CUBA Y EL ECUADOR
Oswaldo
Albornoz Peralta
La lucha por la libertad, el progreso y la
independencia patria, ha sido solidaria siempre entre los pueblos
latinoamericanos. Ha sido, podemos decir, una sola y misma lucha.
Así, por ejemplo, la espada de los proceres de la
Guerra Emancipadora no reconoce fronteras, y la sangre de sus héroes se riega
generosamente no solamente en el país de origen, sino también en los campos de
distintos pueblos, distantes, pero hermanos. El morir aquí o allá no importa,
pues la causa y la gloria no dejan de ser idénticas. El combate trashumante de
Miranda, Bolívar, San Martín y tantos otros, es irrefutable ilustración de esta
verdad tan hermosa.
Cuando el desarrollo capitalista de nuestros países
engendra una burguesía batalladora y progresista, sus dirigentes o líderes, así
mismo, combaten mancomunadamente en diferentes latitudes. Desterrados de su
propio suelo por la reacción feudal dominante, buscan refugio en cualquier país
amigo, y allí plantan sus tiendas de peregrinos del ideal, para proseguir la
lucha. También ahora, la lucha es una para todos. Así para Sarmiento, para
Alfaro, para Martí, que dejan la simiente de su pensamiento democrático y el
eco de su anatema contra la tiranía, allí donde posan sus plantas de réprobos y
perseguidos.
También, cuando la soberanía nacional de algunos de
nuestros países es amenazada, todos nuestros pueblos se sienten afectados, y su
voz, unánime, se levanta para la varonil protesta. Esto sucede cuando la Reconquista
española. Cuando las tropas de Napoleón El Pequeño, y su títere. El emperador
Maximiliano, hallan el suelo mexicano. Y cuando las hordas rubias de
Yanquilandia, inspiradas en el Destino Manifiesto, invaden cobardemente
las islas del Caribe o las verdes tierras centroamericanas.
Y ya en nuestros días, después de la epopeya de Sierra
Maestra –epopeya de Fidel, el Che y Camilo Cienfuegos– cuando el imperialismo
norteamericano quiere domeñar al noble pueblo cubano, que haciendo pedazos el
mito de la fatalidad geográfica instaura el socialismo e inicia una era de
verdadera independencia en América, nuevamente nuestros pueblos, representados
por sus trabajadores, sus estudiantes, sus escritores y sus partidos políticos
progresistas, alzan su voz y levantan su puño para detener al enemigo aleve.
Es de esta manera pues –con la sangre, con la espada,
con el grito estentóreo de las masas populares, con la pluma y la acción de
nuestros hombres representativos– como los pueblos y naciones de América Latina
se unen con lazos indestructibles para alcanzar libertad, progreso e
independencia.
Y esto, es claro, sucede también con Cuba y el
Ecuador.
Efectivamente, en este combate solidario, a través de
decenios de historia, se estrechan constantemente los lazos de simpatía y
hermandad entre el pueblo cubano y el pueblo ecuatoriano.
Expongamos, brevemente, la naturaleza de estos lazos.
* * *
El primer vínculo entre nuestros dos pueblos se
establece en los ardientes y agitados primeros años del siglo pasado, durante
la lucha de nuestra emancipación política. Y ese vínculo, está encarnado por un
héroe: el coronel Francisco Calderón.
Este valiente oficial cubano, fogoso y tropical como
su sol habanero, es sin duda, uno de los más altos valores de esa lucha.
Él es uno de los que primero conspiran para romper las
cadenas españolas, ya que se halla entre los comprometidos para secundar en
Cuenca –donde ejerce un cargo administrativo– el Grito del 10 de Agosto de
1809. La prisión, los grillos que desgarran sus carnes, la pérdida total de sus
bienes es la necesaria consecuencia de este hecho. Pero, ánimo de acero el
suyo, nada puede detener su actividad patriótica. Y así, cuando las fuerzas insurgentes
logran rehacerse después de los crímenes que los servidores de la Corona
cometen el 2 de Agosto de 1810 con los proceres quiteños detenidos, nuevamente,
pone su espada y su coraje, al servicio de la patria adoptiva. Como militar
demuestra elevadas dotes y llega a ser el jefe máximo de nuestro primer
ejército libertador, al que muchas veces, sabe conducir a la victoria. Y si
alguna vez es derrotado, la causa es casi siempre la traición y las
vacilaciones de los jefecillos de la aristocracia criolla, muchos de ellos
incrustados en la tropa para espiar y sabotear, tal como ha sido demostrado por
irrefutables documentos. De esos jefecillos hechos de alfeñique y delicados
como damas, según el donoso decir del cura Riofrío, que combate a su lado y observa
sus cobardes actuaciones.
Como político, demuestra también su gran valía. El,
sigue el camino trazado por Espejo, Mejía, Morales y Quiroga, exponentes del
pensamiento más avanzado de la época. Por esto, está siempre en contra de
aquellos aristócratas que cuando no traicionan, quieren solamente la
organización de un reino de oropel o un gobierno de familia, adecuados para
seguir explotando al indio en los inmensos latifundios de los Andes. Y es esta
posición democrática y de defensa de los principios liberales y republicanos,
la que le obliga a ponerse al lado de los representantes que abandonan la
Asamblea Constituyente reunida en la ciudad de Ambato en 1812, puesta al
servicio de la facción más oscurantista de la llamada nobleza, a la que entrega
el Poder de la naciente patria por medio de maniobras y en forma fraudulenta.
Tan justa actitud, no puede menos que atraerle el odio reconcentrado de esa
rancia aristocracia y el de sus más obsecuentes servidores, entre los cuales se
halla el obispo Cuero y Caicedo, que firma una requisitoria amenazante y envía
una circular a los alcaldes "atribuyendo cosas absurdas a los hombres de
la oposición que no querían obedecer los mandatos de otros hombres que estaban
reprobados por el pueblo", según nos dice el historiador José Gabriel
Navarro. Empero, la respuesta de Calderón es altiva:
V.S.I. llama
gobierno legítimo –dice al obispo– sin embargo de la contradicción y nulidades
con que se forma y la común reprobación de los pueblos, parece que no podía
haber sujeto de probidad que mire como legal la constitución que se opone al
común torrente de los constituyentes, pero ya lo estamos experimentando sin
duda porque V.S.I. había juzgado que el derecho de dominar a los pueblos libres
de Quito compete exclusivamente a la casa de los Montúfares y sus faccionarios,
constituyendo delincuentes de alta traición a los que se opongan a sus miras
por sospechosos e inicuas que sean.[1]
Después de estos incidentes –que reflejan las
contradicciones que existen entre las clases y los grupos sociales– la lucha
prosigue con tesón, no obstante de que cada vez más, va siendo desfavorable
para nuestros compatriotas. Hasta que, en Ibarra, donde es vencido y fusilado
este gran defensor de los sagrados derechos del hombre que así, con lenguaje
jacobino, se califica en otra parte de la respuesta al obispo sella con su
sacrificio un pacto de amistad eterna entre Cuba y el Ecuador.
Sus vástagos –ya ecuatorianos– siguen el heroico
ejemplo de su padre. Hombres y mujeres, niños aún, se incorporan con toda
decisión al movimiento libertario. Y uno de ellos, Abdón, imitando esa bella
trayectoria, ofrenda su vida en la batalla de Pichincha, que da fin al
coloniaje en nuestra patria.
Pero la deuda contraída con el hermano pueblo cubano,
es pagada caballerosamente por Vicente Rocafuerte, uno de nuestros hombres
públicos más distinguidos.
Ardorosamente, ya sea con su pluma desde el periódico El
Argos, ya con su actividad política en los círculos secretos de La Habana,
no deja un solo momento de combatir por la libertad de la Gran Antilla, junto
con los patriotas cubanos y otros ilustres revolucionarios latinoamericanos,
como el argentino Miralla y el colombiano Fernández de Madrid. Piensa –como
hace constar el escritor antillano Antonio Iraizos– "que los americanos
eran más delincuentes que los españoles al rey absoluto, porque sufrían más de
su lejano despotismo, y porque habría llegado la época en que era obligación de
ellos trabajar para sacudir el yugo español y combatirlo de todos modos".
Y el pensar está ligado con el actuar. Conspira para la instauración de la
República de Cubanacán en la Sociedad "Soles y Rayos de Bolívar",
bello sueño que fracasa con los duros golpes de una constante y frenética persecución.
