domingo, 11 de octubre de 2026

Luis Fernando Vivero

 Cada 9 de Octubre Guayaquil y el Ecuador rememoran la gesta independentista llevada a cabo en esta ciudad en 1822. Usualmente se recuerda a los tres militares venezolanos del batallón Numancia de importante participación en el hecho histórico. También se recuerda a la Fragua de Vulcano y sus participantes. Pero nunca, o casi nunca, a Luis Fernando Vivero, personaje importante de la gesta octubrina, y sin lugar a dudas uno de los portadores del pensamiento más avanzado de todo el proceso emancipatorio que se dio hace ya dos siglos en la Antigua Audiencia de Quito. Por todo ello, es justo recordar a este valioso compatriota:



LUIS FERNANDO VIVERO

 EL PENSAMIENTO AVANZADO DE LA EMANCIPACIÓN

 

 


 

El prócer y su obra

 De entre los próceres de nuestra independencia –hablamos de los poseedores de un justo procerato, no de aquellos tan innumerables que llenan las páginas de las his­torias oficiales, que por respeto a la verdad deberían per­manecer en cuarentena– Vivero ocupa un sitial sobresaliente, sitial cimero ganado por sus ideas liberales y democráti­cas. Así como Morales es alto en el 10 de Agosto, altura que contrasta con la pusilanimidad y pequeñez de pensamiento de ciertos nobles, él tiene parecida estatura en el 9 de Octu­bre desde luego, sin la aureola del martirio. No obstante –repetimos– su figura ha sido colocada en discreta obscuri­dad. tal como conviene a los que padecen de alergia para el talento y las ideas avanzadas. Y peor pensar en algún en­sayo biográfico sobre su persona, pues esto entre nosotros y salvando excepciones dignas de encomio, casi siempre, sir­ven solamente para echar incienso a los antepasados de los poderosos de hoy.

Luis Fernando Vi­vero y Toledo nace en la población de Pujilí, en la jurisdic­ción de la actual provincia de Cotopaxi, el 5 de junio de 1790. Los primeros estudios, Luis Fernando, los realiza en su lugar natal y los prosigue en Quito, primero en el Colegio de San Luis y luego en la Universidad Santo Tomás de Aqui­no. Se gradúa de doctor en Jurisprudencia y Teología en 1810. y poco más tarde, en 1814, en Cánones.[1] Se dice –y es probable– que presencia la masacre de los patriotas quite­ños en el Cuartel Real de Lima. Durante sus estudios universitarios tiene como profeso­res a los eclesiásticos Miguel Antonio Rodríguez y Joaquín Miguel de Araujo,[2] ambos con fama de saber y muy cono­cidos en nuestra historia. El primeramente nombrado es partidario ardiente de la emancipación y autor del proyecto de Constitución de 1812.

A poco de egresado es nombrado profesor de Filosofía en el Colegio San Fernando de Quito. Manuel de Jesús Andrade afirma que Vivero viajó por “Europa y América y al regreso se estableció en Guayaquil, donde se encuentra el año de la transformación política de 1820”.[3] Producto de estos viajes es, sin duda, la extensa cultura que adquiere y, sobre todo, las ideas democráticas y liberales que asimila.

Su actuación en la gesta del 9 de Octubre es relevante. Es uno de los principales conspiradores y está presente en todos los preparativos para la sublevación. “De entre las personas vecinas de Guayaquil y comprometidas en la con­juración –dice el historiador Camilo Destruge– eran los prin­cipales. don José de Villamil, que era el dirigente de la conspiración, don José de Antepara, el notable jurisconsulto don Luis Fernando Vivero, don Juan Francisco y don Anto­nio Elizalde, don Francisco de Paula Lavayen, don José Rivas. don Manuel de J. Fajardo, fuera de otros jóvenes nota­bles”.[4] Igual cosa afirma el doctor Juan Emilio Roca, dando algunos otros nombres y añadiendo que se en­cuentra presente en la célebre reunión de la víspera de la proclamación de la independencia, donde dice a Vicente Ramón Roca –padre del autor– que es preciso que la revolu­ción “se haga esta noche o no se haga nunca”,[5] coincidiendo con el parecer del capitán Febres Cordero.

Una vez realizada la transformación, Vivero es nombrado secretario con voto del Gobierno Provisional, pa­ra luego, reunido el Colegio Electoral, ser reemplazado en este cargo por el doctor Francisco Marcos. Los cambios rea­lizados por el Colegio disgustan sobremanera al general Villamil. según se deduce de la Reseña de los acontecimien­tos que escribe años después, apuntando lo siguiente: “Los hombres del 9 de Octubre quedaron desde luego a un lado y un tartufo de aquellos que abundan pasado el peligro de una revolución, dijo después en mi presencia: que las manos que habían hecho la revolución debían ser besadas y cortadas después’’.[6] No cabe duda que esto es cierto por lo menos en lo que se refiere a Vivero, uno de los proceres más nota­bles. como ya se ha visto.   

No obstante la marginación antes anotada, sigue te­niendo participación activa en los principales sucesos poste­riores a la revolución. Como miembro del Colegio Electoral –es Elector por Guayaquil– interviene en la elaboración del Reglamento Provisorio Constitucional de la Provincia de Guayaquil aprobado el 11 de noviembre de 1820. Y en la misma calidad, en 1822, aparece firmando el Acta de 31 de Julio en la que se declara “que desde aquel momento –Guayaquil– quedaba para siempre restituida a la República de Colombia’’.[7]

Ya un tanto fuera del campo político, también parece que se halla relacionado con los trabajos realizados para la publicación del periódico El patriota de Guayaquil, pues Destruge dice que el Prospecto que apa­rece en él, el 21 de Mayo de 1821, “fue redactado, según unos, por el señor Olmedo, y según otros, por el ilustrado Dr. Luis Fernando Vivero”. Tal Prospecto se refiere a la li­bertad de prensa, en cuyo encabezamiento se sienta este principio: “En los Estados libres la escritura debe gozar de la justa y natural libertad que en si tienen los dones celestia­les del pensamiento y la palabra”.[8] Sea de quien fuere la autoría, se puede decir que las ideas democráticas que sustenta concuerdan, aunque un tanto atenuadas, con las que se hallan a lo largo de su obra.

Antes de la disolución de la Gran Colombia, como Re­presentante del Departamento del Guayas y en unión de Cayetano Ramírez Fita y José María Maldonado, viaja a Bogo­tá y asiste a uno de sus Congresos, donde se destaca “por la solidez de sus principios republicanos modelados en el mar­co de la estabilidad y el orden, por su versación en el trámite parlamentario, y la dicción castiza de su lenguaje persuasivo y aprobador”.[9] Terminado ese Congreso, nuevamente vuelve a viajar a Europa, y durante su estadía en París –1827– publica sus Lecciones de Política en la imprenta de Gaultier-Laguionie, obra de la que nos ocuparemos luego. Está de­dicada a Miguel Antonio Rodríguez, a quien no olvida y por lo visto estima mucho, por ser él, sin duda alguna, uno de los que más contribuye para la asimilación de los principios democráticos y avanzados. Según Camilo Destruge, Vivero es un gran conocedor de idio­mas: “Clausurando este Congre­so –el congreso grancolombiano– emprendió el doctor Vivero en un viaje por el continente europeo, visitando casi todas las capitales y ciudades principales del Viejo Mundo, adquiriendo un nuevo caudal de conocimientos, por medio de las inteligentes observaciones y estudios profundos, tanto en lo social como en lo político, y además de eso, la posesión de la mayor parte de lenguas vivas de Europa’’.[10]

De regreso del exterior es nombrado rector del Colegio Seminario –que da nacimiento al actual colegio Vicente Rocafuerte– donde realiza una amplia labor educativa, dados sus extensos y variados conocimientos. Tampoco abandona la política, pues en 1834, cuando la revolución del doctor Fé­lix Valdivieso contra el gobierno de Flores, son designados emisarios de paz, él y el doctor José Joaquín Olmedo. Las gestiones que realizan no tienen ningún resultado, y es la sangrienta batalla de Miñarica, la que pone fin al diferendo.

