Cada 9 de Octubre Guayaquil y el Ecuador rememoran la gesta independentista llevada a cabo en esta ciudad en 1822. Usualmente se recuerda a los tres militares venezolanos del batallón Numancia de importante participación en el hecho histórico. También se recuerda a la Fragua de Vulcano y sus participantes. Pero nunca, o casi nunca, a Luis Fernando Vivero, personaje importante de la gesta octubrina, y sin lugar a dudas uno de los portadores del pensamiento más avanzado de todo el proceso emancipatorio que se dio hace ya dos siglos en la Antigua Audiencia de Quito. Por todo ello, es justo recordar a este valioso compatriota:
LUIS FERNANDO VIVERO
EL PENSAMIENTO AVANZADO DE LA
EMANCIPACIÓN
El prócer y su obra
Luis Fernando Vivero y Toledo nace
en la población de Pujilí, en la jurisdicción de la actual provincia de
Cotopaxi, el 5 de junio de 1790. Los primeros estudios, Luis Fernando, los realiza en su lugar natal y los prosigue en
Quito, primero en el Colegio de San Luis y luego en la Universidad Santo Tomás de Aquino. Se gradúa de doctor en
Jurisprudencia y Teología en 1810. y poco más tarde, en 1814, en Cánones.[1] Se dice –y es probable– que presencia la masacre de los
patriotas quiteños en el Cuartel Real de Lima.
Durante sus estudios universitarios tiene como profesores a los eclesiásticos
Miguel Antonio Rodríguez y Joaquín Miguel de Araujo,[2] ambos con fama de saber y muy conocidos
en nuestra historia. El primeramente nombrado es partidario ardiente de la
emancipación y autor del proyecto de Constitución de 1812.
A poco de egresado es nombrado
profesor de Filosofía en el Colegio San Fernando de Quito. Manuel de Jesús
Andrade afirma que Vivero viajó por “Europa y América y al regreso se estableció en
Guayaquil, donde se encuentra el año de la transformación política de 1820”.[3] Producto de estos viajes es, sin
duda, la
extensa cultura que adquiere y, sobre todo,
las ideas democráticas
y liberales que
asimila.
Su actuación en la gesta del 9 de
Octubre es relevante.
Es uno de los
principales conspiradores y está presente en todos los preparativos para la
sublevación. “De
entre las personas vecinas de Guayaquil y
comprometidas en
la conjuración –dice el historiador Camilo
Destruge– eran
los principales. don José de Villamil, que
era el dirigente de la
conspiración,
don José de Antepara, el notable jurisconsulto don Luis Fernando Vivero, don Juan
Francisco y
don Antonio
Elizalde, don Francisco de Paula Lavayen, don José Rivas. don Manuel de J. Fajardo, fuera
de otros jóvenes
notables”.[4] Igual cosa afirma el doctor Juan
Emilio Roca, dando algunos otros nombres y
añadiendo que se
encuentra
presente en la célebre reunión de la víspera de la proclamación de la independencia,
donde dice a Vicente
Ramón Roca
–padre del autor– que es preciso que la revolución “se haga esta noche o no se haga nunca”,[5] coincidiendo con el parecer del
capitán Febres Cordero.
Una vez realizada la transformación,
Vivero es nombrado secretario con voto del Gobierno Provisional, para luego,
reunido el Colegio Electoral, ser reemplazado en este cargo por el doctor
Francisco Marcos. Los cambios realizados por el Colegio disgustan sobremanera
al general Villamil. según se deduce de la Reseña de los acontecimientos
que escribe años después, apuntando lo siguiente: “Los hombres del 9 de Octubre
quedaron desde luego a un lado y un tartufo de aquellos que abundan pasado el peligro
de una revolución, dijo después en mi presencia: que las manos que habían hecho
la revolución debían ser besadas y cortadas después’’.[6] No cabe duda que esto es cierto por
lo menos en lo que
se refiere
a Vivero, uno de los proceres más notables. como ya se ha visto.
No obstante la marginación antes anotada, sigue teniendo participación activa en los principales sucesos
posteriores
a la revolución. Como miembro del Colegio Electoral –es Elector por Guayaquil– interviene en la
elaboración del Reglamento Provisorio Constitucional de la Provincia de Guayaquil aprobado el 11 de noviembre de 1820. Y en la misma calidad, en 1822, aparece
firmando el
Acta de 31 de Julio en la que se declara “que desde aquel momento –Guayaquil– quedaba para siempre
restituida a la República de Colombia’’.[7]
Ya un tanto fuera del campo político, también
parece que
se halla relacionado con los trabajos realizados para la publicación del periódico El patriota de Guayaquil, pues Destruge dice que el Prospecto
que aparece en él, el 21 de Mayo de 1821, “fue redactado, según unos, por el señor Olmedo, y según otros, por el
ilustrado Dr. Luis
Fernando Vivero”.
Tal Prospecto se refiere a la libertad de prensa, en cuyo encabezamiento se sienta este
principio:
“En los Estados
libres la escritura debe gozar de la justa y natural libertad que en si tienen los dones
celestiales
del pensamiento y la palabra”.[8] Sea de quien fuere la autoría, se puede decir que las ideas
democráticas que sustenta concuerdan, aunque un tanto atenuadas, con las que se hallan a lo largo de su obra.
Antes de la disolución de la Gran
Colombia, como Representante del Departamento del Guayas y en unión de
Cayetano Ramírez Fita y José María Maldonado, viaja a Bogotá y asiste a uno de
sus Congresos, donde se destaca “por la solidez de sus principios republicanos
modelados en el marco de la estabilidad y el orden, por su versación en el
trámite parlamentario, y la dicción castiza de su lenguaje persuasivo y
aprobador”.[9] Terminado ese Congreso, nuevamente
vuelve a viajar a Europa, y durante su estadía en París –1827– publica sus Lecciones
de Política en la imprenta de Gaultier-Laguionie, obra de la que nos
ocuparemos luego. Está dedicada a Miguel Antonio Rodríguez, a quien no olvida
y por lo visto estima mucho, por ser él, sin duda alguna, uno de los que más
contribuye para la asimilación de los principios democráticos y avanzados.
Según Camilo Destruge, Vivero es un gran conocedor de idiomas: “Clausurando
este Congreso –el congreso grancolombiano– emprendió el doctor Vivero en un
viaje por el continente europeo, visitando casi todas las capitales y ciudades
principales del Viejo Mundo, adquiriendo un nuevo caudal de conocimientos, por
medio de las inteligentes observaciones y estudios profundos, tanto en lo
social como en lo político, y además de eso, la posesión de la mayor parte de
lenguas vivas de Europa’’.[10]
De regreso del exterior es nombrado
rector del
Colegio Seminario
–que da nacimiento al actual colegio Vicente Rocafuerte– donde realiza una amplia labor educativa, dados sus extensos y variados
conocimientos. Tampoco abandona la política, pues en 1834, cuando la revolución
del doctor
Félix
Valdivieso contra el gobierno de Flores, son designados emisarios de paz, él y el doctor José
Joaquín Olmedo.
