sábado, 2 de septiembre de 2017

La calumnia como recurso de la descalificación política: el caso de Eloy Alfaro

El otro lado de la historia de la corrupción: la calumnia, el desprestigio y la descalificación, arma de la derecha ecuatoriana desde hace más de un siglo contra todo lo que afecta a sus intereses. Alfaro ya fue su víctima. Lee y saca tus propias conclusiones.



LA ASQUEROSA SIERPE DE LA CALUMNIA[1]

Oswaldo Albornoz Peralta


Los grandes reformadores, sobre todo los que se preocupan y hacen suyas las aspiraciones de las masas populares, siempre son perseguidos por ese reptil rastrero e implacable: la asquerosa sierpe de la calumnia.

Un ejemplo: Robespierre, el defensor de los sans-culottes. Uno de sus biógrafos, David Jordán, dice:

            La víctima es presentada de cuerpo entero y sus actos más despreciables emanan de un alma depravada y corrupta. A Robespierre no se le deja ningún resto de decencia, de talento o de humanidad. Es un monstruo cuyo impacto sobre los contemporáneos y la Revolución no se explica, sino que se condena.[2]

Así proceden los realistas, y luego sus asesinos, los termidorianos. Y para la posteridad, a éstos siguen un montón de biógrafos, cada cual más envenenado. Hasta Michelet no teme caer en las aguas turbias de la denigra­ción.

Junto con Robespierre la sierpe de la calumnia se extiende a sus partidarios, a los jacobinos, esos hombres de La Montaña que luchan porque los frutos de la revolución, aunque sean gotas, lleguen hasta el pueblo. Y también, enroscándose en las sinuosidades de los años, logra perdurar en el tiempo e incrustarse en las páginas de la historia.
           
Igual que Robespierre, esos héroes de la Comuna de París, que quieren alcanzar un cielo proletario con sus vidas. Igual Lenin, el artífice de un mundo de bienestar y de justicia. Igual, acosados y per­seguidos, muchos revolucionarios más.

Aquí en el Ecuador, Eloy Alfaro, nuestra figura histórica máxima, es sin duda el más deshonrado y calumniado.

Caricatura de la época: calumnias de los conservadores contra el general Alfaro


La sierpe se atreve en ocasiones, a vestir el traje de la poesía en una soez deformación titulada “A una boca”:

                                    De Corinto do estaba mansamente
                                    devorando en silencio su tocino
                                    por azares secretos del destino
                                    fue traída al Poder liberalmente.

                                    Y llegó de cansancio emocionada
                                    el perdón y el olvido tarareando,
                                    honores y riquezas codiciando,
                                    y del hambre y las deudas acosado.

                                    Pero más me fastidia, más me inflaman
                                    por su fuerza, perfil y contextura
                                    tus jetas ¡ay! que pura m...el derraman
                                    al abrirse y mostrar su dentadura.

                                    Canasto, quitasol, boca bajío,
                                    ejido de Tacunga sempiterna,
                                    boca arnés, boca buey, boca taberna,
                                    boca que ¡en vano definir porfío![3]

Son 71 estrofas de esta laya, que como se ve llevan a la poesía hasta el más sucio estercolero. Su autor es el periodista Vicente Nieto.

Después de estos versos cenagosos, la prosa cubierta de roña.

El mismo Nieto, abandonando su torpe lira, publica en Quito un periódico titulado Fray Gerundio, donde prosigue su carrera de calumniador desaforado. Si en verso es tan burdo, ya se puede imaginar lo que es en prosa.

En Cuenca se publica un pasquín denominado El Diablo dedicado, preferentemente, al insulto de los radicales de esa tierra. Pero, tampoco se olvida de Alfaro. Se dedica un artículo –“Beso de muerte”‒ a su gobier­no, donde se dice:

            La Manta Negra ha cubierto la propiedad de huérfanos y viudas, talando la industria, asolando la familia; y la bárbara confiscación, robo oficial en forma de ley, nos saca a la vergüenza pública ante las naciones vecinas que nos contemplan en el calvario... y se dictan leyes de presupuesto, que nos reducen a la miseria, mientras los ministros diplomáticos y los gober­nadores de provincia regordean con el pan del infeliz pueblo.[4]

Escriben el periodicucho, en comandita, clérigos y curuchupas sin sotana, que esconden sus nombres en el anonimato. También tienen un vate, el académico Tomás Rendón, autor de coplas procaces, parecidas a las de Nieto.