Amante como es de la propagación de la cultura, intro­duce una nueva imprenta en la ciudad de Guayaquil, la mis­ma que tiene una larga permanencia, pues cuando muere, sigue funcionando en manos de sus herederos. Aunque corta, esta etapa de entrega al periodismo no deja de ser importante, pues agrega una faceta más a su fi­sonomía de hombre de cultura, que es a no dudarlo su prin­cipal característica. La mayor parte de su vida está dedicada a la difusión del conocimiento, siendo el periódico, la cáte­dra y el libro, sus principales instrumentos. Esparcir el sa­ber es para él labor nobilísima y tarea primordial, sobre todo en nuestras naciones recién nacidas a la vida independiente, después de largos siglos de grosero oscurantismo y de au­sencia casi completa de una educación popular. Y considera que la prensa –una prensa libre sin censura– es el medio más adecuado para remediar este estado de cosas. “Aca­bados de salir los pueblos de un régimen que tenía por base a ignorancia –dice– es necesario hacer todo esfuerzo para di­siparla. facilitando la instrucción del mayor modo que se pueda’’.[11]

También por este tiempo ejerce el cargo de secretario del Obispo de Guayaquil. El hecho de que un pensador libe­ral y de ideas tan avanzadas como Vivero pueda tener un empleo de esa naturaleza, se explica en razón de que el Ilustrísimo Francisco Javier Garaicoa es su hermano político, aparte de ser un religioso amplio y tolerante. De todas maneras, en una sociedad fanática, ese nom­bramiento no deja de ser reprobado y es objeto de murmu­ración del lado del beaterío. “Teníasele por deidista –explica Julio Tobar Donoso– y por lo mismo, su cargo en la curia guayaquileña debió ser objeto de escándalo y de cen­sura para el prelado’’.[12]

Muere a la edad de cincuenta y dos años, el primero de octubre de 1842, víctima de la fiebre amarilla, epidemia que asola a Guayaquil.

A todo lo dicho, debemos añadir que nuestro prócer, gracias al matrimonio contraído con la señora Francisca Garaycoa y Llaguno en 1819, está ligado a la poderosa oligarquía de Guayaquil pues según aseveración del genealogista Pedro Robles ella pertenece al grupo de ‘‘distinguidas familias de la ciu­dad” con ‘‘probanzas nobiliarias y expedientes de ingreso al Santo Oficio”.[13] Y como es costumbre en esta clase de familias, todos sus miembros, a la vez, se hallan vinculados con otros de igual prosapia. Sus dos hermanas, Ana y Manuela, son esposas del general José María Villamil y del coronel Francisco Calderón –el héroe cubano sacri­ficado por los españoles– quienes por consiguiente son her­manos políticos de Vivero. El primero de los nombrados se halla vinculado con la acaudalada familia Icaza, ya que su hi­ja Bolivia es casada con Pablo Icaza Paredes, y su hijo Bolí­var con Isabel Icaza Paredes. Una hija del segundo, Baltasara Calderón –sobrina política de Vivero– es esposa de Vi­cente Rocafuerte, dos de cuyas hermanas están casadas con el mariscal José de la Mar y Domingo Santisteban y Carbo. Y por fin. su hermano Juan Antonio Vivero, como vimos, es marido de Petra Fernández de Urbina y Llaguno de la fami­lia del general José María Urbina, el libertador de los escla­vos. unido también por parentesco con otras de igual in­fluencia. como la de los Aguirre, por ejemplo.

Una conjunción, en consecuencia, de familias de gran poder económico. Y. por lo mismo, de inmensa fortaleza po­lítica. Indudablemente, como se verá después, esta realidad no dejará de influir en alguna medida en su pensamiento, sin que con esto queramos decir que sea decisiva, ni que se trate de un determinante mecánico. Pero, de todos modos, rasgos de las virtualidades y defectos de la clase social a la que pertenece este grupo familiar se reflejan en su acción y en sus ideas.

Su obra escrita, parte inseparable de su vida, es corta:

1o. Lecciones de Política según los princi­pios del sistema popular representativo, adoptado por las naciones americanas, libro publicado en 1827 en París.

 2o. Instituciones del Derecho Español por Juan Sala, se edita en 1831 en Guayaquil en la Im­prenta de la Ciudad, es decir, en aquella que fue adquirida por el gobierno a raíz de la revolución del 9 de Octubre.

3o. Un breve opúsculo sobre reformas que deben hacer­se a la ortografía de la lengua castellana, que nosotros des­conocemos.

Respecto a las Instituciones del Derecho Español hay que anotar que no solamente las Notas que constan al final de los diferentes capítulos son redactadas por Vivero, pues él mismo indica en una Advertencia que lleva su firma, que aparte de correcciones de estilo, “tam­bién se citan las leyes posteriores, se añaden algunas doctri­nas v varias disposiciones del Derecho de Indias’’.[14]

La obra ju­rídica de Vivero ha permanecido completamente desco­nocida, inclusive por la mayor parte de los profesionales que se han dedicado a investigar las fuentes de diversas ramas de nuestro Derecho. Su prestigio, en cambio, es de singular relieve durante su época, tanto por su saber como jurista, como por la índole progresista de sus ideas. El general Villamil no exagera, cuando dice a este respecto: “Si no temiera que se me ta­chara de parcialidad al hablar de ese digno amigo que la muerte se llevó, joven aún. diría que pocos jurisconsultos le excedían en Colombia, en mérito personal y profesional”.[15]

Su fama hasta llega a atravesar las fronteras patrias, pues no es raro que se cite su nombre como autoridad en la materia y como paradigma de los postulados democráticos, como lo hace el escritor liberal José Simeón Tejeda por ejemplo, uno de los creadores de la democracia peruana. En su traba­jo sobre Libertad de la industria, se hace eco de su pensamiento, y expresa: “Los principios más en armonía con el sistema popular representativo son los que ha dado D. Luis Fernando Vivero y le tomaré por texto” [16]

El carácter preferentemente jurídico de su producción intelectual es originado por la necesidad que se tiene en la época de crear y consolidar con la mayor rapidez posible una nueva legislación en consonancia con el sistema republicano adoptado por los pueblos americanos recién independizados que. como es natural, debe tener una esencia diferente a la antigua colonial, monárquica y despótica. Además, Vive­ro. aspira a que su obra sirva para educar y ayudar al ciuda­dano a la asimilación de modernos preceptos liberales –que considera indispensables para el avance y el progreso nacio­nal, haciendo desaparecer de las mentes todo vestigio de los viejos y a veces arraigados principios oscurantistas. “Tales consideraciones me han obligado –dice en sus Lecciones de Política– a no perder de vista entre otros objetos los errores, los abusos y los obstáculos que más fuertemente se oponen al establecimiento del sistema representativo entre nosotros, y a que haya procurado atacarlos, aunque con toda la concisión propia de un resumen como el que me he propuesto.[17] Se trata, entonces, de una labor no solamente proyectada al estricto plano científico, sino también, y qui­zás en mayor proporción, al político e ideológico. Es parte de la lucha que se inicia, entre lo que fenece y lo que nace.