Pero prosigue su labor. A Pedro Gual escribe que es necesario "conquistar
la isla de Cuba y fijar allí el nuevo sistema de independencia". Y se pone
en contacto con el general Arce, presidente de Guatemala, y con el general
venezolano Manuel Manrique, para acordar los planes de liberación. No en vano,
el Capitán General de Cuba, Dionisio Vives, le acusa de temible y peligroso
revolucionario.[2]
Rocafuerte, al igual que Francisco Calderón, pertenece
al ala radical del movimiento emancipador.
Tiene participación directa, por esto, en las luchas
que obliga al Capitán General Cagigal a promulgar la progresista Constitución
española elaborada en Cádiz y puesta nuevamente en vigencia a raíz de la
sublevación de Riego, lucha que también se la quiere aprovechar para lograr la
total independencia de España. El historiador ecuatoriano Neptalí Zúñiga dice
al respecto:
La población agitada por la prédica revolucionaria de
Miralla, Rocafuerte, Fernández de Madrid, junto a la rebelde juventud cubana y
a un escaso número de militares liberales impuso al Capitán General Cagigal la
aceptación de la Carta de 1812. El espíritu violento de los revolucionarios
pretendió proclamar la independencia absoluta, fracasando el intento por
motivos imprevistos. [3]
Es decir, se liga en esta forma, el combate por la
emancipación con el combate por las libertades democráticas, pues que, en
verdad, esa Carta Constitucional, como con tanta penetración anota Marx en su
brillante estudio La España revolucionaria, "es una reproducción de
los viejos fueros, pero redactada a la luz de la Revolución francesa, y adaptada
a las necesidades de la sociedad moderna".[4] Razones estas, por las que
pronto, "se convierte en bandera de otras tres revoluciones burguesas: en
Portugal, en el Reino de Nápoles y en Piamonte".[5] Que inclusive tenga
influencia entre los decembristas rusos.
Teniendo ese espíritu avanzado, es muy explicable el
entusiasmo que causa a todos los demócratas la promulgación de esa Carta, como
se exterioriza en los siguientes versos del gran poeta José María Heredia,
amigo entrañable de Rocafuerte:
La Habana fue quien te aclamó primero
¡Gloria eterna a mi patria! ¡Honor al suelo
Que me viera nacer! Honor a Ponce,
A Miralla, a Valdez, Madrid y Tanco.
Que sus glorias alzando al alto cielo
De O'Dail Quiroga y de Giral y Riego
Las ínclitas hazañas celebraron
Y arrebatadas de divino fuego
Con entusiasmo ¡La Libertad! Clamaron.
Por otro lado, Rocafuerte se opone a los vacilantes que, como Romay, en el Diario de Gobierno de la Habana, sustentan la tesis de la "justa adhesión y gratitud a la madre patria", ya que no tiene otra meta que una república democrática. De aquí, que desde las mismas páginas de El Argos inicie un virulento ataque al gobierno reaccionario de Itúrbide, aparato de dominio de los terratenientes mexicanos. Que así mismo, esté en contra de todos aquellos que no admiten la incorporación de los esclavos en la lucha, temiendo que sigan el ejemplo de Haití y alcancen su libertad, pues comprende que esta actitud es obstáculo inmenso para lograr la independencia que ansía. Y al proceder en esta forma, no sólo que acierta, sino que es consecuente con el pensamiento del grupo de luchadores radicales al que hemos dicho se pertenece. Raúl Cepero Bonilla –historiador marxista cubano– en su libro Azúcar y abolición, dice:
Las conspiraciones de Román de La Luz, de Aponte, de
los Soles de Bolívar, del Aguila Negra se encaminan a dar a Cuba una existencia
libre e independiente, pero en la realización de ese objetivo amenazaban,
simultáneamente, el dominio metropolitano y el dominio esclavista... Los
hacendados teman ya intereses opuestos y contradictorios a la clase de los
comerciantes españoles, pero tranquilizan su inconformidad con el régimen
colonial cuando se percataban de que de una revuelta armada podía salir la
independencia de Cuba, pero inevitablemente acompañada de la emancipación de
los esclavos.[6]
Los hacendados, ante el dilema, optan por el statu
quo, por el mantenimiento del esclavismo inhumano y denigrante. Más tarde,
cuando en 1868 el pueblo insurge nuevamente, la mayor parte seguirá igual
camino, o peor todavía, ¡transitará por la sucia senda del anexionismo!
Esta posición del señorío esclavista –el denominado
patriciado– clase poderosa y rica, contribuye en gran medida para que fracase
el generoso ideal de libertad de Rocafuerte y sus compañeros cubanos de los
"Soles de Bolívar" como hace notar el mismo historiador Cepero antes
citado.
A esto se agrega la oposición de los Estados Unidos, a
los que Miralla y Rocafuerte incitan para que apoye la noble causa, encontrando
siempre oídos sordos, cuando no la hostilidad manifiesta. Mas todavía: se
oponen a los preparativos de una expedición libertadora organizada por Simón
Bolívar y presionan en el Congreso Anfictiónico de Panamá, para que se silencie
el problema cubano.
Es que son contrarios, tanto a la abolición de la esclavitud, como a la independencia de Cuba. Temen la abolición, porque piensan que ese ejemplo podría ser seguido en su propio país, cosa para ellos monstruosa, ya que privaría de mano de obra gratuita a los plantadores del Sur. Se oponen a la independencia, porque quieren que continúe bajo el yugo de España, hasta que llegue el momento apropiado para reemplazarla en el dominio y usufructuar de sus riquezas. Van Buren confiesa desvergonzadamente: "Por la oportuna mediación de este gobierno, el que con espíritu amistoso para España y para con el interés del comercio general, ayudó de este modo a conservarle a Su Majestad esas inestimables porciones de sus posesiones coloniales". Para de aquí llegar a la meta antes indicada –la usurpación simple y llana– que Jefferson expone cínicamente con estas palabras:
Confieso francamente –dice– que he sido de la opinión
que Cuba sería la adición más interesante que podría hacerse a nuestro sistema
de Estados. El dominio que esta isla con el promontorio de la Florida nos daría
sobre el Golfo de Méjico y sobre los Estados y el istmo que la ciñen así como
sobre los territorios cuyos ríos desaguan en él, colmaría la meta de nuestro
bienestar.[7]
Meta, que por lo menos en parte, después de muchos
años, aprovechando vilmente durante la guerra hispanoamericana de la tenaz
lucha del pueblo cubano, es alcanzada con la Enmienda Platt. Y, por lo mismo, ¡colmada
también la medida del ambicionado "bienestar"!
También Inglaterra es adversa a la independencia de
Cuba, pues que eso no conviene a sus intereses, a los comerciales
particularmente. En el Memorándum de la conferencia mantenida el 17 de junio
de 1825 entre George Canning y los representantes de la República de México,
General Michilena y Vicente Rocafuerte, se hace constar lo siguiente:
El señor
Canning se extendió después, sobre las noticias de los diarios que anuncian que
se están haciendo preparativos en Colombia y en México para acometer a la Isla
de Cuba; con este motivo nos dijo que hará quince meses, el Gabinete Británico
había propuesto al de Madrid, la mediación sobre la base de que España
reconociera la Independencia de los nuevos Estados; y que estos prometían no
atacar la Isla, conservándola sujeta a España, bajo la garantía de la Gran
Bretaña… Después, entre medias palabras añadió, que la Inglaterra vería siempre
con disgusto que la Francia o los Estados Unidos se apoderasen de la Isla de
Cuba.[8]
* * *
Es así como la heroica lucha del pueblo cubano por su independencia
se reinicia en 1868, prolongándose hasta 1878. Guerra de los Diez Años
es denominada por la historia, frase que, desde luego, no puede reflejar todo
lo que significa en sacrificio, en fuego y muerte, en abnegación y valentía.
Por esto, todos los pueblos de América le brindan nuevamente su solidaridad y
ayuda. Sus corazones, alternativamente, se alegran o entristecen, según sean
sus victorias o según sus contratiempos. Los hombres más connotados de todos
los países del continente tienen puestos sus ojos en la gesta antillana.
Y en el Ecuador también, ya que la adhesión a la
independencia cubana había seguido viva y palpitante, tal como en los viejos
tiempos de Rocafuerte, siendo por lo mismo apoyada y admirada por nuestros
hombres más representativos y progresistas.