Las gestiones
que realizan no tienen ningún resultado, y es la sangrienta batalla de Miñarica, la que pone
fin al diferendo.
Amante como es de la propagación de
la cultura,
introduce
una nueva imprenta en la ciudad de Guayaquil, la misma que tiene una larga
permanencia, pues cuando muere, sigue funcionando en manos de sus herederos. Aunque corta, esta etapa de entrega al periodismo
no deja de
ser importante,
pues agrega una faceta más a su fisonomía de hombre de cultura, que es a no
dudarlo su principal característica. La mayor parte de su vida está dedicada a
la difusión
del
conocimiento, siendo el periódico, la cátedra y el libro, sus principales instrumentos.
Esparcir el saber es para él labor nobilísima y tarea primordial, sobre todo
en nuestras naciones recién nacidas a la vida independiente, después de largos
siglos de grosero oscurantismo y de ausencia casi completa de una educación popular. Y considera que la prensa –una prensa libre sin censura– es el medio más adecuado para remediar
este estado de
cosas. “Acabados de salir los pueblos de un régimen que
tenía por base a ignorancia –dice– es necesario hacer todo esfuerzo para disiparla. facilitando la instrucción del mayor modo que se pueda’’.[11]
También por este tiempo ejerce el cargo de secretario del Obispo de Guayaquil. El hecho de que un pensador liberal y de ideas tan avanzadas como Vivero pueda tener un empleo de esa naturaleza, se explica en razón de que el Ilustrísimo Francisco Javier Garaicoa es su hermano político, aparte de ser un religioso amplio y tolerante. De todas maneras, en una sociedad fanática, ese nombramiento no deja de ser reprobado y es objeto de murmuración del lado del beaterío. “Teníasele por deidista –explica Julio Tobar Donoso– y por
lo mismo, su cargo
en la
curia guayaquileña debió ser objeto de escándalo y de censura para el prelado’’.[12]
Muere a la edad de cincuenta y dos años, el primero de octubre de 1842, víctima de la fiebre amarilla, epidemia que asola a Guayaquil.
A todo lo dicho, debemos añadir que nuestro prócer,
gracias al
matrimonio contraído
con la señora Francisca Garaycoa y Llaguno en 1819, está ligado a la poderosa oligarquía de
Guayaquil
pues según aseveración
del genealogista Pedro Robles ella pertenece al grupo de ‘‘distinguidas familias
de la ciudad”
con ‘‘probanzas
nobiliarias y expedientes de ingreso al Santo Oficio”.[13] Y como es costumbre en esta clase de familias, todos sus miembros, a la vez, se hallan
vinculados con
otros de igual prosapia.
Sus dos hermanas, Ana y Manuela, son esposas del general José María Villamil y del coronel Francisco Calderón –el héroe cubano
sacrificado
por los españoles– quienes por consiguiente son hermanos políticos de Vivero. El primero
de los nombrados se halla vinculado con la acaudalada familia Icaza, ya que su hija Bolivia es casada con Pablo Icaza Paredes, y su hijo
Bolívar
con Isabel Icaza
Paredes. Una hija del segundo, Baltasara Calderón –sobrina política de Vivero– es esposa de Vicente Rocafuerte, dos de cuyas hermanas están casadas
con el
mariscal José de
la Mar y Domingo Santisteban y Carbo. Y por fin. su hermano Juan Antonio Vivero, como vimos, es marido de Petra Fernández de Urbina y Llaguno de la
familia
del general José
María Urbina, el libertador de los esclavos. unido también por parentesco con otras de igual influencia. como la de los Aguirre, por ejemplo.
Una conjunción, en consecuencia, de familias de gran
poder económico.
Y. por lo
mismo, de inmensa fortaleza política. Indudablemente, como se verá después, esta realidad
no dejará
de influir
en alguna medida en su pensamiento, sin que con esto queramos decir que sea decisiva, ni que se trate de un determinante mecánico. Pero, de todos
modos, rasgos
de las virtualidades y defectos de la clase social a la que pertenece este grupo familiar se reflejan en su
acción y en sus ideas.
Su obra escrita, parte inseparable de su vida, es corta:
1o. Lecciones de Política según
los principios del sistema popular representativo, adoptado por las naciones
americanas, libro publicado en 1827 en París.
2o. Instituciones del Derecho Español por
Juan Sala, se edita en 1831 en Guayaquil en la Imprenta de la Ciudad, es
decir, en aquella que fue adquirida por el gobierno a raíz de la revolución del
9 de Octubre.
3o. Un breve opúsculo sobre reformas
que deben hacerse a la ortografía de la lengua castellana, que nosotros desconocemos.
Respecto a las Instituciones del Derecho
Español hay
que anotar
que no solamente las Notas que constan al final de los diferentes capítulos son
redactadas por
Vivero, pues él
mismo indica en una Advertencia que lleva su firma, que aparte de correcciones de estilo, “también se citan las leyes posteriores, se añaden
algunas doctrinas v varias disposiciones del Derecho de Indias’’.[14]
La obra jurídica de Vivero ha
permanecido completamente desconocida, inclusive por la mayor parte de los
profesionales que se han dedicado a investigar las fuentes de diversas ramas de
nuestro Derecho. Su prestigio, en cambio, es de
singular relieve durante su época, tanto por su saber como jurista, como por la
índole progresista de sus ideas. El general Villamil no exagera, cuando dice a
este respecto: “Si no temiera que se me tachara de parcialidad al hablar de
ese digno amigo que la muerte se llevó, joven aún. diría que pocos
jurisconsultos le excedían en Colombia, en mérito personal y profesional”.[15]
Su fama hasta llega a atravesar las fronteras patrias, pues no es raro que se cite
su nombre como
autoridad en
la materia y como paradigma de los postulados democráticos, como lo hace el escritor liberal José
Simeón Tejeda por
ejemplo, uno de los creadores de la democracia
peruana. En
su trabajo
sobre Libertad de la industria, se hace eco de su pensamiento, y expresa: “Los principios más en armonía con el sistema popular
representativo son los que
ha dado D. Luis Fernando Vivero y le
tomaré por texto” [16]
El carácter preferentemente jurídico de su producción intelectual es originado por la necesidad que se tiene en la época de crear y consolidar con la mayor rapidez posible una nueva legislación en consonancia con el sistema republicano adoptado por los pueblos americanos recién independizados que. como es natural, debe tener una esencia diferente a la antigua colonial, monárquica y despótica. Además, Vivero. aspira a que su obra sirva para educar y ayudar al ciudadano a la asimilación de modernos preceptos liberales –que considera indispensables para el avance y el progreso nacional, haciendo desaparecer de las mentes todo vestigio de los viejos y a veces arraigados principios oscurantistas. “Tales consideraciones me han obligado –dice en sus Lecciones de Política– a no perder de vista entre otros objetos los errores, los abusos y los obstáculos que más fuertemente se oponen al establecimiento del sistema representativo entre nosotros, y a que haya procurado atacarlos, aunque con toda la concisión propia de un resumen como el que me he propuesto.[17] Se trata, entonces, de una labor no solamente proyectada al estricto plano científico, sino también, y quizás en mayor proporción, al político e ideológico. Es parte de la lucha que se inicia, entre lo que fenece y lo que nace.