El trabajo que mayor significación tiene por su conteni­do de combate doctrinario es precisamente Lecciones de Política, razón por la que es impugnado desde un principio por los representantes de las fuerzas del retraso, aunque un tan­to subrepticiamente y por lo bajo, porque todavía soplan so­bre los cielos ecuatorianos los aires libertarios traídos en las bayonetas de los soldados de la independencia. Fray Vicente Solano dice en sus cartas, que se lamenta de que no se haya retracta­do públicamente de la obra antes citada, a la que ca­lifica de obrilla de tercera clase. El arzobispo Manuel María Pólit Laso, anotador de la recopilación de las cartas de fraile cuencano, en una de sus notas se expresa de esta manera: 

No es más que un compendio, reducido en forma de catecismo, y que el autor modestamente llama “extrac­tos de diferentes escritos de política’’. Manifiesta sin embargo bastante doctrina y erudición, y es obra de mérito para esa época. Por desgracia campean en este libro los principios erróneos de Rousseau sobre la sociedad y la soberanía; no faltan resabios de protestantis­mo: y las máximas liberales de la filosofía irreligiosa se invocan y exponen en casi todos los capítulos; de suerte que bien puede el Dr. Vivero ser considerado como uno de los fundadores del liberalismo ecuatoriano.[18]

Ni Pólit, menos Solano, ubican con exactitud las fuentes de donde manan las ideas de Vivero, pues solamente el pri­mero y en un solo caso, habla concretamente de Juan Jacobo Rousseau. Lo demás, eso de herejía y filosofismo por ejem­plo, no son sino generalidades. Esto puede deberse a que los nombrados impugnadores nunca leyeron con atención su obra, o lo que es más posible, a su falta de conocimiento de las doctrinas liberales –ya que no son pocos los religiosos que temen pecar o contaminarse con ellas– causas que les impidió un mejor análisis, que de poder lo hubieran hecho, para rebatir con base más firme al “pagano” e “irreligioso” Precisaremos luego, con nombres y apellidos, a los principa­les pensadores liberales y democráticos, de cuyas obras Vi­vero extrae todo su ideario. Y veremos que los mismos “resabios de protestantismo” que el arzobispo Pólit cree en­contrar. no son sino las coincidencias que esta religión tiene con el liberalismo, pues no en vano ella es también una ma­nifestación ideológica de la burguesía.

Más tarde, el doctor Tobar Donoso, repite a Pólit en La Iglesia ecuatoriana en el siglo XIX y, en García Moreno y la instrucción pública, agrega so­lamente esto: ‘‘Muchos pensadores se extraviaron por la in­fluencia de la Enciclopedia, como Rocafuerte, Vivero, Olme­do y otros, y su autoridad sirvió como argumento en favor de las flamantes doctrinas en este país”.[19]

Sirven estas breves líneas como introducción a lo que es el objeto primordial de este ensayo: el estudio y el análisis de las ideas de Vivero. Como ellas abarcan una vastísima gama –filosóficas, sociales, políticas y económicas principal­mente– nos concretaremos, de manera especial, a las que tengan mayor importancia desde el punto de vista ideológico. La índole de este cometido de por sí implica adentrar­nos en un campo poco explorado en el Ecuador, como es la historia del origen y desarrollo de su pensamiento social. Esto, desde luego, en una escala limitada y con referencia a un solo hombre.


  Indios y esclavos

Aunque no son temas que se vinculan en forma directa a la materia de sus trabajos, sin embargo, cada vez que tiene oportunidad Vivero no deja de hablar sobre la situación de los indígenas y sobre la injusticia de la esclavitud.

Por ser específicamente ecuatorianos, nos referimos aquí a esos dos problemas tan importantes y que tanto han gravitado en nuestra historia, en especial, el concerniente al indio.


El problema indígena

 Empecemos por el problema indígena. Como no puede ser de otra manera, Vivero comienza por denunciar el martirologio del indio sufrido durante toda la Colonia que le convierte en un ser indefenso y sujeto a los abusos más infames. Esta situación está amparada por las leyes Es legal, pues es el precio de la conquista. Es la presa ganada por los vencedores y tiene que pagar su derrota so­metiéndose a la más inicua explotación. Toda la legislación colonial, como en todo pueblo sujeto al coloniaje, es dictada para beneficio de los colonizadores, pues solo un ciego pue­de creer en la posibilidad contraria. Por esto dice con ra­zón. refiriéndose a las Leyes de Indias, tan famosas, que en ellas “no se descubre sino una refinada malicia con que se procuraba conservar a los indios contentos en el más abyec­to pupilaje’’, según consta en una de las notas al libro de Sa­la.[20] Esta visión es mucho más penetrante que la de algu­nos de nuestros historiadores –los llamados “hispanistas” sobre todo– que basándose en ciertas disposiciones dictadas para cortar algunos abusos, llegan a la conclusión de que son revolucionarias y el sumun del humanitarismo, sin to­mar en cuenta de que nunca atacan la médula feudal de las instituciones que pesan sobre el indigenado, siendo más bien una firme base para su sostén. El único objetivo que persiguen es que no desaparezca la población indígena me­diante el criminal maltrato a que se halla sometida, ya que necesariamente debe subsistir para seguir siendo fuente de expoliación, tanto para la corona como para los mismos po­co previsores explotadores. Es decir, que se quiere preser­var a toda costa, la gallina de los huevos de oro. Esto, no más.

Juan Sala, en sus Instituciones del Derecho español, al hablar de los siervos, dice lo siguiente en rela­ción a los aborígenes americanos:

 

La servidumbre de los indios se halla absolutamente abolida por la L. 11, tít. 2. lib. 6. R. Ind. que los declara tan libres como los españoles, en cualquier estado que se consideren, y prohíbe bajo gravísi­mas penas hacer mención alguna de su servicio en las con­venciones y escrituras sobre las haciendas.[21]

 

 Vivero, me­diante nota, aclara que la realidad es muy distinta. “Cuan­do no los terribles obrajes –manifiesta– bastarían las Escritu­ras de las ventas de las haciendas, para probar que estas disposiciones legales no se observaban. Como el indio ga­naba un jornal cortísimo, del que se le deducía su tributo, se hallaba siempre endeudado, y entraba su deuda en el conta­do de la hacienda que se vendía; de suerte que era un ver­dadero esclavo, a quien era muy difícil variar de amo”.[22]

Es una denuncia clara y terminante contra el concerta­je. y aunque sea de pasada, también de los “terribles obra­jes”. Y lo que afirma sobre esa institución creada por los la­tifundistas americanos para tener mano de obra gratuita, es una verdad indiscutible, a la par que conocida, pues ya los escritores Jorge Juan y Antonio de Ulloa, en sus Noticias secretas de América publicadas en 1826, habían mos­trado toda su infamia y detallado los métodos ruines de que se valían los hacendados para convertir a los indios en con­ciertos. “El amo adquiere derecho sobre su persona –dicen ellos–, le obliga a continuar en su servicio hasta que le pague la deu­da, y siendo físicamente imposible que el pobre indio pue­da hacerlo, queda hecho esclavo por toda su vida; y contra­rio a toda ley natural y de gentes, los hijos quedan compelidos a pagar con su trabajo una deuda inevitable de su pa­dre”.[23] Más tarde, Marx, al referirse al peonaje tan extendido en América, tendrá palabras parecidas:

 

En algunos países, especialmente en México –dice– la esclavitud existe en forma disimulada (…) Con la ayuda de préstamos que hay que devolver en trabajo, y cuya obligación se tras­mite de una en otra generación, que no solo el obrero perso­nalmente, sino toda la familia se convierte prácticamente en propiedad de otra persona.[24]

 

 Así, Jorge Juan y Antonio de Ulloa, Vivero y Carlos Marx, todos, unánimemente, coin­ciden en una cosa: que el concertaje, es una forma de escla­vitud.