Ese es el caso de Juan Montalvo, el gran pensador
liberal, cuya prosa es ponderada y aplaudida por Martí. Él, en sus Siete
tratados, cuando pone en alto los méritos de España, tiene también que
mostrar sus lados negativos, entre los cuales, la opresión colonial que
mantiene sobre Cuba es el de mayor importancia y significado, tanto, como para
obligarle a terminar la loa. "¡Cuba, –exclama– ah, Cuba ensangrentada y
llorosa se alza en el mar, y puesto el dedo en los labios, me hace señas de
callar las alabanzas de la madre patria!” [9] Y en La dictadura
perpetua, escrita contra García Moreno, manifiesta: "Los cubanos
bendicen a Céspedes y ahorcan en los árboles del campo de la libertad a los
traidores a la patria”.[10] Es decir, que se
identifica plenamente con su causa, que da total asentimiento a las acciones de
sus héroes.
Al lado del verbo de Montalvo está la acción del general
Eloy Alfaro, que, guiado por sus sentimientos democráticos y anticolonialistas,
desde muy temprano se vincula a la lucha del pueblo cubano.
El historiador soviético Valerian Goncharov –profundo conocedor de los hechos y hombres de nuestra patria– nos dice a este respecto:
El historiador cubano Emeterio Santovenia indicaba que
los primeros contactos de Alfaro con los luchadores por la independencia de
Cuba se remontaban a 1880 cuando estando en la emigración en Panamá estrechó
lazos con el relevante dirigente de la Cuba revolucionaria Rafael María Merchán
y Miguel Alburquerque. Sin embargo, los materiales inéditos del Archivo
Nacional de Cuba permitieron establecer que ya en 1873 Alfaro se hallaba en
Panamá y participaba activamente en el trabajo de la filial de la sociedad
"Amigos de Cuba" y era uno de sus dirigentes. Estos datos fueron
extraídos de la carta de 24 de julio de 1873 dirigida de Panamá a Nueva York al
Presidente de la sociedad por su representante F.J. Cisneros.[11]
Planeó una estrecha cooperación entre ambos –dice el historiador cubano
José Franco refiriéndose a su compatriota– para trabajar de acuerdo en la tarea
urgente de completar la independencia nacional de los pueblos situados al sur
de Río Grande en unos casos, y, en otros, tales como el de Cuba y Puerto Rico,
obtener su liberación inmediata de la opresión metropolitana española.[13]
También conoce a Martí, el político visionario. Y con él y Maceo, en Costa Rica, ya en vísperas de los grandes acontecimientos que se iban a suscitar tanto en Cuba como en el Ecuador –1894– tratan sobre la necesidad de la inmediata expulsión de los dominadores españoles, para lo cual propone, el empleo de contingentes de voluntarios nicaragüenses y colombianos, plan que no es aprobado por ser considerado demasiado "lento y vasto", pues el futuro héroe de Dos Ríos, que había logrado "el cuasi milagro de unir a todos los separatistas cubanos en el afán de laborar por la independencia patria",[14] piensa que la empresa libertadora estaba a la orden del día y no debía demorarse por ninguna causa. Así los tres grandes hombres, separan sus caminos: Martí y Maceo hacia la gloria de Cuba, y Alfaro, hacia la redención ecuatoriana.
Pronto se oirá en los campos de batalla antillanos el Himno Invasor, donde se rinde homenaje al libertador caído –Martí– y donde se celebra el coraje de Maceo, el compañero sobreviviente:
De Martí la memoria adorada
nuestra vida ofrenda el honor
y nos guía la fúlgida espada
de Maceo al avance invasor.
Y en el Ecuador, el 5 de Junio de 1895, triunfa la
revolución liberal. La alfarada asciende los Andes y, en Gatazo, con su
ejército montubio y las huestes indias de Saes y Morocho, consolida el poder.
Empero, la lucha libertadora emprendida por Cuba en
1895 no resulta empresa fácil, pese al heroísmo de que hacen gala sus soldados
y sus grandes capitanes. La sangre se riega a raudales, y España, indiferente a
la protesta de América y hasta de los más conscientes de sus hijos -como Pi y
Margall por ejemplo- defiende con los dientes un territorio que no le
pertenece. Tratando de prolongar la brega y evitar lo inevitable, pone al
frente de sus tropas a una verdadera fiera humana, el General Weyler, que anticipándose
a los nazis organiza campos de concentración y siembra de cadáveres el largo y
lo ancho de la isla, hechos que deja consignados, con justo tono de indignación
y protesta, el documentado y veraz historiador cubano, Emilio Roig de
Leuchsenting.[15]
Entonces, siendo esto así, ahora que la pelea es a
muerte y definitiva, es obvio que la solidaridad ecuatoriana se acreciente y se
revista de acciones más combativas y concretas.
Así sucede en efecto.
La simpatía para la causa cubana es unánime en toda la
prensa democrática y progresista. El periódico El Telégrafo de
Guayaquil, dirigido por el periodista liberal Juan Morillo, por ejemplo, apoya
con entusiasmo la noble lucha del pueblo hermano. La misma elevada posición
tiene El Pichincha de Quito, que manifiesta que "la independencia
de Cuba está en la conciencia del mundo como ley natural"[16] que, por lo mismo, su
suerte no puede ser indiferente para nadie. La Revista de Quito, que
tiene como director al gran literato Manuel J. Calle, hace oír su voz de
protesta cuando constata la actitud medrosa de ciertos gobiernos
latinoamericanos en contraposición con el fervor de las masas populares:
Toda América ha respondido con un solo grito de entusiasmo al clamor del
pueblo cubano, es verdad –dice– mas ese entusiasmo ha sido del todo infecundo para
la causa de la libertad, pues lo ha ahogado la política de los gobiernos para
que no se tradujese en acción enérgica y esfuerzo generoso. Luego. . . todos
callan, o cuando más, una propaganda de líricos ditirambos es toda la ayuda que
los redimidos de ayer prestan a los que hoy combaten para redimirse; y si los
Estados Unidos han tomado una actitud parecida a la protección, actitud
equívoca con respecto a España y con respecto a Cuba, es porque sueña acaso con
otras anexiones para su futuro y más amplio engrandecimiento.[17]
En la Asamblea Constituyente de 1896-97 también se
alzan voces altivas en pro de Cuba, voces que exaltan su heroísmo y su coraje
ilimitado, voces que dicen de la nobleza de sus miras. Los más altos
representantes del liberalismo allí presentes buscan afanosamente, los medios
más adecuados para fortalecer su causa y acortar su lucha. Y es así, como llega
a proponerse, el reconocimiento de la beligerancia de los luchadores cubanos
por parte del Ecuador.
He aquí, el proyecto de Decreto que se presenta:
LA ASAMBLEA NACIONAL DEL ECUADOR,
Considerando:
Que hace dos años que los habitantes de la "Isla de Cuba"
luchan armados contra la Metrópoli para obtener su emancipación y autonomía;
Que, con tales propósitos, han proclamado los cubanos la forma de
Gobierno Republicano, dándose una Constitución, y organizando todos los poderes
públicos;
Que el reconocimiento de su beligerancia por las demás Naciones, no
contraría de ninguna manera las leyes de neutralidad, antes bien se difieren y
establecen mejor las reglas del Derecho Internacional;
Resuelve:
Art. Unico.- El Congreso Constituyente del Ecuador reconoce la
beligerancia de los cubanos, en su actual contienda con el Gobierno de
España".
Estos los nombres de los amigos de Cuba que firman el proyecto
presentado:
"J.B. Vela.- Gabriel A. Ullauri.- Alejandro Villamar.- J.I. Pareja.-
J. Peralta.- Manuel A. Franco.- Alberto Reina.- José Félix Valdivieso.- Enrique
Morales Alfaro.- Julio Andrade.- Abel Pachano.- Wenceslao Ugarte.- Luciano
Coral.- Roberto Andrade.- Celiano Monje.- Delfín B. Treviño.- Antonio
Cevallos.- C. Concha T.- M.A. Carbo.- J. Román.- Manuel Paladines.- Ángel
Subía.- José Antonio Vanegas.- Pedro J. Vera.- Cisneros.- J.C. Ricaurte.- B. V.
Torres.- Modesto N. Andrade.- Rafael Ontaneda.- Ángel F. Araujo".[19]
Nótese, que muchos de los nombres arriba constantes,
corresponden a personajes que ocupan sitial de honor en nuestra historia.