El trabajo que mayor significación tiene por su contenido de combate doctrinario es precisamente Lecciones de Política, razón por la que es impugnado desde un principio por los representantes de las fuerzas del retraso, aunque un tanto subrepticiamente y por lo bajo, porque todavía soplan sobre los cielos ecuatorianos los aires libertarios traídos en las bayonetas de los soldados de la independencia. Fray Vicente Solano dice en sus cartas, que se lamenta de que no se haya retractado públicamente de la obra antes citada, a la que califica de obrilla de tercera clase. El arzobispo Manuel María Pólit Laso, anotador de la recopilación de las cartas de fraile cuencano, en una de sus notas se expresa de esta manera:
No
es más
que un compendio, reducido en forma de catecismo, y que el autor modestamente llama “extractos de diferentes escritos de política’’. Manifiesta
sin embargo
bastante
doctrina y erudición, y es obra de mérito para esa época. Por desgracia campean en este libro los principios erróneos de Rousseau sobre la sociedad y la soberanía; no faltan resabios de protestantismo: y las máximas liberales de la filosofía irreligiosa
se invocan
y exponen en
casi todos los capítulos; de suerte que bien puede el Dr. Vivero ser considerado como uno de los fundadores del liberalismo ecuatoriano.[18]
Ni Pólit, menos Solano, ubican con exactitud las fuentes de donde manan las ideas de Vivero, pues solamente el primero y en un solo caso, habla concretamente de Juan Jacobo Rousseau. Lo demás, eso de herejía y filosofismo por ejemplo, no son sino generalidades. Esto puede deberse a que los nombrados impugnadores nunca leyeron con atención su obra, o lo que es más posible, a su falta de conocimiento de las doctrinas liberales –ya que no son pocos los religiosos que temen pecar o contaminarse con ellas– causas que les impidió un mejor análisis, que de poder lo hubieran hecho, para rebatir con base más firme al “pagano” e “irreligioso” Precisaremos luego, con nombres y apellidos, a los principales pensadores liberales y democráticos, de cuyas obras Vivero extrae todo su ideario. Y veremos que los mismos “resabios de protestantismo” que el arzobispo Pólit cree encontrar. no son sino las coincidencias que esta religión tiene con el liberalismo, pues no en vano ella es también una manifestación ideológica de la burguesía.
Más tarde, el doctor Tobar Donoso,
repite a Pólit en La Iglesia ecuatoriana en el siglo XIX y, en
García Moreno y la instrucción pública, agrega solamente esto: ‘‘Muchos
pensadores se extraviaron por la influencia de la Enciclopedia, como
Rocafuerte, Vivero, Olmedo y otros, y su autoridad sirvió como argumento en favor de las flamantes doctrinas en
este país”.[19]
Sirven estas breves líneas como
introducción a lo que es el objeto primordial de este ensayo: el estudio y el análisis de las ideas de Vivero.
Como ellas abarcan una vastísima gama –filosóficas, sociales, políticas y
económicas principalmente– nos concretaremos, de manera especial, a las que
tengan mayor importancia desde el punto de vista ideológico. La índole de este cometido de por sí implica adentrarnos en un campo poco
explorado en el Ecuador, como es la historia del origen y desarrollo de su pensamiento social. Esto, desde luego, en una
escala limitada y con referencia a un solo hombre.
Aunque no son temas que se vinculan en forma directa a la materia de sus trabajos, sin embargo, cada vez que tiene oportunidad Vivero no deja de hablar sobre la situación de los indígenas y sobre la injusticia de la esclavitud.
Por ser específicamente ecuatorianos,
nos referimos aquí a esos dos problemas tan importantes y que tanto han
gravitado en nuestra historia, en especial, el concerniente al indio.
El problema indígena
Juan Sala, en sus Instituciones
del Derecho español, al hablar de los siervos, dice lo siguiente en relación
a los aborígenes americanos:
La
servidumbre de los indios se halla absolutamente abolida por la L. 11, tít. 2.
lib. 6. R. Ind. que los declara tan libres como los españoles, en cualquier
estado que se consideren, y prohíbe bajo gravísimas penas hacer mención alguna
de su servicio en las convenciones y escrituras sobre las haciendas.[21]
Vivero, mediante nota, aclara que la realidad
es muy distinta. “Cuando no los terribles obrajes –manifiesta– bastarían las
Escrituras de las ventas de las haciendas, para probar que estas disposiciones
legales no se observaban. Como el indio ganaba un jornal cortísimo, del que se
le deducía su tributo, se hallaba siempre endeudado, y entraba su deuda en el
contado de la hacienda que se vendía; de suerte que era un verdadero esclavo,
a quien era muy difícil variar de amo”.[22]
Es una denuncia clara y terminante
contra el concertaje. y aunque sea de pasada, también de los “terribles obrajes”.
Y lo que afirma sobre esa institución creada por los latifundistas americanos
para tener mano de obra gratuita, es una verdad indiscutible, a la par que
conocida, pues ya los escritores Jorge Juan y Antonio de Ulloa, en sus Noticias
secretas de América publicadas en 1826, habían mostrado toda su infamia y
detallado los métodos ruines de que se valían los hacendados para convertir a
los indios en conciertos. “El amo adquiere derecho sobre su persona –dicen
ellos–, le obliga a continuar en su servicio hasta que le pague la deuda, y
siendo físicamente imposible que el pobre indio pueda hacerlo, queda hecho
esclavo por toda su vida; y contrario a toda ley natural y de gentes, los
hijos quedan compelidos a pagar con su trabajo una deuda inevitable de su padre”.[23] Más tarde, Marx, al referirse al
peonaje tan extendido en América, tendrá palabras parecidas:
En
algunos países, especialmente en México –dice– la esclavitud existe en forma disimulada (…) Con la ayuda de préstamos que hay que devolver
en trabajo, y cuya obligación se trasmite de una en otra generación, que no
solo el obrero personalmente, sino toda la familia se convierte prácticamente
en propiedad de otra persona.[24]
Así, Jorge Juan y Antonio de Ulloa, Vivero y
Carlos Marx, todos, unánimemente, coinciden en una cosa: que el concertaje, es
una forma de esclavitud.
Y esta vergonzosa lacra feudal que
Vivero condena, es mantenida por la República durante todo un siglo, pues sus
beneficiarios, los que se nutren con el sudor de los conciertos. se oponen con
frenesí, no se diga a su desaparición, sino a todo intento de reforma. El mismo
Sala afirma que la prohibición para que los conciertos –adscripticios llama
él– puedan abandonar el fundo de sus amos, había quedado sin efecto por la
Cédula Real de 10 de Octubre de 1618. Tampoco se cumple este mandato, antes al
contrario, ya en pleno régimen republicano, durante la administración del
terrateniente general Flores, se dictan drásticas medidas para evitar lo que
los latifundistas llaman fugas y se ordena a las autoridades que procedan “con
todo el rigor de las leyes contra los culpables’’, como consta en una
resolución de 18 de Noviembre de 1831.[25] Ni siquiera el gran caudillo, Eloy
Alfaro, pese a su fuerza y a su gran deseo puede extirparla, pues los
hacendados, muchos de ellos introducidos en sus propias filas, presentan una
feroz y encarnizada resistencia, razón por la que sólo puede limitarse a
reglamentar el concertaje para cortar sus abusos más bestiales. Solo en 1918,
mediante la abolición de la prisión por deudas, desaparece legalmente, ya que
en la práctica sigue subsistiendo. Los periódicos, pasada la mitad del siglo
XX, todavía siguen publicando avisos de venta de haciendas con semovientes y
peones. ¡Ventas de hombres y ganado!