Y esta vergonzosa lacra feudal que Vivero condena, es mantenida por la República durante todo un siglo, pues sus beneficiarios, los que se nutren con el sudor de los conciertos. se oponen con frenesí, no se diga a su desaparición, sino a todo intento de reforma. El mismo Sala afirma que la pro­hibición para que los conciertos –adscripticios llama él– pue­dan abandonar el fundo de sus amos, había quedado sin efecto por la Cédula Real de 10 de Octubre de 1618. Tampo­co se cumple este mandato, antes al contrario, ya en pleno régimen republicano, durante la administración del terrate­niente general Flores, se dictan drásticas medidas para evi­tar lo que los latifundistas llaman fugas y se ordena a las au­toridades que procedan “con todo el rigor de las leyes con­tra los culpables’’, como consta en una resolución de 18 de Noviembre de 1831.[25] Ni siquiera el gran caudillo, Eloy Alfaro, pese a su fuerza y a su gran deseo puede extirparla, pues los hacendados, muchos de ellos introducidos en sus propias filas, presentan una feroz y encarnizada resistencia, razón por la que sólo puede limitarse a reglamentar el con­certaje para cortar sus abusos más bestiales. Solo en 1918, mediante la abolición de la prisión por deudas, desaparece legalmente, ya que en la práctica sigue subsistiendo. Los periódicos, pasada la mitad del siglo XX, todavía si­guen publicando avisos de venta de haciendas con semovientes y peones. ¡Ventas de hombres y ganado!

También en sus Lecciones de Política Vivero se pronuncia por la supresión de algunas cargas económicas que pesan sobre los indios y las clases pobres, oponiéndose principalmente al cobro de diezmos y derechos parroquia­les, gravámenes de índole religiosa.

Ya hablamos –al tratar de sus ideas económicas– sobre su opinión respecto de los diezmos como traba para el desa­rrollo de la agricultura. Pero aquí debemos decir, que esa onerosa carga es sentida más que nadie por los indígenas, consideradas su pobreza y desamparo. Ella es causa que los lleva a la desesperación, produciéndose por este motivo un sinnúmero de sangrientas sublevaciones, donde, como siempre, son masacrados en la forma más inhumana y salva­je. Que importa: el diezmo es de la Iglesia y tiene que pagar­se so pena de castigo divino.

Es tan pesado este gravamen que, desde los primeros años de la vida independiente, los políticos americanos más realistas y de pensamiento democrático, empiezan a luchar para que sea suprimido. El ministro de Santander, Castillo y Rada propone esta medida en su Memoria presentada al Congreso en 1826. pero su proposición, lejos de ser oída, so­lo produce la movilización general de las milicias clericales y su protesta furibunda. Separado el Ecuador de la Gran Co­lombia. también algunas voces se unen a la de Vivero, pero sin ningún resultado. Ni siquiera las más tímidas, como la de Benigno Malo que suplica en su calidad de católico, “que se redujese a su mitad, es decir, la veintena, o lo que es lo mismo, al 5%’’,[26] pueden obtener ningún éxito. Al contra­rio expresamente se dispone en el Concordato: “Estando destinado el provento de los diezmos al sostenimiento del culto divino y de sus ministros, el Gobierno del Ecuador se obliga a conservar en la República esta institución católica’’.[27] Solamente la revolución alfarista, con la fuerza de las armas y venciendo la obstinada resistencia de la Iglesia, puede eliminar el cobro de los diezmos. Por tanto, para pe­dir su supresión en 1827, se necesitaba coraje y verdadero espíritu liberal, y una gran preocupación también, por el es­tado de postración del indio ecuatoriano. Además, pide Vivero que

 

Debe prohibirse la exacción de los derechos parro­quiales: la cantidad de tres, cuatro o más pesos viene a ser considerable para los indios, para los jornaleros, menestrales y otros que por lo general son muy pobres. Con mucha más razón deben prohibirse también los derechos de dispensa de impedimentos matrimoniales, pues estas se cobran contra las disposiciones más ter­minantes del derecho canónico, que previenen que se concedan tales dispensas gratis omninó et sine ulla mercede.[28]

 

Otras entradas, y pingües, para la Santa Madre Iglesia y sus ministros. Y al igual que los diezmos, otra fuente de abusos, principalmente para los pobres indios. Los dere­chos parroquiales son múltiples: de matrimonio, de entie­rro, de misas, de procesiones y sermones, certificados de bautizo y defunciones, de primicias, etc. etc., todo con su respectivo precio que consta en un Arancel “científicamente elaborado”, donde la erogación se establece de acuerdo a la condición social y a la raza. Pero, así como se cobra sin nin­gún derecho la dispensa de derechos matrimoniales, más fácil resulta todavía hacer caso omiso de los aranceles y su­bir los precios de todos los derechos, en proporción a las am­biciones y necesidades siempre ilimitadas de los cobradores. Está dicho, entonces, que el exceso y el engaño, consti­tuyen la norma. Desde tiempos tempranos. Ya las Cédulas Reales hablan repetidamente de esto y se recomiendan una serie de providencias para cortar las extralimitaciones de los clérigos, pero como es de suponer, sin mayor resultado. En una de ellas, fechada en 1707, se dice: “Que los indios que mueren con algunos bienes se los consume el Cura todos, en sus entierros y honras; y que el indio que no deja bienes, carga el Cura con sus hijos y los tiene como si fueran escla­vos, por los derechos de entierro’’.[29] Durante la efímera vida de la Gran Colombia, el Intendente del Departamento del Ecuador, tiene que protestar contra la “codicia ilimita­da” del clero en relación con los derechos parroquiales, se­ñalando que ello era agravado por las exigencias anormales de servicios personales”.[30] El Congreso de 1839, basán­dose en la Ley de Patronato, se ve obligado a reformar los abusivos aranceles parroquiales existentes y a derogar una serie de derechos –con nombres por demás pintorescos– in­ventados para extorsionar a los feligreses, tales como los de capa de oro para entierros y casamientos, los de tumba y do­bles de campana, los de cera, lámpara e incensarios, los de descubierta y camaricos, a más de algunos otros. Y José Pe­ralta, ya en plena revolución liberal, en páginas vibrantes de su Casus belli del clero azuayo, clama todavía contra el latrocinio que tales derechos constituyen. Si, latro­cinio: merced a ellos, las pequeñas parcelas indígenas, su exiguo patrimonio –un buey o una manada de ovejas– pasan a manos de los curas dejando en la miseria a los infelices he­rederos, ¡a título de derecho de muerto!