Algunos son soldados distinguidos que han ganado sus grados en los campos de
batalla. Otros son doctrinarios destacados del pensamiento liberal. Y unos
últimos, polemistas y escritores de valía.
Desgraciadamente, la justa proposición no es aprobada,
pues legisladores pusilánimes, con recursos rabulescos, logran postergar la
discusión.
Otro distinguido escritor y periodista liberal, el doctor Emilio Arévalo, en su trabajo titulado Colaboración. Intervención de los Estados Unidos que se publica en Guayaquil en 1898, demuestra también su decidida adhesión a la causa de Cuba, según la siguiente cita inserta en el libro de Valerian Goncharov, Ecuador: tierra y hombres:
Por muchos que sean los lazos históricos de las naciones
hispano-americanas con España, –manifiesta Arévalo- mayores y más íntimos son
los que las ligan con el pueblo cubano, que lucha por su independencia y
libertad y cuya justa causa es la misma por la que ayer combatieron nuestros
mayores. En el estado a que han llegado las cosas, convendría pues, que los
gobiernos republicanos de América llevasen la voz oficial ante el Gabinete de
Madrid, interponiendo sus oficios en favor de la independencia cubana.[20]
Así mismo, la prematura muerte de José Martí –de Martí, El Apóstol, como acertadamente lo llama su biógrafo Jorge Mañach[21]– da lugar para que el pueblo ecuatoriano demuestre su inmensa simpatía para Cuba. Todo el mundo pone en alto el nombre del héroe y esconde el dolor que se alberga en los pechos. Dolor multitudinario que se expresa, ya en la frase sentida del hombre de la calle, ya también, en el artículo periodístico o en los versos del poeta.
Numa Pompilio Llona, por ejemplo, exterioriza su
pesar, a la par que su fe en la victoria, en las estrofas de corte clásico del
siguiente soneto:
¡Se van los buenos! ante el cuerpo inerte
Clamaba ayer, el Job de los cantores;
Y hoy de un apóstol y adalid la muerte
Me anuncian desde Cuba altos clamores!
¡Del que la defendió con brazo fuerte!
Y pluma de fulmíneos resplandores
Siempre el Árbol del Bien riega la suerte
¡Con sangre de inspirados Precursores!
Mas que importan las víctimas ¡Cubanos!
Sin tregua combatid a los tiranos.
Pues sobre el rojo campo de pelea,
Cual los celestes grupos de la Ilíada,
Revuelan con la lira y con la espada,
¡Martí, Verona, Plácido y Zenea! [22]
Al lado de Cuba nuestro pueblo, siempre. Desde las más
diversas poblaciones se pide con insistencia ayuda del Gobierno para sus
libertadores. Los niños en las escuelas y las gentes en las plazas y en las
calles pronuncian con unción el nombre de sus héroes y entonan con calor el
himno de Bayamo. Y cuando llega a nuestra patria el primer diplomático cubano,
Arístides Agüero –que reemplaza al gran patriota Manuel Sanguily que no puede
venir– su recepción es triunfal, pues en todas las ciudades de su trayecto se
demuestra unánime adhesión para su causa. "En Guaranda, Ambato y Latacunga
repitiéronse los transportes de entusiasmo al paso de quien representaba
heroico batallar. En Quito subieron de punto las demostraciones de rara
consideración. Semioficial llamó el mismo Agüero la recepción que le dispensó
la capital de la República". El emisario, ante tan cordial acogida
expresa: "Cuba, no tiene en el Ecuador sino amigos".[23]
Mas entre todos los amigos de la Cuba combatiente, al
igual que ayer, sobresale la egregia figura del General Eloy Alfaro, "uno
de los pocos americanos de creación", según la cincelada frase de Martí.
Ahora, ya en el Poder, quiere cumplir las promesas de
ayuda hechas a sus amigos cubanos de ostracismo –Martí, Maceo, Máximo Gómez–
con cuyos anhelos e ideales se halla íntimamente compenetrado.
Ante todo, se dirige a la Reina de España demandando
la libertad del país hermano, porque "se siente conmovido en presencia de
la cruenta y aniquiladora lucha que sostiene Cuba por su emancipación
política" y porque "no se puede hacer el sordo al clamor de este
pueblo". La carta donde está contenido este hermoso mensaje de
fraternidad, pese a que no lleva las firmas de otros presidentes, a los cuales
quiere asociar a la noble empresa –¡siempre
los pusilánimes y los títeres!– tiene gran repercusión en América, pues no
obstante el intento de España de ignorar y silenciar la justa solicitud es
reproducida ampliamente por la prensa y recibida con beneplácito por la opinión
del Continente, que sabe aquilatar debidamente el valor del gesto ecuatoriano.
Además, siguiendo el ejemplo de Bolívar y de su
Congreso Anfictiónico de hondo contenido latinoamericano, organiza el Congreso
Internacional Americano, que llega a reunirse el 10 de agosto de 1896 con
solamente los delegados de siete naciones. Y es allí, ante la conciencia de
todos los pueblos del Nuevo Mundo, donde piensa plantear el problema de la
independencia de Cuba y demandar la solidaridad continental para su causa,
llegando a dar las correspondientes instrucciones a los delegados ecuatorianos,
según consta de carta de Arístides Agüero dirigida desde Quito a Tomás Estrada
Palma. Desgraciadamente, la falta de éxito del Congreso impide la realización
de su elevado anhelo.
¿Y quiénes los responsables del fracaso de la
iniciativa de Alfaro?
Los mismos que sabotean la reunión de Panamá. Los
Estados Unidos de Norte América. Así lo reconoce el político español Francisco
Pi y Margall cuando lamenta el hecho y pone de relieve la profundidad del
pensamiento del General Alfaro. Así lo reconoce Genaro Estrada, el
intemacionalista mexicano, creador de la doctrina de su nombre. Y así piensa
también Manuel Benjamín Carrión, nuestro conocido y atildado escritor, cuando
manifiesta:
Fue la doctrina Monroe, la entonces temible doctrina Monroe, la que hizo
negro el horizonte del Congreso Americano. La que impidió su reunión. Estados
Unidos discutía entonces pactos de alianza con Gran Bretaña relacionados ya con
el Canal de Panamá y, sobre todo, con la delimitación entre la Guayana Inglesa
y Venezuela. Y su fuerza principal en los debates, residía en la
intangibilidad, en la infalibilidad de la famosa doctrina.[24]
¡Claro, como van a mirar con buenos ojos a un Congreso
convocado cabalmente para tratar de hacer alto a la rapiña realizada al amparo
de la tal doctrina, cuando se prepara en ese preciso instante, nuevos zarpazos
contra el patrimonio de nuestros pueblos!
Y además, según la cínica declaración del ministro de
Estado, un mister Onley, hecha al Embajador mexicano en Washington, Manuel
Covarrubias, porque "el Ecuador no tenía el prestigio bastante para
acometer ni para llevar a cabo una empresa de la importancia que debía tener un
Congreso Americano"…[25] Tesis infame con la que
concuerdan ciertos historiadores nuestros, como el señor Robalino Dávila
pongamos por ejemplo, que repite eso en su libro antialfarista, Eloy Alfaro
y su primera época.[26]
Así pues, nuevamente, los esfuerzos del Viejo
Luchador en favor de Cuba se vienen a los suelos, quedando tan sólo en su
haber, la grandeza de las bellas concepciones.
Ante todo esto, concibe un plan digno de su genio: la
ayuda militar a Cuba. Siguiendo sus órdenes, altos jefes de nuestro Ejército,
como el coronel León Valles Franco entre otros, se dedican a la tarea de
reclutar y organizar contingentes de tropas para acudir en ayuda de los
combatientes cubanos. La audaz empresa no se efectúa debido a la guerra civil
que desatan las huestes conservadoras a todo lo largo del país, y, sobre todo,
porque el gobierno de Colombia se opone al paso de los soldados ecuatorianos a
través de su territorio. Pero es seguro que, de realizarse el proyecto, los
ecuatorianos habrían pagado con honor la deuda contraída cuando el sacrificio
del coronel Calderón.
Una vez más, la grandeza de las bellas concepciones,
solamente.
Pero Alfaro ha cumplido sus promesas. Maceo así lo confiesa:
Por la prensa española –le dice– he sabido la parte que Ud., en
cumplimiento de lo que un día me ofreció, ha tomado en pro de la causa cubana.
Reciba, por tan señalada prueba de amistad y de consecuencia, mis más
expresivas gracias y las de este ejército.
