las federaciones de estudiantes secundarios y universitarios, de asociaciones de escritores y maestros, no se olvida nunca, como asunto de primordial importancia, de hacer ostensible la sentida demanda. Largo sería dejar constancia del sinnúmero de resoluciones tomadas con tal propósito. Solamente a manera de ejemplo, citamos aquí uno de los puntos de la Plataforma de lucha de la Confederación de Trabajadores Ecuatorianos aprobada por su XIII Congreso de 1975, donde se dice: "12.- Solidaridad y amistad con la URSS y demás países socialistas. Relaciones diplomáticas con Cuba".[50] También en el programa del FADI –Frente de unidad de algunos partidos y grupos políticos de izquierda constituido el año pasado apenas– consta similar planteamiento: "7.- Política exterior soberana e independiente, que se concreta fundamentalmente en los siguientes puntos: a) Establecimiento de relaciones diplomáticas, comerciales y culturales con todos los países del mundo y restablecimiento de las mismas con Cuba Socialista".[51] Y así, repetimos, muchísimos acuerdos más con igual contenido.

Hoy, al fin, gracias a la lucha tesonera desplegada, se ha hecho realidad el viejo anhelo de los ecuatorianos y se han vuelto a establecer las relaciones con la nación hermana, sin su consentimiento interrumpidas. ¡Otra vez, a través de la distancia –desde el mar Pacífico hasta el mar Caribe– nuestras manos unidas!  

*   *   *

Todo lo anterior –apretada síntesis solamente– demuestra como Cuba y Ecuador han estado ligados siempre por lazos de especial simpatía, sobre todo en los períodos más álgidos de su historia, cuando se ha tratado de defender la soberanía nacional o romper estructuras sociales corrompidas y caducas. Por esto, los lazos no han sido tendidos por las fuerzas oligárquicas de ninguno de los dos países, sino al contrario, por aquellas vinculadas al progreso. La historia, es la demostración más fehaciente.

De aquí, que nada haya sido más natural –como el desplazamiento del agua cristalina en un cauce inclinado– el apoyo unánime de los sectores progresistas a la gloriosa Revolución Cubana, el acontecimiento más grande en nuestra América. Todo lo esclarecido, todo lo que significa lo nuevo, lo sano, todo lo que tiene por delante la diáfana perspectiva de un porvenir venturoso, han estado de su lado. Allí los obreros y los campesinos, los estudiantes y maestros, prestos siempre para defender los principios que representa, prestos para oponerse y poner valla con sus puños, a la furia desatada por el imperialismo americano. Allí los partidos revolucionarios, aquellos que, recogiendo el centenario afán de nuestro pueblo, quieren una vida de dignidad y bienestar para todos los ecuatorianos. Y allí, también, todos los intelectuales progresistas y honrados, todos los que realmente reflejan los intereses del país.

Si, nuestros intelectuales, los representantes de nuestra verdadera inteligencia. He aquí algunos nombres:

 Manuel Benjamín Carrión, propulsor incansable de cultura y ardiente fustigador de tiranías, a la par que combatiente tenaz por la segunda independencia de los pueblos de América.

Jorge Pérez Concha, intemacionalista de nota, que ya en la XV Reunión de Consulta de Cancilleres Americanos de 1974, se pronuncia valientemente por el levantamiento de las infames sanciones impuestas a la República de Cuba.

Enrique Gil Gilbert, el gran escritor de Los que se van, siempre al servicio de las causas elevadas.

Demetrio Aquijera Malta –el de Don Goyo y la Isla Virgen– que, desde los lejanos años de la Guerra Civil Española, demostrando su vocación de libertad, escribe La Revolución Española, Madrid: reportaje novelado de una retaguardia heroica y España Leal, donde pondera y canta la valerosa lucha de los republicanos, enfrentados al terror falangista del sanguinario Franco.

Jorge Enrique Adoum, alta cima de nuestra poesía, poesía excepcional, arraigada en la tierra y en el hombre.

Nelson Estupiñán Bass, narrador sobresaliente de las luchas y anhelos populares como se puede admirar en su hermosa galería novelística –Cuando los guayacanes florecían, Senderos brillantes, Las puertas del verano, Toque de queda, donde realidad y fantasía, fundidas, denuncian el mundo de hoy y anuncian el mundo de mañana.