Finalmente, resumiendo su concepción general sobre el problema del indio, Vivero manifiesta:

 

Mejorar la suerte de los indios, de estos hijos de la inocencia, que dan la última idea de cuanto el hombre ha podido hacer contra el hombre. El gobierno español creyó que le convenía acabar de destruirlos, y los restos que iban quedando, perdidos como hombres en la in­mensa extensión del territorio americano, solo existían como bestias destinadas a la carga; más ahora que por los principios que se proclaman, y por las naciones que se han formado, se presentan ellos formando una gran parte de la población de cada una de estas, ninguna po­día sostener el sistema representativo, si su gobierno no se preocupa de la suerte del indígena, para consti­tuirle propietario, sacarle del pupilaje, de la opresión y del abatimiento en que está sumido; hacerle marchar en la senda de la cultura, por su carácter tan dulce y susceptible de toda la civilización a que se quiera ele­varle; y ponerle finalmente en estado de deliberar por sí mismo en el seno de la legislatura”.[31]

 

Toda una concepción global para resolver el problema y llevarle a un sitial de igualdad con todos los demás ciudada­nos de la República, inclusive a la legislatura, donde pueda defender por sí mismo sus derechos. Cultura, libertad y propiedad, son la base de su programa generoso. Particular importancia tiene el hecho de que no obstante su creencia de que la educación es la palanca fundamental del progreso, ahora, coloque al lado de ella la necesidad de transformar al indio en propietario, haciéndole nuevamente dueño de la tierra de la que había sido desposeído. Pensamiento verda­deramente profundo para aquella época, cuando se piensa que el indio es un servidor innato, cuya existencia no tiene otro objetivo que trabajar para el latifundista como cualquier bien mostrenco, como la bestia de carga a que alude Vivero. Así se acerca a la médula del problema, que hoy casi nadie niega, que es fundamentalmente económico. Y hay otro as­pecto, en su visión, que no puede pasar desapercibido: su fe, su total confianza en la capacidad para asimilar la ciencia y arribar a la civilización. Esto contrasta con los criterios discriminatorios y racistas, al mismo tiempo que mengua­dos, de aquellos sociólogos que en pleno siglo XX han nega­do esa posibilidad. De esos que han propugnado el mestiza­je, el cruce de la raza inferior con una superior –con la men­talidad rudimentaria de un importador de carneros mari­nos al decir de Mariátegui– como única solución real y científica”. En el Ecuador, por desgracia, no faltan representantes de esa minúscula mentalidad.

Se equivoca cuando dice que el gobierno español quería la desaparición del indio. Dijimos que, al contrario, las Le­yes de Indias estaban dictadas para evitar esa eventualidad. Fueron los conquistadores primero, y después los latifundis­tas criollos, los que en busca de la ganancia inmediata lleva­ron hasta el máximo la política de matanza y extorción, ame­nazando con la extinción de la raza indígena. La corona, más sagaz quería una explotación más moderada, realistamente calculada, pero permanente y du­radera.

Libertad, cultura y propiedad. Cuán nobles, pero tan alejados de la realidad, los anhelos de Vivero. Han pasado casi dos siglos desde que fueron exterioriza­dos. La libertad sigue siendo una quimera para el indio. La luz de la cultura no irradia los campos todavía. Y la tierra, su tierra, permanece muy lejos de sus manos. Sus ideas siguen siendo bandera por lo mismo. Por es­to. cada vez que sea enarbolada, se debe recordar su nom­bre al lado de los grandes precursores de la redención indí­gena. Al lado de Espejo, de Mejía y de Olmedo.

 

La esclavitud

Al igual que la servidumbre del indio, la esclavitud de los negros es otra de las manchas coloniales, por cuya total desaparición no podía dejar de preocuparse Vivero como to­dos los hombres avanzados de su tiempo.

Discípulo de Rousseau, parte de su doctrina filosófica sentada en El contrato social, para combatir por su proscripción. “Renunciar a la libertad –dice el Maestro– es renunciar a la calidad de hombres, a los derechos de la hu­manidad y a sus mismos deberes’’.[32] Vivero piensa de la misma manera: “Se desconoce en la sociedad el derecho de esclavizar, porque se desconoce en el hombre el derecho a despojarse de su libertad’’.[33] La libertad no es enajenable y, por lo mismo, toda esclavitud es ilegítima. Ni la fuerza, ni la guerra, pueden legitimarla. La libertad, sobre todo: este es el gran principio.

Aparte de este lado filosófico, también toma en cuenta las necesidades sociales y económicas para procurar su ex­tirpación, pues en una de las notas al libro de Sala expone lo siguiente:

 

Los gobiernos americanos no han podido menos que decretar la libertad de los pardos; entrar en tratados contra el comercio de esclavos, y prohibir su introduc­ción. Estas providencias tan justas deben abolir en bre­ve la esclavitud, y marcar del modo más relevante la humanidad y sabiduría de sus principios. Se ha dicho que la esclavitud es necesaria para la minería, la agri­cultura, etc., pero Carlos Comte en su “Tratado sobre la legislación’’ (premiado por el Instituto) ha refutado victoriosamente este error. La esclavitud no puede ha­cer que el hombre trabaje voluntariamente: la esclavitud conserva al hombre en la ignorancia y el abatimien­to; los trabajos, pues, de un hombre forzado, ignorante y abatido no pueden ser ventajosos. Por otra parte, los hombres que se habitúan a ser servidos por otros con­traen una gran tendencia al despotismo, y por consi­guiente no es posible establecer entre ellos un buen Gobierno. Tales son, entre otros, los principios que de­senvuelve Comte, y que sostiene que los hechos que observa en los pueblos donde se practica la esclavitud. Su obra es sumamente a propósito para el tiempo, y muy digna de ser leída, en especial por los americanos.[34]

 

El argumento de que el esclavo podía producir más que el hombre libre había sido refutado desde la antigüedad, más precisamente, desde el momento mismo en que las relaciones esclavistas de producción empiezan a descompo­nerse y entran en contradicción con las fuerzas productivas, convirtiéndose en traba para su desarrollo. Tales ideas, consiguientemente, se hallan ampliamente propagadas. Y si Vivero se acoge al jurisconsulto Carlos Comte, es sin duda por la nombradía que empieza a tener ese autor francés, cuyas obras no tienen en ese entonces la difusión que más tarde alcanzarán en este continente.


Unidad latinoamericana

 Otro tema de actualidad en ese entonces y de índole americana que trata Vivero en sus Lecciones de Política, dedicándole un pequeño capítulo, es el que se refiere a la unidad latinoamericana.

Una vez terminada la enconada guerra emancipadora –guerra sangrienta, guerra a muerte, que había arrasado las riquezas de nuestros pueblos y cubierto su suelo de osamen­tas humanas– es lógico que las naciones que habían ganado su libertad a precio tan crecido busquen afanosa y perento­riamente los medios para preservarla para siempre, pues que los peligros, aún no han desaparecido de los dilatados horizontes del Nuevo Continente. Es una necesidad impe­riosa que no puede ser retardada. Y de ella, de esa necesi­dad, surge la idea de que los nuevos Estados se unifiquen entre todos, para que así fortalecidos, no solo puedan desa­fiar las amenazas, sino también prosperar en un ámbito de paz y concordia. Es la idea de la unidad latinoamericana.

Bolívar es su gran abanderado y el que mayores esfuer­zos realiza para convertir el ideal en realidad tangible. Él –y este es uno de sus méritos más sobresalientes– no solo que quiere cerrar el paso a toda posibilidad de reconquista, si­no que atisbando más profundamente el panorama político americano, alcanza a divisar en el lejano norte, en las tierras allende el Río Grande, un enemigo potencial y peligroso. “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia –dice– para plagar la América de miserias en nombre de la Libertad’’–. El Congreso de Panamá, que logra reunirse en 1826, tiene este objetivo primordial.