* * *
Nombramos ya, de pasada solamente, a Miguel
Alburquerque.
Pero es hora de volver a él, ya que constituye, a no
dudarlo, uno de los lazos –y de los de más valer– entre el Ecuador y Cuba.
Este abnegado luchador cubano es muy poco conocido
entre nosotros por obra y gracia de la mala memoria que caracteriza a los
historiadores del Ecuador. Pero no por esto puede perder los méritos que tiene.
Desterrado de su patria y radicado en Guayaquil
prosigue combatiendo con tesón por la independencia de su querida isla, que,
martirizada y reprimida a sangre y fuego, no se doblega ni renuncia a su
derecho de ser libre y soberana. El, por doquier, suscita simpatías para su
causa. Trata de organizar círculos de emigrados y consigue ayuda económica para
los combatientes. Aunque fuera de la línea de fuego –por razones ajenas a su
voluntad– no deja, sin embargo, de ser otro soldado. Alburquerque se convierte
en uno de los mejores colaboradores de Alfaro en su propósito de ayudar a Cuba.
Su acción se multiplica y se hace presente en todo momento. Forma parte del
comité que se organiza para la recepción de Arístides Agüero, en el que también
se halla el director de El Telégrafo, Juan Murillo, "noble paladín
de la causa cubana" al decir del escritor Santovenia.[28] A su trabajo se debe el
éxito que tiene en Quito el recibimiento del emisario antes nombrado. Años más
tarde, ya de vuelta a la patria, escribirá sus recuerdos y puntualizará las
labores realizadas en pro de su emancipación. Apuntes históricos
autobiográficos de los servicios prestados por el suscrito a la independencia
de Cuba desde la guerra de los diez años hasta la consolidación de la República,
se llama el opúsculo que escribe.[29]
No obstante lo anterior, no olvida los problemas de
nuestro país y lucha junto con las fuerzas avanzadas del Ecuador, representadas
entonces por el liberalismo. Amigo y hombre de confianza del presidente Alfaro,
interviene con entusiasmo en nuestros asuntos internos, contándose entre
aquellos dirigentes de trabajadores venidos desde el exterior que el caudillo
apoya y alienta, porque sabe que su experiencia puede ser de mucho provecho
para la democracia ecuatoriana. De gran influencia entre las masas trabajadoras
guayaquileñas, contribuye para que la transformación iniciada en el 95 se nutra
con el generoso y multitudinario sostén popular, que, es factor decisivo para
que la revolución se radicalice y se encamine por la senda de las conquistas
progresistas. El propugnador ardiente de la organización de los artesanos y
obreros, siendo el mentor político de la Sociedad "Hijos del
Trabajo", desde donde difunde principios avanzados para la época y fe en
la causa de los humildes. Por lo mismo, es de aquellos revolucionarios que
piensa que la revolución debe contemplar también las más sentidas
reivindicaciones de los trabajadores. Y es por esto por lo que la reacción
conservadora y seudo liberal le combate y le denigra. "Alburquerque –dice
uno de los periodistas puestos a su servicio– al cual hay necios que le
confieren una potencia enorme y le profesan un odio de beduinos, sin fijarse
que ellos mismos determinaron la importancia de ese pobre sastre, ciego, tonto
y ruin".[30]
Cobarde diatriba como se ve, para cuyo autor, el también cargado con el odio de
beduino, los defectos físicos, y hasta el trabajo dignificador, son bases para
el feroz ataque. Ataque, empero, que por venir del lado del que viene, lejos de
constituir baldón, enaltece grandemente al ofendido.
Esta, pues, la labor de Miguel Alburquerque,
merecedora como se ha visto de nuestro recuerdo cariñoso, a la par que un sitio
distinguido en la historia de las luchas del pueblo ecuatoriano, en especial,
de sus trabajadores.
Labor nobilísima, que fortalece, por otro lado, la
vinculación cubano-ecuatoriana en la lucha por la instauración del liberalismo
en el país. Que continúa, por decirlo así, la ayuda prestada por el cubano
Rafael María Merchán, que ya en 1880 se inicia "en los pormenores de las
luchas" del Ecuador, entregando desinteresadamente las páginas de su
periódico La Estrella de Panamá, para que Alfaro pueda combatir la
tiranía entronizada en su patria. Que continúa la ayuda prestada por el cubano
Enrique Boix, que encarga al prócer Maceo entregar una cantidad de dinero a
nuestro caudillo liberal, para que pueda marchar desde Centro América a
Guayaquil para ponerse al frente de la revolución.
* * *
Ya dijimos que el doloso propósito de Jefferson y
otros dirigentes yanquis de apoderarse de Cuba, en parte, se convierte en
realidad con la Enmienda Platt, que no es sino un instrumento disfrazado para
el sojuzgamiento y opresión del imperialismo norteamericano que, en plena etapa
de expansión, recurre a los medios más bajos para lograr sus fines, en este
caso, interviniendo en la guerra cuando ya el heroísmo cubano tenía asegurada
la victoria. Es decir, aprovechándose con ruindad de la sangre ajena derramada,
tal como lo ha demostrado convincentemente el mismo historiador cubano Emilio
Roig de Leuchsenring, en su conocida obra Cuba no debe su Independencia a
los EE.UU.[31]
Habiéndose frustrado en esta forma el anhelo de los próceres
cubanos de una patria libre y democrática, es lógico que sus amigos
ecuatorianos, ahora, dirigieran sus fuegos contra la oprobiosa Enmienda, sin
cuya desaparición, mal se podía hablar de independencia.
El más notable de ellos es José Peralta, viejo amigo
de Cuba, pues como ya vimos, su firma consta en el proyecto de decreto para
reconocer la beligerancia cubana.
El nombre de Peralta está grabado con caracteres
indelebles en nuestra historia, ya que, si Alfaro es el caudillo máximo de la
revolución liberal ecuatoriana, él, en cambio, es el doctrinario más
consecuente y avanzado. Prueba de esto es, que uno de sus rasgos más
sobresalientes de su concepción política, es su actitud decidida y firme contra
el imperialismo americano. En nuestra patria, adelantándose a muchos, denuncia
el peligro que su rapacidad entraña para su soberanía. Las formas de que se
vale para sojuzgar a los pueblos, desde el empleo brutal de los marines, hasta
los préstamos hipócritas y esclavizadores. Y claro está, también esa doctrina
de opresión, el panamericanismo, al que califica de patente de corso para toda
clase de depredaciones.
Pero no sólo mira el Ecuador. Todos los pueblos abajo
el Río Grande son objeto de su patriótica preocupación. Hace el sangriento
recuento de la rapiña yanqui en escala continental, y cada vez que uno de
nuestros países es presa de la garra imperialista, allí está su protesta y su
estentóreo grito de indignación. Llama a los pueblos latinoamericanos a la
lucha unitaria y decidida para hacer frente a esta situación, forjando así ese
latinoamericanismo libertador de que se habla en la ya célebre Declaración
de La Habana. Peralta dice: "Es urgente salvarnos; y la salvación está
en mancomunar nuestra suerte, en unirnos sinceramente con el fin de prestarnos
mutua ayuda, para una defensa eficaz y justa contra el imperialismo que nos
amenaza… Unirse o parecer, es el fatal dilema; porque el Coloso nos aplastará
uno a uno, ante los restantes, amedrentados con el desastre de las primeras
víctimas".[32]
Todo esto, en vibrantes páginas, se halla comprendido
en su trabajo titulado La esclavitud de la América Latina, escrito en
Panamá en el año de 1927, durante uno de sus tantos destierros.
Y allí consta, el vía crucis doloroso, del hermano
pueblo de Cuba.
"La independencia nacional –dice el dirigente
comunista cubano Blas Roca– bajo el tutelaje establecido en la Enmienda Platt y
completado prácticamente a través del dominio económico de los capitalistas
extranjeros, no era una independencia completa".[33] De tutelaje habla también
Peralta. He aquí sus palabras:
Cuba cayó en la más ignominiosa tutela, al punto de no poder designar
libremente sus mandatarios, ni dictar leyes adecuadas, ni poner los cimientos
de su porvenir político: ¿qué clase de emancipación había conquistado, con
arroyos de sangre, con sacrificios sin cuento, en la larga y porfiada lucha con
sus dominadores? Un día quiso darse una Constitución política; pero el adusto
tutor frunció el ceño y les puso el ojo, a esos ensayos de soberanía. La
llamada Enmienda Platt despertó a Cuba de su dorado sueño, y le mostró en todo
su horror, la esclavitud en que se hallaba; si en verdad incruenta, no menos
pesada que la anterior, no menos contraria a sus anhelos de libertad y justicia.
