jueves, 11 de abril de 2024

La hoguera bárbara de Alfredo Pareja Diezcanseco

 

Hace 80 años se publicó en México la primera edición de La Hoguera Bárbara, la célebre biografía de Eloy Alfaro escrita por Alfredo Pareja Diezcanseco. Al año siguiente Oswaldo Albornoz, con el seudónimo Juyungo, publicó en Surcos, Órgano de la Federación de Estudiantes Universitarios de Quito, la siguiente reseña:


LA HOGUERA BÁRBARA

 


Alfredo Pareja Diezcanseco, el renombrado autor de El muelle, hermosa novela del terruño ha entrado, quizá para siempre, en el difícil campo de la biografía. Y lo ha hecho con pie derecho, como suele decirse vulgarmente. Su última obra, titulada con todo acierto La hoguera bárbara, en la que describe con hermosos matices la vida del gran caudillo Eloy Alfaro es, a no dudarlo, una producción maestra. Y no otra cosa podía esperarse de pluma que raya a tanta altura.

Rompiendo los viejos cánones, desechando los métodos antiguos, nos hace una narración amena, llena de vida y colorido, de una etapa crucial, culminante de la historia ecuatoriana. Abandona aquel género de biografía, que, a fuer de amontonar datos, de llenar las páginas con fechas, produce cuadros aletargados y sombríos, y con sueño, ale­jados de la realidad inquieta y en perenne movimiento.

 Es decir, que como Zweig y Ludwig, se aparta de aquella biografía de epitafio, con silencio sepulcral de cementerio que, por ende, sólo puede tener interés para las ratas que roen los archivos, o para sabios eruditos, miembros de honorables academias. Pero la misión del biógrafo no es esta. Su deber es escribir para el pueblo, de donde surgen, empujados por la marea incesante de las fuerzas pro­ductivas, los hombres cuyas vidas relatan. Y esto es lo que hace Pareja Diezcanseco. Por eso, el valor de su obra.

Además, las bellas descripciones del paisaje, que por su policromía y variedad parecen arrancados del seno mismo de la naturaleza, contribuyen a realzar los méritos de la biografía. Junto con el vaivén de la alfarada, de la prieta y sudorosa montonera, el autor nos lleva desde el mar al altipla­no, desde la tierra baja poblada de manglares hasta las montañas níveas que besan a las nubes, por caminos de singular encanto y hermosura. A través de los bosques costaneros, verdes de tanto paludismo, por barrancos y senderos increíbles, abiertos en la panza granítica del Ande, nos muestra dos mundos opuestos y dis­tintos. La Costa y la Sierra. Dos geografías que la revolución burguesa, encarnada en Alfaro y sus soldados, quería unir con los brazos de acero de los rieles.

Empero, el valor de la obra de Pareja Diezcanseco no se basa únicamente en los puntos anotados. Su mérito mayor consis­te, principalmente, en la justa interpretación del fenómeno histó­rico que representa Alfaro. El protagonista ya no se halla reves­tido de aquel ropaje providencial, ya no es el semidios venido a la tierra para cumplir misión divina, como cándidos historiadores presentaban a sus héroes. Al contrario, allí, el Viejo Luchador no es sino el hombre de una clase. Se pertenece a la naciente y revolucionaria burguesía, engendrada entre el bullicio de las pri­meras fábricas y, sobre todo, entre la blanca estela que dejan los barcos cargados de cacao. Es hijo de un comerciante y el mismo ejerce el comercio. Por eso, su ardiente defensa de los principios liberales, ideología de avanzada en ese entonces. Y por eso también, su espa­da, sirvió a los intereses de esa causa.

Quizás hubiera sido menester, para una visión más clara del hecho histórico, una descripción previa del panorama económico de la época, pues que, de allí, en definitiva, se origina la trayectoria de todos los caudillos. El autor diluye este aspecto, se podría decir por dosis, en cada una de las páginas de su obra, suprimiendo así, la apreciación de conjunto. Mas esto, de ninguna manera le quita fondo, ya que siempre aparece como gestando, tal vez sin la luz suficiente, la Revolución que culminó un cinco de junio en Guayaquil, la ciudad donde convergían, y aún siguen convergiendo, las esperanzas de este pueblo adolorido.