También en sus Lecciones de
Política Vivero se pronuncia por la supresión de algunas cargas económicas
que pesan sobre los indios y las clases pobres, oponiéndose principalmente al
cobro de diezmos y derechos parroquiales, gravámenes de índole religiosa.
Ya hablamos –al tratar de sus ideas
económicas– sobre su opinión respecto de los diezmos como traba para el desarrollo
de la agricultura. Pero aquí debemos decir, que esa onerosa carga es sentida
más que nadie por los indígenas, consideradas su pobreza y desamparo. Ella es
causa que los lleva a la desesperación, produciéndose por este motivo un
sinnúmero de sangrientas sublevaciones, donde, como siempre, son masacrados en
la forma más inhumana y salvaje. Que importa: el diezmo es de la Iglesia y
tiene que pagarse so pena de castigo divino.
Es tan pesado este gravamen que,
desde los primeros años de la vida independiente, los políticos americanos más
realistas y de pensamiento democrático, empiezan a luchar para que sea
suprimido. El ministro de Santander, Castillo y Rada propone esta medida en su Memoria
presentada al Congreso en 1826. pero su proposición, lejos de ser oída, solo
produce la movilización general de las milicias clericales y su protesta
furibunda. Separado el Ecuador de la Gran Colombia. también algunas voces se
unen a la de Vivero, pero sin ningún resultado. Ni siquiera las más tímidas,
como la de Benigno Malo que suplica en su calidad de católico, “que se redujese
a su mitad, es decir, la veintena, o lo que es lo mismo, al 5%’’,[26] pueden obtener ningún éxito. Al
contrario expresamente se dispone en el Concordato: “Estando destinado el
provento de los diezmos al sostenimiento del culto divino y de sus ministros,
el Gobierno del Ecuador se obliga a conservar en la República esta institución
católica’’.[27] Solamente la revolución alfarista,
con la fuerza de las armas y venciendo la obstinada resistencia de la Iglesia,
puede eliminar el cobro de los diezmos. Por tanto, para pedir su supresión en
1827, se necesitaba coraje y verdadero espíritu liberal, y una gran
preocupación también, por el estado de postración del indio ecuatoriano.
Además, pide Vivero que
Debe
prohibirse la exacción de los derechos parroquiales: la cantidad de tres,
cuatro o más pesos viene a ser considerable para los indios, para los
jornaleros, menestrales y otros que por lo general son muy pobres. Con mucha
más razón deben prohibirse también los derechos de dispensa de impedimentos matrimoniales,
pues estas se cobran contra las disposiciones más terminantes del derecho
canónico, que previenen que se concedan tales dispensas gratis omninó et
sine ulla mercede.[28]
Otras entradas, y pingües, para la
Santa Madre Iglesia y sus ministros. Y al igual que los diezmos, otra fuente de
abusos, principalmente para los pobres indios. Los derechos parroquiales son
múltiples: de matrimonio, de entierro, de misas, de procesiones y sermones,
certificados de bautizo y defunciones, de primicias, etc. etc., todo con su
respectivo precio que consta en un Arancel “científicamente elaborado”, donde
la erogación se establece de acuerdo a la condición social y a la raza. Pero,
así como se cobra sin ningún derecho la dispensa de derechos matrimoniales,
más fácil resulta todavía hacer caso omiso de los aranceles y subir los
precios de todos los derechos, en proporción a las ambiciones y necesidades
siempre ilimitadas de los cobradores. Está dicho, entonces, que el exceso y el
engaño, constituyen la norma. Desde tiempos tempranos. Ya las Cédulas Reales
hablan repetidamente de esto y se recomiendan una serie de providencias para
cortar las extralimitaciones de los clérigos, pero como es de suponer, sin
mayor resultado. En una de ellas, fechada en 1707, se dice: “Que los indios que
mueren con algunos bienes se los consume el Cura todos, en sus entierros y
honras; y que el indio que no deja bienes, carga el Cura con sus hijos y los
tiene como si fueran esclavos, por los derechos de entierro’’.[29] Durante la efímera vida de la Gran
Colombia, el Intendente del Departamento del Ecuador, tiene que protestar
contra la “codicia ilimitada” del clero en relación con los derechos
parroquiales, señalando que ello era agravado por las exigencias anormales de
servicios personales”.[30] El Congreso de 1839, basándose en
la Ley de Patronato, se ve obligado a reformar los abusivos aranceles
parroquiales existentes y a derogar una serie de derechos –con nombres por
demás pintorescos– inventados para extorsionar a los feligreses, tales como
los de capa de oro para entierros y casamientos, los de tumba y dobles de
campana, los de cera, lámpara e incensarios, los de descubierta y camaricos, a
más de algunos otros. Y José Peralta, ya en plena revolución liberal, en
páginas vibrantes de su Casus belli del clero azuayo, clama todavía
contra el latrocinio que tales derechos constituyen. Si, latrocinio: merced a
ellos, las pequeñas parcelas indígenas, su exiguo patrimonio –un buey o una
manada de ovejas– pasan a manos de los curas dejando en la miseria a los
infelices herederos, ¡a título de derecho de muerto!
Finalmente, resumiendo su concepción
general sobre el problema del indio, Vivero manifiesta:
Mejorar
la suerte de los indios, de estos hijos de la inocencia, que dan la última idea
de cuanto el hombre ha podido hacer contra el hombre. El gobierno español creyó
que le convenía acabar de destruirlos, y los restos que iban quedando, perdidos
como hombres en la inmensa extensión del territorio americano, solo existían
como bestias destinadas a la carga; más ahora que por los principios que se
proclaman, y por las naciones que se han formado, se presentan ellos formando
una gran parte de la población de cada una de estas, ninguna podía sostener el
sistema representativo, si su gobierno no se preocupa de la suerte del
indígena, para constituirle propietario, sacarle del pupilaje, de la opresión
y del abatimiento en que está sumido; hacerle marchar en la senda de la
cultura, por su carácter tan dulce y susceptible de toda la civilización a que
se quiera elevarle; y ponerle finalmente en estado de deliberar por sí mismo
en el seno de la legislatura”.[31]
Toda una concepción global para
resolver el problema y llevarle a un sitial de igualdad con todos los demás
ciudadanos de la República, inclusive a la legislatura, donde pueda defender
por sí mismo sus derechos. Cultura, libertad y propiedad, son la base de su
programa generoso. Particular importancia tiene el hecho de que no obstante su
creencia de que la educación es la palanca fundamental del progreso, ahora,
coloque al lado de ella la necesidad de transformar al indio en propietario,
haciéndole nuevamente dueño de la tierra de la que había sido desposeído.