No puede ser de otra manera. La voracidad es
consubstancial al imperialismo yanqui, conforme hace resaltar el mismo Peralta:
El crudo positivismo anglosajón –manifiesta– no reconoce más brújula que
el interés y la ganancia; otro estímulo de la actividad humana, que la
acumulación constante y progresiva de riqueza; otra finalidad del Estado, que
la dominación y hegemonía sobre los demás Estados, por lo menos, en nuestro continente.
La caja fuerte es su verdadero altar; la divinidad, el dólar; y la víctima, el
pobre, el desvalido, ora se llame individuo, ora colectividad humana.[35]
Además, en la época en que los historiadores
yanquistas –así llama a los lacayos del imperialismo– se hacen lenguas sobre la
bondad de la intervención americana durante la guerra de liberación sostenida
por Cuba, ya habla de los objetivos siniestros de ese acto, de la falsa ayuda
prestada y de toda la política falaz seguida por los yanquis durante la lucha
del pueblo antillano por su independencia. Hasta insinúa la verdad de la
voladura del Maine, hecho puesto ya en claro, con sobra de prueba y
argumentación por el historiador soviético Vladimirov en su libro La diplomacia
de los Estados Unidos durante la guerra Hispano-americana de 1898.[36]
¿Algo más…?
Su amor y su constante preocupación por la suerte de
Cuba, que hacen de él, uno de sus amigos más sinceros y fervientes.
Estrechos e irrompibles, como se ve, los vínculos
históricos entre Cuba y el Ecuador.
Calderón, Rocafuerte, Alburquerque, Alfaro, Peralta y
tantos otros.
Una tradición de solidaridad y amistad formada por
eslabones de esta clase, no, no puede romperse nunca.
De aquí, que la mirada de los dos pueblos –recíprocamente–
ha estado atenta a los sucesos y luchas de cada cual.
Así, cuando la porfiada lucha del pueblo cubano contra
el oprobioso gobierno de Machado. "Consecuente este Congreso –se dice en
un acuerdo del Congreso Constituyente de la Confederación Sindical
Latinoamericana reunida en Montevideo– con las prácticas solidarias del
proletariado internacional y sintiendo como en su mismo los horrores que la
criminal dictadura de Machado hace vivir a los proletarios cubanos, expresa su
más terminante condena hacia su tiranía".[37] Y nuestra clase obrera,
actuando con el espíritu de esa resolución y leal a la voluntad de sus
delegados que asisten a esa reunión, en todo momento, de acuerdo con sus
fuerzas, presta su fraternal ayuda y vuelca toda su simpatía al combate del
pueblo cubano. Nuestra prensa progresista, los nacientes partidos políticos
revolucionarios y los intelectuales de avanzada, así mismo, esta vez, se
alinean al lado de lo justo. La voz de Mella, enfrentado al tirano, tiene gran
eco entre nosotros y es oída con singular respeto.
Y, años más tarde, surge la epopeya de Sierra Maestra.
Aquí, al igual que en los otros pueblos del continente,
se vive todas las vicisitudes de la campaña que dirige, con la fe y la decisión
que prestan las grandes causas, el comandante Fidel Castro. Un periodista
nuestro, Carlos Bastidas, arriesga y ofrenda su propia vida, ansioso de ver la
aurora que en la Sierra aparecía.
El día del triunfo de las fuerzas rebeldes, el día de
la caída y la fuga del déspota Batista, es un día de júbilo para nosotros.
Cuando la revolución avanza y se plasma en realidad las más deseadas reivindicaciones
sociales, la simpatía hacia ella crece y se adentra en el corazón de los
humildes que viven y sufren en el suelo ecuatoriano. La revolución se convierte
en el mejor de los ejemplos, se transforma en bandera. Ya en un manifiesto
lanzado el primero de Mayo de 1960, la Confederación de Trabajadores del
Ecuador, hace este llamamiento: "Sigamos la estela luminosa de Cuba, hoy
amenazada de muerte por el imperialismo norteamericano, que pretende intervenir
en la política interna de ese país, para defender los grandes capitales
imperialistas, que han extorsionado al pueblo cubano durante muchos años y le
han impuesto gobiernos sanguinarios y despóticos, como el de Batista; y junto a
todos los trabajadores y pueblos de Latinoamérica, demos la batalla final a
nuestros enemigos".[38] El Partido Comunista
también apoya con calor las conquistas alcanzadas y llama al pueblo para su
defensa: "El Partido Comunista del Ecuador –dice– recoge, una vez más, el
íntimo sentimiento del pueblo ecuatoriano: su solidaridad para el pueblo
cubano, para la Revolución Cubana".[39]
Esta movilización de nuestro pueblo en defensa de los
logros revolucionarios y de la soberanía cubana es absolutamente necesaria,
pues el imperialismo furioso por haber perdido una de sus
"propiedades" más importantes, no da su brazo a torcer y prepara la
reconquista. Cada día que pasa, se ve más cerca la tormenta que se avecina. El presidente
Kennedy –el "demócrata" Kennedy para muchos ingenuos– como buen
servidor de los monopolios rapaces del Tío Sam, da aquiescencia y apoyo
decisivo a la siniestra trama. Se preparan mercenarios y se consiguen bases en
las repúblicas de Centro América, donde mandatarios miserables, de la calaña de
un Somoza o un Ydígoras Fuentes, obedeciendo con sumisión el dictado yanqui y
traicionando a sus pueblos, contribuyen con sus esfuerzos para la organización
de la inmunda empresa. La CIA –aunando gusanos y chacales de Allen Dulles– trabaja
febrilmente y no repara en medios para sus planes, por criminales que estos
fueran. Hasta que llega el día aciago.
Las hordas preparadas por el monstruo imperialista
invaden Cuba y llegan a Playa Girón –ese monstruo pavoroso que Martí miró desde
sus propias entrañas– donde nuevamente se hace presente el proverbial heroísmo
de los cubanos. Entonces, la furia y la indignación recorren el cuerpo de
nuestra patria, sin que falte, como en la lejana lucha emancipadora de fines
del siglo pasado, voluntarios para marchar al combate, haciendo suyo –porque
suyo también es– el lema revolucionario de Patria o Muerte. El siguiente
párrafo del libro del ex-agente de la CIA Philip Agee –Diario de la CIA–
da una ligera idea del fervor ecuatoriano en esos trágicos momentos:
Hoy realmente –se dice allí– la invasión de Cuba tuvo su auge, pero las
informaciones son contradictorias y la jefatura nada ha informado. Todo el día
se han realizado manifestaciones anti Estados Unidos, tanto en Quito como en
Guayaquil, y el ejército fue llamado a proteger la Embajada Norteamericana, la
USOM y el centro cultural binacional.[40]
Todo esto es verdad. Y, cuando los invasores son rápida y vergonzosamente derrotados, otra vez, la alegría en nuestros corazones.
Pero, no obstante la derrota y la lección recibida, el
imperialismo no cede en el empeño de doblegar a Cuba, para lo cual sigue
recurriendo a los medios más bajos y vedados. Organiza Conferencias –como las
de Punta del Este– donde ordena que sus títeres se pronuncien contra la
Revolución Cubana, a cambio de miserables dólares salidos de esa llamada Alianza
para el Progreso. Se incrementan los sabotajes y los más repudiables actos
de terrorismo en la isla. Y finalmente, en la VIII Reunión de Consulta de los Ministros
de Relaciones Exteriores de 1962, se expulsa a Cuba de la OEA –tan bien
calificada como Ministerio de Colonias– y se fuerza a los países
latinoamericanos a la ruptura de relaciones diplomáticas y comerciales.[41] Se quiere dar cima, en
esto, al bloqueo total que se persigue.