Vivero, que conoce la reunión del Congreso Anfictiónico, y quizás también sus resoluciones, por la coincidencia entre éstas y sus proposiciones –su libro aparece a fines de 1827 según se deduce de la Advertencia fechada en París el 19 de octubre del año citado– se muestra partidario fervoro­so de la unidad latinoamericana y señala las finalidades que debe perseguir. Tratando de darle un contenido filosófico, nos parece, afirma que sin ella las naciones se hallarían en el mismo estado que el hombre salvaje roussoniano aún no unido por ningún vínculo social –antes de la existencia de la sociedad y del contrato social en suma– con todas las conse­cuencias negativas que de allí se desprenden. Y si bien no dice concretamente que la unión que preconiza debe ser en­tre los pueblos latinoamericanos, es obvio que se refiere solo a ellos, ya que habla de los pueblos de un mismo idioma, co­mo un mismo origen e iguales necesidades. Están pues, descartados los que no tengan estas virtualidades. Por tan­to el título del capítulo “De la federación general de los es­tados americanos”, no debe llevarnos a ningún equívoco.

Los principales fines de la alianza, según él, deben ser los siguientes:

 – La defensa de la autonomía

– El mantenimiento de la paz

– La formación de un derecho común

– La solución de problemas generales

– La salvaguardia del sistema republicano

Dijimos ya, que resguardar la independencia consegui­da velar porque el patrimonio territorial de las jóvenes na­ciones latinoamericanas no sea hollado y menos usurpado, son razones principales para el surgimiento del pensamiento unitario, del que Vivero participa. Para es­to, piensa que la unidad, plasmada pragmáticamente en una federación de Estados es condición de la que no se puede prescindir, porque esta organización aumentaría su fortale­za y respetabilidad que, aisladas y solas, no podrían lograr. “Cualquier enemigo –dice– se abstendrá de proyectos hos­tiles contra una nación, al considerar que para atacarla, no solo tiene que calcular las fuerzas de ella, sino las de toda la masa de la federación”.[35] La defensa militar común, para lo cual se deben “tener arreglados el contingente de tropas y la cantidad de subsidios que deben prestar los confedera­dos en los casos necesarios”,[36] es completamente obliga­torio, pues sin eso faltaría la uniformidad de acción necesa­ria para el éxito de toda empresa bélica.

Las ideas antes enunciadas constan con toda precisión y fuerza en el Tratado de Unión, Liga y Confederación Per­petua acordado entre las repúblicas de Colombia, Centro América, Perú y los Estados Unidos Mejicanos, que son las que asisten al Congreso de Panamá. El artículo segundo dice: “El objeto de este pacto perpetuo será sostener en co­mún defensiva y ofensivamente, si fuere necesario, la sobe­ranía e independencia de todas y cada una de las potencias confederadas de América, contra toda dominación extranjera’’.[37] El mismo documento contiene varios artículos refe­rentes a los asuntos militares, donde se especifican una se­rie de detalles para la acción mancomunada, dejando sobre todo en claro, la obligación de la asistencia recíproca con todas las fuerzas y recursos disponibles. Aparte se firma una “Convención de Contingentes’’, por la cual se compro­meten a formar un ejército de sesenta mil hombres y mante­ner una fuerza naval competente –a más de una serie de otras especificaciones de carácter militar– para imponer la paz y poner término a la guerra con España.

El mantenimiento de la paz –otro de los propósitos de la alianza– se obtendrá, según Vivero, impidiendo la guerra entre los pueblos confederados e imposibilitando los ata­ques de enemigos extraños. Para asegurar la paz interior, piensa que el Congreso de la Federación, compuesto con los plenipotenciarios de los países que la forman, puede tomar medidas indirectas y examinar los intereses de aquellos que se hallan en conflicto, con celo e imparcialidad, constituyén­dose en consejero y conciliador de las diferencias. Además, cree que se deben suprimir las causas que fomentan las gue­rras. siendo una de las principales la “falta de reglas y prin­cipios que formen un derecho común, a cuya existencia de­berá contribuir el congreso, para que observado invariable­mente, se conserve inalterable la paz y la amistad de las na­ciones’’.[38] Es decir, que hay que ir hacia la formación de un derecho americano.

El ideal de paz –anhelo natural después de una guerra agotadora, a la par que necesidad imperiosa, imposterga­ble. para reparar lo destruido y empezar a edificar lo nuevo– consta así mismo en el Tratado de Unión. Paz entre los con­federados y paz con todas las demás naciones: 

Asegurarse desde ahora y para siempre –se señala entre sus objetivos– los goces de una paz inalterable y promover al efecto la me­jor armonía y buena inteligencia, así entre sus pueblos, ciu­dadanos y súbditos respectivamente, como con las demás potencias con quienes deben mantener o entrar en relacio­nes amistosas.[39]


También se determinan las tareas de pacificación y asesoramiento que debe desempeñar la Asamblea de la Confederación, inclusive obligando a las partes contratantes a llevar su causa ante ella antes de em­prender en ninguna represalia, para que interponga sus buenos oficios y emita una decisión conciliatoria, la misma que no será obligatoria sin la aquiescencia de los litigantes. Y, finalmente, al hablar del mantenimiento de la paz, se di­ce que la Asamblea General de Ministros Plenipotenciarios de la Confederación “será fiel intérprete de los tratados y convenciones públicas que hayan concluido en la misma Asamblea’’,[40] lo que significa que esta tiene un carácter legislativo y puede dictar reglas jurídicas generales, las cuales prácticamente irán conformando un derecho americano. Es necesario recordar a este respecto, que entre los asuntos que debían ser considerados por la Asamblea, Colombia ha­bía propuesto el siguiente: “Establecer principios fijos de derecho internacional con el fin de evitar choques sobre puntos controvertibles y más particularmente los que pudie­ran surgir entre partes, una de las cuales fuese beligerante y la otra neutral’’.[41] Lo anterior, entonces, estaría inspirado por este pensamiento.

En resumen, todo lo que Vivero ambiciona.

Los pueblos americanos, que tienen igual origen histó­rico y se hallan “íntimamente enlazados’’, tienen también iguales necesidades y muchos problemas comunes que resolver, siendo por lo mismo necesario, de ser posible, poner­se de acuerdo y solucionarlos con un criterio común. Vivero menciona dos asuntos principales: el de la esclavitud y el de la piratería o corso. Sus palabras son estas:

 

Teniendo las naciones americanas un mismo origen, hallándose íntima­mente entrelazadas, y experimentando todas casi las mis­mas necesidades, el congreso podría tomar unas mismas medidas generales para su remedio, y así se conseguirá fá­cilmente la extinción de aquellos males que cada nación en particular no puede remediar sino en parte o de ningún mo­do. tales como la esclavitud, el corso, etc.”.[42]

 

No hay que anotar, aquí, sino que se vuelve otra vez a recalcar sobre la necesidad de la libertad de los esclavos, que considera como uno de los mayores males. La insistencia, es prueba de su inmensa preocupación por la suerte de la raza negra.

El Congreso de Panamá no llega a recomendar la com­pleta abolición de la esclavitud, sin duda, porque ninguna de las naciones asistentes ha llegado a tomar esa medida radical. Pero en cambio se pronuncia abiertamente contra la trata de esclavos y toma medidas efectivas para su erradicación: 

Las partes contratantes se obligan y comprometen –se dice– a cooperar a la completa abolición y extirpación del tráfico de esclavos de África, manteniendo sus actuales pro­hibiciones de semejante tráfico en toda su fuerza y vigor; y para lograr desde ahora tan laudable obra, convienen ade­más en declarar, como declaran entre sí de la manera más solemne y positiva, a los traficantes de esclavos, con sus bu­ques cargados de estos y procedentes de las costas de África bajo el pabellón de dichas partes contratantes, incursos en el crimen de piratería, bajo las condiciones que se especifi­carán después en una convención especial’’.[43] 

El artículo séptimo de Pacto elaborado se refiere al problema del corso.