Pensamiento verdaderamente profundo para aquella época, cuando se piensa que
el indio es un servidor innato, cuya existencia no tiene otro objetivo que
trabajar para el latifundista como cualquier bien mostrenco, como la bestia de
carga a que alude Vivero. Así se acerca a la médula del problema, que hoy casi
nadie niega, que es fundamentalmente económico. Y hay otro aspecto, en su
visión, que no puede pasar desapercibido: su fe, su total confianza en la
capacidad para asimilar la ciencia y arribar a la civilización. Esto contrasta
con los criterios discriminatorios y racistas, al mismo tiempo que menguados,
de aquellos sociólogos que en pleno siglo XX han negado esa posibilidad. De
esos que han propugnado el mestizaje, el cruce de la raza inferior con una
superior –con la mentalidad rudimentaria de un importador de carneros marinos
al decir de Mariátegui– como única solución real y científica”. En el Ecuador,
por desgracia, no faltan representantes de esa minúscula mentalidad.
Se equivoca cuando dice que el
gobierno español quería la desaparición del indio. Dijimos que, al contrario,
las Leyes de Indias estaban dictadas para evitar esa eventualidad.
Fueron los conquistadores primero, y después los latifundistas criollos, los
que en busca de la ganancia inmediata llevaron hasta el máximo la política de
matanza y extorción, amenazando con la extinción de la raza indígena. La
corona, más sagaz quería una explotación más moderada, realistamente calculada,
pero permanente y duradera.
Libertad, cultura y propiedad. Cuán
nobles, pero tan alejados de la realidad, los anhelos de Vivero. Han pasado
casi dos siglos desde que fueron exteriorizados. La libertad sigue siendo una
quimera para el indio. La luz de la cultura no irradia los campos todavía. Y la
tierra, su tierra, permanece muy lejos de sus manos. Sus ideas siguen siendo
bandera por lo mismo. Por esto. cada vez que sea enarbolada, se debe recordar
su nombre al lado de los grandes precursores de la redención indígena. Al
lado de Espejo, de Mejía y de Olmedo.
La esclavitud
Al igual que la servidumbre del indio, la esclavitud de los negros es otra de las manchas coloniales, por cuya total desaparición no podía dejar de preocuparse Vivero como todos los hombres avanzados de su tiempo.
Discípulo de Rousseau, parte de su
doctrina filosófica sentada en El contrato social, para combatir por su
proscripción. “Renunciar a la libertad –dice el Maestro– es renunciar a la
calidad de hombres, a los derechos de la humanidad y a sus mismos deberes’’.[32] Vivero piensa de la misma manera:
“Se desconoce en la sociedad el derecho de esclavizar, porque se desconoce en
el hombre el derecho a despojarse de su libertad’’.[33] La libertad no es enajenable y, por
lo mismo, toda esclavitud es ilegítima. Ni la fuerza, ni la guerra, pueden
legitimarla. La libertad, sobre todo: este es el gran principio.
Aparte de este lado filosófico,
también toma en cuenta las necesidades sociales y económicas para procurar su
extirpación, pues en una de las notas al libro de Sala expone lo siguiente:
Los
gobiernos americanos no han podido menos que decretar la libertad de los
pardos; entrar en tratados contra el comercio de esclavos, y prohibir su
introducción. Estas providencias tan justas deben abolir en breve la
esclavitud, y marcar del modo más relevante la humanidad y sabiduría de sus
principios. Se ha dicho que la esclavitud es necesaria para la minería, la agricultura,
etc., pero Carlos Comte en su “Tratado sobre la legislación’’ (premiado por el
Instituto) ha refutado victoriosamente este error. La esclavitud no puede hacer
que el hombre trabaje voluntariamente: la esclavitud
conserva al hombre en la ignorancia y el abatimiento; los trabajos, pues, de
un hombre forzado, ignorante y abatido no pueden ser ventajosos. Por otra
parte, los hombres que se habitúan a ser servidos por otros contraen una gran
tendencia al despotismo, y por consiguiente no es posible establecer entre
ellos un buen Gobierno. Tales son, entre otros, los principios que desenvuelve
Comte, y que sostiene que los hechos que observa en los pueblos donde se
practica la esclavitud. Su obra es sumamente a propósito para el tiempo, y muy
digna de ser leída, en especial por los americanos.[34]
El argumento de que el esclavo podía producir más
que el hombre libre había sido refutado desde la antigüedad, más precisamente,
desde el momento mismo en que las relaciones esclavistas de producción empiezan
a descomponerse y entran en contradicción con las fuerzas productivas,
convirtiéndose en traba para su desarrollo. Tales ideas, consiguientemente, se
hallan ampliamente propagadas. Y si Vivero se acoge al jurisconsulto Carlos
Comte, es sin duda por la nombradía que empieza a tener ese autor francés,
cuyas obras no tienen en ese entonces la difusión que más tarde alcanzarán en
este continente.
Unidad
latinoamericana
Una vez terminada la enconada guerra
emancipadora –guerra sangrienta, guerra a muerte, que había arrasado las
riquezas de nuestros pueblos y cubierto su suelo de osamentas humanas– es
lógico que las naciones que habían ganado su libertad a precio tan crecido
busquen afanosa y perentoriamente los medios para preservarla para siempre,
pues que los peligros, aún no han desaparecido de los dilatados horizontes del
Nuevo Continente. Es una necesidad imperiosa que no puede ser retardada. Y de
ella, de esa necesidad, surge la idea de que los nuevos Estados se unifiquen
entre todos, para que así fortalecidos, no solo puedan desafiar las amenazas,
sino también prosperar en un ámbito de paz y concordia. Es la idea de la unidad
latinoamericana.
Bolívar es su gran abanderado y el
que mayores esfuerzos realiza para convertir el ideal en realidad tangible. Él
–y este es uno de sus méritos más sobresalientes– no solo que quiere cerrar el
paso a toda posibilidad de reconquista, sino que atisbando más profundamente
el panorama político americano, alcanza a divisar en el lejano norte, en las
tierras allende el Río Grande, un enemigo potencial y peligroso. “Los Estados
Unidos parecen destinados por la Providencia –dice– para plagar la América de
miserias en nombre de la Libertad’’–. El Congreso de Panamá, que logra reunirse
en 1826, tiene este objetivo primordial.
Vivero, que conoce la reunión del
Congreso Anfictiónico, y quizás también sus resoluciones, por la coincidencia
entre éstas y sus proposiciones –su libro aparece a fines de 1827 según se
deduce de la Advertencia fechada en París el 19 de octubre del año citado– se
muestra partidario fervoroso de la unidad latinoamericana y señala las
finalidades que debe perseguir. Tratando de darle un contenido filosófico, nos
parece, afirma que sin ella las naciones se hallarían en el mismo estado que el
hombre salvaje roussoniano aún no unido por ningún vínculo social –antes de la
existencia de la sociedad y del contrato social en suma– con todas las consecuencias
negativas que de allí se desprenden. Y si bien no dice concretamente que la
unión que preconiza debe ser entre los pueblos latinoamericanos, es obvio que
se refiere solo a ellos, ya que habla de los pueblos de un mismo idioma, como
un mismo origen e iguales necesidades. Están pues, descartados los que no
tengan estas virtualidades. Por tanto el título del capítulo “De la federación
general de los estados americanos”, no debe llevarnos a ningún equívoco.