El diario El Comercio no se queda a la zaga:



           Bien se sabían los Alfaros ‒dice‒ que en Panamá se les iba a conceder la más completa libertad para conspirar contra nuestra Patria, cuando prefirieron trasladarse a esa Republiquita, en lugar de ir a gozar de los caudales que saquearon a la Nación en los grandiosos países de Europa o en la América del Norte.[5]

 
Miguel Valverde
De la prensa la calumnia pasa y se cuela en la boca de los difamado­res. Miguel Valverde, un protegido de Alfaro, es uno de ellos.  Se mueve en los círculos liberales y esparce la mentira. A Gagliardo le dice que el Viejo Luchador ha salido millonario de la presidencia y que sólo en los almacenes de Guayaquil había comprado más de cien mil sucres en joyas para su familia.

Justamente indignado Alfaro cuenta esta historia a Abelardo Moncayo en carta de 8 de febrero de 1903. Dice que mira con lástima a ese desgra­ciado. Y para que la duda no quede flotando, pues aprecia como ninguno la limpieza de su nombre, se da el trabajo de enumerar todas sus compras de alhajas realizadas durante su paso por la presidencia. Esta la lista:



            1896. Un par de aretes de brillantes (solitarios)......... ….…..S/.   400
            1897. Un prendedor compuesto de una perla con brillantes.…    350
                     Una sortija (marquesa)...............................………………   150
            1898. Una pulsera y un prendedor de........................………... ..  500
            1899. Un anillo con un solitario..........................……………....   320
                     Un mil setecientos veinte sucres..................……………... 1.720 [6]

La diferencia entre S/.100.000 y S/.1.720, es la proporción de la mentira.

Más tarde, de difamador, Valverde se convertirá en propugnador y panegirista del asesinato de los Alfaro.

La calumnia, como se puede apreciar por lo expuesto, se encamina ‒repta mejor‒ no sólo a sembrar sombras sobre la honradez de Alfaro, sino que cayendo en la bajeza extrema, se llega a calificarle de ladrón. Y quienes así se expresan, en la mayoría de las veces, son los que menos deben pronunciar esa palabra.

Alfaro no es un adorador del Becerro de Oro. Hombre de gran fortuna en una época, todo lo gasta en beneficio de la revolución liberal, la meta de su vida. Esta meta, que significa el progreso de la patria, está por encima de sus intereses personales.

A este respecto, Pío Jaramillo Alvarado, manifiesta lo siguiente:

                              Puede registrarse en Panamá, en el archivo de uno de sus hijos, los libros de la con­tabilidad comercial del general Alfaro, en la época en que se dedicó a estas actividades. Pasa de un millón de pesos anual el monto de las operaciones con que giraba bajo su firma. Es también constante que después de su primera presidencia, y cuando se recluyó silen­ciosamente con su familia en Guayaquil, era tal su angustia económica, que un grupo de amigos suscribió una cuota mensual para salvar de su penuria al señor general Alfaro.[7]

Y Roberto Andrade, en su vibrante folleto titulado Moscas, agrega:

                                    Antes y después del Mensaje ‒se refiere al Mensaje escrito como Jefe Supremo de Manabí y Esmeraldas en 1883‒ en cosa de cinco o seis lustros, Alfaro ha empleado en la libertad del Ecuador cuanto dinero ganó en su trabajo en Panamá. Montalvo no hubiera verificado sus viajes a Europa, ni publicado sus obras sin Alfaro.[8]

La acusación de robo, sobre todo, está vinculada a su obra magna: la construcción del Ferrocarril del Sur. ¿Por qué?

Sus enemigos ‒tanto conservadores como liberales de derecha‒ piensan que la terminación de la gran obra puede constituir un alto triunfo para el caudillo manabita y consolidar el alfarismo que puede, y eso temen, proseguir en su camino de reformas. Para impedir eso, hasta se quiere pagar a Harman para que desista del contrato, tal como asegura Mora López en su Historia del Ferrocarril Trasandino, afirmación confirmada por Alfaro en carta que dirige a ese contratista en 1902. Para impedir eso, ¡nada mejor que la calumnia!
Lizardo García
           
Uno de los calumniadores es un ex‒ministro suyo: Lizardo García. Este banquero en carta dirigida a un conservador de Ambato, manifiesta que está gestándose un monstruoso negociado entre Alfaro y Harman, para cuya realiza­ción necesita que su sucesor en la presidencia sea una persona condescen­diente que no dificulte la malversación planeada. El acusado como está limpio de culpa, según expone en una de sus Narraciones Históricas, castiga así al gratuito detractor:

                                    Mi venganza consistió en mandar litografiar la carta‒libelo, hacerla circular, y dar orden al Gobernador del Guayas para que pusiera a disposición de don Lizardo García todo el servicio de cablegramas con el señor Archer Harman, en los cuales se suponía encontrar el hilo de sus conjeturas criminales, y además los documentos públicos y privados en relación con la Compañía del Ferrocarril y arreglo de la Deuda Externa.[9]

Aunque no se crea, el detractor García es el responsable de ese feo episodio que ha pasado a nuestra historia con el significativo título de El peculado de Londres. José Peralta en su estudio Porrazos a porrillo, relata con detenimiento este suceso y demuestra que el perjuicio para la nación asciende a doscientos setenta y ocho mil dólares. Se trata, pues, de una defraudación que no solamente se “está gestando”, sino que efectivamente se gesta.

Otra acusación, y muy reiterada, es la que Alfaro es accionista de la compañía que construye el ferrocarril.

La Cámara del Senado, en 1902, resuelve dar un voto de felicitación al general Alfaro por ser el principal y más decidido propulsor de esa obra. Empero, algunos legisladores se oponen a ese voto porque se ha propalado, maliciosamente, la noticia de que es accionista por varios millones de sucres de la empresa “Guayaquil and Quito Railway Company”. Se asegura que en la oficina de la compañía en Nueva York se exhibe su retrato como uno de los más importantes socios.

Alfaro se indigna al conocer la calumnia e inmediatamente emprende una campaña para desvirtuar la falsedad divulgada. Escribe varias cartas al senador José María Borrero, uno de los que le niegan el voto, por haber creído en la especie perversamente vertida. Y luego se dirige al presidente de la compañía ‒carta de 12 de marzo de 1903‒ para que certifique que nunca ha tenido la calidad de accionista. “Yo salí de la Presidencia pobre cual había entrado a ella, pues las economías que pude hacer durante el sextenio de mi administración, no alcanzaron para atender a los modestos gastos de mi familia”,[10] dice.

La respuesta requerida es terminante y dice así:

                      New York Abril 17 de 1903.- General Eloy Alfaro.- Guayaquil.- Ecuador.- Mi querido Señor:- Nos permitimos informar a usted que su nombre no figura en la lista de los accionistas de la "Compañía del Ferrocarril de Guayaquil a Quito". Nuestros archivos demuestran que usted nunca ha sido ni es partícipe en nuestra Compañía, y que usted no tiene interés fiduciario de ninguna clase en nuestro Ferrocarril.- De usted muy atento.- T. H. Powers Farr, Vicepresidente.- Sam H. Lever, Secretario Tesorero.[11]


Según informaciones que recibe, como consta en carta que escribe a Abelardo Moncayo el 5 de agosto de 1903, los propaladores de esta calumnia son Miguel Valverde, el doctor Serafín Whiter, el general Fidel García y el presidente Leonidas Plaza. Otra vez Valverde. Su enemistad con Alfaro es bastante vieja: ya como cónsul en la ciudad de Nueva York, cargo que obtiene por sus antiguos servicios a la causa liberal, se transforma en agente de los conspiradores antialfaristas y se dedica a sembrar la desconfianza entre los accionistas del ferrocarril, razón por la que es cancelado. Esto consta en la Historia del Ferrocarril de Guayaquil a Quito que el general Alfaro, antes de su inmolación en el Ejido, entrega al coronel Carlos Andrade.

El doctor Serafín Whiter es un periodista guayaquileño que acompaña al general Alfaro en la campaña de 1895 que culmina con su entrada a Quito. Desempeña el cargo de ministro de Hacienda durante su primera ad­ministración. Está casado con una hermana del general Plaza, durante cuya administración cobra a la compañía del ferrocarril elevadas sumas de dinero por gestiones administrativas.

El general Fidel García participa en la lucha contra Veintemilla y Alfaro le nombra ministro de Guerra y Marina como Jefe Supremo de las provincias de Manabí y Esmeraldas. Está presente en las campañas de 1895 y desempeña importantes cargos durante el primer gobierno liberal.
Leonidas Plaza Gutiérrez

De Plaza Gutiérrez no hay necesidad de hablar, Todo el mundo conoce sus acciones y la extensión de su ingratitud con el Viejo Luchador.

Una cosa queda clara: todos los difusores de la vil calumnia son protegidos de Alfaro, que sin él, nunca hubieran llegado a lo que llegan. Queda claro también, la deserción de gran parte de sus colaborado­res, casi siempre, por causas non sanctas.