Edmundo Ribadeneira, escritor de amplios horizontes literarios –ensayo, crónica y novela– horizonte donde campean la justicia y los altos ideales.

Jaime Galarza Zavala, autor de libros de combate, libros como fusiles, que dejan malheridos a festineros y piratas de las riquezas nacionales.

Eugenia Viteri, tierna y aguerrida a la vez, tierna como en algunos cuentos de El Anillo, aguerrida como en las páginas de A noventa millas solamente.

Newton Moreno, que hasta poco antes de caer asesinado a manos de una dictadura criminal, canta a Cuba con unción y llama a seguir su ejemplo.

Manuel Medina Castro, implacable y viejo luchador antimperialista, desde EE.UU. y la Independencia de América Latina, pasando por El Guayas, río navegable, hasta llegar a El Imperialismo Siglo XIX, premiado por la Casa de las Américas.

Rafael Díaz Icaza, poeta y relatista de obra múltiple, enamorado de un futuro mejor para su pueblo, tanto que quisiera –Señas y contraseñas– que el Che trepara "la esperanza hasta los Andes".

Miguel Donoso Pareja y David Ledesma. Y tantos, y tantos otros, que ahora se nos escapan de la pluma.

Como dijimos, todo lo valioso, todo lo que significa adelante, todo lo que mira al porvenir.

Y es que no puede ser de otra manera:

— Porque Cuba, rompiendo con la sangre de sus héroes el mito del fatalismo geográfico, nos enseña el camino que conduce a la verdadera independencia, a la independencia auténtica, sin la ficción de los gobiernos títeres.

— Porque Cuba nos enseña como nuestros indios de la altiplanicie andina, nuestros montubios de la verde jungla de los trópicos, pueden ser dueños de la tierra labrada con su cariño y con su esfuerzo.

— Porque Cuba nos enseña como nuestras riquezas –el oro verde de nuestro banano y el oro negro de nuestro petróleo– pueden salir de las garras de los monopolios y llegar hasta las manos de su dueño.

— Porque Cuba nos enseña como borrar siglos de ignorancia e incorporar a la civilización a los millares de analfabetos, haciendo que los dones de la cultura sean patrimonio de todo el pueblo y que constituyan manantiales de gozo espiritual para las grandes mayorías.

— Y porque Cuba nos enseña como los países dependientes pueden llegar al socialismo, "camino de los pueblos hacia la libertad y la felicidad".

 Todo esto, y mucho más, nos enseña Cuba. Es el espejo en donde podemos mirar nuestro futuro.

La Revolución Cubana es nuestra, muy nuestra, y de toda América. Defenderla sin regatear sacrificios, estar listos para acabar con todas las viles acechanzas del imperialismo y la reacción, es entonces obligación ineludible. Deber de americanismo, de auténtico y puro americanismo, para repetir la frase del general Alfaro.

Los ecuatorianos, manteniendo y prolongando los vínculos que nos han unido y nos unen con Cuba, sabremos cumplir con honor este deber sagrado.

 

(Publicado en ANALES Nº 360, Revista de la Universidad Central del Ecuador, Editorial Universitaria, Quito, 12 de marzo de 1982, pp. 19-47.)

 

 

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Zúñiga, Neptalí, Rocafuerte y su obra diplomática en Europa, Talleres Gráficos Nacionales, Quito, 1947.

 

 



[1] José Gabriel Navarro, La Revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809, Ed. Fray Jodoco Ricke, Quito, 1962.

[2] Emeterio Santovenia, Eloy Alfaro y Cuba, Imprenta El Siglo XX, La Habana, 1929.

[3] Neptalí Zúñiga, Rocafuerte y la República de Cuba, Talleres Gráficos Nacionales, Quito, 1947.

[4] Carlos Marx, Federico Engels, La revolución en España, Editorial Páginas, La Habana, 1943.

[5] Militsa Nenhkina, "Los decembristas en el proceso histórico mundial". Revista Ciencias Sociales, Moscú, 1976.

 [6] Raúl Cepero Bonilla, Azúcar y abolición, Crítica, Barcelona, 1976.

[7] Carta de Jefferson al presidente James Monroe, Monticello, 24 de octubre de 1823.

[8] Neptalí Zúñiga, Rocafuerte y su obra diplomática en Europa, Talleres Gráficos Nacionales, Quito, 1947.

[9] Juan Montalvo, Siete Tratados, París, Garnier Hermanos, s.f.