Los principales fines de la alianza,
según él, deben ser los siguientes:
– El mantenimiento de la paz
– La formación de un derecho común
– La solución de problemas generales
– La salvaguardia del sistema
republicano
Dijimos ya, que resguardar la independencia conseguida velar porque el patrimonio territorial de las jóvenes naciones latinoamericanas no sea hollado y menos usurpado, son razones principales para el surgimiento del pensamiento unitario, del que Vivero participa. Para esto, piensa que la unidad, plasmada pragmáticamente en una federación de Estados es condición de la que no se puede prescindir, porque esta organización aumentaría su fortaleza y respetabilidad que, aisladas y solas, no podrían lograr. “Cualquier enemigo –dice– se abstendrá de proyectos hostiles contra una nación, al considerar que para atacarla, no solo tiene que calcular las fuerzas de ella, sino las de toda la masa de la federación”.[35] La defensa militar común, para lo cual se deben “tener arreglados el contingente de tropas y la cantidad de subsidios que deben prestar los confederados en los casos necesarios”,[36] es completamente obligatorio, pues sin eso faltaría la uniformidad de acción necesaria para el éxito de toda empresa bélica.
Las ideas antes enunciadas constan
con toda precisión y fuerza en el Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua
acordado entre las repúblicas de Colombia, Centro América, Perú y los Estados
Unidos Mejicanos, que son las que asisten al Congreso de Panamá. El artículo
segundo dice: “El objeto de este pacto perpetuo será sostener en común
defensiva y ofensivamente, si fuere necesario, la soberanía e independencia de
todas y cada una de las potencias confederadas de América, contra toda
dominación extranjera’’.[37] El mismo documento contiene varios
artículos referentes a los asuntos militares, donde se especifican una serie
de detalles para la acción mancomunada, dejando sobre todo en claro, la
obligación de la asistencia recíproca con todas las fuerzas y recursos
disponibles. Aparte se firma una “Convención de Contingentes’’, por la cual se
comprometen a formar un ejército de sesenta mil hombres y mantener una fuerza
naval competente –a más de una serie de otras especificaciones de carácter
militar– para imponer la paz y poner término a la guerra con España.
El mantenimiento de la paz –otro de
los propósitos de la alianza– se obtendrá, según Vivero, impidiendo la guerra
entre los pueblos confederados e imposibilitando los ataques de enemigos
extraños. Para asegurar la paz interior, piensa que el Congreso de la
Federación, compuesto con los plenipotenciarios de los países que la forman,
puede tomar medidas indirectas y examinar los intereses de aquellos que se
hallan en conflicto, con celo e imparcialidad, constituyéndose en consejero y
conciliador de las diferencias. Además, cree que se deben suprimir las causas
que fomentan las guerras. siendo una de las principales la “falta de reglas y
principios que formen un derecho común, a cuya existencia deberá contribuir
el congreso, para que observado invariablemente, se conserve inalterable la
paz y la amistad de las naciones’’.[38] Es decir, que hay que ir hacia la
formación de un derecho americano.
El ideal de paz –anhelo natural después de una guerra agotadora, a la par que necesidad imperiosa, impostergable. para reparar lo destruido y empezar a edificar lo nuevo– consta así mismo en el Tratado de Unión. Paz entre los confederados y paz con todas las demás naciones:
Asegurarse
desde ahora y para siempre –se señala entre sus objetivos– los goces de una paz
inalterable y promover al efecto la mejor armonía y buena inteligencia, así
entre sus pueblos, ciudadanos y súbditos respectivamente, como con las demás
potencias con quienes deben mantener o entrar en relaciones amistosas.[39]
También se determinan las tareas de
pacificación y asesoramiento que debe desempeñar la Asamblea de la
Confederación, inclusive obligando a las partes contratantes a llevar su causa
ante ella antes de emprender en ninguna represalia, para que interponga sus
buenos oficios y emita una decisión conciliatoria, la misma que no será
obligatoria sin la aquiescencia de los litigantes. Y, finalmente, al hablar del
mantenimiento de la paz, se dice que la Asamblea General de Ministros
Plenipotenciarios de la Confederación “será fiel intérprete de los tratados y
convenciones públicas que hayan concluido en la misma Asamblea’’,[40] lo que significa que esta tiene un
carácter legislativo y puede dictar reglas jurídicas generales, las cuales
prácticamente irán conformando un derecho americano. Es necesario recordar a
este respecto, que entre los asuntos que debían ser considerados por la
Asamblea, Colombia había propuesto el siguiente: “Establecer principios fijos
de derecho internacional con el fin de evitar choques sobre puntos
controvertibles y más particularmente los que pudieran surgir entre partes,
una de las cuales fuese beligerante y la otra neutral’’.[41] Lo anterior, entonces, estaría
inspirado por este pensamiento.
En resumen, todo lo que Vivero
ambiciona.
Los pueblos americanos, que tienen
igual origen histórico y se hallan “íntimamente enlazados’’, tienen también
iguales necesidades y muchos problemas comunes que resolver, siendo por lo
mismo necesario, de ser posible, ponerse de acuerdo y solucionarlos con un
criterio común. Vivero menciona dos asuntos principales: el de la esclavitud y
el de la piratería o corso. Sus palabras son estas:
Teniendo
las naciones americanas un mismo origen, hallándose íntimamente entrelazadas,
y experimentando todas casi las mismas necesidades, el congreso podría tomar
unas mismas medidas generales para su remedio, y así se conseguirá fácilmente
la extinción de aquellos males que cada nación en particular no puede remediar
sino en parte o de ningún modo. tales como la esclavitud, el corso, etc.”.[42]
No hay que anotar, aquí, sino que se
vuelve otra vez a recalcar sobre la necesidad de la libertad de los esclavos,
que considera como uno de los mayores males. La insistencia, es prueba de su
inmensa preocupación por la suerte de la raza negra.
El Congreso de Panamá no llega a recomendar la completa abolición de la esclavitud, sin duda, porque ninguna de las naciones asistentes ha llegado a tomar esa medida radical. Pero en cambio se pronuncia abiertamente contra la trata de esclavos y toma medidas efectivas para su erradicación:
Las partes contratantes se obligan y comprometen –se dice– a cooperar a la completa abolición y extirpación del tráfico de esclavos de África, manteniendo sus actuales prohibiciones de semejante tráfico en toda su fuerza y vigor; y para lograr desde ahora tan laudable obra, convienen además en declarar, como declaran entre sí de la manera más solemne y positiva, a los traficantes de esclavos, con sus buques cargados de estos y procedentes de las costas de África bajo el pabellón de dichas partes contratantes, incursos en el crimen de piratería, bajo las condiciones que se especificarán después en una convención especial’’.[43]
El artículo séptimo de Pacto
elaborado se refiere al problema del corso.