Pero esta calumnia ‒la de ser accionista del ferrocarril‒ tiene una significación que la convierte ‒si la maledicencia y la difamación pudieran ser clasificadas por su gravedad‒ en la más baja y cobarde de ellas. Esto porque los detractores conocen que si Alfaro hubiera sido deshonesto, que si hubiera tenido su apego a los bienes materiales y al dinero, en verdad hubiera podido ser accionista. Saben que cuando se le ofrece un porcentaje de acciones de la compañía ‒costumbre con que los capitalistas extranjeros consiguen favores de mandatarios corruptos‒ las rechaza para él y las cede para beneficio de la nación. ¡Saben, y calumnian!

Pío Jaramillo sobre lo arriba expuesto, dice esto:

Es un hecho histórico que cuando en conformidad con el contrato de construcción del ferrocarril suscrito en 1897, se verificó la emisión de siete millones de dólares en la denominación de “Bonos Comunes” en beneficio de la empresa promotora de la obra, y cuando le fue ofrecido al general  Alfaro el 49 por ciento de dicho valor en su utilidad personal, pues la compañía constructora tomaba el 51 por ciento, y con estas acciones la administración del ferrocarril, el general Alfaro rechazó noblemente el ofrecimiento de la Compañía e hizo inscribir ese porcentaje no estipulado en el contrato, en beneficio del gobierno del Ecuador. Este acto del general Alfaro ha permitido con el tiempo adquirir ese 51 por ciento de la Compañía o sea de los herederos del promotor Harman y nacionalizar el servicio administrativo, antes de amortizar los bonos principales, correspondientes a los prestamistas extranjeros del dinero para la construcción del ferrocarril, en el que el Erario ecuatoriano  no ha invertido sino exiguas sumas.
 Sin embargo, la malevolencia ha hecho críticas acerbas acerca del contrato del ferrocarril de Guayaquil a Quito, no comprendido todavía, y el odio y la envidia y las bajas pasiones de la política ruin, imputó al 
general Alfaro peculados, siendo como fue puro en sus costumbres y sin ambición de riqueza.[12]

Esta verdad demuestra con luz meridiana toda la ruindad de los calumniadores. Pero sobre todo demuestra que ese contrato firmado por Alfaro, no sólo es beneficioso para el progreso económico del país al ampliar su mercado interno y promover el movimiento de los factores productivos, sino que es uno de los pocos contratos realizados con empresas extranjeras que no lesiona los intereses nacionales ni contiene odiosos privilegios, norma generalizada en esta clase de negocios. Un contrato limpio, en fin, que no ha sido debidamente valorado.

Esta limpieza, nada común, tanto ayer como hoy, ayuda para que la compañía pueda incrementar su capital y hacerse efectivo el contrato. La negativa para aceptar la comisión ‒o soborno‒ que según se le informa es corriente en operaciones financieras de esta índole, causa profunda impresión al proponente:

                          Harman ‒dice Pareja Diezcanseco‒ había hablado de la rectitud de Alfaro. Ni un centavo empleado en gratificaciones; era incomprensible. ¿Adónde está ese país?, pregun­taron los señores millonarios. Y se empezaron a suscribir los capitales. Era una nueva experiencia en sus negocios de propulsores imperialistas.[13]

Como aditamentos de esta calumnia, que por decirlo así constituye el centro de la malevolencia, se agregan otras mentiras y otras infamias. Se dice, para citar un solo ejemplo, que Alfaro es socio de Harman. Constan­temente el probo mandatario, tiene que protestar y enfrentar a sus calum­niadores. En sus cartas y en su Historia del ferrocarril de Guayaquil a Quito deja constancia de su indignación. Su alma lacerada está impresa en esas páginas.

Vamos a terminar.

Dijimos al inicio que lo más grave, lo peor de la calumnia, es que se prolonga, larga, larguísimamente, hasta más allá del sepulcro.

Así ha sucedido con Alfaro.

 
Luis Robalino Dávila
Wilfrido Loor
Sus enemigos ideológicos, con sobra de mala fe, se han aprovechado de esas viejas calumnias para combatir al doctrinario liberal. Y todavía en nuestras historias, a un siglo de la revolución que comandó, las siguen repitiendo. A la par que propaganda contra una revolución progresista, es quizás, una venganza póstuma.