Si se quiere, metafóricamente, el general Eloy Alfaro es para Pareja Diezcanseco el brazo ejecutor del Partido Libe­ral, órgano político de la clase burguesa. Por esta razón, los postulados que propugna no son otros que aquellos necesarios pa­ra su libre desarrollo. Son los mismos, adaptados al medio, con un matiz criollo, que aquellos que tan ardientemente fueron de­fendidos, en la Francia lejana, por los vehementes jacobinos. Aquí también, se esgrime la pluma y la acerada espada, contra el clérigo holgazán y sibarita. Se rompe lanzas contra los poseedo­res de la tierra –gamonales y frailes– para libertar los brazos de los indios. Se predica el laicismo y la libertad de pensa­miento. La Igualdad de los hombres y la igualdad de los sexos. Y, especialmente, la necesidad imperiosa de la unidad nacional, estrechada con los lazos polvorientos de las carreteras y el cálido mensaje de las locomotoras. Porque todo esto, beneficiaba los intereses de la burguesía.

Y otra vez, la Costa y la Sierra. Pero ya no describe los paisajes. Nos muestra ahora, la realidad humana. La primera roja, con el fuego de una revolución en marcha. La segunda blanca, fría, como la nieve de sus montañas, como el alma de sus hombres, indiferente y adormecida, por largos siglos de es­clavitud ignominiosa. En la una, el comercio de la pepa de oro empujaba la transformación. En la otra el feudo, con sus indios impávidos y viviendo fuera del tiempo, trataba de impedir la rea­lización de sus propósitos. Es decir, las fuerzas del progreso, frente a las fuerzas del oscurantismo y la ignorancia.

Después de enconada lucha, de encuentros mortales en medio de la selva o sobre los riscos glaciales de la serranía, descri­tos con gran patetismo, nos lleva Pareja hasta el triunfo de la clase nueva.

Los tozudos enemigos habían sido vencidos. La bandera de los Derechos del Hombre, el pendón rojo de las libertades, fla­meaba por vez primera, en el cielo límpido de la colonial ciudad de Quito. Se iniciaba el nuevo gobierno. Gran parte de los prin­cipios liberales, ayer nomás tildados de heréticos, pasaban a formar parte del acervo jurídico de la república. Se dictaba la Ley de Patronato y la Ley de Manos muertas. Se decretaba el ma­trimonio civil. Se abolía el concertaje y se hacía realidad la ense­ñanza laica. Sobre el lomo de la cordillera, el ingeniero Harman, soñador y aventurero, trazaba planes atrevidos. En los cafés de barrio, en las plazas y en las calles, se hablaba del contrato Charnacé y de otras empresas fabulosas. Y por fin, la Convención de 1906, promulgaba una Constitución liberal y progresista.

La esperanza parecía sonreír a la patria ecuatoriana. Pero la reacción no estaba muerta. Como siempre, como ahora, trabajaba en la sombra, en la negra caverna donde vive. Muchos hombres de la revolución fueron corrompidos por el oro de los terratenientes, con quienes pactaron vergonzosamente median­te alianzas matrimoniales. Hombres del latifundio, como Freire Zaldumbide, se llamaban liberales. Era el caos. La promiscuidad. Y cosa natural, por tanto, no se cumplió la segunda etapa de la trans­formación. Todo quedó en teoría y la ley se convirtió en letra muerta.

Se traicionaba así los principios de Alfaro, de Peralta y de Moncayo. El feudalismo quedaba intacto. La industrialización y progreso material del país, por realizarse. No se había pues verificado la síntesis.

Y como epílogo de todo, Pareja nos descubre el cuadro trágico de La hoguera bárbara. Desde el principio hasta el fin. Huigra, Yaguachi y Naranjito. El planeamiento del crimen. Los movimientos ar­teros de todos los Semíramis. Y al final, el holocausto canibalesco del 28 de Enero de 1912.

La revolución burguesa no se ha hecho todavía. Pero tendrá que hacerse, porque el carro de la historia avanza siempre. Mas no será el liberalismo quien la haga. Han aparecido nuevas fuerzas, jóvenes y pujantes, que realizarán esa obra. Y será, quizá, bajo su control y en la forma de una NEP[1] un poco larga.

 Juyungo


    




[1] Siglas de Nueva Política Económica:  propuesta de Lenin llamada capitalismo de Estado, como fase previa para el desarrollo del socialismo en la URSS.


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