Sobre la defensa de la forma de
gobierno republicano, Vivero no se pronuncia de una manera concreta, pero deja
entrever que considera esa tarea como una de las finalidades de la Federación,
ya que habla “de un congreso convocado bajo los auspicios de la libertad para
formar una liga en favor de ella’’, palabras que en él, que considera la monarquía
como su antípoda, no pueden ser interpretadas de otro modo. Además, piensa que
solamente un régimen político de tal constitución es compatible con el anhelo
federativo. Se pregunta: “¿La forma popular representativa, que han adoptado
los estados americanos, no se opone a este gran sistema federal?”. Y contesta
sin vacilación: “No, y antes bien de todas las formas de gobierno ella es la
más a propósito para él. La constitución de las repúblicas es de tal naturaleza
que la superioridad de este congreso no les excita ningún celo como sucede con
los reyes”.[44] No hay duda, entonces, que el fondo
de su pensamiento es el que nosotros indicamos.
El Art. 29 del Pacto dice:
Si alguna de las partes variase esencialmente sus formas de gobierno, quedará por el mismo hecho excluida de la confederación, y su gobierno no será reconocido, ni ella readmitida en dicha confederación, sino por el voto unánime de todas las partes que la constituyen o constituyesen entonces.[45]
Esto está dirigido, no cabe ninguna duda, contra los planes de instaurar monarquías en América, planes gestados por las potencias europeas en contubernio con los sectores criollos más reaccionarios, que temen la expansión de las ideas revolucionarias y que las nuevas naciones se conviertan en herederas del legado de la Revolución Francesa. El observador inglés que asiste al Congreso de Panamá, Dawkins, según consta en el informe presentado por el delegado colombiano Pedro Briceño Méndez, cumpliendo las consignas traídas y con la sutil y sonriente diplomacia que caracteriza a los británicos, brega tesoneramente por lograr este propósito. Briceño afirma lo siguiente:
Privadamente se limitó a aconsejarnos que manifestásemos respeto por las instituciones de los demás pueblos, cualquiera que ellas fuesen, que no solo evitásemos todo cuanto pudiera contribuir o fomentar los temores y desconfianza que la Europa tenía de los principios revolucionarios, sino que procurásemos acreditar que la política de la América republicana no era lo que Francia profesó durante el mismo régimen, de que no confirmásemos las sospechas de que Íbamos a formar un sistema particular de política en contraposición a la europea, sino a cuidar solo de nuestros intereses, y proveer a nuestra seguridad.[46]
De mil maneras, con presiones y ardides múltiples, chantajeándonos con el reconocimiento diplomático, se nos quiere forzar a crear reinos con soberanos extranjeros o nativos, y de no ser posible esto, al menos, consolidar regímenes conservadores. El ministro Pando dice:
Las miras de la Santa Alianza se dirigen a obligamos a la adopción de formas monárquicas para destruir de este modo el prestigio de las revoluciones, haciendo ver a los pueblos que la ambición particular es el blanco ulterior de todos los jefes revolucionarios y acreditando, al mismo tiempo, los principios fundamentales de la legitimidad (…) El gobierno francés no ha parado en declarar que está dispuesto a reconocer la independencia de estos países, si tomasen sus Gobiernos una forma más sólida que vería con agrado que se coronasen nuestros generales “afortunados”.[47]
Reinos de oropel y ridículos monarcas,
es pues, la antigualla y el peso que se nos quiere imponer. Y eso entraña,
dada nuestras específicas condiciones sociales, no otra cosa que volver atrás y
enterrar en embrión las nacientes libertades. Mérito grande el de Latinoamérica,
por tanto, el no haber obedecido. El haber aplastado con el pie toda testa
coronada, como en el caso del criollo Itúrbide o del extranjero Maximiliano.
El Congreso Anfictiónico fracasa en
sus proyecciones prácticas.
Y fracasa, en gran parte, por la
oposición de los Estados Unidos de Norteamérica. El coloso sabe que se trata de
una reunión anticolonialista, que no solamente quiere impedir la intromisión
europea en tierras latinoamericanas, sino poner valla
a un peligro mayor y más cercano: las ambiciones yanquis. Ambiciones puestas
de manifiesto por las cínicas declaraciones de sus mandatarios y, sobre todo,
por los propósitos perseguidos por la falaz Doctrina Monroe, que cubriéndose
con la demagogia de perseguir la preservación de la independencia de nuestros
pueblos, intenta solamente preservarlos, o mejor, reservarlos, como futuro
botín de una política expansionista ya bien delineada en ese entonces. No en
vano Colombia propone que la Asamblea de Panamá estudie la “adopción de
medidas para hacer eficaz la declaración del presidente de los Estados Unidos
del Norte al Congreso de aquella república para frustrar en lo venidero toda
tentativa de España, de colonizar el continente americano’’.[48]
Es decir, hábilmente, se quiere limitar la interpretación de la
doctrina a un objetivo único y específico, a fin de que ese instrumento de
dominio no pueda ser empleado con los fines proditorios que realmente tiene. Se
ve, que nuestros próceres, comprenden bien el objetivo y la peligrosidad de
tal doctrina.
No podía ser de otra manera. ¿Monroe, amigo de nuestros pueblos y partidario de nuestra independencia? Jamás:
El Ministro Monroe –dice el diplomático Manuel Palacio Fajardo– se sorprendía sensiblemente al oír hablar de un Congreso e ilustración de los granadinos; ya sea que desesperase de nuestra situación o que temiese efectivamente comprometerse con España, reducida entonces a Cádiz y a la Isla de León, se denegó a mis proposiciones bajo el pretexto de estar en paz con esta nación: respuesta glacial que algún día podrá servir de regla para nuestras relaciones con aquella potencia.[49]
Tampoco, al momento del lanzamiento
de la doctrina existía ningún peligro real de una invasión europea, ya que
España está aislada con sus anhelos de reconquista, pues los otros países de la
Santa Alianza han renunciado a ese cometido, como están perfectamente informados
los gobernantes yanquis. Por tanto, no es el fantasma de la Santa Alianza el
que empuja a Monroe a formular su celebérrima declaración, sino los apetitos de
los capitalistas del Norte y de los esclavistas del Sur, que han llegado a un
pleno entendimiento.
Estados Unidos, por otra parte,
impide el cumplimiento de uno de los principales objetivos del Congreso de
Panamá: la independencia de Cuba y Puerto Rico. Es sabido que para asistir a
esa reunión como observador, exige que allí no se trate ningún asunto “incompatible
con su neutralidad’’, que no significa otra cosa, sino que se deje de lado el
problema de la libertad de las islas antillanas pues, aunque no se crea, quien
patrocina la Doctrina Monroe que se dice forjada para la defensa de nuestra
autonomía, es neutral respecto a España, cabalmente, la nación que la amenaza.
Más aún, demanda y llega a obtener el aplazamiento de las expediciones
militares que México y Colombia preparan para emancipar a los hermanos pueblos
del Caribe, a los que viene a costar setenta años más de yugo colonial, de
sacrificios y sufrimientos infinitos, la ruin e interesada exigencia yanqui.