Unos más, otros menos, pero siempre sin ningún decoro, los his­toriadores de derecha se esmeran por echar sombras sobre la honradez de Alfaro, especialmente, en lo relacionado con el ferrocarril del Sur. Es el caso, por ejemplo de Robalino Dávila y Wilfrido Loor. El primero en forma taimada, siguiendo sin duda la pauta de su paradigma, Thiers, responsable de la sangre derramada por los comuneros de París. Y el segundo, ya sin ningún pudor, se atreve a tacharle de ladrón, tal como sus cofrades de la vieja cruzada conservadora. Razón tiene César Peralta Rosales ‒Un cen­tenario y una infamia[14]‒ de calificar a éste de plumario reptante.

Nada más por ahora.  




[1] Tomado de Oswaldo Albornoz Peralta, Páginas de la historia ecuatoriana, t. II, Editorial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, Quito, 2007, pp. 41-52.
[2] David P. Jordán, Robespierre, el primer revolucionario, Ter­cer Mundo Editores, Bogotá, 1985, p. 28.
[3] En Wilfrido Loor, Eloy Alfaro, t. III, Editorial Moderna, Quito, 1947, pp. 710, 716 y 720.
[4] El Diablo Nº 3, s.e., s.l., s.f.
[5] Cfr. Olmedo Alfaro, El asesinato del Sr. General Eloy Alfaro, Tip. Moderna, Panamá, 1912, p. 38.
[6] Oswaldo Albornoz Peralta (comp.), Cartas del General Eloy Alfaro, Consejo Provincial de Pichincha, Quito, 1995, p. 260.
[7] Pío Jaramillo Alvarado, Estudios Históricos, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1960, p. 170.
[8] Roberto Andrade, Moscas, Tipografía de la Escuela de Artes y Oficios, Quito, 1907, p. 17.
[9] Eloy Alfaro, Narraciones Históricas, Corporación Editora Nacional, Quito, 1983, p. 320.
[10] Oswaldo Albornoz Peralta (comp.), Cartas del general Eloy Alfaro, op. cit., pp. 279-280.
[11]  Copia de la comunicación firmada por Alfaro (Archivo del autor).
[12] Pío Jaramillo Alvarado, Estudios Históricos, op. cit., p. 170.
[13] Alfredo Pareja Diezcanseco, La hoguera bárbara, Publicaciones Educativas Ariel, t. II, Quito-Guayaquil, s. f., p. 72.
[14] César Peralta Rosales, Un centenario y una infamia, Editorial Rumiñahui, Quito, 1956.

jueves, 10 de agosto de 2017

Dos próceres del 10 de Agosto que la historia nacional poco recuerda



DOS SACERDOTES DE VALÍA[1]


Oswaldo Albornoz Peralta 


Si no de la talla de Hidalgo o de Morelos esos gigantes de la independencia americana, también nuestra gesta emancipadora tiene en su seno sacerdotes de gran valía, tanto por sus ideas progresistas como por el tesón y el coraje que demostraron en esa lucha heroica.

Aquí sólo queremos esbozar las semblanzas de dos valerosos religiosos: Miguel Antonio Rodríguez y José Riofrío.

Ninguno de los dos ha merecido un libro de biografía, mientras que otros de sus cofrades que no les llegan ni siquiera a las rodillas, han tenido la suerte de sendas páginas enaltecedoras, quizás merecidas unas pocas, pero de sobra todas las demás.

Empecemos por el doctor en los dos derechos, Miguel Rodríguez.


Miguel Rodríguez

No se conoce la fecha exacta de su nacimiento, pero se sabe que tiene lugar hacia el año de 1777 en la ciudad de Quito, capital entonces de la Real Audiencia de su nombre.

Pronto, debido a su talento y a su dedicación por el estudio, le encontramos como profesor de la Universidad. El doctor Pablo Herrera en su Antología de prosistas ecuatorianos, dice que se “hizo notable por sus conocimientos extensos y variados, por la claridad de su inteligencia y la fecundidad de su ingenio”.[2] Según afirma Astuto en su biografía de Espejo, es el primero en enseñar las teorías de Copérnico, que como se sabe, son mal vistas y combatidas por los clérigos ultramontanos. Pero, sin duda, más importante que todo esto, es que allí, en el claustro universitario entra en contacto con varios de los futuros próceres de nuestra independencia, pues por ese lugar deambulan profesores y estudiantes que sueñan con una patria libre. Seguramente se discuten, aunque sea a sotto voce, las nuevas doctrinas políticas progresistas provenientes de varias partes del mundo. Inclusive las más revolucionarias irradiadas por la revolución francesa.