Sobre la defensa de la forma de gobierno republicano, Vivero no se pronuncia de una manera concreta, pero deja entrever que considera esa tarea como una de las finalida­des de la Federación, ya que habla “de un congreso convo­cado bajo los auspicios de la libertad para formar una liga en favor de ella’’, palabras que en él, que considera la monar­quía como su antípoda, no pueden ser interpretadas de otro modo. Además, piensa que solamente un régimen político de tal constitución es compatible con el anhelo federativo. Se pregunta: “¿La forma popular representativa, que han adoptado los estados americanos, no se opone a este gran sistema federal?”. Y contesta sin vacilación: “No, y antes bien de todas las formas de gobierno ella es la más a propó­sito para él. La constitución de las repúblicas es de tal natu­raleza que la superioridad de este congreso no les excita ningún celo como sucede con los reyes”.[44] No hay duda, entonces, que el fondo de su pensamiento es el que nosotros indicamos.

El Art. 29 del Pacto dice: 

 Si alguna de las partes varia­se esencialmente sus formas de gobierno, quedará por el mismo hecho excluida de la confederación, y su gobierno no será reconocido, ni ella readmitida en dicha confederación, sino por el voto unánime de todas las partes que la constitu­yen o constituyesen entonces.[45] 

Esto está dirigido, no cabe ninguna duda, contra los planes de instaurar monar­quías en América, planes gestados por las potencias euro­peas en contubernio con los sectores criollos más reacciona­rios, que temen la expansión de las ideas revolucionarias y que las nuevas naciones se conviertan en herederas del le­gado de la Revolución Francesa. El observador inglés que asiste al Congreso de Panamá, Dawkins, según consta en el informe presentado por el delegado colombiano Pedro Briceño Méndez, cumpliendo las consignas traídas y con la su­til y sonriente diplomacia que caracteriza a los británicos, brega tesoneramente por lograr este propósito. Briceño afirma lo siguiente: 

Privadamente se limitó a aconsejarnos que manifestásemos respeto por las instituciones de los de­más pueblos, cualquiera que ellas fuesen, que no solo evitá­semos todo cuanto pudiera contribuir o fomentar los temo­res y desconfianza que la Europa tenía de los principios re­volucionarios, sino que procurásemos acreditar que la políti­ca de la América republicana no era lo que Francia profesó durante el mismo régimen, de que no confirmásemos las sospechas de que Íbamos a formar un sistema particular de política en contraposición a la europea, sino a cuidar solo de nuestros intereses, y proveer a nuestra seguridad.[46] 

De mil maneras, con presiones y ardides múltiples, chantajeán­donos con el reconocimiento diplomático, se nos quiere for­zar a crear reinos con soberanos extranjeros o nativos, y de no ser posible esto, al menos, consolidar regímenes conser­vadores. El ministro Pando dice: 

Las miras de la Santa Alianza se dirigen a obligamos a la adopción de formas mo­nárquicas para destruir de este modo el prestigio de las re­voluciones, haciendo ver a los pueblos que la ambición par­ticular es el blanco ulterior de todos los jefes revolucionarios y acreditando, al mismo tiempo, los principios fundamenta­les de la legitimidad (…) El gobierno francés no ha parado en declarar que está dispuesto a reconocer la independencia de estos países, si tomasen sus Gobiernos una forma más sóli­da que vería con agrado que se coronasen nuestros generales “afortunados”.[47] 

Reinos de oropel y ridículos monar­cas, es pues, la antigualla y el peso que se nos quiere impo­ner. Y eso entraña, dada nuestras específicas condiciones sociales, no otra cosa que volver atrás y enterrar en embrión las nacientes libertades. Mérito grande el de Latinoaméri­ca, por tanto, el no haber obedecido. El haber aplastado con el pie toda testa coronada, como en el caso del criollo Itúrbide o del extranjero Maximiliano.

El Congreso Anfictiónico fracasa en sus proyecciones prácticas.

Y fracasa, en gran parte, por la oposición de los Estados Unidos de Norteamérica. El coloso sabe que se trata de una reunión anticolonialista, que no solamente quiere impedir la intromisión europea en tierras latinoamericanas, sino poner valla a un peligro mayor y más cercano: las ambiciones yan­quis. Ambiciones puestas de manifiesto por las cínicas de­claraciones de sus mandatarios y, sobre todo, por los propó­sitos perseguidos por la falaz Doctrina Monroe, que cubrién­dose con la demagogia de perseguir la preservación de la independencia de nuestros pueblos, intenta solamente pre­servarlos, o mejor, reservarlos, como futuro botín de una po­lítica expansionista ya bien delineada en ese entonces. No en vano Colombia propone que la Asamblea de Panamá es­tudie la “adopción de medidas para hacer eficaz la declara­ción del presidente de los Estados Unidos del Norte al Congreso de aquella república para frustrar en lo venidero toda tentativa de España, de colonizar el continente americano’’.[48]

Es decir, hábilmente, se quiere limitar la interpreta­ción de la doctrina a un objetivo único y específico, a fin de que ese instrumento de dominio no pueda ser empleado con los fines proditorios que realmente tiene. Se ve, que nues­tros próceres, comprenden bien el objetivo y la peligrosidad de tal doctrina.

No podía ser de otra manera. ¿Monroe, amigo de nues­tros pueblos y partidario de nuestra independencia? Jamás: 

 El Ministro Monroe –dice el diplomático Manuel Palacio Fajardo– se sorprendía sensiblemente al oír hablar de un Congreso e ilustración de los granadinos; ya sea que deses­perase de nuestra situación o que temiese efectivamente comprometerse con España, reducida entonces a Cádiz y a la Isla de León, se denegó a mis proposiciones bajo el pre­texto de estar en paz con esta nación: respuesta glacial que algún día podrá servir de regla para nuestras relaciones con aquella potencia.[49] 

Tampoco, al momento del lanza­miento de la doctrina existía ningún peligro real de una in­vasión europea, ya que España está aislada con sus anhelos de reconquista, pues los otros países de la Santa Alianza han renunciado a ese cometido, como están perfectamente infor­mados los gobernantes yanquis. Por tanto, no es el fantas­ma de la Santa Alianza el que empuja a Monroe a formular su celebérrima declaración, sino los apetitos de los capitalis­tas del Norte y de los esclavistas del Sur, que han llegado a un pleno entendimiento.

Estados Unidos, por otra parte, impide el cumplimiento de uno de los principales objetivos del Congreso de Panamá: la independencia de Cuba y Puerto Rico. Es sabido que para asistir a esa reunión como observador, exige que allí no se trate ningún asunto “incompatible con su neutralidad’’, que no significa otra cosa, sino que se deje de lado el problema de la libertad de las islas antillanas pues, aunque no se crea, quien patrocina la Doctrina Monroe que se dice forjada para la defensa de nuestra autonomía, es neutral respecto a Es­paña, cabalmente, la nación que la amenaza. Más aún, de­manda y llega a obtener el aplazamiento de las expediciones militares que México y Colombia preparan para emancipar a los hermanos pueblos del Caribe, a los que viene a costar se­tenta años más de yugo colonial, de sacrificios y sufrimien­tos infinitos, la ruin e interesada exigencia yanqui. Intere­sada particularmente –porque la ruindad parece cualidad intrínseca de toda la política norteamericana– ya que desde an­taño ha puesto su mira en las hermosas islas, razón por la que quiere guardarlas reservadas hasta que llegue el mo­mento oportuno de pasarlas a sus manos. Jefferson había confesado con la franqueza ruda y amoral del capitalismo, que Cuba sería “la adición más interesante’’ para los nue­vos colonizadores. Y lo mismo Henry Clay. Por tanto, es necesario que sigan bajo la dominación española, que se mantenga el statu quo colonialista, hasta que, por obra del Destino Manifiesto, pase a las garras del águila del Norte.