[10] Juan Montalvo, Páginas desconocidas, La Universidad da la Habana, La Habana, 1936.

[11] Valerian Goncharov, Ecuador: tierra y hombres, Casa de la Cultura Ecuatoriana- Núcleo del Guayas, Guayaquil, 1979.

[12] Roberto Andrade, Vida y muerte de Eloy Alfaro, York Printing Co., Nueva York, 1916.

[13] José L. Franco, Antonio Maceo. Apuntes para una historia de su vida, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1975.

[14] Emeterio Santovenia, Vida de Alfaro, Editorial Trópico, La Habana, 1942.

[15] Emilio, Roig de Leuchsenring, Weyler en Cuba, Editorial Páginas, La Habana, 1947.

[16] SOMATEN, Artículos escogidos de "El Pichincha", Quito, 1896.

[17] Revista de Quito, Director Manuel J. Calle, Quito. 1898.

[18] Camilo Destruge, Historia de la Prensa de Guayaquil, Tipografía y encuadernación salesianas, Quito, 1924.

[19] Asamblea Nacional Constituyente, Diario de Debates, Imprenta Nacional, Quito, 1897.

[20] Emilio Arévalo, Colaboración, Intervención de los Estados Unidos, Imprenta de "El grito del Pueblo”, Guayaquil, 1898.

[21] Jorge Mañach, Martí el Apóstol, Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1942.

[22] Numa P. Llona, La estela de una vida, Poemas Líricos, Garnier Hermanos Libreros-Editores, París, 1893.

[23] Santovenia, Eloy Alfaro y Cuba, op. cit.

 [24] Benjamín Carrión, La iniciativa continental de Alfaro, Imprenta de la Cámara de Diputados, México, D.F, 1946. 

[25] Emeterio Santovenia, Eloy Alfaro y Cuba, op. cit.

[26] Luis Robalino Dávila, Orígenes del Ecuador de hoy. Eloy Alfaro y su primera época, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1968.

 [27] Revista Nariz del Diablo No. 22, Número extraordinario, Quito, 1929.

[28] Emeterio Santovenia, Eloy Alfaro y Cuba, op. cit.

[29] Miguel Alburquerque, Apuntes históricos autobiográficos de los servicios prestados por el suscrito a la independencia de Cuba desde la guerra de los diez años hasta la consolidación de la República, Impr. "Fedora" de Santiago Ferreiro, La Habana, 1917.

[30] Valerian Goncharov, Ecuador: tierra y hombres, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Guayaquil, 1979.

[31]  Emilio Roig de Leuchsenring, Cuba no debe su independencia a los EE. UU., Editorial Hemisferio, Buenos Aires, 1965.

[32] José Peralta, La esclavitud de la América Latina, Publicaciones de la Universidad de Cuenca, Cuenca, 1961.

[33] Blas Roca, Los fundamentos del socialismo en Cuba, Ediciones Populares, La Habana, 1961.

[34] José Peralta, La esclavitud de la América Latina, op. cit.

[35] Ibid.

[36] L. S. Vladimirov, La diplomacia de los Estados Unidos durante la guerra hispanoamericana de 1898, Ediciones en lenguas extranjeras, Moscú,1958.

[37] Bajo la bandera de la C.S.L.A, Imprenta La Linotipo, Montevideo, 1929.

[38] El Pueblo No. 204, Quito, 1960.

[39] El Pueblo No. 251, Quito,1960.

[40] Philip Agee, Objetivo Ecuador: Diario de la CIA, Asociación Escuela Politécnica, Quito, 1977.

[41] Gualterio Cuevas Mardones, La CIA sin máscara, Ediciones Reflexión, Buenos Aires, 1976.

[42] El Pueblo No. 304, Quito, 1961.

[43] Pedro Jorge Vera, Versos de ayer y de hoy, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Guayaquil, 1979.

[44] El Pueblo No. 271, Quito, 1961.

[45] Gerardo Falconí, Misión en La Habana, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1968.

[46] Ibid.

[47] Philip Agee, Objetivo Ecuador: Diario de la CIA, op. cit.

[48] Ibid.

[49] Ibid.

[50] CTE. Adelante hasta la victoria total del pueblo en la lucha unitaria por la liberación social y nacional, Guayaquil, 1975.

[51] Frente Amplio de Izquierda (FADI). Manifiesto al pueblo del Ecuador, 1978.