Significa, lo anterior, que la lucha no ha terminado
todavía y que la solidaridad sigue teniendo igual vigencia. Por eso nuestro
pueblo, manteniéndose alerta, continúa su campaña de apoyo y de defensa de la
revolución. La FEUE –máximo organismo de los estudiantes universitarios– en su
VIII Congreso de noviembre de 1961, acuerda:
Unirnos a los hermanos cubanos en sus luchas contra el enemigo
norteamericano, enemigo común de los pueblos latinoamericanos y gendarme
atrevido de toda la Humanidad. Rechazamos –se añade– todas sus maniobras y
componendas en contra de la Revolución Cubana y consagramos el triunfo de las
fuerzas revolucionarias, la de Playa Girón, como la más gloriosa de las páginas
que la Humanidad haya escrito en contra de sus opresores.[42]
Y toda la prensa democrática, como la revista Mañana por ejemplo, cuyo director, el poeta y novelista Pedro Jorge Vera, tiene adentrada la Isla en el corazón:
Cuba en medio del mar estremecida
por la marcha precisa de tu gente,
Cuba niña, mi Cuba continente,
isla en el corazón amanecida.
Indios oscuros por mi voz aclaman
tu luz, tu manantial, tu claro cielo
y a la sangre fecunda de tu suelo
la miran, la bendicen y la llaman.
Cuba en el son y Cuba en el sonido
del fusil que te canta, redimido
en manos de la hueste guerrillera.
Una selva de brazos va creciendo
para romper la sombra, defendiendo
la hazaña de Fidel y su bandera.[43]
Y mientras nuestro pueblo defiende su revolución, Cuba
siempre generosa y justiciera –Angola y Etiopía nos demuestran– aún en medio de
las acechanzas del imperialismo, hace suya nuestra causa en el diferendo
limítrofe y habla de la razón que nos asiste. A raíz de una declaración
parcializada a favor del Perú que hacen los garantes del Protocolo de Río de
Janeiro, el canciller cubano Raúl Roa, en el Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas, con toda claridad expone:
El régimen de Prado y Beltrán… que en Washington tiene un poderoso
aliado en la pugna de fronteras con el Ecuador, al extremo de que los Estados
Unidos, como uno de los países garantes y autor intelectual del Protocolo de
Río, acaba de lanzar su peso político al lado del Perú y en contra de las
legítimas reclamaciones del Ecuador.[44]
El doctor Gerardo Falconí, entonces embajador del
Ecuador en Cuba, haciéndose eco de esa posición rectilínea, manifiesta en su
libro Misión en La Habana:
No se deberá olvidar, siempre que se trate de llevar a cabo un
enjuiciamiento sereno de ese momento de la azarosa vida internacional de
nuestra nación, que al propio tiempo que los Estados Unidos de Norteamérica,
con todo su poder y su fuerza convictiva encabeza el grupo de los Garantes del
Protocolo, autores de ese parcial y por lo mismo siniestro pronunciamiento en
contra de una de las partes –la más débil– de las interesadas en el conflicto,
el Gobierno Revolucionario de Cuba de manera precisa, firme, convincente, fuera
la única nación, dentro y fuera del hemisferio, que esgrimió su protesta por el
abuso de autoridad y la injusticia que se estaba perpetrando en contra de
nuestro país, y nos expresaba su solidaridad y su afán en apoyo de la
legitimidad de la causa ecuatoriana, su respaldo y su acción a favor de
nuestros derechos conculcados.[45]
Acciones recíprocas de los dos pueblos: defensa de la
soberanía cubana amenazada y defensa de nuestros derechos territoriales. Una y
otra, acciones nobilísimas y de profundo contenido. Mas, mientras Cuba y el
Ecuador fraternizan, el imperialismo, bajo sombra, teje una oscura trama para imponer
al gobierno ecuatoriano –así como impuso antes el Protocolo de Río de Janeiro–
el rompimiento de relaciones diplomáticas y comerciales propugnado por la OEA.
Los personeros de la CIA establecidos en el país, conjuntamente con sus agentes
y colaboradores criollos, algunos de ellos incrustados en el mismo gabinete presidencial,
preparan paso a paso el camino para conseguir ese objetivo. Luego, cuando creen
que ha llegado el tiempo propicio, colocan bombas explosivas en una serie de
iglesias de diferentes ciudades, para, atribuyendo tales hechos a los
comunistas, aprovecharse de los sentimientos religiosos de algunos sectores
populares. Se llega, con este mismo fin, a organizar un atentado terrorista
contra la casa del cardenal, quien, pese a que han sido desenmascarados sus
autores como militantes del Frente Anti-Comunista, se presta para una hipócrita
manifestación de desagravio dizque, donde los gusanos cubanos le entregan la
bandera azul y blanca de la patria que traicionan.[47] La guarnición de Cuenca,
comandada por un servidor de la CIA,[48] rompiendo todo precepto
legal y toda norma de disciplina militar, exige la suspensión de relaciones con
los países socialistas. Hasta que finalmente el gobierno, minado por sus
propias equivocaciones y los furiosos embates del imperialismo, en abril de
1962, cede y acepta la imposición yanqui. "En la Estación –dice Philip
Agee refiriéndose al centro de acción de la CIA– celebramos esta tarde la
victoria del rompimiento con champagne y la Jefatura envió sus
felicitaciones".[49] Más tarde, el expresidente
Arosemena Monroy, reconocerá con franqueza el error cometido y lamentará ese
momento de flaqueza.
Esta ruptura oficial, no puede romper, los fraternos
lazos forjados a través de la historia entre ambos pueblos. Al contrario, es
ocasión para que se hagan más visibles. Primero, por medio de la indignada
protesta popular, que se hace presente desde el instante mismo en que se conoce
la noticia. Posteriormente, con la exigencia constante, con el pedido
reiterado, para que las relaciones diplomáticas sean reestablecidas.
Dieciocho años, en efecto, que los ecuatorianos han
venido luchando sin descanso con esa finalidad. En ese largo lapso, en los
congresos y reuniones de los partidos de izquierda, de las organizaciones
obreras y campesinas, de las federaciones de estudiantes secundarios y
universitarios, de asociaciones de escritores y maestros, no se olvida nunca,
como asunto de primordial importancia, de hacer ostensible la sentida demanda.
Largo sería dejar constancia del sinnúmero de resoluciones tomadas con tal
propósito. Solamente a manera de ejemplo, citamos aquí uno de los puntos de la Plataforma
de lucha de la Confederación de Trabajadores Ecuatorianos aprobada por su
XIII Congreso de 1975, donde se dice: "12.- Solidaridad y amistad con la
URSS y demás países socialistas. Relaciones diplomáticas con Cuba".[50] También en el programa
del FADI –Frente de unidad de algunos partidos y grupos políticos de izquierda
constituido el año pasado apenas– consta similar planteamiento: "7.-
Política exterior soberana e independiente, que se concreta fundamentalmente en
los siguientes puntos: a) Establecimiento de relaciones diplomáticas,
comerciales y culturales con todos los países del mundo y restablecimiento de
las mismas con Cuba Socialista".[51] Y así, repetimos,
muchísimos acuerdos más con igual contenido.
Hoy, al fin, gracias a la lucha tesonera desplegada, se ha hecho realidad el viejo anhelo de los ecuatorianos y se han vuelto a establecer las relaciones con la nación hermana, sin su consentimiento interrumpidas. ¡Otra vez, a través de la distancia –desde el mar Pacífico hasta el mar Caribe– nuestras manos unidas!
* * *
Todo lo anterior –apretada síntesis solamente–
demuestra como Cuba y Ecuador han estado ligados siempre por lazos de especial
simpatía, sobre todo en los períodos más álgidos de su historia, cuando se ha
tratado de defender la soberanía nacional o romper estructuras sociales
corrompidas y caducas. Por esto, los lazos no han sido tendidos por las fuerzas
oligárquicas de ninguno de los dos países, sino al contrario, por aquellas
vinculadas al progreso. La historia, es la demostración más fehaciente.
De aquí, que nada haya sido más natural –como el
desplazamiento del agua cristalina en un cauce inclinado– el apoyo unánime de
los sectores progresistas a la gloriosa Revolución Cubana, el acontecimiento
más grande en nuestra América. Todo lo esclarecido, todo lo que significa lo
nuevo, lo sano, todo lo que tiene por delante la diáfana perspectiva de un
porvenir venturoso, han estado de su lado. Allí los obreros y los campesinos,
los estudiantes y maestros, prestos siempre para defender los principios que representa,
prestos para oponerse y poner valla con sus puños, a la furia desatada por el
imperialismo americano. Allí los partidos revolucionarios, aquellos que,
recogiendo el centenario afán de nuestro pueblo, quieren una vida de dignidad y
bienestar para todos los ecuatorianos. Y allí, también, todos los intelectuales
progresistas y honrados, todos los que realmente reflejan los intereses del
país.