Los yanquis no pueden mirar con buenos ojos ningún intento de unidad de los pueblos latinoamericanos porque eso obstaculiza su marcha expansionista. Si hay alguna unidad, esta debe estar bajo su égida. Como dice Santander, el vicepresidente de la Gran Colombia, “Norte América pretende ponerse a la cabeza de una Confederación Americana, a su modo y bajo sus principios favoritos de egoísmo’’.[50] Pero solo mucho después, con la complicidad de go­biernos títeres y a través de un largo recorrido que se inicia con la primera Conferencia Panamericana de 1889, podrán culminar esta meta y formar la Organización de Estados Americanos, la célebre OEA, bien calificada como ministe­rio de colonias. Donde, casi siempre, el tiburón dicta órde­nes y las corvinas obedecen.

El Congreso de Panamá es lo contrario de todo esto, pues como dijimos al principio, tiene una finalidad liberado­ra, es anticolonialista y antiyanqui. Siendo así, sus ideas devienen en permanentes y constituyen una gran lección para los pueblos latinoamericanos, sobre todo ahora, cuando la inmensa mayoría ha caído bajo el imperio del egoísmo que dijera Santander, bajo la dominación del “norte brutal y re­vuelto” de que hablara Martí. Levantando su bandera de unidad latinoamericana –bandera prestigiada por el nombre de nuestros próceres– hay que ir al combate para alcanzar la Segunda Independencia. Vivero, partidario de esta unidad, estará a nuestro lado.



Mejía, Espejo y Vivero: el pensamiento avanzado de la ilustración independentista en tierras ecuatorianas

*   *   *

De los múltiples problemas analizados por Vivero aquí solo se ha privilegiado su pensamiento acerca del problema indígena y de la esclavitud y el de la integración latinoamericana, de gran vigencia en los tiempos que vivimos. Los interesados en profundizar en los demás aspectos de su pensamiento pueden leerlo en las páginas 259-319 de este enlace:

https://patrimonio.quito.gob.ec/?page_id=5207

O para una visión más amplia del contexto social en el que se desenvolvió su accionar revolucionario leer el libro completo:

Oswaldo Albornoz Peralta, El pensamiento avanzado de la emancipación. Las ideas del prócer Luis Fernando Vivero, Biblioteca de Autores Ecuatorianos Nº 67, Departamento de Publicaciones de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Guayaquil, Guayaquil, 1987:







[1] Franklin Barriga López, Monografía de la provincia de Cotopaxi, t. 10, Ambato p. 73.

[2] Manuel de Jesús Andrade, Próceres de la Independencia, Tipografía y Encuadernación de la Escue­la de Artes y Oficios, Quito, 1909, p. 407.

[3] Ídem.

[4]  D’Amecourt (Camilo Destruge), Historia de la Revolución de Octubre y campaña libertadora de 1820-22, Barcelona, op. cit.

[5] Juan Emilio Roca, Recuerdos históricos de la emancipación política del Ecuador y del 9 de Octubre de 1820, Guayaquil, 1957.

[6] General Villamil, Reseña de los acontecimientos políticos y militares de la Provincia de Guayaquil desde 1813 hasta 1824, Tipogra­fía de la Escuela de Artes y Oficios, Quito, 1909.

[7] D’Amecourt (Camilo Destruge), Historia de la Revolución de Octubre y campaña libertadora de 1820-22, op. cit.

[8] Camilo Destruge, Historia de la prensa de Guayaquil, vol. II, Tipografía y Encuadernación Salesianas, Quito, 1924, p. 17.

[9] Franklin Barriga López, Monografía de la provincia de Cotopaxi, t. 10, op. cit., pp. 73-74.

[10] Camilo Destruge, Álbum biográfico, t. II, Tip. El Vigilante, Guayaquil, 1904.

[11] Luis Fernando Vivero, Lecciones de Política según los principios del sistema popular representativo, adoptado por las naciones americanas, Imprenta de Gaultier-Laguionie, Pa­rís, 1827, pp. 404-405.

[12] Julio Tobar Donoso, La Iglesia ecuatoriana en el siglo XIX, Editorial Ecuatoriana, Quito, 1934, p. 454.

[13] Pe­dro Robles Chambers, Hidalguías guayaquileñas, Publicaciones del Instituto Genealógico de Guayaquil, 1958.

[14] Luis Fernando Vivero, Instituciones del Derecho Español por Juan Sala, Imprenta de la ciudad por J.F. Puga, Guayaquil, 1831, p. III.

[15] General Villamil, Reseña de los acontecimientos políticos y militares de la Provincia de Guayaquil desde 1813 hasta 1824, op. cit.

[16] José Simeón Tejeda, Libertad de la industria, Lima,1947.

[17] Luis Fernando Vivero, Lecciones de Política, op. cit., pp. II-III.

[18] Epistolario de Fray Vicente Solano, Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay, Cuenca, 1953.

[19] Julio Tobar Donoso, García Moreno y la instrucción pública, Ed. Ecuatoriana, Quito, 1940, p. 297.

[20] Instituciones del Derecho español, t. II, op. cit., p. 6.

[21] Ídem, p. 14.

[22] Ídem, p. 16.

[23] Jorge Juan y An­tonio de Ulloa, Noticias secretas de América, op. cit., p. 211.

[25] Primer registro auténtico nacional, op. cit.

[26] Benigno Malo, Escritos y discursos, Editora Ecuatoriana, Quito, 1940, p. 392.

[27] Concordato celebrado entre su Santidad el Sumo Pontífice Pío IX y el Presidente de la República del Ecuador, op. cit., Imprenta Nacional por M. Mosquera, Quito, 1866. p. 4.

[28] Vivero, Lecciones de Política, op. cit., pp. 116-117.

[29] Alfonso María Mora, la conquista española juzgada jurídica y sociológicamente, Imprenta Municipal, Quito, 1943, p. 113.

[30] El régimen de Santander en la Gran Colombia, op. cit., p. 232.

[31] Vivero, Lecciones de Política, op. cit., p. 118.

[32] Rousseau, El contrato social, op. cit.

[33] Vivero, Lecciones de Política, op. cit., p. 310.

[34] Vivero, Sala. Instituciones del Derecho español, op. cit. pp. 15-16.

[35] Vivero, Lecciones de Política, op. cit., p. 122.

[36] Ídem, p. 122.

[37] Fabián Velarde, Felipe J. Escobar, El Congreso de Panamá en 1826, Editorial Minerva, Panamá, p. 99.

[38] Vivero, Lecciones de Política, op. cit., p. 121.

[39] Fabián Velarde, El Congreso de Panamá en 1826, op. cit., p. 99.

[40] Ídem, p. 103.

[41] Ídem, p. 44.

[42] Vivero, Lecciones de Política, op. cit., pp. 122-123.

[43] Fabián Velarde, El Congreso de Panamá en 1826, op. cit., pp. 106-107.

[44] Vivero, Lecciones de Política, op. cit., pp. 123-124.

[45] Fabián Velarde, El Congreso de Panamá en 1826, op. cit., p. 107.

[46] Ídem, p. 138.

[47] Víctor Andrés Belaúnde, Bolívar y el pensamiento político de la revolución hispanoamericana, Madrid, 1959.

[50] Ídem, p. 5 (Carta a Bolívar de Francisco de Paula Santander, agosto de 1826).

 


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