Patio de la Universidad quiteña  donde enseña Filosofía Miguel Rodríguez

Uno de sus discípulos, el prócer Luis Fernando Vivero, que está entre los pensadores ecuatorianos más avanzados de esa época, le dedica como homenaje póstumo su gran libro Lecciones de Política. La dedicatoria dice:

A la memoria
de
Miguel Antonio Rodríguez,
natural de Quito,
sacerdote virtuoso,
ilustrado y celoso director de la juventud,
modelo de patriotismo, víctima de la crueldad española,
dedica estas páginas
su amante discípulo
Luis Fernando Vivero [3]

Otro prócer, así mismo de avanzado pensamiento, el doctor Manuel Rodríguez y Quiroga ‒en ese entonces secretario de la Universidad‒ también pondera sus virtudes y conocimientos en el acta que suscribe con motivo del examen secreto a que se somete para optar por el grado de doctor en Teología, pone de relieve sus afanes y tareas literarias. Y refiriéndose al maestro, dice que en dos ocasiones ha desempeñado la cátedra de Filosofía, “con tanto acierto y general aplauso”.[4]

El 10 de Agosto de 1809 se inicia la lucha por nuestra independencia, y salen a la luz pública, los hombres comprometidos con esa causa. Sale con paso firme y decidido, el catedrático Miguel Antonio Rodríguez.

Cuando se produce la inicua matanza del 2 de agosto de 1810, él es el encargado de pronunciar la oración fúnebre en honor de los patriotas caídos. Con frases doloridas, pero sin poder decir todo lo que piensa porque la revolución está vencida, da el adiós a los prisioneros masacrados. El poeta Jorge Carrera Andrade dice que su voz  fue como un formidable anatema: “Dos de agosto, día infausto: una noche eterna te borre del número de los días y de la memoria de los hombres”.[5]

Los revolucionarios, empero, vuelven a levantar cabeza. En la ciudad de Ambato, el mes de febrero de 1812, se aprueba nuestra primera Constitución, redactada por Miguel Antonio Rodríguez, según afirmación de Pablo Herrera. Es de pensar que él ‒que no en vano es traductor de Los Derechos del Hombre‒ con la ayuda de unos pocos diputados progresistas como el doctor Ante por ejemplo, es el que logra introducir en ella algunos postulados avanzados, empresa muy difícil, porque la mayoría de los representantes pertenecen a la nobleza criolla y son contrarios casi todos a los principios democráticos y republicanos. Por eso los defectos de esa Constitución. Basta decir que en ella todavía se habla de Fernando VII.

Los principios avanzados y democráticos de nuestra referencia, como es lógico, en la época, tienen su fuente en la doctrina liberal y emanan, principalmente, de las vertientes de la revolución francesa. Su influencia es tan clara en esta primera Constitución ‒Pacto Solemne de Sociedad y Unión entre las provincias del Estado de Quito, se la denomina‒ que ni siquiera los historiadores y constitucionalistas conservadores han podido negarlo. El doctor Ramiro Borja y Borja ‒La Constitución Quiteña de 1812‒ dice que el influjo de la teoría del Contrato Social y de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano son manifiestos. Y el doctor Julio Tobar Donoso expresa que se nota, a primera vista, la presencia de los principios difundidos por la revolución de 1789, así como de los ideales políticos propagados por Nariño y Espejo.

No se puede negar, entonces, ‒como algunos pretenden‒ el temprano aporte ideológico del liberalismo a nuestra gesta emancipadora.

Estas actuaciones de Rodríguez son tomadas en cuenta por el gobierno colonial que, como es de rigor en ese entonces, vigila de cerca todos sus movimientos. Núñez del Arco en su célebre y conocido Informe, se expresa de él de la siguiente manera:

Su propietario doctor don Miguel Rodríguez ‒se refiere a que en ese entonces es capellán del Carmen Moderno como propietario‒ insurgente seductor se precipitó con extraordinario furor y entusiasmo y fue representante que siempre peroraba con arrogancia y desvergüenza. Hizo publicar una obra titulada Derechos del Hombre extractada de las máximas de Voltaire, Rousseau, Montesquieu y semejantes. Presentó al Congreso las constituciones del estado republicano de Quito las que fueron adoptadas, publicadas y juradas. En suma fue tan insolente y atrevido que a nuestro Soberano el señor don Fernando 7º lo trataba públicamente con el epíteto de el hijo de María Luisa.[6]

La difusa versión de Núñez del Arco, que puede dar lugar a interpretaciones erradas, es aclarada por el historiador Celiano Monge: dice que se trata de una traducción de los Derechos del Hombre acompañada de un comentario sobre ese célebre documento revolucionario. No hay duda que este trabajo de Rodríguez agrava grandemente su "culpa", pues, como se sabe, las obras de los enciclopedistas y filósofos franceses están terminantemente prohibidas y condenadas por la Iglesia.