Si, nuestros intelectuales, los representantes de
nuestra verdadera inteligencia. He aquí algunos nombres:
Jorge Pérez Concha, intemacionalista de nota, que ya
en la XV Reunión de Consulta de Cancilleres Americanos de 1974, se pronuncia
valientemente por el levantamiento de las infames sanciones impuestas a la
República de Cuba.
Enrique Gil Gilbert, el gran escritor de Los que se
van, siempre al servicio de las causas elevadas.
Demetrio Aquijera Malta –el de Don Goyo y la Isla
Virgen– que, desde los lejanos años de la Guerra Civil Española,
demostrando su vocación de libertad, escribe La Revolución Española, Madrid:
reportaje novelado de una retaguardia heroica y España Leal, donde pondera
y canta la valerosa lucha de los republicanos, enfrentados al terror falangista
del sanguinario Franco.
Jorge Enrique Adoum, alta cima de nuestra poesía,
poesía excepcional, arraigada en la tierra y en el hombre.
Nelson Estupiñán Bass, narrador sobresaliente de las
luchas y anhelos populares como se puede admirar en su hermosa galería
novelística –Cuando los guayacanes florecían, Senderos brillantes,
Las puertas del verano, Toque de queda, donde realidad y
fantasía, fundidas, denuncian el mundo de hoy y anuncian el mundo de mañana.
Edmundo Ribadeneira, escritor de amplios horizontes
literarios –ensayo, crónica y novela– horizonte donde campean la justicia y los
altos ideales.
Jaime Galarza Zavala, autor de libros de combate,
libros como fusiles, que dejan malheridos a festineros y piratas de las
riquezas nacionales.
Eugenia Viteri, tierna y aguerrida a la vez, tierna
como en algunos cuentos de El Anillo, aguerrida como en las páginas de A
noventa millas solamente.
Newton Moreno, que hasta poco antes de caer asesinado
a manos de una dictadura criminal, canta a Cuba con unción y llama a seguir su
ejemplo.
Manuel Medina Castro, implacable y viejo luchador
antimperialista, desde EE.UU. y la Independencia de América Latina,
pasando por El Guayas, río navegable, hasta llegar a El Imperialismo
Siglo XIX, premiado por la Casa de las Américas.
Rafael Díaz Icaza, poeta y relatista de obra múltiple,
enamorado de un futuro mejor para su pueblo, tanto que quisiera –Señas y
contraseñas– que el Che trepara "la esperanza hasta los Andes".
Miguel Donoso Pareja y David Ledesma. Y tantos, y
tantos otros, que ahora se nos escapan de la pluma.
Como dijimos, todo lo valioso, todo lo que significa adelante, todo lo que mira al porvenir.
Y es que no puede ser de otra manera:
— Porque Cuba, rompiendo con la sangre de sus héroes el mito del fatalismo geográfico, nos enseña el camino que conduce a la verdadera independencia, a la independencia auténtica, sin la ficción de los gobiernos títeres.
— Porque Cuba nos enseña como nuestros indios de la
altiplanicie andina, nuestros montubios de la verde jungla de los trópicos,
pueden ser dueños de la tierra labrada con su cariño y con su esfuerzo.
— Porque Cuba nos enseña como nuestras riquezas –el
oro verde de nuestro banano y el oro negro de nuestro petróleo– pueden salir de
las garras de los monopolios y llegar hasta las manos de su dueño.
— Porque Cuba nos enseña como borrar siglos de
ignorancia e incorporar a la civilización a los millares de analfabetos,
haciendo que los dones de la cultura sean patrimonio de todo el pueblo y que
constituyan manantiales de gozo espiritual para las grandes mayorías.
— Y porque Cuba nos enseña como los países
dependientes pueden llegar al socialismo, "camino de los pueblos hacia la
libertad y la felicidad".
La Revolución Cubana es nuestra, muy nuestra, y de
toda América. Defenderla sin regatear sacrificios, estar listos para acabar con
todas las viles acechanzas del imperialismo y la reacción, es entonces
obligación ineludible. Deber de americanismo, de auténtico y puro americanismo,
para repetir la frase del general Alfaro.
Los ecuatorianos, manteniendo y prolongando los
vínculos que nos han unido y nos unen con Cuba, sabremos cumplir con honor este
deber sagrado.
(Publicado
en ANALES Nº 360, Revista de la Universidad Central del Ecuador,
Editorial Universitaria, Quito, 12 de marzo de 1982, pp. 19-47.)
Alburquerque, Miguel, Apuntes
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[1] José
Gabriel Navarro, La Revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809, Ed. Fray Jodoco Ricke, Quito, 1962.
[2] Emeterio
Santovenia, Eloy Alfaro y Cuba, Imprenta El Siglo XX, La Habana,
1929.
[4] Carlos
Marx, Federico Engels, La revolución en España, Editorial Páginas, La
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[5]
Militsa Nenhkina, "Los decembristas en el proceso
histórico mundial". Revista Ciencias Sociales, Moscú, 1976.
[7] Carta de
Jefferson al presidente James Monroe, Monticello, 24 de octubre de 1823.
[8] Neptalí
Zúñiga, Rocafuerte y su obra diplomática en Europa, Talleres Gráficos
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[9] Juan
Montalvo, Siete Tratados, París, Garnier Hermanos, s.f.
[10] Juan
Montalvo, Páginas desconocidas, La Universidad da la Habana, La Habana,
1936.
[11] Valerian
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[12] Roberto
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[13] José L.
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[14] Emeterio
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[15] Emilio,
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[16] SOMATEN, Artículos
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[17] Revista de Quito, Director Manuel J. Calle,
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[20] Emilio
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[21] Jorge
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[22] Numa P. Llona, La estela de una vida, Poemas Líricos,
Garnier Hermanos Libreros-Editores, París, 1893.
[23] Santovenia, Eloy Alfaro y Cuba, op. cit.
[25] Emeterio Santovenia, Eloy Alfaro y Cuba, op. cit.
[26] Luis Robalino Dávila, Orígenes del Ecuador de hoy. Eloy Alfaro
y su primera época, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1968.
[28] Emeterio
Santovenia, Eloy Alfaro y Cuba, op. cit.
[29] Miguel
Alburquerque, Apuntes históricos autobiográficos de los servicios
prestados por el suscrito a la independencia de Cuba desde la guerra de los
diez años hasta la consolidación de la República, Impr. "Fedora"
de Santiago Ferreiro, La Habana, 1917.
[30] Valerian Goncharov, Ecuador: tierra y hombres,
Casa de la Cultura Ecuatoriana, Guayaquil, 1979.
[31] Emilio Roig de Leuchsenring, Cuba no debe su
independencia a los EE. UU., Editorial Hemisferio, Buenos Aires, 1965.
[32] José
Peralta, La esclavitud de la América Latina, Publicaciones de la
Universidad de Cuenca, Cuenca, 1961.
[33] Blas Roca, Los
fundamentos del socialismo en Cuba, Ediciones Populares, La Habana, 1961.
[34] José
Peralta, La esclavitud de la América Latina, op. cit.
[35] Ibid.
[36] L. S.
Vladimirov, La diplomacia de los Estados Unidos durante la guerra
hispanoamericana de 1898, Ediciones
en lenguas extranjeras, Moscú,1958.
[37] Bajo la
bandera de la C.S.L.A, Imprenta
La Linotipo, Montevideo, 1929.
[38] El Pueblo No. 204,
Quito, 1960.
[39] El Pueblo No. 251,
Quito,1960.
[40] Philip
Agee, Objetivo Ecuador: Diario de la CIA, Asociación Escuela Politécnica, Quito,
1977.
[41] Gualterio
Cuevas Mardones, La CIA sin máscara, Ediciones Reflexión, Buenos Aires,
1976.
[42] El Pueblo No. 304,
Quito, 1961.
[43] Pedro Jorge
Vera, Versos de ayer y de hoy, Casa de la Cultura Ecuatoriana,
Guayaquil, 1979.
[44] El Pueblo No. 271, Quito, 1961.
[45] Gerardo
Falconí, Misión en La Habana, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito,
1968.
[46] Ibid.
[47] Philip
Agee, Objetivo Ecuador: Diario de la CIA, op. cit.
[48] Ibid.
[49] Ibid.
[50] CTE.
Adelante hasta la victoria total del pueblo en la lucha unitaria por la
liberación social y nacional, Guayaquil, 1975.
[51] Frente Amplio
de Izquierda (FADI). Manifiesto al pueblo del Ecuador, 1978.