Interesada particularmente –porque la ruindad parece cualidad intrínseca de
toda la política norteamericana– ya que desde antaño ha puesto su mira en las
hermosas islas, razón por la que quiere guardarlas reservadas hasta que llegue
el momento oportuno de pasarlas a sus manos. Jefferson había confesado con la
franqueza ruda y amoral del capitalismo, que Cuba sería “la adición más
interesante’’ para los nuevos colonizadores. Y lo mismo Henry Clay. Por tanto,
es necesario que sigan bajo la dominación española, que se mantenga el statu
quo colonialista, hasta que, por obra del Destino Manifiesto, pase a las garras
del águila del Norte.
Los yanquis no pueden mirar con
buenos ojos ningún intento de unidad de los pueblos latinoamericanos porque eso
obstaculiza su marcha expansionista. Si hay alguna unidad, esta debe estar bajo
su égida. Como dice Santander, el vicepresidente de la Gran Colombia, “Norte
América pretende ponerse a la cabeza de una Confederación Americana, a su modo
y bajo sus principios favoritos de egoísmo’’.[50] Pero solo mucho después, con la
complicidad de gobiernos títeres y a través de un largo recorrido que se
inicia con la primera Conferencia Panamericana de 1889, podrán culminar esta
meta y formar la Organización de Estados Americanos, la célebre OEA, bien
calificada como ministerio de colonias. Donde, casi siempre, el tiburón dicta
órdenes y las corvinas obedecen.
El Congreso de Panamá es lo contrario
de todo esto, pues como dijimos al principio, tiene una finalidad liberadora,
es anticolonialista y antiyanqui. Siendo así, sus ideas devienen en permanentes
y constituyen una gran lección para los pueblos latinoamericanos, sobre todo
ahora, cuando la inmensa mayoría ha caído bajo el imperio del egoísmo que
dijera Santander, bajo la dominación del “norte brutal y revuelto” de que
hablara Martí. Levantando su bandera de unidad latinoamericana –bandera
prestigiada por el nombre de nuestros próceres– hay que ir al combate para
alcanzar la Segunda Independencia. Vivero, partidario de esta unidad, estará a
nuestro lado.
* * *
De los múltiples
problemas analizados por Vivero aquí solo se ha privilegiado su pensamiento
acerca del problema indígena y de la esclavitud y el de la integración
latinoamericana, de gran vigencia en los tiempos que vivimos. Los
interesados en profundizar en los demás aspectos de su pensamiento pueden
leerlo en las páginas 259-319 de este enlace:
https://patrimonio.quito.gob.ec/?page_id=5207
O para una visión
más amplia del contexto social en el que se desenvolvió su accionar revolucionario
leer el libro completo:
Oswaldo Albornoz Peralta, El pensamiento avanzado de la
emancipación. Las ideas del prócer Luis Fernando Vivero, Biblioteca de
Autores Ecuatorianos Nº 67, Departamento de Publicaciones de la Facultad de
Ciencias Económicas de la Universidad de Guayaquil, Guayaquil, 1987:
[1] Franklin Barriga López, Monografía de la provincia de Cotopaxi,
t. 10, Ambato p.
73.
[2] Manuel de Jesús Andrade, Próceres de la Independencia,
Tipografía y Encuadernación de la Escuela de Artes y Oficios, Quito, 1909, p. 407.
[3] Ídem.
[4] D’Amecourt
(Camilo Destruge), Historia
de la Revolución de Octubre y campaña libertadora de 1820-22, Barcelona,
op. cit.
[5] Juan Emilio Roca, Recuerdos históricos de la emancipación política
del Ecuador y del 9 de Octubre de 1820, Guayaquil,
1957.
[6] General Villamil, Reseña de los acontecimientos políticos y
militares de la Provincia de Guayaquil desde 1813 hasta 1824, Tipografía de la Escuela de Artes y Oficios, Quito, 1909.
[7] D’Amecourt (Camilo Destruge),
Historia de la Revolución de Octubre y campaña libertadora de 1820-22,
op. cit.
[8] Camilo Destruge, Historia de la prensa de
Guayaquil, vol. II, Tipografía y Encuadernación Salesianas, Quito, 1924, p. 17.
[9] Franklin Barriga López, Monografía de la
provincia de Cotopaxi, t. 10, op. cit., pp. 73-74.
[10] Camilo Destruge, Álbum biográfico, t. II, Tip. El Vigilante, Guayaquil,
1904.
[11] Luis Fernando Vivero, Lecciones de Política según los principios
del sistema popular representativo, adoptado por las naciones americanas,
Imprenta de Gaultier-Laguionie, París, 1827, pp. 404-405.
[12] Julio Tobar Donoso, La Iglesia ecuatoriana en el siglo XIX, Editorial Ecuatoriana, Quito, 1934,
p. 454.
[13] Pedro Robles Chambers, Hidalguías
guayaquileñas, Publicaciones del Instituto Genealógico de Guayaquil, 1958.
[14] Luis Fernando Vivero, Instituciones del Derecho Español por Juan Sala, Imprenta de la ciudad por J.F. Puga, Guayaquil,
1831, p. III.
[15] General Villamil, Reseña de los
acontecimientos políticos y militares de la Provincia de Guayaquil desde 1813
hasta 1824, op. cit.
[16] José Simeón Tejeda, Libertad
de la industria, Lima,1947.
[17] Luis Fernando Vivero, Lecciones de Política,
op. cit., pp. II-III.
[18] Epistolario de Fray Vicente
Solano,
Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay, Cuenca, 1953.
[19] Julio Tobar Donoso, García Moreno y la instrucción
pública, Ed. Ecuatoriana, Quito, 1940, p. 297.
[24] Karl Marx, Federico Engels, Materiales para la historia
de América latina, Cuadernos del Pasado y Presente, Córdova, 1972, p. 136.
[25] Primer registro auténtico nacional, op. cit.
[27] Concordato celebrado entre su Santidad el Sumo Pontífice Pío IX y el
Presidente de la República del Ecuador, op. cit., Imprenta Nacional por M. Mosquera,
Quito, 1866. p. 4.
[28] Vivero, Lecciones
de Política, op. cit., pp. 116-117.
[29] Alfonso María Mora, la conquista española juzgada jurídica y
sociológicamente, Imprenta
Municipal, Quito, 1943, p. 113.
[32] Rousseau, El contrato social, op. cit.
[36] Ídem, p. 122.
[37] Fabián Velarde, Felipe J. Escobar, El
Congreso de Panamá en 1826, Editorial Minerva, Panamá, p.
99.
[42] Vivero, Lecciones de Política, op. cit., pp.
122-123.
[44] Vivero, Lecciones de Política, op. cit., pp.
123-124.
[47] Víctor Andrés Belaúnde, Bolívar y el pensamiento político de la
revolución hispanoamericana, Madrid, 1959.
[48] De un Congreso de Independencia a una
reunión colonialista. Estudios y documentos bolivarianos, Caracas, 1956, op. cit., p. 5.
[50] Ídem, p. 5 (Carta a Bolívar de Francisco de Paula
Santander, agosto de 1826).




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