Estos, pues, los graves pecados de este insurgente seductor.

Y por ser tan graves no podían quedar sin el condigno castigo. Y este tenía que ser drástico y ejemplar para la satisfacción de sus enemigos.

Efectivamente, según consta en el Diccionario biográfico del Ecuador de Gustavo Arboleda, cuando los realistas se apoderan de Quito, es “condenado a muerte y a embargo de bienes”, pena que luego es conmutada “por la reclusión en una recoleta de Manila”.[7]

Montes, presidente de la Real Audiencia, es el encargado de ejecutar la pena en 1813.

La sentencia le impone diez años de destierro en las lejanas islas Filipinas. En su capital, Manila, permanece custodiado por el prior del convento de recoletos, que guardaba las llaves de su celda. Celiano Monge dice que sólo se le permite hablar con religiosos de confianza, inmunes a la seducción. Es tal el temor que se le tiene, que según el autor que acabamos de citar, el rey ordena en 1817 que no se envíen a esa colonia insurgentes de su importancia, para así impedir la expansión de las ideas revolucionarias.

Al volver a la patria, después de conseguida la independencia, muere envenenado en la ciudad de Guayaquil, según se asegura. “Envenenado ‒dice Carrera Andrade‒ por los mismos hombres que habían ahogado en la sangre del pueblo la libertad recién nacida.”[8] 

Y en efecto, ¿quiénes más podían cometer un crimen tan horrendo?



El presbítero José Riofrío

Nace en 1764. En la declaración que rinde por los acontecimientos del 10 de Agosto, afirma que es nativo de Quito.

Al igual que muchos otros sacerdotes recorre varias regiones de la patria: está en las feraces selvas orientales y en los pequeños pueblos andinos perdidos entre la bruma de la cordillera. El nombre de uno de estos curatos, Píntag, pasa a la historia. Allí parece que germina su amor a la libertad.

Según Roberto Andrade, es  el prócer Juan de Dios Morales que se halla confinado en este lugar, el que le lleva a la senda emancipadora. Y Morales, como se sabe, es pensador de ideología avanzada y republicano auténtico, debiendo por consiguiente haber contagiado la mente del presbítero, aunque sea en pequeña proporción, de aquellos ideales. Pero, en realidad, porque su acción revolucionaria es corta y fulgurante, nada, o casi nada se conoce de sus ideas políticas. Esto no importa. Riofrío vale, más que por su pensar, por su accionar. Él está entre los combatientes más firmes y decididos, entre aquellos que al contrario que gran parte de los participantes en las luchas por la independencia, no vacilan nunca y menos traicionan a su causa. El permanece inmune y enhiesto ante el temor y la cobardía. Y en esa actitud viril, precisamente, reside su valía.

Desde que se decide por la independencia está presente en todas sus acciones. Está en la primera conspiración del 25 de diciembre de 1808 ‒por eso llamada de navidad‒  que se verifica en la hacienda de Chillo del marqués de Selva Alegre. Por esto es apresado y recluido en el convento de la Merced, pero pronto sale libre, porque el proceso instaurado contra los conspiradores es mutilado y despojado de sus piezas principales, según afirma el escritor colombiano Manuel de Jesús Andrade en su libro Próceres de la Independencia. Sale libre, para seguir la brega.
           
Y claro, no podía faltar, concurre a la conspiración definitiva del 10 de Agosto en la casa de la patriota Manuela Cañizares, donde se da el primer grito de independencia.

Una vez triunfante el golpe revolucionario, se convierte en predicador y portavoz de los fines e ideales perseguidos por los rebeldes. Corre a su curato de Píntag y da cuenta a sus feligreses de la transformación que se acaba de verificar. Esto consta en una comunicación remitida a Pío Montúfar, donde se da cuenta que el pueblo a su cargo, después de haber predicado la novedad, “reconoce la constitución y obedece ciegamente a la Suprema Junta establecida a vuestro Real Nombre”.[9] Luego, sin perder tiempo, se integra  a una comisión especial conformada para levantar el espíritu revolucionario de las tropas que marchan a combatir en el norte.  Agudo observador, allí, junto a los soldados, anota las deficiencias y errores de la campaña, así como las vacilaciones y falta de patriotismo de los jefes y oficiales criollos. De todo esto, indignado, da cuenta en varias comunicaciones al ministro de la Guerra, su amigo Juan de Dios Morales. Dice esto en una de ellas:

Permítame V. E.  Explicarme con la claridad que acostumbro y que se necesita en un asunto de la mayor importancia. Si no se hubiese compuesto la Falange de oficiales delicados que no pueden dormir sino en catres, que no pueden salir al aire sin temor a un resfrío, que no pueden comer más que pucheros exquisitos y manjares, últimamente como damas y no como hombres, no haría tantos gastos el Estado, haríamos temblar las provincias y no veríamos sediciosos. En fin, ya se cometió el yerro y espero de la integridad de V. E. que  en adelante se atienda al mérito de vasallos útiles y no a la contemporización de hombres inservibles y, por tanto, perjudiciales.[10]

La expedición, con esta  clase de oficiales, no puede menos que fracasar por completo. De nada sirve la gran labor de propaganda y organización desplegada por Riofrío. Tanto más que su jefe máximo, el “general” Manuel Zambrano, a más de cobarde, resulta un traidor. Máculas estas que, por desgracia, no alcanza a percibir el abnegado sacerdote.
           
La traición de la que es partícipe Zambrano como acabamos de decir, ha tomado vuelo. Juan Pío Montúfar y buena parte de la nobleza criolla, a cambio de un perdón solicitado y prometido, devuelven el poder al conde Ruiz de Castilla. La revolución, con mano artera, ha sido vencida.

El viejo mandatario español, empero, rompiendo su promesa, ordena el enjuiciamiento y prisión de los comprometidos en la transformación efectuada, inclusive los vacilantes y traidores.

Se destinan doce hombres al mando del noble Francisco Aguirre para la captura de Riofrío, mandato que cumple con celeridad digna de mejor causa. Esta detención es comunicada por Ruiz de Castilla al obispo Cuero y Caicedo para que ponga expedita la cárcel eclesiástica, prelado que, “para no hacerme responsable a V. E. y al Rey Nuestro Señor o que se me impute a debilidad o disimulo reprensible cualquier evasión”,[11] manifiesta que esa prisión carece de seguridad, debiendo por lo tanto ser trasladado a otra mejor resguardada. Mas esto no es lo peor, sino que luego se concede licencia para que él y otros clérigos sean conducidos al cuartel Real de Lima como reos comunes. Allí, según afirmación del escritor doctor Manuel María Borrero, son “calzados de grillos y torturados con incomunicación, hambre, miseria y desnudez, sin respeto ninguno a su investidura sacerdotal”.[12]

Riofrío, cuando rinde su declaración en el juicio que se le sigue, valientemente, no niega su participación en los acontecimientos. La acusación fiscal es implacable y cruel. Se pide su muerte y la confiscación de todos sus bienes.

Y la muerte viene con paso acelerado. No por sentencia legal, sino por obra del crimen: en la matanza inhumana del 2 de agosto de 1810 recibe un balazo y una herida de bayoneta que le llevan a la tumba. Mejor, a las páginas enaltecedoras de la Historia.

Queda esbozada, aunque sea incompletamente, la postura de estos dos próceres de sotana. Rodríguez representa el pensamiento avanzado que mira con penetración hacia el futuro. Riofrío representa el tesón y la valentía, invulnerable y resistente como acero a toda vacilación y componenda. Ambos, unidos, son paradigma de los valores patrios.










[1] Tomado de Oswaldo Albornoz Peralta, La actuación de próceres y seudopróceres en la Revolución del 10 de Agosto de 1809, Editorial de la Facso - UCE , Quito, 2009,  pp. 89-99.
[2] Pablo Herrera, Antología de prosistas ecuatorianos, t. II, Imprenta del Gobierno, Quito, 1896, p. 63.
[3] Luis Fernando Vivero, Lecciones de Política, Imprenta de Gaultier-Laguionie, París, 1827.
[4] Celiano Monge, Lauros, Quito, 1910, p. 165.
[5] Jorge Carrera Andrade, Galería de místicos y de insurgentes, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1959, p. 91.
[6] Ramón Núñez del Arco, Los hombres de Agosto. Documentos históricos, Litografía e Imprenta Romero, Quito, 1940, p. 45.
[7] Gustavo Arboleda R., Diccionario biográfico de la República del Ecuador, Tip. De la Escuela de Artes y Oficios, Quito, 1911, p. 144.
[8] Jorge Carrera Andrade, op. cit., p. 91.
[9] Rex Tipton Sosa Freire, Miscelánea histórica de Píntag, Ediciones Abya Yala, Quito, 1996, p. 264.
[10] Manuel María Borrero, Quito, Luz de América, Editorial Rumiñahui, Quito, 1959, p. 82.
[11] Idem, p. 256.
[12] Idem, p. 258.